Relato XI: Rutina (y III)

Resultado de imagen de monotonía

Sus compañeros fueron llegando poco a poco y, aunque le saludaban cortésmente, evitaban iniciar las charlas que antes eran frecuentes y que versaban casi siempre sobre política o deporte. Desde que comenzaron a publicarse algunos reportajes en un periódico local, y que tuvieron eco en la prensa nacional, que dudaban de la limpieza de la Consejería en las adjudicaciones de algunas obras, le fueron haciendo el vacío, dejaron de hacerle partícipe de las bromas y de los comentarios que servían de distracción y amenizaban los tediosos días de trabajo. Su jefa apenas le dirigía la palabra, a pesar de que era el funcionario más antiguo de su departamento y el que más experiencia, y seguramente conocimientos, tenía. Hacía varias semanas que no le convocaba a reuniones o le llamaba a su despacho para hacerle alguna consulta. No sabía bien por qué, pero sospechaban que él era el que filtraba las informaciones y esto se había extendido como una mancha de aceite por todos los departamentos de la Consejería. No era verdad, él nunca habría facilitado datos de manera anónima, sino que, previamente, habría denunciado los hechos ante cualquier instancia superior y, si no le hubieran hecho caso, habría acudido a un juez. Pero él no era un quijote y sabía que si se hubiese atrevido, sus últimos años en la Consejería serían un infierno. Seguramente sería alguno de los enchufados que se sentaban frente a él y cuyos méritos consistían en hacer comentarios graciosos, copiar y pegar documentos y presentarlos como originales, hacer fotocopias o actividades similares. Pero no le preocupaba, ya no le preocupaba.

Así que, después de descartar varios planes, decidió utilizar el viejo sistema que ya se estaba empleando, pero de una manera mucho más sutil. En las últimas semanas había estado haciendo copias de documentos y correos, incluso de borradores y los guardaba en su pen, eliminando cualquier rastro de su ordenador. Su amigo Julián el informático le dio unas pequeñas clases y claves para hacerlo sin dejar huella. Sabía cómo entrar en los ordenadores de sus compañeros, como desencriptar archivos, cómo hacerse con sus claves… Todo era demasiado sencillo, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de los sistemas operativos y programas del departamento eran piratas, que los ordenadores eran antiguos y que nadie se había preocupado de invertir en seguridad informática. Hoy era el día decisivo, el final de la cuenta atrás, la caída del castillo de naipes.

Llegó la jefa de servicio y la saludó con un gesto, al que ella no contestó. Leyó el correo, clasificó algunos documentos y envió otros, navegó por algunos periódicos de internet para enterarse de las últimas noticias, tomó de pie, solo, el indescriptible café de la máquina, pues ninguno de sus compañeros le invitó a sumarse al grupo, salió a la calle a media mañana para despejarse y llevó un borrador de unas instrucciones al departamento jurídico. La misma rutina desde hacía años, con alguna pequeña modificación.

Al final de la mañana copió el último archivo que estaba encriptado en su ordenador, el que demostraba de manera definitiva que varios altos cargos de la Consejería y cinco o seis empresarios se habían apropiado de cantidades importantes de dinero público. Tenía material suficiente para escribir esa novela que rondaba en su cabeza desde que decidió sacar a la luz todo el entramado. Pero sabía que no tenía madera de escritor. Borró todo vestigio de su ordenador, repasando varias veces los pasos que le había recomendado Julián. Cuando finalizó era casi la hora de salir y lo hizo un poco antes que sus compañeros, saludándolos con un ¡hasta luego! al que nadie respondió. Eso le alegró, porque así no tendría remordimientos cuando todo saliera a la luz y la mayor parte de ellos tuvieran que buscarse la vida en otros lares. Se lo merecían por chivatos, por aduladores.

