Relato XVI: El moscardón y la declaración de la renta

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Pues resulta que una noche, después de un día agotador en el trabajo y un descanso merecido tomándome unas cervezas y unos güisquis con los amigos, estaba embarcado en la ardua e ingrata tarea de examinar en el ordenador el borrador de la declaración de la renta, con la ventana abierta esperando que entrara un poco de aire fresco en una habitación recalentada desde hace semanas por la más extraña primavera que conocieron los siglos —exagero, claro está, porque habrá que ver cuántas primaveras calurosas y extrañas se habrán producido a lo largo de la historia, pero la hipérbole forma parte por estos lares del lenguaje coloquial, como por ejemplo Eres más pesao que una vaca en brazos o Eres más bruto que un arao o Es terco como una mula, y vivo en una ciudad que vive con, de, en y para la hipérbole, y yo no voy a ser menos, faltaría más—, cuando un moscardón entró y comenzó a volar alocadamente por toda la habitación y a chocar contra paredes, cristales y puertas. Al principio no hice mucho caso, abrí la ventana y descorrí las cortinas para facilitar la salida del molesto díptero, que con su grave zumbido y su descontrolado vuelo, comenzó poco a poco a alterar mis ya soliviantados nervios por la comprobación de que la declaración de la renta también me iba a salir a pagar este año, como todos los anteriores, a pesar de que los sufridos ciudadanos con muchos trienios a las espaldas bastante tenemos con sobrellevar resignadamente el peso y el paso del tiempo, las horas que circunvalan la memoria y los achaques producidos por y asociados a una juventud descontrolada y a una edad adulta alejada de los más mínimos criterios de contención.

Intenté concentrarme en los enrevesados, abstrusos e incomprensibles entresijos de las casillas que conforman el mencionado borrador, sobresaltándome con conceptos cuyo significado solo está al alcance de expertos en derecho tributario o de los siniestros funcionarios del ministerio de hacienda, como Régimen de atribución de rentas y rendimientos del capital y de actividades económicas y ganancias y pérdidas patrimoniales. Aquí me inflamo porque me han asignado una cantidad en la casilla 208 cuyo título es Ganancias patrimoniales no derivadas de transmisiones, atribuidas por la entidad. Cielos, qué será eso y por qué el borrador me incluye una cantidad cercana a los mil euros. Investigo, busco papeles que me han enviado bancos, oenegés y otras entidades y encuentro uno del administrador de la propiedad del piso que me informa de que tenemos que incluir esa cantidad en nuestra declaración porque hemos arreglado los ascensores, además de con nuestro peculio particular, con un préstamo a fondo perdido de la Junta de Andalucía. Yo ni había leído semejante carta y me asombro. O sea, que encima de que nos hemos gastado un dineral arreglando los ascensores que estaban hechos un asco y pedimos una subvención a la administración, ahora resulta que se la tengo que devolver vía impuestos. Lo comido por lo servido. Continúo enfadándome con el ministro de hacienda, con los funcionarios que siguen lealmente sus absurdas consignas, con el administrador de la comunidad que no nos informó debidamente en su momento, con la página de la agencia tributaria que se ha colgado —colgar, lo que dice colgarse, colgaba a quien yo me sé—, con la Junta de Andalucía y con el sursum corda, y sigo con la declaración. Estoy agotado, pero quiero terminar el suplicio hoy mismo, darle al botón de enviar y olvidarme hasta el año que viene, que volverá a repetirse la misma historia.

