Relato XVII: Un nuevo personaje

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Hoy ha aparecido de manera silenciosa, sin avisar, casi a traición, un personaje nuevo. Me he asustado porque no esperaba una presencia tan contundente, tan real, a trasmano de todo lo que me rodeaba. Ni el lugar, ni la hora, ni siquiera la forma, me indujeron a pensar que ocurriría. Todo estaba perfectamente planificado, medido, pesado. La situación no presagiaba nada fuera de lo normal. En la habitación se estaba desarrollando una escena habitual, tranquila. Roberto y Ángela estaban charlando como otras veces, como las últimas tardes de ese otoño interminable, quejándose y alejándose poco a poco, de manera imperceptible, como dos navíos que han seguido el mismo rumbo y ahora eligen su derrota en busca de destinos distantes. La única diferencia es que Roberto estaba algo distraído, como sopesando una idea que iba a expresar de un momento a otro y Ángela se estaba dando cuenta.

—Tú no puedes ir por la vida esperando que ésta te reciba siempre con los brazos abiertos. Despierta, Roberto,  porque mañana puede ser el comienzo o el fin de todo—, dijo Ángela elevando el tono de voz a medida que iba hablando.

—Sé que tienes razón, Ángela, pero cada uno afronta las circunstancias de manera diferente—, respondió Roberto mientras miraba por la ventana. —Tú siempre has tenido el apoyo de tu familia, de tus amigos, pero sabes que llevo demasiado tiempo solo, alejado del mundo y me cuesta trabajo entender lo que pasa a mi alrededor. Todo es demasiado complejo y las relaciones sociales contienen demasiadas normas, demasiados sobreentendidos. que los demás comprendéis y yo no entiendo—.

La tarde se iba apagando y el ruido de los coches llegaba en sordina, como si un manto de nieve comenzara a caer y se posara lentamente en las calles de la ciudad. Las cortinas estaban descorridas y los cristales sucios de la ventana dejaban entrever los altos edificios que rodeaban la plaza, una plaza pequeña pero acogedora, con bancos donde las madres se sentaban a hablar y vigilar cómo los niños jugaban entre los árboles y las farolas. Ángela y Roberto se miraron y ella contempló, en la mirada perdida de su compañero, un punto de tristeza, de nostalgia, y también de rabia contenida. Sabía que iba a seguir hablando y que no le iba a gustar.

En ese momento llamaron a la puerta, con los nudillos, pues el timbre estaba estropeado. Tres golpes espaciados, el último casi imperceptible, como si escondiera una duda, como si no quisiera sonar, como si contuviera un arrepentimiento en el último momento. Ángela y Roberto se miraron sorprendidos, pues no esperaban a nadie y nadie, teóricamente, sabía que estaban allí..

Yo también me sobresalté, como si esa llamada se produjera en ese mismo instante en la puerta de mi estudio. La historia continuaba con una fuerte discusión, en la que Roberto acusaba a Ángela de infidelidad, de falta de paciencia, de orgullo. Sus cinco años en la cárcel los habían distanciado. Él sospechaba que en todo ese tiempo ella lo había engañado con Miguel, su amigo de la infancia, su correligionario, el número dos del partido que habían creado en la clandestinidad con otros estudiantes de la facultad, entre ellos Ángela. Sus ideas extremistas los habían llevado a luchar contra la dictadura, primero con pintadas y carteles en los que exigían libertad y justicia, después con asaltos a bancos para conseguir dinero con el que financiar más propaganda y comprar armas con las que luchar contra las fuerzas represivas. Mientras tanto, la relación entre Roberto y Ángela se fue estrechando y llegaron a convivir durante unos meses en un piso que habían alquilado cerca de la facultad de derecho.

Cuando ya habían decidido dar un salto cualitativo y pasar a la acción armada, uno de los estudiantes resultó ser un chivato de la policía y los denunció. En poco tiempo todos fueron detenidos y encarcelados. Él, como cabecilla y máximo responsable, fue juzgado y condenado a más de diez años de cárcel. Miguel, Ángela y los otros compañeros sufrieron condenas menos severas y pudieron salir en un par de años. Cuando murió el dictador y después se aprobó la Ley de Amnistía, Roberto salió de la cárcel una húmeda mañana de octubre. Sólo fueron a recibirlo Miguel, Ángela y María, la compañera de Miguel, con la que vivía desde que ambos terminaron la carrera y pudieron crear un bufete de abogados laboralistas.

Toda la novela giraba en torno a la vida de los cuatro personajes, sus ilusiones, su lucha durante la dictadura, sus amores y desencuentros, la nostalgia de una infancia y una adolescencia feliz y sin preocupaciones, aunque la de Roberto, con la ausencia del padre, que los había abandonado sin dejar rastro, había sido más complicada. Pero el trasfondo era el desamparo, la amargura de las personas insatisfechas con su vida, desencantadas con una sociedad que se había adormecido, anestesiado con promesas que al poco tiempo se mostraban crudamente vacías de contenido. Era mi vida, la vida de mis semejantes la que se exponía en las trescientas páginas que ya había escrito. La novela se desarrollaba en una ciudad del norte de España. El clima húmedo y frío, las calles tristes, el silencio de las personas que transitaban alrededor de los protagonistas, la miseria moral de aquellos que habían medrado durante la dictadura y ahora también habían sabido adaptarse sin pudor a los nuevos tiempos, aprovechándose de su experiencia y de sus amenazas. Todo era muy sabido, ya había sido tratado en otras novelas de autores de mi generación. Pero yo necesitaba expresarlo con mis propias palabras, con mi experiencia personal, con mis dudas, con las miserias de las situaciones que yo había vivido y conocido. El previsible final era el del acomodamiento de los cuatro protagonistas, la aceptación de sus complejos, de sus culpas, de sus miserias. Y el distanciamiento definitivo de Roberto y Ángela, que terminarían su relación y unirían su futuro a otras causas más pragmáticas. Un final amargo y acorde con el ánimo con el que había afrontado la novela porque yo tampoco me encontraba en mi mejor momento personal. La novela se componía de capítulos cortos, cada uno de los cuales, a partir de noticias de las diferentes épocas y con saltos atrás en el tiempo para definir y colocar a los personajes en su sitio, mostraba a unos seres que afrontaron sus vidas con coraje, con ilusión, con ganas de cambiar una sociedad gris que despertaba poco a poco, pero demasiado despacio para sus aspiraciones y deseos.

