Relato XVIII: Quince meses y un día (I)

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En junio de 1977 tenía yo 22 años y estaba haciendo el servicio militar en el cuartel de Intendencia de Sevilla, en la Puerta de la Carne, que recibe su nombre de una de las puertas que permitían la entrada y la salida de la ciudad cuando ésta estaba amurallada. Se llama así porque hace siglos la puerta estaba frente al matadero municipal. Y para completar la información diré que parte del cuartel se construyó sobre un antiguo cementerio judío, lo que explicaría algunos fenómenos paranormales que ocurrieron durante mi estancia allí y que quizás describa en otra ocasión. Hace ya muchos años que el edificio dejó de ser cuartel y se convirtió en sede de la Diputación; es decir, que antes se dedicaba a la gestión y aprovisionamiento de los recursos militares y ahora se dedica al aprovisionamiento de muchos políticos y, según dicen, a la gestión y al reparto de recursos entre los pueblos de la provincia. No entremos en más detalles y no discutamos sobre la necesidad de la existencia o no de este organismo que genera tantas controversias.  Mentes más agudas y preparadas se han encargado de cuestionar o alabar su existencia.

Aunque el edificio no llama la atención por su belleza arquitectónica, quizás sí por su tamaño ya que ocupa una hectárea de superficie, su situación es magnífica: enfrente están los Jardines de Murillo, que flanquean una de las murallas del Alcázar; se encuentra muy cerca del barrio de Santa Cruz, del edificio de la Real Fábrica de Tabacos, hoy Rectorado de la Universidad de Sevilla, del Parque de María Luisa, de la Plaza de España… Si en lugar de estar cumpliendo con la obligación que, felizmente para las nuevas generaciones aunque esto podría ser objeto de una acalorada discusión en la que se pueden encontrar pros y contras de todo tipo, se imponía en aquellos tiempos, de levantarse y acostarse a golpe de corneta, saludos marciales y continuos a todo el que llevara insignias o estrellas, amenazas de castigo por cualquier tontería como no tener bien los botones de la camisa o la guerrera, guardias de 24 horas, mañanas en la oficina rellenando oficios y escritos absurdos y tardes interminables que se sobrellevaban gracias a la camaradería y buen ambiente que reinaba entre los soldados, frío indescriptible en invierno —sí, frío en Sevilla aunque no os lo creáis—  y calor insufrible en verano, si en lugar de todo eso, repito, estuviera en un apartamento o en un hotel ubicado en el mismo lugar que el cuartel, podría llegar a los principales monumentos y lugares de interés en muy poco tiempo y me hubiera dedicado a menesteres más placenteros, interesantes o productivos. Pero no, estaba haciendo el servicio militar en una época que, vista desde la perspectiva del tiempo, fue realmente histórica e irrepetible y que se conoce como Transición española. Hacía menos de dos años que se había muerto Franco, ese hombre, que el Rey Juan Carlos había nombrado presidente del gobierno a Adolfo Suárez, el osado, después de defenestrar a Arias Navarro, el triste, que se había aprobado mediante referéndum, en el que no pude participar porque la superioridad no dio permiso para votar, no fuera que dicho acto se hiciera costumbre, la Ley para la Reforma Política que derogó el sistema franquista y que conmocionó a un país acostumbrado al ordeno y mando y al no rechistes que te denuncio y te enchirono. Una época que merece ser recordada y admirada porque generó una ilusión y un entusiasmo como pocas veces se vivió ni creo que pueda vivirse en este país, y porque, con todos los errores y fallos que se cometieron, el resultado no fue tan malo. Y si no, fijaos en lo que ha ocurrido con la primavera árabe, por ejemplo. Sé que esto es también motivo de discusión y revisionismo por algunos, ahora que se revisa todo y se critica y cuestiona lo que se hizo en esos años. Los que vivimos el sobresalto, el tumulto, el apasionamiento, la esperanza, el miedo y el torbellino que nos rodeaba y amenazaba, damos por bueno lo alcanzado. Por lo menos yo.

