Viaje a Croacia (II). La Península de Istria

El día 21 de agosto, lunes, el despertador sonó a las seis de la mañana. Hacía dos días que estábamos en Sevilla, donde el calor apretaba de lo lindo y que, después de pasar las semanas anteriores en Galicia y Rota, parecía la antesala del infierno. Apenas había pegado ojo por el bochorno y el nerviosismo. Repaso a los últimos detalles: sobre todo la documentación (incluido el pasaporte, por si acaso) , confirmación del tiempo que va a hacer en Croacia, tomar algo de fruta, cerrar las maletas y la puerta de casa… Salimos a la avenida y, confiando en que por ella suelen pasar taxis con frecuencia, esperamos casi diez minutos. No cunde el pánico porque tenemos mucho margen y la estación del ave está cerca. Cuando llegamos ya están allí los Anarte y poco después llegan los “Marines”. Esta vez no ha habido percances de última hora, así que llegamos a Madrid a las 10,15 y como el vuelo sale de Barajas a las 13,45, nos atrevemos a coger el cercanías de la misma estación. Es muy cómodo y, además, gratuito si el vuelo y el tren se hacen en el mismo día. Mis compañeros de viaje, acostumbrados a desplazarse como señores en taxis y limusinas (véanse las entradas anteriores tituladas Un turista en Nueva York) eran un poco reticentes pero los convencí y allí nos mezclamos con otra muchedumbre que, como nosotros, salía de viaje. Hay que tener en cuenta que el cercanías deja en la terminal 4, por lo que si el vuelo sale de otra terminal hay que tomar una lanzadera, que es lo que tuvimos que hacer nosotros. Carmen dice que ella no vuelve a hacer esto, que donde se ponga un taxi que se quiten estas complicaciones, que subir y bajar maletas de trenes y autobuses es un atraso… Y los demás secundan la idea. Menos mal que todos somos de izquierda y apostamos por los servicios públicos y gratuitos. Me callo.

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Como no hubo incidencias en el vuelo, comentaré que llegamos a Pula a las 16,20. Resulta que la hora española y la croata es la misma por los misterios de unos gobernantes que desde hace décadas (exactamente desde que Franco lo decidió en 1940) nos mantienen en el uso horario de Berlín. ¿A nadie se le ha ocurrido cambiarlo desde entonces? Porque resulta que en Croacia amanece y anochece dos horas antes que en nuestro país, pero tenemos el mismo horario. Menos mal que nos habíamos comido unos bocadillos en el aeropuerto porque si no habríamos llegado muertos de hambre, ya que en el avión nos dieron agua y un pequeño sobre con patatas fritas o algo parecido. Ténganlo en cuenta aquellos turistas que hagan el viaje a la misma hora y en la misma compañía aérea SmartWings. Y encima no pudimos pararnos a merendar algo porque en al aeropuerto nos recogió un autobús que nos llevó hasta Rijeka (la antigua Fiume italiana), nuestro primer destino y en donde pasaríamos dos noches. El viaje de casi dos horas nos permitió contemplar un paisaje, el de la Península de Istria, que en cierto modo se parece al de mi tierra, Galicia, muy verde, con suaves colinas y muchos bosques. Empezamos bien. Como el hotel Jadran estaba bastante alejado del centro y ya era algo tarde, decidimos cenar temprano y andar un poco por los alrededores. Lo mejor del hotel, las vistas al Adriático, con unos grandes ventanales que nos permitían contemplar el puerto y la bahía de Carnaro, así como la isla de Krk (pronúnciese Kirk, como el capitán de la nave Enterprise o el actor apellidado Douglas).

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En la cena nos sentamos en una mesa de ocho, donde ya se encontraba un matrimonio de Burgos que nos acompañó a lo largo de todo el viaje por Croacia. Jaime y María Teresa estaban celebrando sus bodas de oro y la verdad es que no lo parecía porque se conservan bastante bien. En esa primera cena ya empezamos a pagar las bebidas: seis cervezas, 124 kunas, es decir, unos 18 euros. Y así durante todas las comidas y cenas del viaje. Parece que no, pero al final se nota. Por eso es importante que ese tipo de detalles se conozcan antes de contratar el viaje o que, por lo menos, se informe convenientemente.

Como nos habíamos levantado muy temprano, decidimos acostarnos pronto porque a la mañana siguiente, como ocurriría todos los días, tendríamos otro madrugón. Menos mal que la habitación era muy buena, la televisión panorámica y la cama, mejor.

