Relato V: LA LITURGIA

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El sumo sacerdote entró en la gran plaza porticada seguido por veinte sacerdotes de inferior rango. Las vestimentas de estos últimos, largas túnicas azules que llegaban hasta el suelo, ceñidas en la cintura por un cordón dorado, sólo se diferenciaban de la del sumo sacerdote por el misterioso símbolo que éste lucía en el pecho. La multitud, que había estado esperando impaciente desde hacía horas, los acogió con una enorme exclamación de júbilo y comenzó a cantar al unísono el himno religioso con el que esperaban agradar a los dioses. Hacía siglos, quizás milenios, que se celebraba el mismo acto, repitiendo la ceremonia con los mismos gestos y las mismas palabras que habían ido pasando de generación en generación. Lentamente, la comitiva se fue acercando al estrado de madera que se había levantado en el centro de la plaza y subió con gran solemnidad en fila de a dos.

Cuando todos terminaron de subir y de colocarse formando un perfecto semicírculo en el centro del cual estaba el sumo sacerdote, éste levantó los brazos e inmediatamente se hizo un profundo silencio. El sumo sacerdote, entonces, comenzó la liturgia. Todos sabían, desde el niño al anciano, del rey al último súbdito, las vírgenes y las prostitutas, los comerciantes y los esclavos, que el futuro dependía de que el ritual se celebrara con absoluta perfección, sin un solo cambio, sin un solo error. Con temor y con expectación todos siguieron la ceremonia sin perderse un gesto, una sola palabra de las muchas que, a lo largo de minutos interminables, el sumo sacerdote fue repitiendo como habían hecho todos sus predecesores desde el principio de los tiempos. De vez en cuando, la multitud recitaba oraciones, levantaba los brazos, se postraba o permanecía sin mover un solo músculo. Todo tenía que salir perfecto, como se había transmitido de padres a hijos, de maestros a discípulos. Los sacerdotes que estaban en cada uno de los extremos del semicírculo que, además, eran los más jóvenes, se acercaron al sumo sacerdote y lo rodearon, colocando cada uno un pequeño objeto a sus pies: un ave de arcilla, para contentar a los dioses que dominan los cielos; un campesino de madera, para aplacar a los demonios de la tierra; un jarro con agua, para satisfacer a las deidades que viven en el fondo de los mares; y una tabla con una hoguera pintada de rojo y amarillo, para evitar la ira del volcán a cuyos pies había crecido la ciudad. El sumo sacerdote se arrodilló y rezó una plegaria diferente delante de cada uno de los objetos. Cuando finalizó, se levantó y con una gran voz declaró que la ceremonia se había realizado con total perfección y que dioses y demonios estarían satisfechos y permitirían que la ciudad siguiera creciendo en paz y prosperidad. Un suspiro de alivio salió de las gargantas de los asistentes y poco a poco la plaza se fue vaciando.

En el estrado nadie se movió. El sumo sacerdote permanecía con los brazos en alto, los ojos cerrados y dos lágrimas resbalando por sus mejillas. Un niño y su padre, los dos últimos espectadores que quedaban en la plaza, estaban a punto de salir cogidos de la mano por una de las puertas cuando el niño, curioso, volvió la cabeza y contempló la escena que comenzaba a desarrollarse en la tarima: los cuatro sacerdotes que habían depositado los objetos delante del sumo sacerdote lo estaban rodeando. Su padre estiró de él y los dos salieron sin ver cómo cada uno de los sacerdotes iba clavando un cuchillo en el cuerpo del sumo sacerdote que, sin un grito y con los ojos cerrados, fue cayendo poco a poco. Con la cuchillada, cada sacerdote iba diciendo una frase:

  • Te has equivocado y has mentido al pueblo al no decírselo, el cielo nos castigará.
  • Algunos ciudadanos se han equivocado y has mentido al pueblo por no decírselo, los demonios nos destruirán.
  • Un sacerdote se ha equivocado y has mentido al pueblo por no decírselo, el mar nos ahogará.
  • No han venido todos los ciudadanos a la ceremonia, por lo que la liturgia que hemos realizado no tiene valor alguno y has mentido al pueblo por no decírselo, el volcán nos arrasará.

