Algunas lecturas de 2017

Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar.
El tiempo. Ocnos. Luis Cernuda

Después de releer ese maravilloso párrafo de Cernuda, rompí en mil pedazos la hoja en la que había comenzado a escribir un pequeño relato. Pero después me dije, José Manuel, no seas tan duro contigo mismo, no estás aspirando a vivir en el Parnaso de las letras, sólo eres un humilde escribidor como los miles y miles que en el mundo han sido y serán y que también tenemos derecho a poner nuestro granito de arena, sin más aspiración que leernos dentro de unos años, disfrutar imaginando historias, sonreír ante nuestra falta de pudor y ejercitar las neuronas que nos van quedando.

En mi anterior entrada escribí sobre mi falta de criterio para seleccionar las lecturas. Efectivamente, no tengo criterios, ni prioridades, ni nada que suponga un mínimo de planificación u organización. Repaso mi biblioteca, que tiene unos 700 u 800 libros, y me encuentro con muchos que compré hace tiempo porque me llamaron la atención o porque me los recomendaron y resulta que todavía no los he leído. Entre otras cosas porque no me apetece hacerlo, bien porque ya han cambiado mis gustos, porque el tema o el argumento o el autor ya no me interesa o porque le he cogido manía, vaya usted a saber por qué.

Pero una cosa es falta de criterio y otra muy diferente carecer de motivos, de la necesidad de leer. Con el tiempo me he dado cuenta de que esa necesidad nace de fuentes muy diferentes. A veces, la lectura de la novela de un autor que nunca había leído con anterioridad pero que alguien que sí lo ha hecho y del que te fías y te lo recomienda, te descubre facetas, estilos o temas que te gustan. Me pasó, por ejemplo, con Carlos Ruiz Zafón y su primer gran éxito, La sombra del viento. He leído su tetralogía de El cementerio de los libros olvidados y, aunque ya ha cerrado el círculo de esa serie, seguro que escribirá otra y volveré a engancharme sin remisión. Una vez que te aficionas a un escritor, ya no puedes dejar de leerlo. Es lo que me pasa con otros tres escritores actuales más: Dolores Redondo, Almudena Grandes y Arturo Pérez-Reverte. Cada vez que publican un libro tengo que comprarlo. Y rara vez me arrepiento, porque han sabido crear mundos y lenguajes que, por alguna misteriosa razón, han conseguido interesarme. Sé que en esto de las lecturas hay mucho hooligan, aprecios y desprecios que no se basan en criterios racionales, sino en afinidades o enemistades que pueden provenir de ámbitos muy diversos. Por ejemplo, nunca se me olvidará el razonamiento que me dio una compañera de trabajo, doctora en lengua castellana y literatura, que me espetó, así, sin anestesia, que ella no había leído y nunca leería a Mario Vargas Llosa, “por ser un facha”. Toma del frasco, Carrasco. Y estoy seguro de que otros y otras, personas todas ellas formadas y educadas, tampoco leerán a Gabriel García Márquez, por “ser izquierdista”. Ellos se lo pierden. Si leemos o dejamos de leer a alguien por su adscripción política es que el mundo se ha vuelto realmente loco (aquí tampoco me dejo de acordar de alguien que llamó machista a Aristóteles: hay gente que no es más tonta porque no entrena).

Durante este año 2017 podréis comprobar que mi bagaje lector no ha sido demasiado extenso. Aunque según un estudio del CIS estoy en la parte alta de la clasificación, pues me encuentro dentro del 5,5% de españoles que lee entre 9 y 12 libros al año, eso no me consuela, pues estoy seguro que podría organizarme mejor y leer más. Ahora que tengo mucho tiempo libre, resulta que lo malgasto, o no, que no estoy demasiado seguro, de mala manera. Cuando no estoy jugando una partida de ajedrez o de Apalabrados con mis amigos estoy viajando, escribiendo chorradas como ésta, viendo series de televisión, haciendo deporte, caminando por las calles de Sevilla, escuchando la radio y, sobre todo, cabreándome mucho con lo de Cataluña. La de horas que le habré dedicado a las tertulias sobre este tema tan cansino. Menos mal que ya sólo quedan un par de días para las elecciones. Lo malo es que eso no va a mejorar mi dedicación a menesteres más sensatos, como sería entregarme en cuerpo y alma a escribir una novela que ganara el Planeta y me sacara de pobre. Porque luego viene la noche electoral, el análisis de los resultados, las opiniones de los políticos y de los tertulianos, las posibles coaliciones, las coaliciones reales, el cabreo del gobierno con los independentistas y de los indepes con el gobierno, la frustración de la mayoría que ha ganado pero no va a resolver el problema, etc., etc.

