Un turista en Nueva York (II). Houston, tenemos un problema

“Las cosas de este mundo siempre te salen por donde menos te esperas. Precisamente por eso es interesante vivir.”

Haruki Murakami

“Lo esperado no sucede, es lo inesperado lo que acontece.”

Eurípides

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Estamos a 18 de abril y faltan exactamente dos semanas para comenzar nuestro viaje. He hecho una lista con dos columnas: las cosas que están hechas, que es la más numerosa, y las que nos faltan por hacer, sólo pequeños detalles, como comprar los candados TSA, tener en cuenta el roaming para las comunicaciones en Estados Unidos, ver cómo evoluciona el tiempo en Nueva York y las previsiones para las próximas semanas, calcular las maletas que necesitaremos por si hace falta comprar alguna, hacer una relación de las medicinas que nos tenemos que llevar, como por ejemplo analgésicos, pastillas para la hipertensión, pastillas para el colesterol, algo para la ansiedad del vuelo o para dormir por lo del jetlag, tiritas… (pensad en la edad de los viajeros, no os riáis).

La tarde del 18, lunes, voy a la reunión de Conocer Sevilla para una charla sobre rutas literarias: la ruta cervantina, la de Luis Cernuda o la de Antonio Machado, por ejemplo. Estoy apuntado desde enero y me gusta pertenecer al grupo, con su parte teórica los lunes, con presentaciones sobre diferentes aspectos de la arquitectura y el arte sevillanos, y las visitas y rutas los miércoles por la ciudad: iglesias, palacios, museos, calles, rincones… La charla dura aproximadamente una hora pero cuando falta poco para terminar comienzo a sentirme mal, con retortijones y ganas de vomitar. Aguanto hasta el final y le digo a mis amigos que me voy a casa en lugar de tomarme un café con pasteles o churros, que es lo que solemos hacer cuando terminamos. Nada más llegar a casa comienza un espectáculo que prefiero no describir y que dura toda la tarde y la noche, dejándome absolutamente debilitado. Por la mañana sólo soy capaz de tomarme un poco de líquido y me quedo en cama todo el día, sin ganas de hacer nada, ni leer ni ver la televisión. No enciendo ni el móvil ni el ordenador.

La mañana del día 20, un poco repuesto pero todavía muy débil y sin ganas de comer, me siento delante del ordenador para abrir el correo y leer las noticias de los periódicos digitales. Después de apenarme leyendo diversas informaciones sobre el terremoto de Ecuador y cabrearme con todos los partidos políticos por su incapacidad para ponerse de acuerdo y evitar unas nuevas elecciones, abro el correo. La vista se desliza por los veinte o veinticinco mensajes recibidos, y el corazón me da un vuelco cuando leo el asunto de uno recibido el día 18: “Cancelación viaje de reserva con ID Booking…”. Miedo me da abrirlo pero eso no va a solucionar ni evitar el posible desastre. Compruebo lo que me temía por el título: se ha cancelado el viaje de Sevilla a Madrid y si deseo encontrar un vuelo alternativo, debo contactar directamente con la aerolínea, en este caso Iberia, o bien, cancelar el viaje y solicitar el reembolso. Lo primero que hago es reenviar el correo a todos los que vamos a Nueva York, para que sean conscientes del problema.

A pesar de la debilidad, hablo con Rumbo (un 902, por supuesto) y les digo que yo he contratado el viaje con ellos, les he pagado y que deben ser ellos también, como es lógico, los que busquen la solución. Que si quieres arroz, Catalina. El empleado de turno, con un acento extranjero que no identifico, dice que pasará la queja al departamento responsable y que me llamarán lo antes posible. Después de esperar varias horas, cada vez más nervioso, vuelvo a llamar y la misma respuesta, ya se pondrán en contacto conmigo. Estamos a 20 de abril, y resulta que, después de dos meses, con todo ya reservado y faltando doce días para comenzar el viaje, todo está en el aire.

