Relato XVIII: Quince meses y un día (II)

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Y llegó el mes de abril de 1977. Y con él la semana santa, y seguramente sabréis lo que pasó el sábado santo, más conocido como el “sábado santo rojo”. Sí, eso es, se legalizó el Partido Comunista de España de Santiago Carrillo. Yo no estaba en el cuartel porque desde hacía unos meses los siete amigos, es decir, el madrileño, el catalán, el valenciano, los tres vascos y yo, habíamos alquilado un piso en la calle Torneo, una calle que estaba separada de las vías del ferrocarril de la estación de Córdoba, que corrían paralelas al río Guadalquivir, por un horrible muro lleno de pintadas poco estéticas. La exposición universal del 92 derribó el muro, eliminó las vías del tren y ahora la calle Torneo es una calle ancha y con excelentes vistas al río, no la calle triste y sucia de entonces. El piso era muy antiguo, de dos habitaciones, una de ellas interior, y un salón con un balcón que daba a la calle, una pequeña cocina y un cuarto de aseo, con desconchones y humedad en las paredes, muebles viejos y desvencijados, cuadros descoloridos y mucha suciedad que nosotros, que sólo pasábamos allí seis o siete días al mes, no teníamos ganas de limpiar. No recuerdo ni una sola vez que pasáramos una fregona por el suelo ni quitáramos el polvo a los muebles. Tampoco limpiábamos la cocina porque no hacíamos de comer. Sólo queríamos el piso para charlar con libertad, beber, fumar, escuchar música y tener un lugar donde dormir cuando teníamos algún día libre y nos dejaban pasar la noche fuera del cuartel. Para no tener que lavar sábanas y mantas, que el propietario no nos había proporcionado ni queríamos comprar, cada uno se llevó un saco de dormir.

Ahí fue cuando mis gustos musicales y literarios comenzaron a dar un giro radical. Hasta ese momento yo no pasaba de los Beatles, Serrat, Juan Pardo, Cervantes, Pardo Bazán o Baroja, todo muy convencional. En el piso de la calle Torneo, mientras el madrileño, un chaval alto y desgarbado, siempre sonriente y gastando bromas, con unas pequeñas gafitas a lo Jonh Lennon, me descubría a grupos como Black Sabbat o The Who, a David Bowie y a Janis Joplin, entre otros, los vascos, que a pesar de la fama de hombretones eran más bajos que yo aunque bastante más fuertes, y el catalán, rubio y con una cara ancha y llena de granos, con un fuerte acento que intentaba disimular en el cuartel pero que asomaba cuando hablaba con nosotros en el piso o por la calle, me acercaron a la canción protesta de Llach, Paco Ibáñez o Labordeta y a las canciones sudamericanas de Violeta Parra, Víctor Jara o Quilapayún. El catalán tocaba la guitarra estupendamente y se conocía casi todas las canciones, que cantaba con una voz de barítono que llegué a envidiar, yo, que siempre había tenido fama de ser un buen cantante. El valenciano, que tenía un pequeño bigote y unas gafas que lo asemejaban a un funcionario de hacienda, era el más callado y siempre con un libro en la mano me abrió las puertas a un mundo de lecturas que, aunque había oído hablar de él nunca hubiera sospechado que me pudiera gustar: Walt Whitman, Cernuda, Sartre, Borges, Neruda. Todo era nuevo, refrescante, auténtico, libre de ataduras. Yo, que me creía una persona formada, culta, con inquietudes, me di cuenta de que había vivido en un ambiente cerrado, con horizontes muy limitados. Nada sabía de música, de política, de literatura y ahora se me abría un mundo totalmente diferente a lo que conocía y que, además de prohibido o censurado, mostraba una fuerza y un poder que cambió mi forma de pensar y de afrontar la vida en muchos aspectos. Las discusiones políticas, la crítica a lo que estaba haciendo la izquierda en ese momento, cómo plantear la lucha al franquismo, las aspiraciones nacionalistas, los derechos de los trabajadores… Todo eso que ahora puede exponerse con tranquilidad y sin temor a represalias, centraba nuestras charlas y discusiones mientras fumábamos y bebíamos y comíamos unos bocadillos y cuando nos cansábamos el catalán se ponía a cantar, el madrileño ponía música en un reproductor de cassette o el valenciano nos recitaba unos poemas de Neruda o de Alberti. Tardes y noches inolvidables, sensación de estar rompiendo con un mundo viejo y que, como una crisálida, nacería una nueva estructura, un nuevo país, una atmósfera más limpia y menos opresiva.

