Relato XV: El torturador

La tortura en México es recurrente como método de las fuerzas policiales para obtener confesiones.

Lo que más me gusta es el principio. Siempre comienza igual. Se abre la puerta y el individuo se sienta frente a mí. Unas veces saluda tímidamente, otras veces se muestra desafiante, orgulloso, combativo; en ocasiones entra llorando, abatido, pero casi siempre el silencio es el saludo que lo acompaña. La puerta se cierra, la cierran. Yo permanezco callado. El individuo se sienta frente a mí, en una silla un poco más baja y que me permite mirarlo desde una altura que impide cualquier señal de rebeldía, mira a su alrededor y después me mira. Mi rostro es una máscara y mis ojos no se apartan de los suyos. Sé lo que ven porque después me lo cuentan. Yo les enseño lo que me interesa y que la imaginación trabaje. El potro de tortura, las tenazas, las sierras, el soplete, las agujas…

Lo importante es mantener la calma, impedir que la compasión, aunque sea por un instante, se instale en la atmósfera. Hay que saber crear el clima adecuado, las palabras, los silencios, los gestos precisos. En eso no hay quien me supere y todos me lo dicen, sumisos y aduladores, sobre todo mis compañeros que, en el fondo, envidian mi dominio de la situación. La experiencia adquirida en años de entrenamiento es fundamental. He tenido muy buenos profesores, ejemplos excelentes que me enseñaron todo lo que ahora pongo en práctica. Pero yo he mejorado las técnicas, la experiencia de años me ha permitido afinar la psicología, el lenguaje de los gestos, de los silencios calculados, de las frases precisas dichas con el tono adecuado. Apenas necesito las herramientas ancestrales, que se han quedado obsoletas, anticuadas, sobre todo porque las víctimas ya las conocen y saben cómo enfrentarse a ellas.

Noto su estremecimiento y una oleada de placer me recorre la espina dorsal. Aquellos que nunca han tenido este poder sobre las personas no conocen realmente el éxtasis, la voluptuosidad, la felicidad auténtica. El individuo al principio lo niega todo, busca excusas, quiere encontrar una explicación y convencerme, utiliza los argumentos más absurdos o los más lógicos. Pero no lo consigue. Permanezco impasible y esa es la auténtica fortaleza, la que me proporciona la ventaja definitiva. Sigo mirando, callando o utilizando las palabras que más convienen y veo cómo se derrumba. No necesito nada más.

–Vamos a ver, alma cándida. ¿Me quieres decir por qué te has peleado con tu compañero? ¿Por qué has faltado a clase? ¿Por qué has fumado en el servicio? ¿Por qué has falsificado las notas? ¿Por qué…?

Y siempre me cuenta la verdad y se arrepiente, promete no volver a hacerlo. Nunca he fallado. Y por eso soy el Jefe de Estudios del Instituto y nadie se atreve a hacerme sombra. Que se atrevan, si son capaces.

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