Día 22 de agosto. Región de Opatija, Porec y Rovinj

Suena el despertador del móvil a las 6,30, hora croata y española. Si estuviera en Rota a estas horas estaría dormido. O no, porque últimamente duermo menos, será cosa de la edad. En otras circunstancias me tomaría media pastilla para dormir, pero tengo miedo de quedarme dormido. El desayuno es a las siete. Aprovechamos que el autobús no sale hasta las ocho y podemos contemplar nuestras primeras horas de la mañana en el Adriático. Ya hay gente bañándose y la tibia luz del sol se refleja en unas aguas cristalinas que invitan a sumergirse en ellas. No tenemos tiempo y la verdad es que los envidio. En la terraza del comedor unas gaviotas se posan en las mesas, esperando que algún incauto se acerque y puedan birlarle la comida. Me acuerdo de Alfred Hitchcock.

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El autobús nos lleva a Opatija, a la que llegamos en poco más de media hora. Es una ciudad muy turística, aunque todavía no llega a alcanzar el esplendor que adquirió durante la dominación del imperio austro-húngaro, con un paseo marítimo en el que se encuentra una zona similar al paseo de las estrellas de Hollywood, pero con nombres de personajes croatas. Allí podemos ver a Nikola Tesla y a Drazen Petrovic, inventor y jugador de baloncesto, respectivamente, muy admirados en su país, donde se los nombra frecuentemente. Los croatas, como es lógico, se indignan con aquellos inventores como Edison y Marconi, que se llevaron los méritos y la fama (véase este artículo para comprobarlo) en lugar de su compatriota, que realmente fue el inventor de la corriente alterna y de la radio. Después de un paseo de una hora regresamos al autobús para seguir camino hacia Porec, en la costa occidental de la península de Istria.

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El autobús nos llevó hasta una estación desde la que nos dirigimos al centro de la ciudad, de unos veinte mil habitantes. Tiene un casco antiguo en el que todavía se puede observar la influencia romana y bizantina y en la que destaca sobre todo la Basílica de San Eufrasio, del siglo VI, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Recorrer la basílica, detenerse en las diferentes salas y en la capilla y subir a la torre-campanario, es una experiencia que nadie que visite Croacia debería perderse. El recorrido nos llevó una hora, aunque podríamos haber estado mucho más tiempo. Ese es uno de los problemas que más me molestan de los viajes en grupo, que los horarios son excesivamente estrictos y te impiden disfrutar de aquello que realmente te gusta. Ya lo dice el refrán: el que mucho abarca, poco aprieta.

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Después de comer en una especie de venta a las afueras de Porec, salimos hacia Rovinj. Reconozco que nunca había oído hablar de esta ciudad, como me ocurre con la mayor parte de las ciudades croatas, exceptuando la capital Zagreb, Zadar (por el equipo de baloncesto), Split (por el equipo de fútbol), Dubrovnik y pare usted de contar. Y luego dirán que el deporte no es cultura. Tendré que repasar geografía.

En Rovinj nos esperaba Fortunato, un guía que resultó todo un personaje. Nos contó que había aprendido español navegando por todo el mundo con marineros españoles, estuvo viajando por España y vivió un mes en Cádiz, donde, además de perfeccionar el idioma con los gaditanos, también practicaba (el idioma) con una marroquí que limpiaba en su en su casa y que dominaba muy bien el castellano ya que había servido durante años en la casa de un militar en Ceuta. La manera de explicarnos la historia y la cultura croatas habría servido para escribir una novela. Antes de recorrer la ciudad nos dio una visión histórico-cultural de Rovinj que hubiera dejado boquiabierto a cualquier profesor de universidad. Después de pasar por el mercado, donde nos explicó que allí la fruta era casi toda importada (un ejemplo: un kilo de uvas valía 7 euros), nos detuvimos en una pequeña plaza frente al puerto, en donde nos comentó que ese lugar era un canal que separaba la península de la isla, la antigua Ruvigno, y que fue rellenado a mediados del siglo XVIII. Comenzamos a subir por una calle (Ulica Carera) hasta la Basílica de Santa Eufemia, en lo alto de la colina que domina la ciudad vieja. Las vistas del Adriático y de las islas cercanas son de las más bonitas que se pueden contemplar en la península de Istria. Lo más notable de la iglesia, que no es de las más bonitas que se pueden encontrar en el país, es la gran torre de 60 metros de alto imita al campanile de San Marcos y el sepulcro de la santa que se encuentra en el interior.

No voy a explicar aquí la controversia sobre los restos de la santa, una de cuyas reliquias se encuentra en Antequera, de la que es su patrona, ni el milagro del sepulcro de siete toneladas que flotaba en el mar, ni otros hechos extraordinarios que nos relató Fortunato, porque me extendería demasiado. Descendimos de la colina por otro camino, contemplando la costa y fotografiando un precioso mar azul salpicado de pequeñas islas que reverberaban con la luz de la tarde. Nos detuvimos a tomar un café en una cafetería cercana al puerto y regresamos al hotel cuando ya estaba anocheciendo. Día intenso, como todos los que nos esperaban en lo que restaba de semana.

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