Relato I: El sanador y el ajedrez

Dama siete caballo, jaque y mate en dos, fue su último pensamiento antes de escuchar el frenazo, el enorme golpe y la oscuridad total. Minutos antes, en el autobús que lo acercaba al pueblo, adivinaba que su contrario iba a cometer el error que cometían todos, confiarse, siempre se confiaban ante los pequeños errores que provocaba a propósito y que le habían proporcionado casi todas sus victorias. Cuando se había subido al autobús, la partida estaba a punto de comenzar y no sabía si en las casi dos horas que duraba el viaje le iba a dar tiempo a terminarla, dependía de la fortaleza del adversario. Eso de jugar por Internet en su ordenador portátil se iba convirtiendo en un vicio que le absorbía cada vez más horas, pero no podía evitarlo. La tensión acumulada con su, llamémosle trabajo, de sanador, iba en aumento y el ajedrez era una estupenda válvula de escape. Pero necesitaba concentrarse al máximo, olvidarse de todo lo que le rodeaba, calcular sus errores y los diez o quince próximos movimientos del otro, que se confiaba, casi siempre se confiaba. Pero necesitaba concentrarse al máximo, no oír, no ver nada que no fuera el tablero y sus piezas. Y bajó del autobús sin ver ni oír y cruzó la carretera mirando al tablero de la pantalla, a su extraordinaria jugada que el otro no podría responder.

Mientras hablaba, el médico la miraba con una mezcla de pena y desasosiego. A pesar de su experiencia, en estas situaciones no sabía cómo actuar. No hay esperanza, no conocemos ningún caso en que los enfermos se hayan recuperado. Es una enfermedad que se ha descrito siempre igual: primero, unas fiebres muy altas, durante varios días, que ningún medicamento ni baños en agua fría conseguían bajar, después la falta de apetito, la rápida pérdida de peso, el color blanquecino de la piel, la caída del pelo, la postración en la cama y, por último, la inconsciencia, el coma.  La medicina actual no tiene la solución. ¿Usted es creyente, cree en los milagros?

Esa misma tarde lo vio en televisión, en uno de esos programas en los que personajes extraños cuentan sus historias: antiguos mercenarios de guerras olvidadas, travestis que vendían juguetes chinos en aldeas perdidas, comedores de fuegos fatuos, poetas ciegos y malditos… Decía que era un sanador y un jugador de ajedrez casi invencible que se dedicaba a recorrer ciudades y pueblos y sanar a los desheredados, a los que habían perdido la fe y la esperanza. Dentro de unos días visitaría un pueblo para recoger unas piedras que tenían poderes curativos.

Salió al amanecer, con el cuerpo inerte de su hija envuelto en ropas viejas. Después de muchos kilómetros vio la torre de la iglesia. Va a sanar a mi hija, seguro que la sanará.

Tras muchas horas de caminar por el campo, a las afueras del pueblo, vio un grupo silencioso de personas que rodeaba algún objeto en el suelo. Se acercó y vio un cuerpo ensangrentado, como un espantapájaros roto, sobre el asfalto hirviente. No lo reconoció, pero sabía que era él y su grito desgarrador, casi inhumano, despertó, después de tres meses, a la niña.

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