¿Guerra en la escuela?

Es curioso, pero da la casualidad que ayer escribí una entrada en la que, a partir de dos artículos de un mismo diario digital, se reflejaban dos visiones casi contradictorias del profesorado actual, una en la que se pone el acento en la autoridad del docente, la disciplina, el esfuerzo y la transmisión del conocimiento, y otra en la que el profesor es alguien que domina las tecnologías, está atento a las necesidades de sus alumnos, es innovador o se forma continuamente. Hoy se publica en otro periódico un artículo de similares características y que viene muy bien en un período de incertidumbre, pactos y tácticas políticas en el que, de una manera casi tangencial, se habla de la necesidad de un pacto por la educación.

Dicho artículo es Guerra en la escuela: autoridad y conocimientos frente a creatividad y habilidades. Ya estamos con la vieja oposición entre antiguo y moderno, tradición e innovación, progreso o estancamiento, pedagogos y antipedagogos. La guerra política en la escuela, podríamos subtitular el artículo. Porque, si bien es verdad que la educación es uno de los pilares de las sociedades modernas, también es verdad que ha sido utilizada, muchas veces de manera torticera, por los partidos políticos, por la iglesia, por los empresarios…, como una forma de influir o incluso manipular a la ciudadanía que asegurase o facilitase sus intereses. En un país tan cainita como el nuestro, llegar a un acuerdo sobre un tema tan importante parece tarea imposible.

En el artículo mencionado, podemos encontrar una abierta discrepancia entre los denominados pedagogos y los antipedagogos. Estos últimos, mayoritariamente profesores de secundaria y bachillerato, se quejan de la jerga, la “charlatanería”, el daño que ha hecho la Logse, la falta de interés y de esfuerzo de los alumnos, la eliminación de la autoridad docente, etc. Por su parte, los pedagogos ponen el acento en la motivación, la creatividad, la empatía:

Los primeros -que se han autodenominado «los antipedagogos»- defienden a capa y espada el «esfuerzo», el «mérito», la «autoridad», la «disciplina», la «exigencia», la«memoria» y la «evaluación», mientras que los segundos -englobados bajo el término común de «pedagogos», aunque también hay psicólogos, sociólogos y representantes de otras disciplinas- consideran que las clases magistrales han quedado «obsoletas» y apuestan más por lo que llaman «una educación del siglo XXI», con «metodologías» en las que se habla de «motivación», «creatividad»,«originalidad», «integración», «coaching» y «empatía». Los primeros hablan de«enseñar» y los segundos, de «intentar que los alumnos aprendan».

La verdad es que ya estoy un poco cansado de este debate que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida docente, pero me sigue importando. Sé que es muy difícil, yo diría que imposible, llegar a acuerdos, a pactos que dejen a un lado los intereses corporativos o políticos, en una España que siempre, siempre, se ha caracterizado por la lucha entre dos bandos prácticamente irreconciliables y en la que aquellos que han intentado vías intermedias o conciliar voluntades han sido absorbidos, estigmatizados o machacados por los otros dos extremos. Así que dejo que la opinión de cada uno, desde su experiencia, intente verse reflejada en alguna de las posturas y considere la posibilidad de acercarse a la otra, en bien, sobre todo, de las generaciones actuales y futuras.

Para terminar, un vídeo del año 1988, en el que el visionario Isaac Asimov, al que admiro como divulgador científico y escritor desde mi juventud, fue capaz de prever la importancia de Internet en la educación de los jóvenes, habla de la formación a lo largo de toda la vida y de la necesidad de una enseñanza individualizada y adaptada a los intereses de cada uno. No es un pedagogo ni fue profesor, pero tiene las ideas muy claras sobre lo que debería ser la educación.

 

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Los profesores de hoy en día

En un mismo diario digital encuentro dos artículos que en apariencia son contradictorios, pero que en el fondo no lo son tanto. En el primero se asegura que “los profesores de hoy en día le dan mil vueltas a los que había antes”. La frase es de Francesc Pedrò, analista de políticas en el centro de la OCDE para la Investigación Educativa e Innovación, referencia en materia de política educativa y aplicación tecnológica. Lo más importante es el docente, no las políticas ni los dispositivos, continúa diciendo, haciendo hincapié en la necesidad de preguntar más a los profesores qué es lo que necesitan y, algo fundamental, su formación, tanto inicial como continua.

