Un turista en Nueva York (V). Primera excursión

Me estoy acercando al número de entradas que tenía previstas para describir todo el viaje a Nueva York, pero creo que me he quedado corto, porque todavía me faltan muchas cosas por explicar. Intentaré ser más escueto, porque, además, lo breve, si bueno, es más breve (o lo bueno, si breve, es mejor… ya no sé muy bien lo que escribo).

DOS EXCURSIONES CONTRATADAS (I)

Intentar ver Nueva York en ocho días os puedo asegurar que es una tarea imposible. Sólo Manhattan puede llevarte un mes, y si quieres conocerla en profundidad, toda una vida. Creo que eso pasa con cualquier ciudad, porque yo llevo viviendo 35 años en Sevilla y todavía no conozco muchos de sus rincones, así que figuraos una ciudad que, creo recordar, es doce o trece veces más grande que la antigua Híspalis.

Por tanto, y siguiendo los consejos de muchos foros y blogs de viajes, contratamos una excursión que se llama Contrastes de Nueva York. En esta excursión se visitan cuatro barrios, que si los quieres hacer por tu cuenta, te llevarían varios días o semanas: Harlem, Bronx, Queens y Brooklin (comparándolo con Sevilla, es como si te llevaran a Triana, Las Tres Mil Viviendas, Nervión y…, bueno, Queens no sé con qué barrio de Sevilla compararlo, lo reconozco). El problema de esta excursión, desde mi punto de vista, es que da la impresión de que nos convertimos en voyeurs, sobre todo en el Bronx y los lugares por los que se pasa y en los que nos detenemos. En determinados momentos dan ganas de no seguir mirando y de abandonar la visita: el guía nos explica que aquí asesinaron a un niño, allí venden droga, en esta otra calle incendiaron casas durante una serie de protestas…  Y no es que no quiera conocer una realidad que está ahí, pero hacerlo de esta manera, haciendo fotos desde un minibús con otras quince o dieciséis personas que dentro de unas horas se olvidarán de estas miserias y regresarán a su vida plácida y cómoda, no me parece, ahora desde la perspectiva de un par de semanas, lo más adecuado.

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Me llevé una decepción con el Cotton Club. Este no tiene nada que ver con el que fue un mito durante los años 20. El actual data de 1978 y está situado en una calle horrible de Harlem.

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Sin embargo, sí me gustaron otros lugares: la Catedral de San Juan el Divino, la Universidad de Columbia, que se estaba preparando para los actos de graduación, el extraordinario ambiente del Estadio de los Yankees, el parque de Flushing Meadows o el barrio de Queens, con sus “pequeñas casitas”.

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Tenía ganas de ver el barrio judío ultraortodoxo de Williamsburg. Y no me decepcionó, bien al contrario, me impactó. Coincidió que era sabbath, por lo que todos iban vestidos de gala. Nos bajamos y nos cruzamos con muchas familias que iban caminando hacia la sinagoga. El guía nos advirtió que no hiciéramos fotos, o por lo menos, no de manera demasiado evidente. Yo me colgué la cámara del pecho y, sin enfocar, fui haciendo algunas fotos, pero pocas salieron bien. Las mujeres siempre detrás de sus esposos y estos, cogiendo de la mano a sus hijos. Procuraban no curzarse con nosotros, sino cambiar de acera: somos impuros para ellos.

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Finalizamos entre los puentes de Manhattan y de Brooklyn, otra perspectiva extraordinaria de una ciudad que nunca decepciona. A veces parece un decorado de película, aunque la mayoría del tiempo te das cuenta de que es el auténtico compendio de todas las grandezas y miserias que se pueden encontrar en la naturaleza humana. Nos despedimos ahí de todo el grupo y del guía y, después de las fotos de rigor, cruzamos despacio el puente de Brooklyn, junto con otros varios de miles de turistas. Los neoyorquinos suelen cruzarlo en bicicleta o en coche.

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Una vez en Manhattan, nos dirigimos hacia Chinatown y Little Italy, otras zonas imprescindibles de Nueva York. Comimos en esta última, en una de las pizzerías más famosas, no sólo de la ciudad, sino de toda Norteamérica, ya que dicen que es la primera pizzería que se abrió en Estados Unidos: Lombardi’s. La verdad es que mereció la pena, porque las pizzas que comimos estaban riquísimas. Cuando paseas por las calles de ambos barrios, quieres sumergirte en ese ambiente, muy vivo, alejado de la frialdad de los enormes edificios de la Quinta o de Madison. Podrías reconocer, con sus particularidades y diferencias, cualquier barrio de cualquier ciudad europea.

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Como me temía, hoy tampoco he terminado el viaje a Nueva York. Pero mi propósito es que el próximo capítulo sea ya el último, que esto es ya muy pesado.

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