Cutrez (I). ¿Somos cutres los españoles?

Cutre: (1) adj. coloq. Tacaño, miserable. U. t. c. s. (2) adj. coloq. Pobre, descuidado, sucio o de mala calidad.

Este fin de semana se celebra en Madrid la V Edición del Cutrecon, festival de cine cutre que cada año congrega a miles de seguidores que tienen la oportunidad de disfrutar de unas películas que, sin yo saberlo, también me hicieron disfrutar en mi infancia e incluso en mi adolescencia. Existen auténticos frikis, apasionados y entendidos de este cine, seguidores fieles que han convertido estas malas películas en comedias de culto. Lo curioso es que para que sean catalogadas como cutres, deben ser rodadas sin que sus responsables sean conscientes de que están rodando una chapuza. Porque también hay productores y directores que se han especializado en crear películas e incluso sagas con el objetivo de que sean clasificadas como cutres, o de Serie B, como dicen los cinéfilos, del estilo de Sharknado, que han logrado un éxito clamoroso. Y no hablemos de conocidos directores, Peter Jackson, por ejemplo que, seguramente para sobrevivir o porque en aquellos momentos no lo sabían hacer mejor, rodaron películas como Tu madre se ha comido a mi perro, cuya visión aconsejo encarecidamente. Para saber más sobre el cine cutre, recomiendo la lectura del artículo Pasión por el cine cutre: cuanto peor sea una película, mejor.

Pero esta entrada no va sobre cine cutre o sobre mala literatura, cutre también, que la hay y mucha. Sin saber que hoy escribiría sobre la cutrez, leí hace unos meses un excelente artículo de Francisco Umbral que ahora me viene al pelo: El español y lo cutre. En su opinión “El español, en el fondo, ama lo cutre, porque se ha criado, generalmente, en la cutreidad”. Hay que tener en cuenta que ese artículo fue escrito hace 30 años, cuando muchos españoles, sobre todo los nacidos en los años cuarenta, cincuenta e incluso sesenta, crecieron en pueblos y ciudades sórdidas, sucias, en ambientes opresivos, oscuros, rencorosos, envidiosos. A finales de los ochenta, con una Constitución que poco a poco se iba asentando, con nuestra entrada en la Unión Europea, con un partido político que había pronosticado, según uno de sus máximos dirigentes, el día en que nos vayamos, a España no la va a conocer ni la madre que la parió, daba la impresión de que la sociedad iba superando y olvidando lo cutre, lo mezquino, de que podíamos mirarnos a los ojos con alegría y con orgullo, de que ya no éramos lumpen, sino nuevos ricos. Y ese fue el problema, que ni éramos nuevos, ni ricos. Porque España nunca fue nueva, ni siquiera en la época de los Reyes Católicos, en la que todos querían ser cristianos viejos. Y siempre nos hemos enorgullecido de nuestro pasado imperial, glorioso, y de nuestras más rancias tradiciones, tengan siglos o unos pocos lustros. Y así nos va. No es que esté en contra de todas las costumbres y raigambres, pero apelar constantemente a la bondad de los pasados tiempos es coquetear con la estulticia.

Llevamos muchos, demasiados años, instalados en la cutrez, sea en lo político o en lo social, en la estética o en la ética. La encontramos en todos los ámbitos de nuestra vida, pero últimamente, y de manera evidente, en la política. Porque cutres son esos políticos que llevan años practicando la mentira, engañando de manera miserable, robando a manos llenas, justificando lo injustificable, aprobando leyes injustas, oprimiendo a los más débiles. Y no hablo sólo de aquellos implicados en todas las tramas corruptas habidas y por haber, a los que los han apoyado y los apoyan, a los que no se enteraban ni se enteran si no salen en los periódicos. Porque en el fondo, aunque muchos digan eso de que “a mí no me interesa la política”, todos los ciudadanos somos políticos, lo queramos o no. Somos políticos cuando votamos a partidos que están de corrupción hasta el cuello o nos quedamos en casa el día de las votaciones y con nuestro silencio y el de otros muchos permitimos que gobiernen los de siempre; somos políticos cuando nos cruzamos de brazos o miramos hacia otro lado ante la injusticia, cuando no denunciamos o justificamos al que maltrata, cuando cobramos o pagamos sin iva, cuando engañamos… Y cuando luchamos por lo nuestro, por nuestra familia y nuestros amigos, cuando somos solidarios y justos y trabajadores, también somos políticos.

Se echa de menos a los intelectuales que, en momentos difíciles como el actual, eran capaces de realizar análisis profundos de la situación y críticas certeras, atacar a tirios y troyanos si era preciso, inmunes a los halagos y a las prebendas. Ahora se llama intelectual a cualquiera que tenga su minuto de gloria en cualquier tertulia radiofónica o televisiva, que vomita lugares comunes y frases incendiarias que calan en mentes acostumbradas a lo superficial, a lo inmediato, que apelan a lo visceral y emocional y se alejan de las razones y de las verdades. Se confunde información con formación o conocimiento con sabiduría. Siempre se quiere tener razón, olvidando el lema de que “si siempre quieres tener razón, nunca tendrás la verdad”.

 Continuará…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s