Relato XI: Rutina (II)

(Continuación)

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El sol ya había salido y el cielo azul, con algunas pequeñas nubes de algodón teñidas de ligero tinte rojizo y suspendidas sobre los edificios, prometía un día caluroso de finales de abril. Siguió andando despacio, controlando el tiempo y mirando su reflejo en los cristales de los comercios, que devolvían una figura frágil, ligeramente encorvada y delgada, un traje gris que le quedaba demasiado grande, mirada miope y triste, tez pálida en un rostro vulgar. Faltaban pocos segundos para las siete y media, hora a la que llegaba siempre con exquisita exactitud, que comprobaba en el reloj que también le habían regalado sus hijos cuando cumplió los cincuenta años: “Papá, sabemos que la puntualidad es otra de tus obsesiones, así que ahora no tendrás problemas con este reloj, que nos ha costado una pasta”. Y de eso hacía casi una década. El guardia de seguridad, sentado en su garita y rodeado de pantallas de televisión que vigilaban los cuatro pisos del edificio, lo saludó con un movimiento de cabeza y una medio sonrisa, que cada vez era menos cálida y más distante. Él, sin embargo, sí lo saludó con la amabilidad que había sido su mejor arma y que ahora parecía ser una carga. Pasó la tarjeta de control por la máquina de tornos y subió por la escalera hasta la segunda planta, que se abría en un amplio vestíbulo con tres puertas acristaladas, en cada una de las cuales se podían leer los diferentes departamentos que componían la Consejería. Él pertenecía al Departamento de Estudios y Presupuestos, en el que trabajaba desde su creación hacía ya nueve años. Abrió la puerta de la derecha y encendió las luces, como hacía todas las mañanas, ya que era el primero en llegar. Paseó la mirada por la sala y comprobó que el despacho de la jefa de servicio estaba cerrado, que las otras ocho mesas estaban vacías de cuerpos y de almas, que las paredes seguían con el color gris azulado que le producía una mezcla de tristeza y desidia y que los archivadores estaban correctamente colocados en las estanterías. Se dirigió a su mesa, que estaba al lado del despacho de la jefa, se quitó la chaqueta que colocó en el respaldo del sillón, dejó la cartera en una silla y encendió el ordenador. Los mismos gestos, las mismas emociones día tras día y año tras año, aunque en los últimos tiempos se habían producido cambios, al principio pequeños, pero que en los últimos días habían sido significativos y que en unas horas, tras muchas dudas y meditaciones, podrían ser decisivos.

Mientras se cargaba el sistema operativo, sacó de la cartera una carpeta y un pen drive, que mantuvo en su puño cerrado mientras se terminaban de cargar todos los programas. El puño encerraba, como una metáfora de lo que habían sido sus últimos años y de lo que podría acontecer en las próximas horas y en el resto de su vida, las dudas, las vacilaciones, las certezas, los engaños y las mentiras que quería sacar a la luz. Sin saber muy bien por qué, aunque en el fondo lo adivinaba, porque nunca había sido una persona ambiciosa ni medrosa, había conocido y consentido arbitrariedades, amaños, enriquecimientos ilícitos (menos el suyo, porque nunca se había aprovechado a pesar de los numerosos intentos), obras que nunca se habían llevado a cabo… Al principio lo engañaron con argumentos débiles, pero él cerró los ojos a la verdad, o más bien los abrió a los encantos insinuantes de la jefa de servicio y, al cabo de poco tiempo, aun a sabiendas de lo que ocurría, permaneció mudo y consintió todo el entramado de fechorías que habían sido denunciadas, la mayor parte de las veces sin pruebas, por la prensa. Creía que, por fin, había encontrado el cariño que tanto necesitaba desde que ella lo abandonara y se entregó, con todas sus armas y bagajes, a las causas que se le proponían, primero de manera velada y cada vez de forma más burda. Fue consintiendo, sin un reproche por su parte, sin ninguna advertencia o amenaza de denuncia, las diferentes tramas que se urdieron año tras año. Lo consideraron uno de los suyos y él, como un adolescente acomplejado que quisiera ser aceptado en una pandilla de gamberros, permitió, ayudó y planificó.

Pero había llegado el momento de acallar a su conciencia, de regresar a lo que antes había sido y era en realidad, un funcionario gris, eficiente y honrado, había llegado la hora, al fin, de poder mirar a los ojos a sus hijos, que le habían hecho algún comentario sobre su responsabilidad en lo que se publicaba.

(Ya queda poco para el final. Continuará y finalizará dentro unos días, supongo)

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