Pedir papas o sobre lo más importante

—¿Pides papas?

La pregunta me sorprendió. Hacía años que no la escuchaba. Cuando era pequeño o un poco más joven de lo que ahora soy y alguien te proponía un acertijo, una adivinanza o un problema, y pasaba el tiempo y no encontrabas la respuesta, el otro te conminaba a rendirte, a abandonar, a darte por vencido preguntando, a veces con sorna “¿pides papas?”. Casi nunca queríamos rendirnos, por eso casi nunca pedíamos papas, éramos demasiado orgullosos. Preferíamos quedarnos con la duda a ser humillados, ya encontraríamos la respuesta o la solución otra vez o preguntando más adelante, pero rendirse, jamás y pedir papas, menos. He buscado en Internet, en el diccionario de la RAE, en diccionarios de uso de la lengua y no he encontrado la expresión. ¿Se utilizará solamente en Galicia, como ocurre con “pedir colo”, “estar chosco”, “non vaia a ser o demo”, “vaiche boa” y otras muchas más? Quizás provenga de algún país sudamericano, a donde muchos gallegos emigraron durante la primera mitad del siglo veinte, como hicieron mi abuelo Castro, que emigró a Cuba y mis tías Pepita y Elena, hermanas de mi abuela Marina, que emigraron a Uruguay cuando eran casi unas niñas y allí estuvieron más de una década. Cuando esos paisanos míos regresaron, puede ser que introdujeran la expresión porque los gallegos no decimos “papas” sino “patacas”. Seguiré buscando la explicación y pensando cómo contar las historias de mi abuelo, de mis tías y de otros tíos un poco más lejanos que emigraron a Inglaterra, pues sus experiencias allí tuvieron que ser épicas.

Pero volvamos al principio. Llevaba un buen rato intentando encontrar la respuesta a un dilema que nos preocupaba. Un grupo de policías insulta y amenaza en un chat a su alcaldesa diciendo, entre otras lindezas “es terrible que ella no estuviera en el despacho de Atocha cuando mataron a sus compañeros”, “que se muera la vieja zorra ya”, “ojalá explote la sexta con todos ellos dentro y que ese día estén también Pablo Iglesias y Rufián”. A pesar de esas barbaridades, el juez no ve delito de odio y no lo investiga porque no hay denuncia. Por otro lado, el Supremo ratifica la prisión de tres años y medio para el rapero Valtonyc por expresiones como “un pistoletazo en la frente de tu jefe está justificado o siempre queda esperar a que le secuestre algún GRAPO”, “que explote un bus del PP con nitroglicerina cargada” o “mataría a Esperanza Aguirre, pero antes, le haría ver como su hijo vive entre ratas”. Si se analiza bien, apenas hay diferencia entre unos y otros. Tendríamos que ponernos en contexto, ver qué variables atenúan o agravan las frases, pero, aun sin ser experto en leyes ni contar con toda la información ni con las resoluciones judiciales completas, extraña la diferencia de criterio. Yo estoy a favor de la libertad de expresión, sobre todo cuando se produce en un ámbito como el artístico que en muchas épocas ha causado escándalo, aunque reconozco que todo lo que he reproducido líneas arriba me parece de muy mal gusto y poco artístico. Pero creo que hay una diferencia en cada uno de los actos. Me da la impresión de que las letras del rapero, que no son precisamente un dechado de virtudes literarias, lo único que pretenden es provocar, acosar, fustigar, denunciar. En todas las épocas, desde griegos y romanos, pasando por la Edad Media o el Siglo de Oro (Aristófanes, Plauto, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, los hermanos Bécquer…), escritores o pintores han criticado, a veces de manera muy cruel, a los poderosos. Casi siempre de forma sutil e inteligente, aunque muchas veces llegaban al insulto. Por eso es chocante que siglos después haya habido un retroceso en este ámbito. Podríamos seguir con las últimas noticias de estos días: la retirada de Arco de una obra de Santiago Sierra, el secuestro por orden judicial del libro Fariñala condena a Cassandra Vera por sus tuits sobre Carrero Blanco, etc. Así que resulta cuanto menos llamativo que los policías se hayan ido de rositas, sin un apercibimiento ni reconvención, porque sus expresiones podrían considerarse más graves, ya que son servidores públicos, teóricamente garantes del cumplimiento de las leyes, pagados con el dinero de los impuestos y cuyo cometido es proteger a los ciudadanos y no acosarlos, insultarlos o amenazarlos. Y, encima, con permiso para llevar y utilizar armas, yo no digo nada.

