Los mastuerzos y la libertad

Si uno busca la palabra mastuerzo en el Diccionario de la Real Academia Española, comprobamos que la primera definición es “1. m. Planta herbácea anual, hortense, de la familia de las crucíferas, con tallo de 30 a 60 cm de altura, hojas inferiores recortadas, y lineales las superiores con flores blancas y fruto seco capsular con dos semillas. Vive en España, América del Norte y América Central, es comestible y tiene usos en medicina tradicional”. Reconozco que nunca había utilizado el término con semejante acepción, ni siquiera con la segunda 2. m Berro, cuyo significado sí conozco porque mi madre y mi mujer me han dicho muchas veces que les encantan los guisos de berros, plantas silvestres que se suelen encontrar en las orillas de los riachuelos. Creo que alguna vez he probado un guiso de esa planta, pero realmente no recuerdo si me gustó o no. No tuvo que ser una experiencia mística ni gastronómica excepcional porque en caso contrario me acordaría. En Aroche era frecuente, y digo era porque ahora ya no sé si continúa esta costumbre, que hombres y mujeres fueran a buscar berros a Arochete, un arroyo que vierte sus aguas en la Rivera de Chanza y que forma uno de los límites de Los Lobos, una preciosa finca de encinas, algunos alcornoques, jara, jaguarzo, romero…,  y un eucalipto que da sombra junto al cortijo que es propiedad de los cuatro hermanos Vázquez Lobo. Mi mujer, Carmen, es uno de ellos. He paseado muchas veces por la finca, que se encuentra a unos tres kilómetros del pueblo, paseos en los que parece que las horas se detienen y el silencio se adueña del aire y del tiempo.

Sí he utilizado la palabra mastuerzo en su tercera acepción 3. m. majadero (‖ hombre necio y porfiado). U. t. c. adj., aunque reconozco que suelo emplear otros términos más contundentes: energúmeno, besugo, idiota, imbécil, mentecato, mostrenco… Me encuentro más a gusto, se me llena la boca y el espíritu, quizás con cierto regodeo, cuando describo con esas palabras a alguna persona cuyo comportamiento adolece de la más mínima educación y la emprende contra los demás de forma violenta, agresiva y empleando como único argumento su fuerza bruta. Raro es el día que no me desayuno con una noticia de este jaez: “Profesor abofeteado por un padre de alumno por haberle llamado la atención en clase”, “Médico insultado y golpeado por un paciente”, “Pelea entre padres durante un partido de fútbol de infantiles”, “Hombre apaleado por salir en defensa de una joven que estaba siendo maltratada”. Así podríamos continuar varios párrafos más.

No quiero ser pesimista ni alarmista, ni caer en la tentación de pedirle a los políticos que endurezcan el código penal, a las fuerzas del orden que se empleen con más contundencia ni a los jueces que castiguen con más rigor. Creo que en el fondo de todo subyace una permisividad que nació del complejo que teníamos de haber vivido en una dictadura que impedía y perseguía con saña cualquier tipo de comportamiento considerado inadecuado. De la opresión, de la censura, del control más absoluto, quisimos pasar, sin solución de continuidad, a la libertad más irreflexiva, a la falta de respeto, a lo que algunos denominan libertinaje y otros la ley de la selva en la que el más fuerte es el que se impone. Algunos hemos vivido la época del bofetón en la mili o en la comisaría, el coscorrón o la palmeta en la escuela, las demostraciones sindicales del Primero de Mayo, el silencio y el luto durante la semana santa. Se luchó y se padeció mucho para que ahora se haya olvidado la máxima de que “mi libertad termina donde empieza la del otro”. El problema estriba en desconocer lo que significa la palabra libertad y cómo ejercerla. Si acudimos nuevamente a nuestro diccionario, comprobaremos que la primera acepción de libertad es 1. f. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. Y aquí está el quid de la cuestión, porque la libertad es fundamentalmente la posibilidad de actuar, de hacer o dejar de hacer algo, pero siempre conforme a una responsabilidad que debemos ir aprendiendo desde pequeños. Pero todavía hay varias generaciones que no tuvieron la oportunidad de aprender a ejercer esa responsabilidad porque no tenían opción, porque no nacieron ni vivieron en libertad. Y como no aprendieron a ejercer la libertad tampoco han sabido, no hemos sabido, transmitir ni enseñar que tras un acto, por encima de un acto, está la responsabilidad de sus consecuencias. Y no confundamos las bromas pesadas, las gamberradas de adolescentes y jóvenes, que siempre las ha habido y las habrá, y que evitaban a toda costa que fueran descubiertos, con la impunidad que ahora se exhibe de manera grosera en las redes sociales, para que todos las vean y puedan ser denunciados y acusados por la policía. Encima, gilipollas, palabra vulgar pero que también figura en el diccionario con el significado de “tonto o idiota”, no se me escandalicen algunos.

Hemos criado niños y adolescentes caprichosos, consentidos, irresponsables. Pueden hacer todo lo que quieran sin ninguna barrera que impida sus desmanes. Y es una pena que asistamos de manera impasible al espectáculo de una sociedad, que ha demostrado cordura, paciencia y sensatez y de la que ha surgido una de las generaciones mejor preparadas de nuestra historia, con más sentido de la solidaridad, de la tolerancia, del respeto, siendo asaltada por grupos de energúmenos, de mastuerzos, de individuos que consideran que pueden hacer lo que les dé la gana cuando quieran y donde quieran sin atender a sus consecuencias.

No es sólo cuestión de educación en la escuela o en la familia. Hay que pararlos a tiempo, entre todos, antes de que sea demasiado tarde. Todo ello, mucho mejor expresado, lo podemos encontrar en el último artículo de Javier Marías en el País Semanal, titulado GENERACIONES DE MASTUERZOS.

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