Tres poemas escogidos… y un cuarto al azar

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Los poetas son capaces de mirar el mundo de otra manera, saben plasmar en pocas frases, con palabras escogidas, bellas, rotundas o frágiles, instantes, pensamientos y emociones que el resto de los mortales expresamos, cuando podemos, de forma vulgar o cursi. Leer a Lorca, a Machado, a Neruda, a Miguel Hernández, a Garcilaso de la Vega, a Aleixandre, a Bécquer, a Rosalía de Castro o a Celaya, por ejemplo, y solo menciono a una pequeña parte de los que escriben en castellano, es elevarse a una esfera diferente, a un mundo casi inaprensible. Siempre los he admirado y envidiado y, lo confieso, algunas veces me he atrevido a escribir algo parecido a un poema. En un primer momento me parecía que tenía cierta gracia o alguna belleza, pero cuando lo releía, caía en la cuenta de que allí no había ni belleza ni profundidad ni, mucho menos, calidad. Así que me dedico a escribir pequeños relatos que me sirven para aliviar, de alguna forma, la frustración de mi incapacidad como poeta y la necesidad de expresar y no dejar en el tintero esas ideas que, como relámpagos, me asaltan de vez en cuando. Soy consciente de que estos relatos tampoco merecen la pena, no alcanzan a explicar lo que realmente pasa por mi cabeza. Pero, al menos, me sirven para vislumbrar lo que podría haber hecho si hubiera dedicado más tiempo a leer y a escribir, a intentar comprender los mecanismos que permiten a los escritores dominar el idioma, encontrar las palabras adecuadas y expresar con fluidez y gracia lo que perciben y sienten. Por eso he buscado aquellas poesías que, con su música, con su forma y con las ideas que transmiten, se acercan a pensamientos que yo he tenido alguna vez o que, al leerlas, despiertan en mí sentimientos que estaban dormidos o que apenas sabía que existían.

Son muchas las poesías que me han acompañado desde mi juventud, incluso sería capaz de repetir alguna de memoria, aunque ésta sea frágil. Poemas sobre el amor o la muerte, la soledad, la angustia de vivir o la pérdida de un ser querido, la lucha social, el paso del tiempo… Temas que se repiten a lo largo de los siglos pero que siempre tienen vigencia. Cada época nos marca el camino de la lectura, el ánimo señala el poema preferido y volvemos a él para encontrar alivio o, por el contrario, sumergirnos en el dolor, pero un dolor querido, buscado y reconfortante en el fondo. Hay tres poesías que me causaron una profunda impresión, que removieron algo en un momento dado que desde entonces ha permanecido conmigo. Seguramente no serán las más bellas, ni las más conocidas, ni se encontrarán en muchas antologías literarias, pero, como pasa con cualquier obra de arte, sea un fragmento musical o un cuadro, basta conque te elijan para que caigas en su embrujo. Los tres poemas estuvieron colgados en mi despacho de orientación casi desde el primer día que entré en él.

El primero es un poema de Rudyar Kipling, Si, que una profesora de lengua de magisterio nos leyó varias veces y sobre el que tuvimos que hacer un comentario de texto. Recuerdo que lo que más me impresionó fue la lectura pausada, los silencios exactos y los énfasis, la cadencia y la claridad de su dicción. Todo ello acompañado de un leve movimiento de la mano, como si quisiera dirigir las palabras hacia nuestras mentes, que no se perdiera ninguna. Hay imágenes y sonidos que se quedan grabados y uno de ellos es este. Después de esta primera impresión, que dejó a toda la clase muda y realmente cautivada, sin ser realmente conscientes de lo que el poeta quería decir, la profesora nos dijo que iba a dictarlo despacio para que lo fuéramos copiando en nuestros cuadernos. Y entonces nos dimos cuenta de la profundidad de su mensaje porque abarca, realmente, toda la vida de la persona.

 SI

Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría…

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso 
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas…

Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice “¡Continuad!”.

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

La segunda poesía es Viaje a Ítaca, de Constantino Cavafis, un poeta coetáneo de Kipling. Conocí el poema mientras hacía el servicio militar gracias a un compañero que me recomendaba lecturas de lo más variopintas, desde los cómics de Tintin al Libro Rojo de Mao (teniendo en cuenta que estamos hablando del año 1977 era bastante atrevido), de canciones y poemas de Jacques Brel a sonetos de Góngora, pasando por obritas prohibidas del Marqués de Sade. Todo un lujo. Pero reconozco que este poema era su favorito y llegó a ser uno de los míos también. Deleitarse en los pequeños placeres, vivir la vida con intensidad, la importancia del camino y lo que aprendemos mientras lo recorremos, es, entre otras cosas, lo que Cavafis pretende recordarnos.

VIAJE A ÍTACA

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencia, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperlas y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
Rico en saber y vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.

El tercer poema siempre lo he conocido como una obra de Gabriel Celaya, aunque últimamente he encontrado diversos artículos que lo atribuyen a Fermín Gainza. Lo cierto es que, según parece, no se encuentra entre los libros publicados por el escritor vasco. Sea de quien fuere la poesía, expresa con sensibilidad y precisión lo que cualquier maestro o profesor realiza en su labor diaria, esa capacidad de dar y la esperanza de que, al final, el esfuerzo haya merecido la pena.

EDUCAR

Educar es lo mismo
que poner motor a una barca…
hay que medir, pesar, equilibrar…
… y poner todo en marcha.
Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia
concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada.

Pensaba terminar en este punto, pero me levanto y me acerco a la librería, deslizando la vista por los libros que, desordenados, están a la espera de que alguna vez los saque de las estanterías y vuelva a leerlos. Hay uno que destaca porque sobresale un poco del resto. Lo cojo y compruebo que es la Antología Rota de León Felipe, de la Editorial Losada. Es la octava edición, publicada en Argentina en el año 1977, aunque el libro lo compré en junio de 1979, es decir, cuando trabajaba como maestro en Camariñas y me iba los fines de semana a Coruña. Abro por las primeras páginas y me encuentro con otra poesía que también he leído muchas veces porque me identifico con el autor, con su melancolía, con la añoranza por aquello que se tuvo y ya se fue o por aquello que nunca hemos poseído. Es un poco largo, pero merece la pena detenerse y saborear sus versos.

¡QUÉ LÁSTIMA!

Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!
¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra, desde una raza
a otra raza,
como pasan
esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada;
pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña.
Después… ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque…, ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!

Sin embargo…
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla
en una sala
muy amplia
y muy blanca
que está en la parte más baja
y más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca…
Una luz muy clara
que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente a través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga
de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa…
Ella entonces me llama
¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para
en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja
muy blanca…
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana…
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por el cristal de mi ventana…
¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria
que apenas tiene una capa…
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

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