Relato II: El final de la carretera

Final Carretera

Escuchó el portazo y las voces que se iban alejando por el pasillo. También oyó el golpe de la puerta de entrada. Después el silencio. La respiración y los latidos de su corazón se fueron acompasando y los pensamientos que hacía unos minutos eran un auténtico torbellino fueron convirtiéndose poco a poco en una idea obsesiva. Siguió sentado en la butaca, mirando sin ver la foto de la boda que estaba encima de la mesita baja. Un vestido blanco y un traje oscuro sobre el fondo de una iglesia. Levantó la vista y su mirada se quedó colgada de una tela de araña. Se levantó como un autómata, se puso la chaqueta que estaba en el respaldo de una silla y abrió la puerta del salón. Cogió las llaves del coche y salió. La idea ya había tomado forma.

Había comprado el coche hacía poco, el último modelo de un deportivo que le gustaba conducir por carreteras estrechas, sinuosas y con escasa circulación. No podía pisar a fondo pero sí derrapar, notar cómo dominaba la potencia del motor, frenar unos instantes antes de salirse de la calzada, el corazón a punto de estallar de emoción. A ella no le gustaba, por lo que siempre iba solo. En los últimos tiempos casi todo lo hacía solo.

Se fue despidiendo de las últimas calles de la ciudad. El atardecer era una hora que nunca le había gustado, por eso había elegido ese momento. Pero esta vez no conducía por la carretera de la montaña, sino por otra con más tránsito. Estaba esperando el momento. Después de una curva vio la recta de varios kilómetros, al final de la cual la pendiente terminaba en un cambio de rasante. Intentó dejar la mente en blanco, apartar el rencor, el odio, los reproches, las palabras hirientes, los engaños.

Fue incrementando la velocidad y sobrepasó la línea continua. Estaba conduciendo por la izquierda de la carretera, acercándose al final de la pendiente, del cambio de rasante. Cerró los ojos. Esperaba el golpe, el ruido, la oscuridad total, el fin. Notó el final de la pendiente y el brusco descenso y abrió los ojos. A unos cientos de metros se acercaba un coche que le hacía destellos con sus luces. Lentamente fue girando a su derecha y a los pocos segundos el otro vehículo le pasó rozando y tocando con insistencia el claxon. Le dio tiempo para comprobar que viajaban dos parejas jóvenes y que las muchachas, en el asiento de atrás, lo miraban por un instante con ojos asustados.

Le sorprendió la frialdad de su corazón. Nunca había sido así, sino una persona alegre y optimista. Pero no quiso reflexionar ni pensar en otra cosa que en conducir y mirar hacia adelante, hacia la línea de la carretera y hacia las montañas que comenzaban a disolverse en el horizonte. La recta se estaba terminando y la suave pendiente, que volvía a convertirse en un cambio de rasante, estaba cada vez más cerca. Empezó a acelerar y a girar despacio hacia la izquierda. Ya había sobrepasado la línea continua y cerró los ojos, acelerando cada vez más.

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