Meses de vértigo que no pude vivir plenamente porque en julio de 1976 me llevaron con algunos cientos de jóvenes más, no diré como borregos pero algo parecido, desde Coruña a Córdoba en un viaje en tren que duró cerca de 24 horas porque todavía no había ave ni los trenes eran rápidos y no teníamos prioridad y parábamos para dejar pasar otros trenes de mercancías o viajeros, y después en un camión militar de Córdoba a Cerro Muriano, en la sierra cordobesa, donde pasé dos meses de instrucción haciendo mucho ejercicio, con comida que seguramente hoy no pasaría los más elementales controles sanitarios, ejercicios de tiro, gritos y amenazas de cabos y sargentos, clases teóricas y prácticas sobre cómo reconocer a los diferentes mandos, leyes militares, cómo desmontar y montar un rifle y lo que más me gustaba, clases para enseñar a reclutas que no sabían leer ni escribir ni nunca habían salido de sus aldeas o pueblos y que se asombraban y amedrentaban con cualquier circunstancia que se saliera un poco de lo normal. Y calor, mucho, mucho calor con restricciones de agua debido a la sequía. Recuerdo compañeros que se desmayaban en plena marcha de veinte o treinta kilómetros por los montes cordobeses, subiendo y bajando cuestas por caminos polvorientos y con el sonido ensordecedor de las cigarras, cargados con más de veinte kilos de peso a nuestras espaldas, azuzados por los gritos de los suboficiales que exigían más rapidez o marcialidad. Todo el tiempo ensayando cómo desfilar con y sin fusil para mostrar el día de la jura de bandera la excelente preparación del soldadito español.

Cuando faltaban unos días para el solemne acto, que estuvo presidido por el capitán general de la II Región Militar Pedro Merry Gordon (que más parece por sus apellidos un general americano o inglés que español; pero es lógico, dado que nació en Jerez y ya se sabe la estrecha relación entre la pérfida Albión y la capital del Sherry) tristemente conocido por algunos hechos ocurridos unos años después, nos informaron a dónde nos iban a destinar. A mí me tocó la lotería de continuar el servicio a la Patria durante once meses más en Sevilla, casi en el centro de una ciudad que visité por primera vez cuando tenía unos tres años, según me contaron mis padres y he podido comprobar en alguna foto que se guarda en casa y que, cosas del destino y de circunstancias que también debería contar, pero en otra ocasión, continúa siendo la ciudad en la que vivo. Todos me felicitaron porque, según las referencias, era el mejor destino. Y lo fue, lo reconozco, como contaré más adelante. Nos volvieron a trasladar en camiones militares y llegamos al cuartel creo recordar que a mediados de septiembre. Aunque ya éramos soldados y no reclutas y se nos suponía una cierta experiencia, la llegada al destino nos causaba una cierta desazón pues los veteranos del campamento nos habían descrito las novatadas que solían realizarse en los cuarteles y algunas ponían los pelos de punta. Falsa alarma porque en ningún momento sufrimos vejaciones, torturas o hechos similares.

Los primeros días en el cuartel fueron de tanteo y reconocimiento del terreno. En primer lugar los cuarenta o cincuenta soldados que habíamos llegado por la mañana formamos perfectamente alineados en el gran patio central mientras nos contemplaban con curiosidad algunos soldados desde la galería de la primera planta. Un joven oficial, en un tono jovial y no exento de ironía, nos dio la bienvenida y nos explicó el horario y otros pormenores de nuestra estancia. A continuación subimos al dormitorio, una enorme nave  con techos altos y algunas ventanas que daban al patio central y a otro patio situado en la parte trasera, en la que había varias decenas de literas. Cada uno eligió el catre y la taquilla donde dormir y guardar las escasas pertenencias que cabían en el petate y que habíamos podido traer desde el campamento. Desde el primer instante me hice amigo de un valenciano, un madrileño, un catalán y tres vascos, dos de ellos mellizos y el tercero…, bueno, del tercero es mejor no hablar porque años después vi su foto y su nombre en un periódico y no porque hubiera recibido un premio, precisamente. Todos teníamos estudios superiores e inquietudes intelectuales y políticas, aunque estas últimas apenas podían expresarse en el recinto cuartelario porque las paredes oían y había fantasmas que podían no ser amigos y porque cualquier desliz podía costarte un disgusto.