Se me vienen a la mente, no sé por qué, la declaración de la guerra de independencia, la declaración a mi mujer una calurosa tarde de julio, la declaración de los derechos humanos. ¿Habrá algo más inhumano que una mañana perdida haciendo números, rompiéndome la cabeza, luchando contra el ordenador? Sí, ya sé que es un poco exagerado, que hay cosas mucho más inhumanas, mucho peores. Pero como dije antes es un decir, una hipérbole, una exageración, un… Maldita sea, otra vez el moscardón entra en escena. Ahora comienza a volar como un loco alrededor de la mesa de trabajo, se da contra el cristal de la ventana en lugar de salir por la parte que he dejado abierta y medio atontado, choca contra la pantalla del ordenador. No sé qué me molesta más, si el revoloteo o el zumbido. Lo sigo con la mirada y compruebo que se posa en un lateral de la estantería. Es la mía, pienso con una sonrisa que se dibuja en mis labios, la primera de todo el día. El rostro se relaja, el ceño deja de fruncirse y lentamente, saboreando la escena que se va a desarrollar a continuación, me levanto del sillón, me quito una zapatilla y me acerco despacio, muy despacio, al incauto animal. Debe ser mi imaginación, pero parece que se escucha una vocecita ronca parecida al chillido de una rata acatarrada. Miro alrededor y no veo nada, así que me sigo acercando dando pasos muy cortos y observo con horror y estupefacción que en lugar de la cabeza con sus antenas, sus enormes ojos y su trompa, veo una cabeza humana blanca, casi calva, con grandes orejas, ojos pequeños y una expresión aterrada. No puede ser, seguro que estoy soñando porque esa cabeza es la de… la del ministro de Hacienda. Bebí demasiado, me digo, porque esto es lo mismo que sucede en la película La mosca, que repusieron hace unos días en uno de los canales de televisión. Cada vez que veo la película me angustia el personaje, un científico que inventa una máquina para teletransportar materia que experimenta consigo mismo, produciéndose un terrible fallo al introducirse una mosca en la máquina y mezclándose los átomos, con lo que la cabeza y un brazo tienen la forma de mosca y el resto del cuerpo es humano. Eso implica que hay otro ser con cabeza y un brazo humanos y el resto del cuerpo con patas y alas que quedó volando por ahí.

Con la zapatilla levantada, a punto de golpear al horrible insecto, algo me detiene. Es la mirada que me atraviesa, que me conmueve, que me suplica. Ahora se me viene a la mente Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis, de Kafka, un personaje con el que siempre simpaticé por la crueldad de su situación y la incomprensión y asco que provocaba en su familia. El moscardón ha conseguido una primera victoria, impedir que lo aplaste. Esta vez no sonríe con la suficiencia con la que suele dirigirse a los diputados, a la prensa, a los contribuyentes, sino que, con el rostro muy serio y gritando para que yo pudiera escucharle, me contó que hacía unos días, cuando iba en el coche del ministerio a una rueda de prensa, leyendo unas notas preparadas por su secretaria y bebiendo de una botella de agua que le había proporcionado el conserje antes de subir al coche, empezó a sentirse muy raro. Notó como un cosquilleo en la piel y un fuerte dolor de cabeza y se desmayó. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero al despertarse comprobó con horror que todo era enorme, que veía de una manera muy rara y que, en lugar de manos y piernas tenía patas y alas. El conductor del coche estaba hablando por su móvil con alguien que debía ser importante porque lo trataba con gran deferencia, diciendo que no sabía lo que había pasado, que había estado viendo al ministro por el retrovisor todo el tiempo pero que, en un momento dado, había desaparecido. Sin embargo, su ropa, sus gafas y el maletín seguían en el asiento de atrás. Es como si se hubiera volatilizado, decía con voz nerviosa. No tenía explicación alguna.

Al cabo de un momento se presentaron varios policías y aprovechando que el conductor abrió la puerta, salió volando como un meteoro. Todo lo hacía de manera instintiva. No sabía cómo enviaba las órdenes a las alas para que se movieran a tal velocidad. Tampoco era capaz de averiguar por qué se movía a un lado o a otro. Todo era nuevo, incomprensible, irreconocible, enorme, cercano y a la vez muy lejano. Reconoció que la sensación de volar libremente y contemplar la ciudad desde lo alto le produjo una sensación de placer y de plenitud indescriptibles, pero eso duró poco, porque el pánico volvió a apoderarse de él, pasados los primeros momentos de euforia, de libertad, de ingravidez.

