Relato XI: Rutina (I)

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(Reconozco que me estoy volviendo un vago, que estoy pasando por una etapa de relajación impropia en una persona que no se puede estar quieta, que no le gusta permanecer sentada delante del televisor, del ordenador, o leyendo un libro durante horas, que necesita cambiar de actividad constantemente… Quizás sea por eso, por la dispersión, porque podría ser un hiperactivo y hasta ahora no me había dado cuenta, que salto de una tarea a otra sin descanso ni tregua. Hace pocos meses me había marcado una serie de objetivos para este año y mucho me temo que, o cambian mucho las cosas, o no voy a ser capaz de cumplir ninguno. Lo de escribir dos libros me parece ya una entelequia, una utopía prácticamente inalcanzable porque me he liado, he cambiado las historias y los personajes tres o cuatro veces porque ellas y ellos me lo han pedido, no les gustaba ni el argumento ni su personalidad ni los hechos que les acontecían, se han rebelado como hizo Augusto, el protagonista de Niebla, aquella “nivola” de Unamuno, así que me encuentro en un callejón sin salida. Por eso, volveré a escribir pequeños relatos que requieren menos capacidad de concentración y de atención, y menos complejidad, que en estos momentos las musas me han abandonado.

Esta es la primera parte de uno que nadie sabe, y menos yo mismo, cuándo tendrá continuación. Aunque algunos pueden pensarlo porque son muy mal pensados, que ya lo sé, no es nada autobiográfico).

Acostado en el sillón, como solía hacer todas las noches antes de irse a la cama, con la luz apagada y el televisor encendido con el sonido muy bajo, esperaba a que le llegara el sueño reparador de un día como todos, agotador física y mentalmente. La diferencia es que mañana tenía que tomar una decisión que podía cambiar su vida y eso le provocaba un pellizco en el estómago y una opresión en el pecho que auguraban una noche de insomnio. Se aseguró de tener cerca el vaso de agua, el mando del televisor y la pequeña manta que se pondría en los pies cuando le diera frío.

Repasó lo que había hecho desde primera hora, cuando sonó la radio del despertador con las noticias de las seis de la mañana. Después de unos minutos que aprovechaba para desperezarse y remolonear, echó las sábanas y la manta a un lado y con cuidado, para evitar que se reprodujera la lumbalgia que le había amargado la existencia unas semanas atrás, se puso las zapatillas, levantó la persiana y abrió la ventana para que comenzara a ventilarse la habitación. Todavía era de noche y apenas había tráfico en la avenida, pero en el edificio de enfrente ya se veían algunas luces encendidas. Comprobó que su amigo Felipe también se había levantado y, seguramente, estaría desayunando en la cocina. Se dirigió al baño para “realizar sus abluciones”, como eufemísticamente denominaba su amigo Juan a descargar la vejiga u otros desechos acumulados, pesarse en la báscula y constatar que seguía con el mismo peso que hacía diez años, darse una ducha de agua templada, peinarse y ponerse el pijama que se había quitado antes de acostarse, pues sólo dormía con los calzoncillos. Miró para el lado izquierdo de la cama, aquel que hacía ya cerca de veinte años que permanecía vacío desde que ella lo dejó solo gritándole a la puerta que había cerrado tras de sí después de la enésima discusión, lado que él nunca se atrevía a ocupar por si alguna noche regresaba. Salió al pasillo y volvió a colocar bien los cuadros que, por alguna razón misteriosa, todas las mañanas aparecían ligeramente torcidos. Se detuvo, como siempre, ante la reproducción del beso de Klimt que habían comprado en Ámsterdam en el viaje de novios y descubrió alguna flor nueva que estaba escondida bajo la rodilla de la amante. El color dorado del cuadro le producía una sensación de bienestar y de optimismo que le duraba hasta que pisaba la acera de la calle.

Se preparó el desayuno con el ritual que le permitía pensar en lo que iba a hacer durante el resto del día: primero llenó la cafetera eléctrica con el agua y el café y la encendió, después exprimió tres naranjas y llenó un vaso con el zumo, cogió dos piezas de fruta y unas nueces, cortó un par de rebanadas del pan que había sobrado del día anterior y las puso en la tostadora plana, regalo de sus hijos en el último cumpleaños. “Papá, a ver si con esto no se te queman las tostadas, que siempre tienes que tirarlas”. Aunque vivía solo, porque Susana y Luis hacía ya varios años que se habían independizado, los veía a menudo y solían comer juntos varias veces al mes. Ella, sin embargo, nunca estaba. “¿Sabes algo de mamá?”, solía preguntar Susana. Él negaba con la cabeza y bajaba la vista. Siempre la misma rutina, la misma pregunta y el mismo gesto.

Tomaba primero la fruta y el zumo con la pastilla para la tensión mientras vigilaba que el café y las tostadas estuvieran preparados. Seguía escuchando las noticias de la radio y, cuando se cansaba, cambiaba a una emisora con música. Terminado el desayuno, se lavaba los dientes, se vestía con parsimonia, hacía la cama cuidadosamente, dejando las sábanas y la colcha bien estiradas, cogía el maletín negro en el que, con letras doradas, se leía “Consejería de Obras Públicas” y salía, no sin antes comprobar varias veces que la puerta estaba bien cerrada. Bajaba los tres pisos por las escaleras, para ir desentumeciendo los músculos y pisaba la acera con el pie derecho, una superstición que le acompañaba desde que tenía memoria. Reconocía que era un poco maniático, pero no le daba mayor importancia porque ¿quién no tenía manías? Sin ir más lejos, ella tenía la costumbre de beber siempre el agua en la botella de medio litro, sin utilizar vaso, lo que le provocaba a él mucha vergüenza cuando estaban en grupo o comían fuera. Ella decía que no se fiaba de la limpieza de los vasos, y menos en los restaurantes o en los bares.

El paseo de media hora hasta su lugar de trabajo y de tortura comenzaba con un saludo a los trabajadores de la limpieza que todas las mañanas se cruzaban con él mientras se dirigían a recoger sus herramientas de trabajo en un local cercano. Eran muchos años y se había establecido una especie de complicidad y camaradería que desconocían, ellos limpiarían las calles de la ciudad mientras él se dedicaba a elaborar presupuestos para hacer carreteras o autopistas y limpiar y dejar sin un duro las arcas de la comunidad. No era lo mismo pero sí algo parecido.

Continuaba caminando mientras las luces de las farolas se iban apagando y la claridad del amanecer iba venciendo a la oscuridad. Esa lucha le fascinaba y le asombraban cotidianamente los variados matices de rojo, azul, violeta o amarillo que se fundían con el negro del cielo que desaparecía por momentos. Pero en lugar de la alegría o la tranquilidad que esos minutos le habían provocado en los primeros años de la llegada a la ciudad y su incorporación al trabajo, ahora sólo sentía opresión y tristeza, pues cada minuto que pasaba y cada paso que daba le acercaban al tormento, a la pesadilla que supondría enfrentarse a la desidia y al ostracismo al que le habían relegado en su departamento. Compró el periódico en el kiosco de Venancio, la primera persona que conoció en el barrio y que le resumía en pocas frases las últimas novedades deportivas y políticas, leyó los titulares y la columna de la contraportada, lo dobló y siguió andando sin prisas, pues, como siempre, tenía mucho margen de tiempo. Cruzó varias calles, se detuvo delante de la tienda de deportes y prometió comprarse una buena equipación para comenzar a hacer ejercicio, primero andar y después correr, ya que decían que era muy bueno para regular la tensión y a él le había subido bastante en los últimos años.

(Continuará, digo yo)

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