La visión pesimista que se tiene de las capacidades docentes actuales es refutada por Francesc Pedrò: es una falacia que el profesorado siga enseñando igual que en el siglo XIX porque, aunque las aulas, los pupitres o la distribución de espacios sigan siendo similares, lo que ha cambiado radicalmente es el tipo de actividades y la capacitación técnica docente: “Lo difícil ahora es mantener la atención y la disciplina de una clase así, y para eso se requieren competencias que no eran necesarias en el siglo XIX. Los docentes de ahora les dan mil vueltas a los que había”. Reconoce que el alumnado, las familias, el ambiente cultural y social…, condicionan la enseñanza. Ni los contenidos pueden ser los mismos, ni la forma de impartirlos, ni las necesidades de los estudiantes ni de la sociedad en la que tienen que insertarse, por lo que la revisión de todos estos aspectos debe ser continua. Si analizamos la enorme cantidad de cambios que se producen y la rapidez de los mismos, es impensable mantener los conocimientos, las habilidades y las estrategias de enseñanza aprendizaje de hace unos años. Lo que hay que plantearse es si la pedagogía responde a las necesidades que el país tiene y no empecinarse y rasgarse las vestiduras por el fracaso escolar, la escasa transmisión de contenidos, la falta de autoridad del profesorado, etc.

El otro artículo, titulado “Cómo la educación española se echó a perder, contado por una profesora veterana”, también pone el acento y la importancia de la enseñanza en el profesorado (por cierto, yo siempre había creído que lo importante eran los alumnos y su educación), pero con una visión pesimista por parte de la entrevistada, Luisa Juanatey, profesora de instituto jubilada con más de 30 años de experiencia docente, que ha escrito el libro “Qué pasó con la enseñanza. Elogio del profesor”. Según parece, los males de la enseñanza están en la pérdida de autoridad del profesorado y su falta de valoración por parte de la sociedad en general, la devaluación de la enseñanza a partir de la LOGSE, el desprecio de la memoria y del esfuerzo, los padres malcriadores y consentidores, etc. No niego que parte de este análisis pueda tener razón en algunos puntos, pero creo que es excesivamente simplista. Es cierto que se ha desvirtuado la importancia de la educación, que se han implantado leyes educativas sin dejar que tomaran cuerpo, que no se han tenido en cuenta las opiniones del profesorado y sus necesidades, que no se ha formado adecuadamente a los docentes, que se ha politizado excesivamente la educación…

Pero es imposible comparar la educación que se impartía hace 30 o 40 años con la actual porque las circunstancias son radicalmente diferentes. Ni la sociedad, ni las personas, ni los medios, ni las necesidades son las mismas. Padres que acudían a la escuela o al instituto con una mezcla de temor o de reverencia son impensables en la actualidad, porque ningún ciudadano, por ejemplo, admitiría la impunidad o la amenaza de algún agente de la autoridad o la soberbia y el descaro de algún político (bueno, esto último lo pongo entre paréntesis); profesores que impartían sus clases en silencio absoluto, sin plantearse una enseñanza diversificada y adaptada y que podían expulsar a los alumnos en cuanto se incumplía alguna norma; alumnos respetuosos y obedientes, que no se planteaban protestar o interrumpir las clases… Todo eso ha pasado o debería haber pasado a la historia. Ahora existen los derechos y deberes del alumnado, del profesorado y de las familias, las adaptaciones curriculares, alumnado con necesidades de apoyo educativo, los consejos escolares, la participación de las familias, etc. Y eso no significa que me olvide de todos los problemas y males que aquejan a la educación, que son muchos, pero en todas las épocas los ha habido, y los profesores nos hemos quejado (cuando empecé en el año 1975, mis compañeros de colegio más veteranos también se quejaban y en el instituto, en los años 60, cuando yo era alumno, los profesores también nos decían que éramos unos incompetentes y que no queríamos estudiar, nosotros, que teníamos que hacer una prueba de ingreso y dos reválidas, cuando la enseñanza no era obligatoria).

¿Por qué dije al principio que estos dos artículos no eran en el fondo contradictorios aunque lo parezcan? Porque ambos, con diferentes perspectivas, hablan desde el amor a la enseñanza y reivindican la figura del profesor, piedra angular de la institución educativa, aunque sea el alumno su razón de ser. Mientras los partidos políticos y las autoridades educativas no lo tengan claro y trabajen al unísono, dejando a un lado sus diferencias y mientras la sociedad no exija a sus dirigentes que la educación sea el centro de sus discursos, puesto que el progreso y el cambio real sólo se realizará con ciudadanos bien formados, todo lo que digamos y escribamos no servirá para nada y se quedará en esto, en artículos, libros y entrevistas que únicamente mostrarán el desencanto y la frustración de los docentes y los brindis al sol de los políticos.