Todos los sacerdotes comenzaron a bajar lentamente de la tribuna, dejando el cuerpo sin vida del que hasta hacía unos momentos había sido su guía caído en el suelo, mientras la sangre enrojecía las tablas y se escurría hasta la arena de la plaza.

Un ligero penacho de humo comenzó a salir del cráter del volcán y negros nubarrones oscurecieron el cielo. La liturgia había fallado y el destino empezaba a cobrar lo que desde hacía siglos estaba escrito. A lo lejos se escuchaba el grito apagado de algunas personas: “Sí se puede, sí se puede”.

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Querido votante…

Me alegra comprobar que mis hijos tienen criterio y que haber sido educados en la libertad, la tolerancia y la reflexión han dado sus frutos. Totalmente orgulloso.

Kimochi

Querido votante,

A dos días de las segundas elecciones generales estarás pensando ‘ya está el listo de turno soltándonos un discursito de moral política e intentando rascar votos para lo que él le gusta’. Obviamente objetivo no soy, por lo que aunque lo intente tendré mis ramalazos. Pero prometo que este post no lo he hecho intentando convencer a nadie de nada. Más que nada porque a dos días de votar, intuyo que ya tendrás tu voto decidido y que desde luego lo que yo te diga te la trae al pairo. Y haces bien.

Pero si eres de ese porcentaje de indecisos, que digo yo que alguno quedará, que no sabes qué hacer (o directamente si hacer algo) el domingo 26 de junio de 2016, a lo mejor te doy alguna idea. O incluso puede ser que hayas decidido tu voto, pero no estés muy convencido. O que digas “va…

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Un turista en Nueva York (y VI). Otra excursión y paseo por Central Park. Punto y final

De hoy no pasa. Reconozco que estas entradas sobre el viaje a Nueva York no han sido tanto para dar envidia a aquellos que todavía no conocen esta ciudad o para hacer una reseña que sirva para futuros viajeros (yo no soy experto en guías de viajes), sino como una especie de diario que me permita recordar momentos e instantes que de otro modo caerían en el olvido.Y si, además, puede servir a otros para que planifiquen mejor su viaje, estupendo. Continuaré describiendo la segunda excursión que hicimos durante los nueve días de estancia en Nueva York: Washington.

DOS EXCURSIONES CONTRATADAS (II)

Esta excursión fue una incógnita durante nuestros primeros días. Así como la de Contrastes en Nueva York teníamos claro que queríamos hacerla, la de Washington estuvo en duda hasta un par de días antes, porque queríamos comprobar si nos daba tiempo a ver todo lo que habíamos previsto. Como se estaban cumpliendo todos los objetivos sin ningún tipo de incidente (menos el tiempo, ya que la lluvia y el frío nos estaban retrasando el picnic en Central Park), dos días antes contratamos esta excursión con Civitatis. Una opción bastante más económica es ir en tren o en autobús, como se describe en esta página Washington en un día, pero de esta forma estábamos más tranquilos y, después de la experiencia, creo que volvería a hacerlo así. De entrada diré que es una auténtica paliza: casi nueve horas en minibús (ida y vuelta) de un total de dieciséis, por lo que únicamente te quedan siete horas para ver una ciudad que, realmente, merece la pena, aunque sólo sea para conocer sus lugares más emblemáticos.

Fernando, el excelente guía que nos acompañó en esta excursión, nos recogió a las seis menos cuarto de la mañana en nuestro hotel, un madrugón. A partir de ahí fuimos recogiendo a los otros viajeros hasta completar trece, mal número, aunque con Fernando éramos catorce: nosotros siete, una valenciana, una ecuatoriana (jóvenes las dos), un padre y una hija chilenos y un matrimonio de argentinos. Buen grupo con el que congeniamos e hicimos un agradable viaje. He de decir que ese día, lunes 9 de mayo, Santiago y yo cumplíamos años, con lo que fue una excelente manera de celebrarlo.