Así que antes de que vuelva a perder más tiempo os voy a decir qué es lo que he leído este año y me dejo de otras tonterías. La verdad es que no sé a quién le puede interesar esto, como no sea a una empresa que se dedique a analizar los gustos lectores de los españoles, pero así me acuerdo de las lecturas y, quizás, a alguien le entre el gusanillo de leer alguno de los libros que aquí reflejo. El orden no significa nada, ni preeminencia porque me hayan gustado más, porque los recuerde mejor o porque hayan sido los últimos en llegar a mis manos. Seguro que me he dejado alguno, sobre todo los que leí a comienzos de año, pero será porque no han dejado huella o porque la memoria ya no es todo lo fiable que debiera ser. Los años no pasan en balde. Además, he añadido alguna relectura de libros a los que merece la pena volver de vez en cuando.

El laberinto de los espíritus, de Carlos Ruiz Zafón. Final de la serie El cementerio de los libros olvidados. Junto con el primero, La sombra del viento, el mejor para mi gusto. La recreación de ambientes y personajes es insuperable y, como toda buena novela, los últimos capítulos los fui leyendo con premura, paladeando las palabras, pues sabía que cuando lo terminara me iba a dar mucha pena, como así fue.

El monarca de las sombras, de Javier Cercas. Tiene cierta similitud con Soldados de Salamina. En la búsqueda de la verdad sobre la muerte en la guerra civil de un tío abuelo suyo, Javier Cercas se desenvuelve con auténtica maestría, acercando el pasado investigado con datos, fechas, documentos y entrevistas con personas que lo conocieron, y el presente, la duda entre realizar un relato novelado o reflejar sin más un hecho que fue historia de su familia y la de muchas familias más.

El lector de Julio Verne, de Almudena Grandes. Esta escritoria se desenvuelve con una facilidad que pasma por el mundo de la guerra civil y de la posguerra. La mirada de un niño que vive en un cuartel de la guardia civil en un pueblo de la sierra jiennense se desliza entre aquellos que han ganado la guerra pero no tienen motivos para celebrarlo y aquellos otros que la han perdido pero muestran su orgullo y su dignidad sin abdicar de sus ideas.

Rabos de lagartija, de Juan Marsé. Hacía muchos años que no leía a Juan Marsé y en esta novela se muestra como uno de los grandes escritores del siglo XX. Ahora que ha sido uno de los damnificados por su postura ante el independentismo recomiendo su lectura para que admiremos su dominio del lenguaje y su amor por todo lo catalán.

A Sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. Todo un descubrimiento. A partir de unas jornadas celebradas en Sevilla sobre la literatura y la guerra civil, coordinadas por Arturo Pérez-Reverte, he conocido a este extraordinario periodista y escritor. El prólogo de este libro debería ser lectura obligatoria en ESO y Bachillerato. Pocas veces he leído un texto que con tanta claridad y certeza describa lo que, seguramente, sentiría la mayoría silenciosa de españoles que se vieron arrastrados a una guerra tan despiadada.

Todo esto te daré, de Dolores Redondo. No sé si será porque la novela se desarrolla en mi tierra, concretamente en la Ribeira Sacra, pero reconozco que me mantuvo enganchado durante toda su lectura. Se nota que domina, como ya lo demostró en su trilogía del Baztán, que también me encantó, el mundo de la investigación policial. Sin grandes aspiraciones, esta novela es una digna ganadora del Premio Planeta.

