Un turista en Nueva York (III). Cantando bajo la lluvia

Llueve y hace frío en Nueva York. No es una lluvia fuerte ni continua, pero nos obliga a ir abrigados, casi siempre con paraguas y caminando pegados a los edificios. Me llama la atención que poca gente los lleva, deben de estar acostumbrados, pero nosotros no queremos coger un resfriado que nos estropee las vacaciones y por eso hemos venido bien pertrechados. Apenas vimos el azul del cielo en los días que pasamos allí; los edificios eran enormes agujas que se perdían entre las nubes, como alfileres pinchados en algodón. Sin embargo, el día que llegamos, tal y como lo reflejaban las previsiones meteorológicas que habíamos buscado en Internet, no cayó una gota. También vaticinaban que en esta semana llovería poco y haría algo de frío; se equivocaron en lo primero y también en lo segundo porque hizo bastante más frío del previsto durante los nueve días que pasamos allí.

Ni el vuelo hasta Madrid ni el que nos llevó a Nueva York tienen nada reseñable, más allá de las muchas horas en el avión (más de nueve, contando los dos vuelos) y las que pasamos en los aeropuertos. Total, que salimos de casa a las 8,30 de la mañana y llegamos a Nueva York a las 19 horas de allí, es decir, la una de la madrugada en España (os recuerdo que hay seis horas de diferencia, aunque algunas semanas al año es de sólo cinco, por el cambio horario verano/invierno). Pero todavía nos quedaba la parte más pesada: los controles en el aeropuerto JFK. Cientos, miles de personas que llegan al mismo tiempo y que deben demostrar que no son terroristas, ni trafican con droga, ni introducen mortadela o jamón de Jabugo entre la ropa. Después de esperar pacientemente en una de las filas, llegas hasta el policía de turno, que comprueba si tu cara es la que aparece en el pasaporte y te mira fijamente para ver si te pones nervioso. Después te hacen una foto sin gafas, supongo que para reírse un rato cuando finalice la jornada. En el avión ya has tenido que rellenar un papel en el que prometes y juras por lo más sagrado que eres una buena persona y que no cometerás delitos ni dirás falso testimonio ni mentirás y el trago de pasar por la aduana es tal y como se describe en este enlace: Cómo pasar por la aduana de Estados Unidos. Si yo hubiera leído esta información no me habría puesto tan nervioso. Pero, felizmente, todos pasamos la prueba sin problemas.

PRIMERA NOCHE EN MANHATTAN

Una vez realizado el trayecto del aeropuerto al hotel sin incidentes, y mirando como tontos por las ventanillas como si nunca hubiéramos salido de casa, llegamos al hotel sobre las 10 de la noche, después de aproximadamente una hora de trayecto. El hotel Shoreham tiene un aspecto poco atractivo desde el exterior, en una calle, la 55 de Manhattan, estrecha y que en ese momento, como casi toda la ciudad, estaba en obras. Pero la pequeña y acogedora recepción cambia esa primera impresión y, además, hablan español, así que sin problemas para comunicarnos. Dejamos las maletas en las habitaciones y Santiago y yo solos, ya que los demás están muy cansados o no les apetece, salimos a dar un paseo por los alrededores. Como traemos un buen plano de Manhattan, salimos primero a la Quinta Avenida y ya comienzan a aparecer las emociones contradictorias que nos acompañarán a lo largo de estos días: saber que nunca hemos estado allí, pero todo es conocido y desconocido a la vez, todo está descubierto y por descubrir y todo tiene sabor a aventura y a cotidianidad al mismo tiempo. Estamos a la altura de la Torre Trump, personaje muy famoso últimamente porque quizás sea el próximo presidente de los Estados Unidos y que puede hacer que George Bush hijo sea una hermanita de la caridad a su lado. La vista de la Quinta Avenida a esa hora es realmente preciosa. Unos metros más arriba Tiffany’s, y muy cerca, la tienda de Apple, Central Park y el Hotel Plaza. Ya es de noche pero la ciudad brilla como si fuera de día.

