Yo no sé leer ni escribir

Cuando yo nací, a mediados de los años cincuenta del pasado siglo, tres de cada diez personas de la edad que yo tengo actualmente eran analfabetas. En Galicia, país de emigrantes por excelencia, era frecuente que, cuando alguien quería comunicarse con un familiar que trabajaba allende los mares o más allá de los Pirineos, tuviera que acudir al cura o al maestro para que le escribiera las últimas novedades de la aldea: el parto de una vaca, la muerte de algún vecino, la compra o la venta de una leira, el viaje a la capital… Eran cartas sencillas, como sencillas eran las personas y las ideas. En muchas ocasiones, el cura o el maestro tenían que inventarse las frases, porque los vecinos apenas sabían comunicar lo que pensaban o sentían, entre otras cosas porque su lengua era el gallego y no podían expresarse en castellano, el idioma de los poderosos.

Han pasado más de sesenta años y yo me siento como aquellos aldeanos, porque me doy cuenta de que aunque leo mucho y escribo algo, no soy buen lector ni alcanzo a expresar con mediana claridad lo que pienso. Ahora que tengo mucho tiempo libre, una de mis ilusiones era la de dedicarme a escribir pequeños relatos, cuentos, historias basadas en experiencias personales o inventadas. Comencé con entusiasmo, pero me temo que en lugar de haber ido mejorando, los resultados son cada vez más flojos. Leo y releo las líneas que con trabajo fui capaz de pergeñar y no me dicen nada, como si las hubiera escrito alguien ajeno a mí, alejado de lo que pienso, de lo que siento, de lo que veo, de lo que imagino.

Y lo sé sin que nadie me haya escrito una crítica en algún suplemento cultural que apenas leen unos pocos. No hace falta ser un perspicaz o avieso buscador de gazapos, un frustrado cazador de recompensas o un manirroto embaucador de avecillas incautas que gorgotean felices ante cualquier pretendida originalidad en panfletos, artículos o discursos. No sé escribir. Repaso las pocas líneas que, con excesivo entusiasmo, me he atrevido a publicar en las redes sociales. Y no encuentro una sola frase, ni una, que merezca la pena. Como casi siempre ocurre en casos similares, la causa está en una deficiente selección de las lecturas que he realizado a lo largo de los años. En realidad, nunca he seleccionado los libros. Todo aquello que caía en mis manos lo leía con fruición. Y ahí está el error, porque ahora me gusta cualquier libro, cualquiera. Apenas sé distinguir un clásico de un best seller. Y  aquí surgen un montón de dudas y me hago muchas preguntas:

¿Qué es un clásico? ¿Todos los clásicos tienen calidad? ¿Lo que es clásico ahora será clásico dentro de unos siglos o lo fue en siglos pasados? ¿Todos los libros de éxito actuales son malos? ¿Se escribe demasiado o se publica demasiado a la ligera? ¿Ganar mucho dinero escribiendo es sinónimo de falta de calidad literaria?

Como no hay nadie que me conteste y yo no tengo una respuesta clara, aunque alguna sí podría dar, seguramente equivocada, continúo con mi lamento. No sé escribir, y bien que me pesa. Lo he intentado todo. En primer lugar, apuntarme a cursos de escritura creativa y poco más me han enseñado que lo que en su momento utilicé en las aulas: la Gramática de la Fantasía o los Cuentos para jugar, de Gianni Rodari. Puedo saber todo sobre el ritmo del discurso, la composición, el tratamiento del tema, el punto de vista del narrador, los personajes, los géneros… Mucha teoría, pero cuando me siento delante de una página en blanco, cuando creo que tengo un argumento que me gusta, lo desarrollo, describo las diferentes escenas y capítulos, los personajes que van a aparecer o cualquier otro material que se necesita en una novela, un relato o una obra de teatro (de la poesía ni hablo, porque está en un ámbito en el que ni siquiera me atrevo a pensar), todo se difumina.

Y me pregunto: ¿cuando Cervantes comenzó a escribir el Quijote, de verdad que ya tenía todo eso en su cabeza? ¿Pensó a grandes rasgos cómo quería que se desarrollaran las aventuras de un loco y de un analfabeto o comenzó a escribir sin más, dejando que su enorme imaginación, sus experiencias y su dominio del lenguaje hicieran todo lo demás, improvisando sobre la marcha? Supongo que habrá eruditos estudios que lo expliquen, pero no tengo ganas de leerlos.

Así que no es preciso que calléis ante mí, que miréis para otro lado. Seguiré leyendo, a veces a Tirso de Molina, a Delibes o a Bécquer y otras a Stephen King, a Dolores Redondo o a Carlos Ruiz Zafón, por ejemplo. No hace mucho fui a la consulta de un conocido médico sevillano y me llamó la atención la cantidad de diferentes ediciones que tenía del Quijote. Comenzamos a hablar de literatura y comentamos las últimas lecturas que habíamos hecho cada uno. Él me confesó que ya sólo se dedicaba a releer a los grandes escritores griegos y latinos y a los clásicos españoles, comenzando, claro está, por Cervantes, porque, según me dijo “lo que se escribe ahora es como la comida basura: entra por los ojos, tiene un agradable sabor y es barata, pero se digiera muy mal y, a largo plazo, sus efectos son perniciosos”. Apenas me atreví a balbucear que mis últimas lecturas eran de Pérez-Reverte y Dolores Redondo. Me miró con conmiseración y tuve que bajar los ojos, avergonzado.

Pero después, pasado el tiempo, me rebelé contra esas opiniones que, en el fondo, creo que ocultan una cierta envidia y frustración de escritores poco reconocidos y conocidos. Así que ya paso de críticas sesudas sobre la poca calidad de los escritores actuales, de su falta de profundidad en argumentos y personajes, en su escaso dominio del lenguaje, entre otras cosas, porque no me lo creo. Ahora hay mucha más cantidad de escritores, es cierto, se publica como nunca se ha publicado y entre tanto libro es lógico que haya mucha paja y poco trigo. Pero sigo disfrutando con los libros de éxito, con los que se venden a cientos de miles.

Y perdonad si, de vez en cuando, os castigo con alguna de esas tonterías que se me ocurre escribir y me atrevo a publicar. Ya sabéis que la ignorancia es muy osada.

Resultado de imagen de no se leer ni escribir

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