Mi interlocutor, Felipe, un vecino que había llegado hacía poco y que nos había invitado a su casa a mi mujer y a mí para presentarse y conocernos un poco más, comenzó a decirnos que había llegado a la ciudad por motivos de trabajo, una gran empresa farmacéutica en la que él trabajaba como comercial y visitador. Alto y delgado, bien vestido con ropa de marca, con una pequeña barba muy cuidada, en la que ya se podían apreciar algunas canas,  y unas gafas modernas de pasta, casi siempre estaba sonriendo, pero su mirada era un poco más fría, distante y calculadora de lo normal, como si estuviera siempre alerta, intentando adivinar qué pensaba yo; seguramente era un defecto profesional, los vendedores, los que intentan convencer para que se les compre un producto, deben averiguar cuáles son las debilidades, incluso los secretos de los demás. Eso me intranquilizaba, me provocaba una cierta desazón desde que me lo encontré por primera vez en el ascensor. Parecía una persona afable, acostumbrada a tratar con la gente, a caerle bien a las personas y a estudiarlas, a conocerlas a fondo. Su voz era ronca, profunda, modulada con educación y su lenguaje denotaba cultura y aplomo. Hablaba de forma pausada, sin apenas levantar la voz, pero siempre con la intención de persuadir, de convencer. Más que lo que decía, que muchas veces no dejaban de ser lugares comunes, llamaba la atención cómo lo decía, con qué seguridad y convencimiento.

Su mujer, bastante más joven que él y que apenas pasaría de los treinta, era mucho más tímida, quizás un poco acomplejada ante el dominio que mostraba su marido. Su ropa también era cara, como me susurró mi mujer en un aparte, cuando el matrimonio se levantó un momento para ir a la cocina a preparar unos aperitivos. Melena corta que movía con gracia y que dejaba ver un poco de su largo cuello, de pelo castaño claro con algunas mechas rubias, se movía con elegancia, como si flotara. Daba la impresión de ser una deportista, lo que nos confirmó un poco más adelante cuando comentó que salía a correr casi todos los días y que, en su anterior ciudad, acudía periódicamente a un gimnasio. No trabajaba, había terminado los estudios de derecho, pero se habían casado jóvenes y el trabajo de su marido requería que cambiaran con frecuencia de ciudad por lo que nunca se pudo centrar en la búsqueda de un empleo. Sin embargo, ahora tomó la decisión colocarse en algún bufete, aunque fuera como becaria, porque les habían prometido en la empresa que esta vez iban a permanecer al menos dos o tres años allí, no tenían hijos y no quería pasarse sola en casa todo el tiempo. Mi mujer la animó y le dijo que la ayudaría, que tenía mucho tiempo libre porque los dos estábamos jubilados y que no le importaba acompañarla hasta que conociera mejor la ciudad. En un momento de la conversación se levantaron las dos porque Anabel, nuestra anfitriona, quería enseñarle el piso y algunas reformas que quería hacer.

Mientras Felipe y yo charlábamos de cómo eran el resto de los vecinos, de si había problemas en la comunidad, de la rivalidad entre Betis y Sevilla y de otras cosas más banales, nos detuvimos un momento a escuchar en la televisión la noticia de que el Supremo había confirmado la condena a Valtonyc. La presentadora del informativo resumió la noticia, haciendo hincapié en las injurias al Rey y al enaltecimiento del terrorismo, incluyendo alguna de las desafortunadas frases del rapero que se reproducían en la sentencia. En ese momento Felipe hizo un comentario de manera muy exaltada, lo que me extrañó, “ya era hora de que pusieran en su sitio a estos malnacidos”, porque hasta entonces me había parecido una persona muy tranquila y que controlaba sus emociones, y porque todavía no teníamos la suficiente confianza como para expresar opiniones que, de alguna manera, podían molestar a alguien a quien no conocía y con el que pretendía establecer una buena relación.

Yo permanecí callado unos momentos, valorando si debería intervenir o no. No tenía claro si lo que había dicho era una forma de ponerme a prueba, de provocarme para comprobar cómo pensaba, de qué lado me decantaría. Podía ser una táctica de vendedor, la manera de conocer mis simpatías políticas o mi capacidad de encajar opiniones adversas, de discutir, de expresarme. Pero sólo fue un instante, porque suelo ser vehemente cuando me provocan, sobre todo si es de una forma tan explícita y, por qué no decirlo, tan grosera. A pesar de que estaba “en territorio enemigo”, opiné que me parecía que en los últimos años se había producido un retroceso en la libertad de expresión y que, tirando de refranero español, “no ofende quien quiere sino quien puede” y una frase de Diógenes que me había aprendido para demostrar mi vasta cultura en determinadas circunstancias, y ésta era propicia: “el insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe”. Ahí queda eso, pensé yo. No creas que me vas a cerrar la boca tan fácilmente. Y si lo has hecho sólo para provocarme o para conocerme más, mejor que mejor.