Bajamos por la Sexta Avenida (o Avenida de las Américas) y nos vamos encontrando con edificios altísimos, el hotel Hilton, a la izquierda, en la calle 54, detrás de nuestro hotel, el MOMA, un poco más abajo el Radio City Music Hall… Totalmente emocionados y subyugados por el espíritu neoyorquino, Santi y yo nos compramos un perrito caliente en uno de los miles de carritos que hay por toda la ciudad. Lo malo es que no inmortalizamos ese momento con una foto y mirad que hicimos miles. Seguimos bajando y de pronto, mirando hacia la derecha, vemos una luces que ya sabemos lo que significa: a unos cien metros, Times Square. Eso ya fue el remate. Rápidamente nos dirigimos allí y alucinamos con la luces de neón y los anuncios que habíamos visto miles de veces en las películas y en la televisión, sobre todo en la noche de fin de año.

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DSC_0052.JPGTodavía sin reponernos de la emoción, vamos regresando al hotel y pasamos por el Rockefeller Center y por la Catedral de San Patricio. En menos de dos horas habíamos visto muchas de las cosas que teníamos previsto ver. Hemos aprovechado muy bien el tiempo ya que el hotel, como se puede comprobar, tiene una ubicación inmejorable.

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PRIMER DÍA EN NUEVA YORK

No sé para qué se hace una planificación día a día un viaje si después apenas se cumple. Lo digo porque hay muchos factores que influyen para que cualquier pequeño incidente lo cambie todo. Cuando nos levantamos, a las siete de la mañana que hay que aprovechar el tiempo, comprobamos que está lloviendo. La vista desde la habitación es deprimente: un patio con los motores de calefacción y refrigeración. Y encima, con un color grisáceo en el cielo y unos goterones que deprimen todavía más. Después de las correspondientes abluciones matinales bajamos para decidir qué hacemos hoy. Lo primero, claro, desayunar, pero no en el hotel, sino en alguna cafetería cercana para ir conociendo el ambiente neoyorquino. Cerca está Astro (bar, cafetería, restaurante…) donde comienza nuestra experiencia gastronómica americana. La mayoría de nosotros pide café (un tazón que es rellenado casi de forma automática en cuanto comprueban que está vacío), huevos revueltos, tostadas, fruta… Hay que tomar fuerzas porque tememos que las jornadas pueden ser duras. Primeras propinas, que incrementan bastante la cuenta final. Al salir, sigue lloviendo con fuerza, así que desechamos la idea de acercarnos hasta el MET caminando por Central Park y cogemos nuestros primeros taxis amarillos (dos, porque somos siete y tenemos que repartirnos).

El Metropolitan es realmente espectacular y pasamos cuatro horas admirando parte de sus colecciones (semanas habría que estar dentro para verlo todo). Siempre me pasa lo mismo, cuando llevo tres o cuatro horas en un museo de estas características (me pasó en el Louvre, en la National Gallery, en el British o en el Prado) ya estoy saturado, cansado de estar de pie o de luchar con doscientos japoneses para ver cualquier cuadro o escultura. Prefiero ir dos o tres veces en días diferentes a tirarme un día entero dentro de un museo.

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Cuando salimos sigue lloviendo, así que nos planteamos, esta vez, cambiar de servicio público y utilizar el autobús. Nos acercamos hasta Park Avenue y utilizamos gratis el autobús gracias a nuestra torpeza: no habíamos comprado previamente el billete, como es obligatorio allí, y el conductor, viendo que éramos unos pardillos, nos dejó subir sin cobrarnos. Llegamos hasta la Estación Central y después de una visita por un lugar que ha salido en numerosas películas y de hacernos unas fotos delante del edificio Chrysler, comemos muy bien en un pub cercano (donde televisaban, por cierto, el partido Bayern de Múnich-Atlético de Madrid). A continuación visitamos la Biblioteca Pública y subiendo por la Quinta, llegamos hasta el Rockefeller Center (Santiago se empeñó en entrar en la tienda de Lego y hacerse una foto) y entramos en la Catedral de San Patricio. Nos dio tiempo también a disfrutar con el ambiente de Times Square, que he visitado dos veces en menos de veinticuatro horas. El cuentakilómetros echaba humo, por lo que, al llegar bien entrada la noche al hotel, caímos destrozados en la cama. Primer día agotador pero contentos, porque esta ciudad no aburre nunca.

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