Como ni el cuerpo ni el ánimo están para tirar cohetes, llamo a mi amigo Juan Esteban y le pido (según luego me cuenta, con una voz que parecía de ultratumba) que siga él haciendo las gestiones, que yo no me encuentro capaz. Si habéis leído “El proceso” de Kafka, entenderéis lo que ocurrió en los siguientes diez días. Llamadas a Iberia y a Rumbo, correos electrónicos, promesas de que todo se se a arreglar, WhatsApp entre los miembros del grupo…, pero ninguna solución. Encima, nos dicen en Iberia que podrían cancelarse todos los vuelos contratados porque formaban parte de un paquete único.

Pero no terminan aquí las complicaciones. Quizás conozcáis la Ley de Pudder, una de las muchas variantes de las Leyes de Murphy: “Todo lo que empieza bien acaba mal y todo lo que empieza mal acaba peor”. No teníamos suficiente con el problema de los vuelos, pues señores, la madre de Manoli, con 92 años, se cae y se rompe la cadera el día 21. Seguimos para bingo. Ahora entra en juego la fortaleza de una persona de esa edad que se tiene que someter a una operación y a una posterior recuperación. La operan el viernes 22 y todo se desarrolla a la perfección, pero hay que ver cómo evoluciona en los próximos días. Menos mal que hemos contratado un seguro de cancelación, que contempla esta situación, pero sería una pena que Juan Esteban y Manoli no pudieran venir (todo eso contando con que se solventen los problemas de los vuelos, claro, porque  en ese caso no podría viajar ninguno de nosotros). A todo esto, me planteo otra opción: cancelar el viaje con Rumbo y buscar nuevos vuelos. Pero con menos de diez días de antelación es casi imposible encontrar ofertas para siete personas y en los días que nosotros queríamos. Lo que encuentro casi triplica lo que nos ha costado y no estamos dispuestos a pagarlo.

Se iba acercando el día 2 y teníamos dos frentes abiertos, uno que parecía que se iba solucionando y otro mucho más complicado. Pero, llegados a este punto, me doy cuenta de que estoy alargando mucho el post y voy a resumir, porque esto no es una novela de misterio ni yo soy Edgar Allan Poe. La madre de Manoli se recuperó de una manera que podría catalogarse de milagrosa y el día 30 de abril, o sea, cuando faltaban menos de 48 horas para comenzar nuestro viaje, después de la enésima bronca por teléfono y de llegar a amenazar con emprender acciones legales y solicitar daños y perjuicios, consigo hablar con alguien que tiene cierta responsabilidad en Rumbo y en diez minutos, sí, diez minutos, me soluciona el problema. Me ofrece un vuelo que sale de Sevilla a las 10,45 y llega a Madrid a las 13,15, manteniéndose el resto de los vuelos como estaba previsto en un principio. No me lo creí hasta que me llegó el correo de Rumbo y la confirmación telefónica de Iberia.

Atención, responsables de Rumbo o de cualquier otra agencia de viajes: procuren ser más profesionales y no jugar con el tiempo y las ilusiones de las personas. Han dado con un grupo educado y tranquilo, pero no siempre será así. Por la cabeza se nos pasó la idea de ocupar la sede de Rumbo o de prenderle fuego, para qué andarse con tonterías.

Así que ahora todo volvía a la normalidad y podíamos pensar en Nueva York sin que nos aparecieran fantasmas ni tuviéramos pesadillas. Comenzamos a preparar las maletas y a ir tachando cosas de la lista. Las Leyes de Murphy no se cumplieron y quizás se podría aplicar esa que dice que los gitanos no quieren buenos principios para sus hijos. Aunque me estoy adelantando a los acontecimientos, ya puedo avanzar que, exceptuando algunos pequeños inconvenientes, tanto el viaje como la estancia en Nueva York fueron un éxito.

(continuará)

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