El ejemplo de Pablo Ráez

Esta entrada también la publiqué en el Blog de Orientación del IES Hermanos Machado. Creo que la ocasión y el ejemplo merecen que se reproduzca en este blog. Pocas veces las redes sociales han sido un instrumento más adecuado para conocer a alguien con valores tan profundos. Aunque la suerte lo ha abandonado al final, ojalá que su vida y su muerte sirvan para hacernos mejores.

El ejemplo de Pablo Ráez

Es difícil mirar a la muerte de frente y mantenerse erguido, con dignidad, incluso con alegría o, al menos, sin caer en la desesperación, el miedo o el abatimiento. Aunque todos sabemos que la muerte forma parte de la vida son pocos los que tienen el valor de enfrentarse a esta idea, imaginarse cómo puede ser el momento del fin y sumergirse en la nada, en el vacío, en el no ser. La religión, la filosofía, la ciencia, todas ellas tienen a la muerte como uno de sus temas centrales, como no podía ser de otra manera, aunque cada uno con un punto de vista distinto. Esperanza para unos, transformación para otros, indiferencia o angustia, el final de la vida tiene un significado que muchos no se atreven a intentar descifrar.

La educación, como gran parte de la sociedad actual, vive de espaldas a la muerte. Sólo en contadas ocasiones se menciona, como cuando ocurre algún hecho excepcional, el fallecimiento de algún alumno o de algún padre, pero siempre desde un punto de vista lejano, con miedo de que se vaya a traumatizar o manchar la inocencia de la niñez o de la adolescencia. Hurtar esa realidad, sin embargo, no deja de ser un error. Tarde o temprano todos, niños o ancianos, hombres  y mujeres, ricos y pobres, tenemos que llegar al instante final y cuanto más preparados estemos, mejor. Si no negamos la realidad del sufrimiento, de las guerras, de la enfermedad o de la opresión, si intentamos concienciar a nuestros estudiantes de las injusticias, del hambre o de las persecuciones en el mundo y hablamos de todo ello en las tutorías, ¿por qué ocultar esa realidad que nos acompaña desde que nacemos?

Hace unos días fue noticia destacada la muerte de Pablo Ráez, un joven de veinte años que luchó con valentía contra la leucemia. Gracias a su entereza, a su espíritu de lucha, a su empeño para incrementar las donaciones de médula ósea, a su extraordinaria utilización de las redes de sociales para hacer visible su enfermedad, fue capaz de concienciar a sus semejantes de que hay que luchar, solidarizarse con los que sufren. Todo ello es un ejemplo, un espejo en el que contemplarnos y comprobar que la juventud actual no solo son botellonas, ninis, desencanto, abandono de estudios, falta de esfuerzo. Fue emocionante seguir su lucha en facebook, desde que en agosto de 2016 escribió una carta (Siempre fuerte, siempre) en la que daba a conocer la enfermedad y la necesidad que tenía que recibir un trasplante de médula. En las redes sociales, en radio y televisión su caso despertó enorme simpatía y cariño porque él era fundamentalmente simpático y cariñoso. Y fuerte y valiente. Por todo ello, porque Pablo se merece que lo conozcamos y lo admiremos, creo que no estaría de más dedicarle algún tiempo en las clases, para que su ejemplo nos sirva para ser mejores y para que siempre tengamos esperanza en nuestra juventud. Hay oportunidades que no se deben dejar pasar y ésta, por desgracia y también por suerte, es una de ellas.

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