Viaje a Croacia (IV). Zadar, Sibenik, Trogir y Split.

De locos, hoy ha sido un día de locos. No recomiendo a nadie que quiera conocer, aunque sea superficialmente, alguna zona de cualquier país, incluso el propio, que se recorra cuatro ciudades en un solo día. Porque al final lo único que va a conseguir es que en su cabeza se forme un caos que le impida recordar si la plaza que vio era de Trogir o de Zadar, si aquella calle tan bonita era de Split o Sibenik o si el café que se tomó sentado en una terraza era de Burgos o de León. Y eso es lo que me está pasando a mí cuando repaso las fotografías (y menos mal que ahora con las cámaras digitales es más fácil saberlo porque te informan del día y la hora en que sacaste la foto).

Estamos a mitad de viaje y volvemos a cambiar de hotel, así que otra vez a hacer maletas y llevarlas todo el día en el autobús. En cuatro días, tres hoteles, no está mal.

24 de agosto.

Volvemos a madrugar, cómo no. Nos despedimos del Hotel Kolovare  y, para aquellos que lo visiten, recomiendo que se sienten en los sillones que están frente a recepción y hurguen en ellos, porque se pueden encontrar con la sorpresa de que aparezcan como por arte de magia monedas varias, como le pasó a nuestro amigo Juan Esteban, que hurgando, hurgando recogió hasta 17 kunas, que no es mucho pero da para una cerveza. Una típica anécdota que suele suceder en los viajes y que sirve para comentar cuando nos reunamos dentro de un tiempo.

Cargamos las maletas en el autobús, que nos lleva hasta la pequeña península que conforma el centro de Zadar, y nos deja cerca de un parque rodeado por un muro y próximo también al puerto. Tomamos referencias porque luego tendremos que regresar solos. La guía inicia el recorrido por el casco antiguo, deteniéndonos en la Plaza del Pueblo (Narodni Trg, en croata), donde se encuentra el edificio City Sentinel, de 1562, con un hermoso reloj.

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Seguimos andando por la Kalelarga hasta desembocar en la zona principal de la ciudad, el Foro Romano, donde se encuentran la iglesia de San Donato (siglo IX), de planta circular y la catedral de Santa Anastasia (siglo XIII), con un campanario al que también subí, como a casi todos los que me fuimos encontrando durante el viaje. El conjunto impresiona, ya que nos encontramos en un espacio reducido con tres monumentos que aglutinan diez siglos de historia.

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(Carmen y Manoli escuchando atentamente las explicaciones de la guía delante de la iglesia de San Donato y de la Catedral de Santa Anastasia)

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(Isabel y Jesús, con la guía, cuyo nombre no recuerdo, andando hacia la Columna de la Vergüenza, donde se encadenaba a gente que había cometido delitos menores).

Después nos dirigimos hacia el Órgano del mar y el Saludo al sol, que están muy cerca. El primero es un conjunto de tubos que se activan con las olas que rompen en unas escaleras que dan al mar; el segundo es un círculo de 22 metros de diámetro realizado a bases de placas de vidrio que representa el Sistema Solar y que se ilumina por la noche. Descansamos un poco porque llevamos un buen ritmo.

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20170824_095422El grupo se divide, cada uno a su bola, unos a comprar, otros a callejear. Yo me dirijo hacia el mercado (no sé por qué, pero siempre me ha gustado el ambiente que se vive en cualquier mercado, mucho más natural y menos contaminado por el turismo) y me fijo en los productos que se venden y en la gente que deambula, comprando o curioseando. Más tarde me voy a la plaza y me encuentro con Jesús y Juan Esteban, con los que me tomo un café. Como se acerca la hora de salir, esperamos que lleguen los demás y nos vamos hacia el autobús.

Después de comer nos dirigimos a Sibenik, en la desembocadura del río Krka, que forma un parque natural. En esta ciudad se rodó Juego de Tronos y aquí le saben sacar mucho partido.

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Es una delicia pasear por sus calles. Parece que hemos hecho un viaje en el tiempo y aterrizado en la Edad Media o en el Renacimiento. La Catedral de Santiago y la Plaza del Ayuntamiento son dos auténticas joyas. Pero el tiempo apremia y estamos poco más de hora y media en esta bonita ciudad.

Catedral de Santiago en Sibenik, Croacia

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Ahora nos dirigimos, por una carretera con vistas extraordinarias, a Trogir. Es una ciudad pequeña, de callejas y plazas con mucho encanto, situada sobre una isla a la que se accede por un puente que nos permite entrar en la parte antigua. Después de andar por algunas calles estrechas y cuidadas, llegamos a la catedral de San Lorenzo, que tiene una preciosa portada y un campanario al que, como es lógico subí y desde el que pude contemplar unas vistas que impresionan. Después de deambular por calles y plazas, salimos al puerto y llegamos hasta el Castillo del Camarlengo, un edificio situado en el extremo del paseo marítimo que bordea al puerto y destinado por los venecianos, que lo construyeron en el siglo XV, a residencia del gobernador y a puesto de vigilancia. Nos demoramos todo lo que pudimos, ya que el paseo, con la luz de media tarde, el mar, una temperatura muy agradable y la cantidad de rincones que invitaban al descanso, fue de las cosas más bonitas que realizamos en todo el viaje.

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Con pesar, nos alejamos de Trogir camino de Split, que está a unos 20 kilómetros. Llegamos casi anocheciendo y la entrada a la ciudad fue más lenta de lo normal ya que esa noche se jugaba un partido entre el Hajduk Split y un equipo inglés. El autobús bordeó la ciudad pues el hotel Katarina se encontraba a unos quince kilómetros. No quiero hacer una propaganda excesivamente negativa, pero ese hotel no debería estar en los circuitos turísticos de cierta calidad. Creemos que para evitar muchas quejas, Katia nos dijo que después de cenar haríamos una visita nocturna al Palacio de Diocleciano y a la Plaza de la República, que aunque los veríamos con calma y en profundidad por la mañana, merecía la pena visitarlos de noche. Y eso hicimos. Y claro que mereció la pena, pues sobre todo el palacio, del que hablaré en la siguiente entrada, es una ciudad en sí misma. El ambiente nocturno de esas dos zonas no tiene nada que envidiar a ninguno de los grandes lugares que he visitado hasta ahora. Conciertos, iluminación cuidada, terrazas al aire libre, ambiente festivo. Todo invitaba a quedarnos hasta altas horas de la madrugada. Pero sólo pudimos estar hora y media, pues mañana, cómo no, teníamos que visitar la ciudad por la mañana y después un viaje de muchas horas hasta Dubrovnik.

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