Cutrez (II): Educación cutre

Me duele utilizar el sustantivo educación, palabra que amo y respeto profundamente pues ha sido y seguirá siendo un faro que ha guiado prácticamente toda mi vida, añadiéndole un adjetivo tan desagradable, que contamina y degrada al nombre que acompaña. Pero no me queda más remedio que hacerlo al analizar la actual situación de la educación en nuestro país, que puede considerarse cercana al colapso. No por falta de medios materiales que, aunque no abundantes, podrían considerarse suficientes, pero sí por escasez de recursos humanos, de voluntad política y de conciencia de la sociedad. Analicemos brevemente los hechos que me llevan a utilizar el titular de esta entrada.

La crisis económica, provocada de manera seguramente premeditada desde poderes fácticos sin escrúpulos, llámense bancos, agencias de calificación, monopolios de medios de comunicación, empresarios, Banco Mundial, grupo Bildelberg, etc., sólo atentos a obtener más poder y riqueza apelando a nuestros miedos y eliminando derechos y libertades, ha sido la excusa perfecta para reducir las inversiones en educación y convertir a ésta en una máquina de hacer ciudadanos sumisos y obedientes con el poder (ya estoy escuchando al fondo gritos de ¡rojo! ¡perroflauta! ¡podemita! y otras similares).

No es que sea excesivamente partidario de teorías conspiratorias, pero da la casualidad de que los únicos que no hemos tenido ni arte ni parte en el descalabro económico, los ciudadanos de a pie, también somos los únicos que estamos pagando el pato, nos hemos empobrecido desde que comenzó la crisis mientras que los ricos se han hecho todavía más ricos y poderosos. Hasta dónde llegará la situación que nuestro país está entre las 10 economías más miserables del mundo, según la agencia Bloomberg, es decir, entre las 10 economías más cutres. Hasta Turquía o Kazajstán están mejor situados que nosotros. Indignado es poco. Los políticos han preferido recortar en sanidad, educación o servicios sociales para poder salvar a los bancos, a los que han inyectado miles de millones de euros para que puedan seguir aprovechándose de sus usuarios, incrementando las comisiones y el acceso a créditos personales o hipotecarios. Y así, la educación pública tiene menos profesores, más alumnos por aula, menos dinero para becas, menos profesorado de apoyo: el gasto público en educación cayó el año pasado a niveles de 2006. Nos hemos gastado auténticas millonadas en puentes, aeropuertos, edificios o estadios que no se utilizan, a mayor gloria de alcaldes, concejales, ministros o similares que sabían que eso daba votos y no en colegios, institutos, becas, más profesores, más formación…¡dónde va a parar!

Y no digamos nada en cuanto a las leyes educativas de nuestro país. En democracia, desde el año 1976 hemos tenido siete leyes: LOCE, LODE, LOGSE, LOPEG, LCE, LOE y para rematar la faena la impresentable LOMCE. Como ya he hablado muchas veces sobre ella, dejo aquí un enlace en el que se habla del españolísimo cachondeo normativo en relación con la educación.

El desánimo, el desencanto, la falta de ilusión, han calado entre un elevado porcentaje de profesores porque, además de todo lo expuesto anteriormente, la falta de interés (en general, aunque con honrosísimas excepciones) de la sociedad sobre la educación es bien patente. Aquí podemos salir a la calle, hacer una revolución o movilizar a miles de personas para defender la vigencia de tradiciones tan “cultas” como el toro de Tordesillas, el lanzamiento de la pava de Cazalilla, los correfous o toros de fuego en Cataluña, el descenso de un equipo de fútbol en los despachos, la permanencia de un figurín en un concurso de televisión o cualquier otra actividad de similar categoría. Es verdad que alguna vez se ha protestado porque han suprimido algún aula o porque no han comenzado las clases a tiempo en algún colegio o instituto (con lo que eso supone, claro, para padres trabajadores que no tienen con quien dejar a sus hijos, no porque hayan dejado de aprender algo, que ya tendrán tiempo de recuperarlo), pero se podrían contar con los dedos de las manos.

Colegios que tienen caracolas en lugar de aulas, sustituciones de profesorado que tardan semanas en cubrirse o nombramientos que se hacen tarde y mal, estudiantes que no pueden realizar la carrera de sus sueños porque no tienen ni medios ni becas… Y no digamos nada de la burocracia que se ha instalado en los centros por mor de la necesidad de “controlar” a un profesorado que debe ser incompetente o sin profesionalidad demostrada: es más importante rellenar bien un papel que dar una clase o preparar una asignatura en condiciones. Lo importante es la apariencia de eficiencia, no la eficiencia en sí. Así que, aunque me duela, he llegado a la conclusión de que, pese al esfuerzo de nuestro profesorado, la educación en España es, actualmente, cutre, muy cutre.