Relato III: Vejez

Las luces de la ciudad se van disolviendo en los apagados ruidos de Ciudadela. Los pensamientos se estrechan a medida que el viejecito se adentra en ese mundo que se confunde con su vida. Son universos paralelos. No, el mismo universo que se refleja en dos espejos, los dos deformados.

Calles estrechas, limpias, tortuosas a veces, con misterios de plazoletas perdidas y silenciosas, somnolencia de años que resbalan por paredes y árboles. Pasos cortos y arrítmicos, el viejo cojea de la pierna derecha, ligeramente. Un niño y una niña juegan un poco apartados de sus padres, que charlan en voz baja sentados a la puerta de su casa. El niño quiere hacer un avión con un papel, lo lanza al aire y la niña intenta cogerlo, subirse a él, volar. El avión de papel cae a los pies del viejo que hace un intento de agacharse. La niña se le adelanta y por un momento sus sombras, sus miradas, sus vidas, se funden en el avión, nave de encaje, vuelo infantil hacia una estrella, ángel de la guarda, pobre viejo cojo.

Un gato, acurrucado bajo el ábside de una iglesia cercana, mira fijamente la escena. Los faroles antiguos enmudecen su conversación ante el sonido roto de una campana. El viejo reanuda el paseo, indeciso, y entra en la residencia. No sabe bien qué ha pasado, pero una punzada de amargura, como un cuchillo de limón, se quedó clavada ya para siempre en sus recuerdos.

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