Por las mañanas nos dedicábamos a trabajar en la oficina, bajo la supervisión de un teniente bastante menos simpático que el que nos había recibido, al que teníamos que entregar diariamente cuatro o cinco escritos dirigidos a diferentes destinos militares, dar entrada y salida y archivar documentos de todo tipo y, sobre todo, la mayor parte del tiempo se destinaba a darle clase al susodicho teniente que estaba preparando el examen de graduado escolar. Problemas de matemáticas, redacciones, análisis de texto, geografía, historia… Diariamente el madrileño y yo teníamos que preparar ejercicios, explicar contenidos y corregir los exámenes que le hacíamos todos los viernes (por cierto, algunos elaborados con muy mala idea, para disfrutar viendo cómo el teniente sudaba y maldecía por lo bajo cuando no era capaz de resolverlos a plena satisfacción). Tan contento quedó nuestro teniente que se lo comentó al Teniente Coronel Jefe, la máxima autoridad del cuartel, que me llamó a su despacho y me propuso darle clase a su hija que también estaba preparando dicho examen. Como es lógico acepté encantado, aunque tampoco podría haberle dado otra respuesta, claro, y todas las tardes salía vestido de paisano, todo un privilegio reservado a los enchufados, y yo me había convertido en uno de ellos. Poder entrar y salir del cuartel con una autorización así provocaba la envidia de mis compañeros y el respeto de mis superiores. Más no se podía pedir en situación tan precaria.

Como acabo de decir, todas las tardes salía del cuartel y me iba dando un paseo hasta los Remedios, el barrio donde vivía el teniente coronel. Como nadie preguntaba a qué hora tenía la clase y nunca se preocuparon de hacerlo, me cambiaba la ropa, salía un poco después de comer y disfrutaba de esos momentos de libertad. Pocas veces he tenido esa sensación, después de traspasar el cuerpo de guardia y salir a la avenida, de poder respirar llenándome los pulmones sin sentir ningún tipo de opresión. Andaba despacio, atravesaba el parque de María Luisa recreándome en el frescor y el sonido del agua y de los pájaros, cruzaba el puente sobre el río y, poco después, tras más de media hora de paseo, llegaba a mi destino. El primer día me esperaba la familia, padre, madre e hija y me recibieron con cordialidad y educación, aunque con un cierto distanciamiento, sobre todo la madre. Lo primero que vi en el recibidor fue una enorme fotografía a tamaño casi natural en la que el general Franco, serio y circunspecto como casi siempre, saludaba al teniente coronel, que bajaba la cabeza en señal de respeto y yo diría que sumisión. Esa imagen inicial de la casa me impactó de tal manera que todavía la recuerdo. A continuación, y sin más preámbulos, alumna y profesor pasamos a la cocina, que desde aquel día fue nuestra zona de estudio. Y a partir del día siguiente, en lugar de abrirme la puerta principal, era recibido por la puerta de servicio que daba directamente a la cocina, no fuera yo a pensar que podía tomarme confianzas. Como eso quedó meridianamente claro y teniendo en cuenta quién era el padre, jamás se me ocurrió iniciar algún tipo de acercamiento galante a pesar de que la muchacha estaba de buen ver. Durante un par de horas diarias seguí casi al pie de la letra las mismas actividades, ejercicios y contenidos que preparaba por la mañana al teniente. Reconozco que ambos, teniente e hija (fijaos que no digo sus nombres porque no los recuerdo; y aunque los recordara tampoco lo diría para no dar pistas por si acaso, ya que quizás sigan viviendo por estos lares), eran estudiantes aplicados e inteligentes, así que, cuando llegaron los exámenes en el mes de mayo los superaron con facilidad y buena nota, lo que, como se podrá comprobar más adelante, contribuyó a mejorar mi situación en el cuartel, que ya de por sí era relativamente buena.

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2 comentarios en “Relato XVIII: Quince meses y un día (I)

  1. irene Cedillo

    Hola, ¿Qué pasó después?; Me he quedado con las ganas de saber más.
    Es interesante leer sobre ti, y conocerte más allá de ser el profe de lengua.
    Un saludo desde San Francisco, (California).
    Irene

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    1. Me alegro de saber de ti, Irene. Ya sé que te has aposentado en EEUU y que todo te va muy bien. Facebook es un gran aliado para continuar manteniendo el contacto.
      Estoy escribiendo poco a poco, como un ejercicio de memoria. Pero soy bastante vago, lo reconozco y tardaré algo en terminar, aunque el segundo capítulo lo voy a publicar hoy mismo. Lo que pasa es que después me voy a la playa y el final supongo que se retrasará algo.
      Un fuerte abrazo

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