Salimos de Manhattan pasadas las seis de la mañana por el Lincoln Tunnel y entramos en el estado de New Jersey. Todo el viaje de ida lo hicimos por autopista y Fernando, que al mismo tiempo que conducía nos iba explicando la historia de los lugares por los que pasábamos, resultó un guía muy preparado y ameno. Después de New Jersey llegamos al estado de Delaware y paramos a desayunar en una enorme área de servicio, con tres o cuatro cafeterías y restaurantes, un Starbucks, cómo no, tiendas de compras… Seguramente Santiago hará una descripción detallada de cómo fue el desayuno en su blog Kimochi, porque tuvo anécdotas graciosas.

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A continuación llegamos a Maryland y pasamos cerca de su capital, Baltimore, pero no paramos. Y por fin, tras cinco horas de viaje y unos 350 kilómetros (o 260 millas, como prefiráis), y después de atravesar el río Potomac, llegamos al destino. Primer problema: casi todo el tiempo estuvo lloviendo, por lo que era complicado aguantar el paraguas y hacer fotos al mismo tiempo. En primer lugar, y tras rodear el Pentágono, nos dirigimos al Cementerio Nacional de Arlington, donde descansan los militares estadounidenses que participaron en todas las guerras, sean de la religión que sean. Es una visita obligada como casi todo lo que vimos en Washington. Aunque lo hemos visto muchas veces en cine y televisión, es realmente impresionante. Las tumbas de John F. Kennedy, de sus hermanos y de su esposa Jacqueline están en una zona elevada y con una llama que jamás se apaga. El silencio que rodea esta zona es casi absoluto.

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Después de casi una hora deambulando entre tumbas y monumentos, volvemos otra vez al autobús que nos lleva a uno de los lugares más conocidos de Washington: el National Mall, la explanada con el obelisco a un lado y el Monumento a Lincoln en otro. Recordé muchas películas que se desarrollan en este entorno entre ellas, cómo no, Forrest Gump y su reencuentro con Jenny. Más fotos y más paraguas.

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Seguimos con la visita y llegamos hasta la denominada “Calle Principal de América”, es decir, la Avenida de Pensilvania, que conecta el Capitolio y la Casa Blanca. Y otra vez me volví a acordar de Jenny, la actriz Robin Wright, esta vez como Claire Underwood protagonista de la serie House of Cards (¡cómo terminó la 4ª temporada, madre mía!)

En todas partes cientos de turistas y en esta zona, además, decenas de policías con perros. Muchas fotos y esperando que Obama saliera a recibirnos, pero no ocurrió. Ni tampoco salió Kevin Spacey como Frank Underwood, nueva decepción.

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Llega la hora de comer y el autobús nos deja frente al Capitolio, cuya cúpula está en obras. Para nuestra decepción no pudimos visitarlo, así que entramos en uno de los mejores museos que nos encontramos en el viaje: la Galería Nacional de Arte. Reconozco mi ignorancia, pero creo que no sabía de la importancia y de la calidad de las obras que contiene. Con una gran ventaja: es muy cómodo, las obras están perfectamente organizadas y no hay aglomeraciones como en la mayoría de los museos que visitamos en Nueva York. La pena es que tuvimos poco tiempo para recorrerlo, y eso que comimos en el restaurante que hay en la planta baja.

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El viaje de regreso se hizo más pesado porque, además, buena parte lo hicimos por carretera nacional y no por autopista. A todo esto, he decir que el paisaje de los estados que atravesamos es precioso: grandes ríos y bosques, pequeñas colinas, lagos… Un descanso para la vista.

Llegamos a Nueva York cerca de las once de la noche, cansados pero contentos de haber pasado una jornada intensa y bien aprovechada. Lo bueno que tienen este tipo de excursiones es que te quedas con ganas de volver.