Y llegó, repito, la Semana Santa de 1977. Aunque intentamos conseguir algunos días libres y poder hacer alguna escapada, no hubo manera. La superioridad no consideró conveniente dejar abandonado el cuartel y, teniendo en cuenta que no era solo yo el enchufado ni el más poderoso pues no era hijo, sobrino o nieto de un oficial de alta graduación, otros consiguieron los correspondientes permisos y los demás nos tuvimos que quedar. Menos mal que los siete magníficos solo teníamos que estar durante el día en el cuartel y a partir de las siete u ocho de la tarde podíamos salir con el llamado “pase de pernocta”, que consistía en dormir en tu casa o donde quisieras y regresar por la mañana temprano. Lo malo es que los únicos que lo teníamos éramos el valenciano, el madrileño y yo, así que los demás tenían que esperar al fin de semana, en el que algunas ocasiones los demás también podían dormir fuera del cuartel. Esa semana santa comencé a admirar con la ayuda de un cabo nazareno, no uno que hace estación de penitencia con su hábito y su capirote, sino uno que era de Dos Hermanas, las procesiones de Sevilla. Sus explicaciones nos gustaban y nos permitían admirar situaciones y circunstancias que nos podían pasar desapercibidas y que él explicaba con verdadero fervor y apasionamiento. Pero al tercer día ya estábamos cansados de ver cofradías, imágenes, pasos y miles de nazarenos, así que decidimos dedicarnos a recorrer los alrededores de Sevilla en autobús: Carmona, Alcalá de Guadaira, Écija, Utrera. En todas ellas huíamos de las procesiones y nos centrábamos en visitar los monumentos, pasear por las calles, comer en tascas y tabernas, descansar en los parques. Hasta que llegó el sábado. Ese día nos quedamos en Sevilla y, después de dar algún paseo y comprarnos unos bocadillos, nos fuimos a pasar la tarde en el piso. La verdad es que nos habíamos quedado sin un duro y teníamos que ahorrar. Así que nos acostamos relativamente temprano y nos dormimos pronto mientras en la calle se escuchaban gritos, cantos, bocinas de coches y mucho ruido, que achacamos a que, según la tradición católica, Cristo había resucitado y la gente sevillana mostraba así su alegría.

El domingo de resurrección nos levantamos sobre las siete de la mañana pues teníamos que llegar antes de las ocho al cuartel y, callejeando por Sevilla, nos encontramos a un grupo de jóvenes que portaban banderas rojas con la hoz y el martillo y cantaban a voz en grito la Internacional. Paramos a uno de ellos y nos dio la noticia que ya se sabía desde la noche anterior y que nosotros aún no conocíamos: Adolfo Suárez había legalizado el Partido Comunista. Nos abrazamos a ellos, aunque ya estábamos vestidos de soldados y eso podía haber sido peligroso en aquellos tiempos, y dándonos mucha prisa para no llegar tarde, llegamos al cuartel cuyo portón estaba cerrado a cal y canto. Llamamos al cabo de guardia, que nos abrió la puerta peatonal y nos instó a que subiéramos rápido a los dormitorios para que bajáramos cuando sonara el toque de diana, que los domingos se hacía una hora más tarde. Todos los soldados ya estaban despiertos, incluidos nuestros amigos vascos y el catalán, y el tema único de conversación era la legalización del PCE y qué harían los militares. Sonó el quinto levanta y bajamos presurosos a formar en el patio. Adivinamos que algo inusual pasaba porque, además del cabo primero y el sargento que solían pasar revista, también había varios tenientes y un comandante. Este último se dirigió a nosotros con un tono mucho más serio de lo habitual. Sin hacer mención a lo que había sucedido la noche anterior, nos dijo que se cancelaban todos los permisos y que se doblaban las guardias. El portalón de entrada permanecería cerrado durante todo el día y sólo se abriría la puerta de peatones cuando algún militar tuviera que entrar o salir por algo excepcional. Debía evitarse, a toda costa, que se concentraran demasiadas personas delante del cuartel y no se tolerarían provocaciones.

Cuando nos mandaron romper filas y antes de dirigirnos al comedor para desayunar, nos reunimos los siete magníficos y decidimos no mostrar demasiada alegría pues el horno no estaba para bollos. Y el catalán comentó, asustado, si cuando pasaran unos días no irían a registrar la casa que teníamos alquilada y encontrarían alguna propaganda subversiva que allí teníamos y varios ejemplares de la revista Ajoblanco, Cambio 16, Cuadernos para el Diálogo. Como no sabíamos cuándo podríamos salir decidimos que nos desharíamos de todo eso en la primera ocasión. Pero no hubo necesidad pues una semana después se convocaron elecciones generales y casi todo lo que hasta entonces era subversivo y peligroso dejó de serlo. Aunque algunos partidos trotskistas, leninistas, estalinistas, maoístas y otros istas más fueron legalizados más tarde, se presentaron bajo diferentes siglas y pudieron participar en las elecciones. Los militares no podríamos manifestar expresamente nuestra ideología, sobre todo si era de izquierdas, pero no sería delito, nos dijimos, tener en nuestra casa escritos que defendieran la democracia desde diferentes perspectivas. Nunca ocurrió nada, pero la desazón, sobre todo a mí, poco dado a heroicidades, no me abandonó en unas semanas.

En el cuartel se produjo una auténtica conmoción. En esos días tuve que hacer un par de guardias y los comentarios que escuché de los oficiales podrían ser considerados, vistos en perspectiva, abiertamente golpistas. Que si “España se va al carajo”, “los que asesinaron en Paracuellos ahora son héroes”, “si se me pusiera por delante Carrillo se le iba a borrar las sonrisa de golpe” y otras lindezas por el estilo. Eran otros tiempos, el cambio había sido muy rápido y drástico y la costumbre de influir de manera decisiva en la vida política durante los últimos cuarenta años no se iba a diluir de un plumazo. De hecho, cuatro años después, un 23 de febrero, se demostró que el ejército todavía quería mantener el protagonismo. La sociedad ya había cambiado y no había un caldo de cultivo adecuado para que triunfaran. Pero esa es otra historia.

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