Esta vez no regresó andando por el mismo camino de siempre, sino que torció en la primera bocacalle y después de andar durante media hora y comprarse un bocadillo, entró en un locutorio alejado del trabajo y de su casa. Se sentó delante de un ordenador libre, introdujo su clave y entró en el disco virtual que había creado semanas antes, con un nombre ficticio, El Fantasma de la Libertad, que había elegido de una novela de Paul Auster, Leviatán. Ese personaje, un escritor algo desequilibrado, fantasioso y que por ironías del destino se había convertido en un aprendiz de terrorista, siempre le había fascinado. Copió el último archivo en la nube y a partir de entonces comenzaron a entrarle las dudas, porque había llegado el momento de cerrar el círculo, abrir el correo electrónico, escribir un pequeño texto explicando el contenido de los archivos que iba a adjuntar y dirigirlo al periodista que había comenzado a destapar el escándalo de la Consejería. Pero hasta ahora los datos se referían a pequeñas fechorías. Lo que iba a enviar era el escándalo, la ignominia, la prueba fehaciente de la gran mentira que habían urdido bajo su mirada y que, en cierto modo, había consentido y ocultado. Por eso se preguntaba si era correcto lo que iba a hacer, si tenía derecho a traicionar a los que habían sido sus compañeros, aunque no le cayeran bien, aunque supiera que eran unos delincuentes, porque él también lo era, por acción y por omisión. El caso es que nadie podía acusarle de nada, no había pruebas contra él, no se había beneficiado. Pero se había callado y había mirado para otro lado. Los demás iban a pagar y él no. En el fondo sabía que era injusto y que tendría que saldar cuentas de alguna manera. Se comió despacio el bocadillo, pensando en lo que iba a hacer. No es lo mismo planificar hasta el último detalle que pasar a la acción. Pulsar el botón es siempre lo más difícil, y él no era precisamente una persona decidida.

No estaba preparado, no podía hacer eso, no era un traidor ni un chivato. Cerró el correo, quitó el pen, apagó el ordenador y pagó al encargado del locutorio. Eran cerca de las siete de la tarde y lentamente fue desandando el camino, acercándose con recelo a su casa, temiendo a la soledad que le impediría tranquilizar su conciencia. Se fue deteniendo en escaparates, observando cómo las farolas y las luces de neón se iban encendiendo, cómo el cielo se oscurecía y las primeras estrellas, con Venus de vigía y director de la escena, aparecían en el cielo. Llegó al portal desalentado y sin aliento, como si hubiera hecho un esfuerzo sobrehumano. Esta vez no pudo subir al piso andando, como hacía siempre, y subió en el ascensor. Cuando abrió la puerta, comenzó la rutina nocturna de quitarse la ropa, lavarse las manos, ponerse el pijama, prepararse la cena, cada vez más frugal, y sentarse a comer delante del televisor.

Hoy debería descansar más, pensó, pues mañana tendría que tomar la decisión, quizás la más difícil de su vida. Así que llevó los restos de la cena a la cocina, se lavó los dientes, llevó al salón el vaso de agua, puso la manta y el mando de la televisión cerca, apagó la luz, se acostó en el sillón y se concentró en lo que había hecho a lo largo del día. Lo recordaba como si fuera una película y cada instante, cada encuadre, cada pensamiento, ahondaban en el remordimiento, en la culpa, en el desasosiego. Cuando llegó a la escena del locutorio ya se había decidido.

Volvió a levantarse, cogió el ordenador portátil, lo encendió e introdujo el pen en uno de los puertos usb. Descargó los archivos en el ordenador y los comprimió en un nuevo documento llamado “conciencia.zip”. Abrió su correo personal y sin pensarlo dos veces lo envió al periodista con un pequeño mensaje que quizás no entendiera: “No soy el Fantasma de la Libertad, ya no tengo miedo aunque sí me remuerde la conciencia. Pero ahora ya podré mirar a los ojos a mis hijos”.

Apagó el ordenador y se fue directamente a la cama. Mañana sería otro día y, seguramente, se acabaría la rutina durante mucho tiempo.

FIN

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s