Los profesores de hoy en día

En un mismo diario digital encuentro dos artículos que en apariencia son contradictorios, pero que en el fondo no lo son tanto. En el primero se asegura que “los profesores de hoy en día le dan mil vueltas a los que había antes”. La frase es de Francesc Pedrò, analista de políticas en el centro de la OCDE para la Investigación Educativa e Innovación, referencia en materia de política educativa y aplicación tecnológica. Lo más importante es el docente, no las políticas ni los dispositivos, continúa diciendo, haciendo hincapié en la necesidad de preguntar más a los profesores qué es lo que necesitan y, algo fundamental, su formación, tanto inicial como continua.

La visión pesimista que se tiene de las capacidades docentes actuales es refutada por Francesc Pedrò: es una falacia que el profesorado siga enseñando igual que en el siglo XIX porque, aunque las aulas, los pupitres o la distribución de espacios sigan siendo similares, lo que ha cambiado radicalmente es el tipo de actividades y la capacitación técnica docente: “Lo difícil ahora es mantener la atención y la disciplina de una clase así, y para eso se requieren competencias que no eran necesarias en el siglo XIX. Los docentes de ahora les dan mil vueltas a los que había”. Reconoce que el alumnado, las familias, el ambiente cultural y social…, condicionan la enseñanza. Ni los contenidos pueden ser los mismos, ni la forma de impartirlos, ni las necesidades de los estudiantes ni de la sociedad en la que tienen que insertarse, por lo que la revisión de todos estos aspectos debe ser continua. Si analizamos la enorme cantidad de cambios que se producen y la rapidez de los mismos, es impensable mantener los conocimientos, las habilidades y las estrategias de enseñanza aprendizaje de hace unos años. Lo que hay que plantearse es si la pedagogía responde a las necesidades que el país tiene y no empecinarse y rasgarse las vestiduras por el fracaso escolar, la escasa transmisión de contenidos, la falta de autoridad del profesorado, etc.

El otro artículo, titulado “Cómo la educación española se echó a perder, contado por una profesora veterana”, también pone el acento y la importancia de la enseñanza en el profesorado (por cierto, yo siempre había creído que lo importante eran los alumnos y su educación), pero con una visión pesimista por parte de la entrevistada, Luisa Juanatey, profesora de instituto jubilada con más de 30 años de experiencia docente, que ha escrito el libro “Qué pasó con la enseñanza. Elogio del profesor”. Según parece, los males de la enseñanza están en la pérdida de autoridad del profesorado y su falta de valoración por parte de la sociedad en general, la devaluación de la enseñanza a partir de la LOGSE, el desprecio de la memoria y del esfuerzo, los padres malcriadores y consentidores, etc. No niego que parte de este análisis pueda tener razón en algunos puntos, pero creo que es excesivamente simplista. Es cierto que se ha desvirtuado la importancia de la educación, que se han implantado leyes educativas sin dejar que tomaran cuerpo, que no se han tenido en cuenta las opiniones del profesorado y sus necesidades, que no se ha formado adecuadamente a los docentes, que se ha politizado excesivamente la educación…

Pero es imposible comparar la educación que se impartía hace 30 o 40 años con la actual porque las circunstancias son radicalmente diferentes. Ni la sociedad, ni las personas, ni los medios, ni las necesidades son las mismas. Padres que acudían a la escuela o al instituto con una mezcla de temor o de reverencia son impensables en la actualidad, porque ningún ciudadano, por ejemplo, admitiría la impunidad o la amenaza de algún agente de la autoridad o la soberbia y el descaro de algún político (bueno, esto último lo pongo entre paréntesis); profesores que impartían sus clases en silencio absoluto, sin plantearse una enseñanza diversificada y adaptada y que podían expulsar a los alumnos en cuanto se incumplía alguna norma; alumnos respetuosos y obedientes, que no se planteaban protestar o interrumpir las clases… Todo eso ha pasado o debería haber pasado a la historia. Ahora existen los derechos y deberes del alumnado, del profesorado y de las familias, las adaptaciones curriculares, alumnado con necesidades de apoyo educativo, los consejos escolares, la participación de las familias, etc. Y eso no significa que me olvide de todos los problemas y males que aquejan a la educación, que son muchos, pero en todas las épocas los ha habido, y los profesores nos hemos quejado (cuando empecé en el año 1975, mis compañeros de colegio más veteranos también se quejaban y en el instituto, en los años 60, cuando yo era alumno, los profesores también nos decían que éramos unos incompetentes y que no queríamos estudiar, nosotros, que teníamos que hacer una prueba de ingreso y dos reválidas, cuando la enseñanza no era obligatoria).

¿Por qué dije al principio que estos dos artículos no eran en el fondo contradictorios aunque lo parezcan? Porque ambos, con diferentes perspectivas, hablan desde el amor a la enseñanza y reivindican la figura del profesor, piedra angular de la institución educativa, aunque sea el alumno su razón de ser. Mientras los partidos políticos y las autoridades educativas no lo tengan claro y trabajen al unísono, dejando a un lado sus diferencias y mientras la sociedad no exija a sus dirigentes que la educación sea el centro de sus discursos, puesto que el progreso y el cambio real sólo se realizará con ciudadanos bien formados, todo lo que digamos y escribamos no servirá para nada y se quedará en esto, en artículos, libros y entrevistas que únicamente mostrarán el desencanto y la frustración de los docentes y los brindis al sol de los políticos.

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