Patria, de Fernando Aramburu. Me la habían recomendado muchas personas y, realmente, no decepciona. Inquieta saber hasta qué punto puede llegar a degradarse el ser humano y cómo el ambiente opresor de un pequeño pueblo puede destrozar las vidas de las familias y las amistades. Sin embargo, a pesar de todo el sufrimiento que viven los protagonistas o la obsesión por mantener unas ideas que en el fondo saben que son injustas y equivocadas, nos queda la esperanza de que, al final, siempre podemos encontrar una salida

Gog, de Giovanni Papini. Extraña novela que describe a un multimillonario eogísta, sin escrúpulos y que sólo busca su felicidad a cualquier precio, que se entrevista con los personajes más importantes de su época: Gandhi, Freud, Einstein, Edison…, con objeto de conocer cuáles son los males y problemas de la sociedad. Aunque late un curioso  sentido del humor a lo largo de toda la novela, reconozco que su lectura dejó en mí un regusto amargo y que no sé si volvería a leer.

Africanus, el hijo del cónsul, de Santiago Posteguillo. Es la novela que estoy leyendo actualmente. Me gusta la novela histórica y ésta contiene todo lo que busco en este tipo de lecturas: personajes bien trazados y perfilados, hechos que he estudiado en los libros de historia pero que aquí se describen de una manera mucho más cercana, lenguaje sencillo pero bien estructurado, etc. Los dos personajes principales, Aníbal y Publio Cornelio Escipión, el Africano, muestran su valor y su inteligencia a lo largo de setecientas páginas que se leen con gran facilidad.

Olas de levante, de Magdalena Gómez Amores. Dejo para el final esta novela de mi amiga Magdalena. Con su primera obra, El temblor de las estrellas, la escritora reflejó la sociedad española de los años veinte y treinta del pasado siglo en un pequeño pueblo de Castellón. Mientras que “las dos Españas” van enconando sus posiciones hasta desembocar en la guerra civil, las mujeres tienen que enfrentarse a un mundo hostil en el que ellas tienen que luchar y demostrar su valía sin ayuda de ningún tipo. En su segunda novela, Olas de levante, las mujeres vuelven a ser las protagonistas. La acción se desarrolla durante los años 30 en Ceuta, ciudad que ella conoce bien pues allí nació y vivió durante su adolescencia y a la que vuelve cada vez que puede. Con un estilo ágil y un lenguaje cada vez más sólido, fluido y maduro a medida que va adquiriendo la experiencia del escritor, Magdalena desentraña la historia de dos mujeres que bien pueden ser la cara y cruz de dos vidas que, en el fondo, no son tan diferentes, sino que los acontecimientos y las circunstancias, además de la personalidad, van marcando a fuego. En una, la utopía y la valentía, en otra, la tradición y el pragmatismo, pero siempre la lucha, la resistencia, el dolor.

Relecturas. Casi nunca releo un libro completo, sino que lo abro al azar y dejo que la casualidad o la suerte me lleve a algún párrafo que me evoque otros instantes de feliz lectura. Y casi siempre la suerte me acompaña.

Ocnos, de Luis Cernuda. Hacía años que no volvía a leer a este extraordinario poeta sevillano. Ocnos es autobiografía lírica, poesía en prosa, llena de nostalgia porque fue escrita en el exilio. Una infancia y una juventud que se desarrollaron en una Sevilla, en un ambiente, que ya casi no reconocemos. Imprescindible.

Algunos capítulos de El Quijote, de Cervantes. Siempre hay que volver al caballero de la triste figura y a su compañero Sancho. Cada frase encierra un mundo literario que nunca ha sido superado.

También he vuelto a un maestro, Juan de Mairena, de Antonio Machado. No deja de sorprenderme su capacidad para la “filosofía práctica” que subyace en cualquier sentencia de este profesor. Abro el libro por cualquier página y me encuentro, por ejemplo, con perlas como estas:

“El reloj es, en efecto, una prueba indirecta de la creencia del hombre en su mortalidad. Porque sólo un tiempo finito puede medirse”.

“─Hay hombres, decía mi maestro, que van de la poética a la filosofía; otros que van de la filosofía a la poética. Lo inevitable es ir de lo uno a lo otro, en esto, como en todo”.

“Aprendió tantas cosas –escribía mi maestro, a la muerte de un amigo erudito–, que no tuvo tiempo para pensar en ninguna de ellas”

“Ayudadme a comprender lo que os digo, y os lo explicaré más despacio”.

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Un comentario en “Algunas lecturas de 2017

  1. Pingback: Los libros que he leído en 2018 – trecegatosnegros

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