PASEO POR CENTRAL PARK

Último día en Nueva York y, por fin, sale el sol. Pensé que no íbamos a verlo en todos los días de nuestra estancia aquí. Así que, después de dejar las habitaciones, entregar las llaves en recepción y dejar las maletas guardadas en una habitación de la planta baja,  pudimos pasear por este auténtico oasis dentro de una enorme ciudad. Como desde el hotel es un pequeño paseo, nos detuvimos primero en el Hotel Plaza y nos hicimos fotos en el vestíbulo (poco que ver con el Shoreham, como es lógico). El parque tiene forma rectangular, con unos cuatro kilómetros de largo y algo menos de un kilómetro de ancho. Mi intención era haber corrido una de las mañanas, pero con ese tiempo no tenía ganas de coger una pulmonía. Y el último día no era plan ya que hubiera tenido que levantarme demasiado temprano y llevar la ropa sudada en una bolsa dentro de una maleta. Carmen no me lo hubiera permitido.

Lo primero que llama la atención del parque es que parece casi totalmente natural, aunque su diseño y construcción datan de mediados del siglo XIX (véase esta entrada de la Wikipedia: Central Park). Poco a poco fuimos recorriéndolo, dando un paseo muy agradable. Salimos para ver el edificio Dakota, pero su fachada estaba totalmente en obras, así que apenas pudimos verlo. Muy cerca, dentro del parque, hay una zona de homenaje a John Lennon que, como sabéis, fue asesinado cuando salía del Dakota. Siempre hay gente haciéndose fotos y cantando canciones suyas. Llegamos hasta el lago más grande del parque, el Reservoir y, después de casi tres horas de paseo, salimos. Se iba acercando la hora de comer. Por esa zona hay pocos restaurantes pero encontramos uno que no estuvo mal, el New Amitie, en Madison Avenue. Cuando terminamos, Santiago, Isabel y yo continuamos andando y bajamos por Madison, pero los demás no tenían ganas de más ejercicio y cogieron un taxi para descansar un poco en el hotel. Los tres paseantes nos compramos un café que fuimos tomando por la calle, para seguir y terminar con una tradición neoyorquina.

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El final y la salida de Nueva York fueron apoteósicos. Habíamos encargado en recepción un transporte que nos llevara del hotel al aeropuerto y cuando llegó la hora, sobre las cinco de la tarde, comprobamos con asombro que no era un microbús, como cuando llegamos, sino una limusina. Lo que nos faltaba para rematar un viaje que había salido mucho mejor de lo que habíamos planificado. Pero nos llevamos un buen susto porque a esa hora salir de Manhattan y atravesar Queens es un suplicio. Tardamos casi dos horas en llegar al JFK por lo que casi entramos en pánico, aunque habíamos salido con bastante antelación Pero al final no tuvimos problemas.

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Salimos el día 10 de mayo a las 21,30 de Nueva York y llegamos a Londres el día 11 a las 9,30 de la mañana (cosas de los husos horarios). Tanto el viaje de vuelta en avión a Heathrow, como el traslado en un minibús hasta Gatwick y el viaje a Sevilla transcurrieron sin incidentes. Total, que tras diez días puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que este viaje es uno de los mejores que he hecho. Nueva York es una ciudad fascinante, que no deja indiferente a nadie. Allí te encuentras con un ambiente,una cultura, unas gentes, que es un compendio de todos los ambientes, culturas y personas de los lugares que he visitado hasta ahora. No tiene el encanto de París o Londres, la historia de Roma o Florencia, la personalidad de Viena o Praga, la belleza de Estambul. Pero en muchos de sus rincones puedes encontrar un trozo de cada uno de ellos. Todavía me quedan muchos países, ciudades y rincones por ver y visitar, pero si alguna vez me proponen volver a Nueva York, seguro que lo haré.

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Un turista en Nueva York (V). Primera excursión

Me estoy acercando al número de entradas que tenía previstas para describir todo el viaje a Nueva York, pero creo que me he quedado corto, porque todavía me faltan muchas cosas por explicar. Intentaré ser más escueto, porque, además, lo breve, si bueno, es más breve (o lo bueno, si breve, es mejor… ya no sé muy bien lo que escribo).

DOS EXCURSIONES CONTRATADAS (I)

Intentar ver Nueva York en ocho días os puedo asegurar que es una tarea imposible. Sólo Manhattan puede llevarte un mes, y si quieres conocerla en profundidad, toda una vida. Creo que eso pasa con cualquier ciudad, porque yo llevo viviendo 35 años en Sevilla y todavía no conozco muchos de sus rincones, así que figuraos una ciudad que, creo recordar, es doce o trece veces más grande que la antigua Híspalis.