El presente de la obra se desarrollaba a mediados de los noventa, cuando los protagonistas Roberto, Ángela, Miguel y María tenían alrededor de cuarenta años, una edad alejada de la pasión, del torbellino y de los ideales que los habían impulsado en su juventud pero que los había curtido y preparado para afrontar cualquier revés, cualquier situación complicada. Habían vivido intensamente, arriesgando, atesorando experiencia, cayendo y levantándose continuamente, pero siempre con la ilusión y el objetivo de ser mejores y hacer mejor la vida de los que los rodeaban. El final se iba prefigurando porque no quería sorprender al lector. No era un argumento tramposo ni pretendía ser original. La amistad, el amor, la lucha política, la cotidianidad, la evolución de los personajes y del país. Todo muy previsible, medido y argumentado, aderezado con anécdotas reales que me habían ocurrido, que había escuchado o que había leído en la prensa. La imaginación se quedaba a un lado, quería desplazarla de la novela, desnudarla de artificio, de complejidad. La única licencia eran los saltos en el tiempo porque contenían la explicación de lo que ocurría en el presente; cada anécdota o suceso del pasado tenía su correlato en la actualidad, se trataba de ir componiendo un puzle de emociones, de contradicciones, de vidas que discurrían muchas veces al margen de los deseos de los personajes.

Pero ahora aparecía algo nuevo. Alguien llamaba a la puerta sin estar previsto. Yo no lo había previsto. Ni siquiera los personajes de la novela lo habían previsto. Porque no tenía sentido que después de trescientas páginas la historia cambiara, porque eso podría significar dar un vuelco innecesario o modificar un final que yo deseaba, porque, y eso era lo peor y lo que me aterrorizaba, quizás tuviera que cambiarlo todo, empezar de nuevo, reescribir desde la primera página lo que me había costado más de un año organizar, planificar, argumentar, investigar y vivir dentro de mí. Yo me había identificado con Roberto, un héroe anónimo, un esforzado defensor de la igualdad y la justicia, un inconfesable romántico que se jugó todo el futuro a una carta y perdió.

Miré la pantalla del ordenador, mis dedos posados sobre el teclado. Últimamente escribía más rápido, más seguro, sin mirar apenas las teclas, siempre a la pantalla, comprobando cómo las palabras y las frases se deslizaban con fluidez, fuente Calibri, tamaño 12, alineación justificada, interlineado sencillo, sin sangrías, el cursor parpadeando al final de los puntos suspensivos. Y continué escribiendo.

Roberto se levantó y abrió la puerta. De pie, con un traje gris impecable y una pequeña maleta de viaje, se encontraba un hombre de unos sesenta años, con pelo cano, una barba recortada y unos ojos azules que le recordaban a alguien. Era un poco más bajo que él y más delgado, aunque el traje dejaba adivinar un cuerpo fibroso y atlético. Tenía un rostro agradable y la sonrisa revelaba unos dientes blancos y perfectamente alineados. El hombre lo miró de arriba abajo durante unos instantes sin dejar de sonreír y preguntó con un acento que denotaba un origen sudamericano:

—¿Tú eres Roberto, verdad? Yo también me llamo Roberto y, si no me engaño, soy tu padre.

A partir de ese momento, y como me temía, tuve que rehacer la novela y la historia cambió radicalmente. Ya no se centró en la lucha antifranquista, ni en el amor y los desencuentros de Ángela y Roberto, ni en las utopías perseguidas y perdidas, ni en el desencanto de la generación que vivió entre dos regímenes antitéticos, dictadura y democracia. Ahora el hilo conductor giraba sobre el padre desaparecido y su búsqueda, la desesperación de una madre sola que tiene que luchar por salir adelante, el hijo que crece sin el referente paterno y que soporta las burlas y los comentarios hirientes de sus amigos.

¿Quién dijo que escribir una historia era fácil y que sólo había que buscar un buen argumento, encontrar el lenguaje y el tono adecuados o crear unos personajes creíbles y que sean capaces de conectar con los futuros lectores? El problema es que en demasiadas ocasiones los personajes nacen y crecen a espaldas del escritor y son capaces de vivir independientemente de lo que quieren sus creadores. Y si para colmo el escritor no es capaz ni de manejar a su antojo la presentación, el nudo y el desenlace porque hay un nuevo personaje que aparece cuando menos se lo espera, mejor dedicarse a preparar oposiciones a bibliotecario. Por lo menos tendrás en tus manos historias acabadas y conocidas y podrás organizarlas a tu antojo y sin sobresaltos.

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