Durante varias horas estuvo volando sin rumbo, sin sentido, evitando a los pájaros para no terminar atravesado por sus picos y en sus buches. No había perdido ni por un momento su capacidad de razonar, de pensar con frialdad pero no es lo mismo dedicar el tiempo a encontrar modos y formas de recaudar más dinero que a buscar la manera de salir del atolladero en el que se encontraba. Primero tenía que refugiarse en un lugar seguro donde meditar, saber por qué le había ocurrido esa metamorfosis y cómo salir de ella, regresar a su estado anterior, a ser el azote de empresarios y trabajadores, el que exprimía hasta el último céntimo a asalariados y autónomos, el que era más permisivo con los que se forraban pero dejaban una pequeña parte, unas migajas, en las arcas del Estado. ¿Sería que alguien lo había hechizado, le había echado un mal de ojo? Él no creía en esas cosas, pero si muchos millones de españoles le deseaban el mal quizás esa fuerza negativa se había concentrado y canalizado de alguna forma y lo habían convertido en un ser indefenso, diminuto y al albur de cualquier contratiempo que lo aplastara, que lo hiciera desaparecer del mundo sin dejar rastro. Eso era lo que más le dolía; él, una persona temida y odiada, conocida por su vanidad y su inteligencia, por su experiencia, por su lucidez, podía acabar engullido por un ave, aplastado por un manotazo o enviado a mejor vida por el rabo de un bóvido. No lo podía consentir, tenía que encontrar la causa de todo aquello, buscar una solución y volver a su estado natural, aunque fuera como simple inspector de hacienda o, poniéndose en el peor de los casos, como pensionista de la seguridad social. Todo menos seguir mosqueado… Vaya, pensó, a pesar de todo sigo conservando mi famoso sentido del humor, ese que tanto le molesta a la opinión pública y, sobre todo, a la oposición.

Después de un tiempo, ya más acostumbrado a deambular entre edificios, coches y personas que no se percataban de quién era, y aprendiendo a controlar la dirección y la velocidad del vuelo, el ministro-mosca se elevó un poco y vio una ventana abierta en la primera planta de una casa en la que no se apreciaba movimiento. Con precaución, disminuyendo la velocidad para no estrellarse, porque sus ojos eran demasiado pequeños y no controlaba bien las distancias, entró en la vivienda, pero iba demasiado rápido, demasiado, y se golpeó varias veces contra la pared, contra la puerta, contra… ¡Pero si hay una persona en la habitación! ¡Tengo que salir como sea! Siguió volando y se golpeó contra el cristal de la ventana con tal fuerza que por un instante cayó atontado al suelo, pero se rehízo y continuó el vuelo, esta vez con más cuidado, aunque también se golpeó contra la pantalla de un ordenador. Por un instante creyó ver allí una página de la declaración de la renta, pero lo achacó a su estado de ansiedad y a su estado, como diríamos, ¿moscardonil? Seguro que no existía esa palabra, pero tanto le daba, ahora era una mosca, un moscardón o algo similar, así que se podía permitir el lujo de inventarse palabras, igual que se inventaba modos de exprimir a los contribuyentes.

Como todavía estaba aturdido, buscó un sitio escondido, en el lateral de una estantería, donde creía que el individuo que miraba tan atentamente el ordenador no lo vería. Pero se equivocaba. Allí estaba yo, dispuesto a acabar con sus problemas, aplastándolo como se suele hacer con los mosquitos, las moscas, las cucarachas o cualquier otro insecto nauseabundo. Y él lo era por partida doble, por ser un ministro odioso y por el ser en el que se había convertido. Yo tenía en mi mano un poder absoluto sobre la vida de una de las personas que más animadversión concitaba en todo el país. Si en esos momentos pudiera hacer un referéndum seguro que ganaría por mayoría absoluta la opción A: hacer desaparecer al ministro. Y yo no soy alguien que se mueva entre minorías ni que le guste llevar la contraria a las opiniones más extendidas. Así que se concitaron los hados contra el señor ministro y yo lo ejecuté sin miramientos, aplastándolo con todas mis fuerzas contra el mueble. Mi grito de triunfo y su grito de terror se mezclaron en una especie de chillido ronco que despertó a mi mujer, que se había quedado dormida, como casi todas las noches, en el sofá del salón. Acudió corriendo, asustada, creyendo que me había pasado algo malo. Y me encontró en el estudio con una zapatilla en la mano, riendo y balbuceando palabras inconexas, entre las que distinguía renta… hacienda… mosca… ministro…  ventana… Yo la miraba con una expresión de triunfo que ella no comprendía. ¿No estabas haciendo la declaración de la renta? Sí, le contesté. Este año seguro que nos sale a devolver. Y si no, da igual, siempre saldremos ganando.

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