Por tanto, y siguiendo los consejos de muchos foros y blogs de viajes, contratamos una excursión que se llama Contrastes de Nueva York. En esta excursión se visitan cuatro barrios, que si los quieres hacer por tu cuenta, te llevarían varios días o semanas: Harlem, Bronx, Queens y Brooklin (comparándolo con Sevilla, es como si te llevaran a Triana, Las Tres Mil Viviendas, Nervión y…, bueno, Queens no sé con qué barrio de Sevilla compararlo, lo reconozco). El problema de esta excursión, desde mi punto de vista, es que da la impresión de que nos convertimos en voyeurs, sobre todo en el Bronx y los lugares por los que se pasa y en los que nos detenemos. En determinados momentos dan ganas de no seguir mirando y de abandonar la visita: el guía nos explica que aquí asesinaron a un niño, allí venden droga, en esta otra calle incendiaron casas durante una serie de protestas…  Y no es que no quiera conocer una realidad que está ahí, pero hacerlo de esta manera, haciendo fotos desde un minibús con otras quince o dieciséis personas que dentro de unas horas se olvidarán de estas miserias y regresarán a su vida plácida y cómoda, no me parece, ahora desde la perspectiva de un par de semanas, lo más adecuado.

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Me llevé una decepción con el Cotton Club. Este no tiene nada que ver con el que fue un mito durante los años 20. El actual data de 1978 y está situado en una calle horrible de Harlem.

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Sin embargo, sí me gustaron otros lugares: la Catedral de San Juan el Divino, la Universidad de Columbia, que se estaba preparando para los actos de graduación, el extraordinario ambiente del Estadio de los Yankees, el parque de Flushing Meadows o el barrio de Queens, con sus “pequeñas casitas”.

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Tenía ganas de ver el barrio judío ultraortodoxo de Williamsburg. Y no me decepcionó, bien al contrario, me impactó. Coincidió que era sabbath, por lo que todos iban vestidos de gala. Nos bajamos y nos cruzamos con muchas familias que iban caminando hacia la sinagoga. El guía nos advirtió que no hiciéramos fotos, o por lo menos, no de manera demasiado evidente. Yo me colgué la cámara del pecho y, sin enfocar, fui haciendo algunas fotos, pero pocas salieron bien. Las mujeres siempre detrás de sus esposos y estos, cogiendo de la mano a sus hijos. Procuraban no curzarse con nosotros, sino cambiar de acera: somos impuros para ellos.

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Finalizamos entre los puentes de Manhattan y de Brooklyn, otra perspectiva extraordinaria de una ciudad que nunca decepciona. A veces parece un decorado de película, aunque la mayoría del tiempo te das cuenta de que es el auténtico compendio de todas las grandezas y miserias que se pueden encontrar en la naturaleza humana. Nos despedimos ahí de todo el grupo y del guía y, después de las fotos de rigor, cruzamos despacio el puente de Brooklyn, junto con otros varios de miles de turistas. Los neoyorquinos suelen cruzarlo en bicicleta o en coche.

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Una vez en Manhattan, nos dirigimos hacia Chinatown y Little Italy, otras zonas imprescindibles de Nueva York. Comimos en esta última, en una de las pizzerías más famosas, no sólo de la ciudad, sino de toda Norteamérica, ya que dicen que es la primera pizzería que se abrió en Estados Unidos: Lombardi’s. La verdad es que mereció la pena, porque las pizzas que comimos estaban riquísimas. Cuando paseas por las calles de ambos barrios, quieres sumergirte en ese ambiente, muy vivo, alejado de la frialdad de los enormes edificios de la Quinta o de Madison. Podrías reconocer, con sus particularidades y diferencias, cualquier barrio de cualquier ciudad europea.

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Como me temía, hoy tampoco he terminado el viaje a Nueva York. Pero mi propósito es que el próximo capítulo sea ya el último, que esto es ya muy pesado.