Felipe volvió a sonreír e hizo un gesto con la mano como diciendo que no tenía importancia y que no quería discutir. Ese gesto me molestó todavía más, no hay cosa más me fastidie que la displicencia, la prepotencia, el estar por encima de los demás. Mal habíamos empezado.

—Perdona por la frase, —me dijo, —pero algunos se están pasando de la raya y no está de más que se los ponga en su sitio. No todo vale en democracia, creo. Guardar las formas, respetar las instituciones y la ley son la norma básica de los estados democráticos modernos. De un tiempo a esta parte algunos se creen que pueden usar la libertad de expresión impunemente, sin ningún tipo de cortapisas ni de respeto. Así que estas sentencias me parecen ejemplarizantes. Y yo diría más, en algunos casos, como el de los insultos a las víctimas del terrorismo, la justicia tendría que ser aún más dura.

—De acuerdo en lo del respeto a la ley, —dije—, pero entonces, ¿por qué los jueces, que son los encargados de impartirla, castigan a unos con tanta severidad y otros no son ni amonestados? ¿No es la ley igual para todos? ¿Cómo se explica la disparidad de criterios? ¿Crees, de verdad, que la justicia se ha impartido igual? —Yo no estaba dispuesto a ceder ante unos hechos que me parecían injustos y desproporcionados en unos casos, mientras que el de los policías madrileños era inadmisible.

—Dímelo tú, porque supongo que tendrás una opinión formada, por lo que veo, sobre estas actuaciones de la justicia. Yo tengo la mía pero, si no te importa, me gustaría escuchar primero la tuya.

—La única explicación posible y lógica, a la vista de los hechos, es que la justicia no es tal, que hay muchos jueces politizados y con convicciones retrógradas, ancladas en un pasado que ya suponíamos superado. Mientras que la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y el Constitucional sean elegidos por los políticos y no por méritos estrictamente profesionales y demostrados, nunca habrá una justicia imparcial y objetiva.

—Sí, pero los jueces lo único que hacen es aplicar la ley o, como mucho, interpretarla. Son los políticos en el Congreso y en el Senado los que las elaboran y aprueban. Además, hay instancias superiores que pueden revocarlas, como ha ocurrido en bastantes ocasiones. Y si algunos creen que la justicia española no actúa correctamente, siempre se puede acudir al Tribunal de Estrasburgo, digo yo. Además, fíjate en una cosa: los policías escribieron los insultos y amenazas en un chat privado, mientras que en las otras situaciones eran públicos. Supongo que la difusión será un motivo agravante. No es lo mismo lo que yo diga y exprese en público o en las redes sociales que lo que manifieste en privado. 

Reconozco que me estaba quedando sin argumentos. Felipe era un duro contrincante, acostumbrado a ganar, a vencer con su retórica, a convencer a sus oponentes, a sus clientes. Yo me sentía empequeñecido y a punto de tirar la toalla. No se me ocurría nada mejor para rebatir su argumentación.

—¿No tienes otra explicación, no quieres argumentar algo más? —Felipe seguía sonriendo y yo tenía ganas de borrarle esa sonrisa de superioridad, aunque fuera a base de tortazos. Pero no era plan, ya que suelo ser un invitado educado y poco proclive a los excesos, sobre todo a los que emplean la violencia. Además, estoy seguro de que por la fuerza, él también me ganaría. Era más alto, más joven y más robusto que yo. —Quizás mi último razonamiento te pueda convencer —esta vez lo dijo con un tono mucho más serio.

Dudé durante unos segundos. Aproveché que había empezado a llover después de mucho tiempo, tanto que ya se decía que estábamos en prealerta por sequía, me levanté del sofá y me acerqué a la puerta de cristales del salón que daba a la avenida. Me quedé hipnotizado viendo los goterones que golpeaban contra el asfalto y contra las hojas de los árboles que casi llegaban a la altura del piso. Había oscurecido muy rápido, sin darnos cuenta y las farolas comenzaron a encenderse con una luz amarillenta que apenas iluminaba. Entonces surgió la pregunta que me desconcertó y me hizo revivir mi infancia y mi juventud, ya muy lejanas en el tiempo pero cercanas en la memoria, pues cada vez dedicaba más horas a rememorar anécdotas, personas y lugares, como suelen, solemos hacer, las personas cuyo presente es sólo un pálido reflejo de lo vivido y que nunca alcanzará el color y la intensidad de antaño.

—¿Pides papas?

Me di media vuelta y me acerqué despacio hasta donde estaba sentado. Me quedé mirándolo con un gesto en el que seguramente él vería sorpresa, curiosidad, desconcierto. Y eso era realmente lo que yo sentía en esos momentos. Me había olvidado por completo de la discusión, de las leyes, de los jueces, de raperos y policías. Ahora sólo quería saber una cosa.

—¿Tú, por casualidad, no serás gallego, no? Porque si lo eres, no tienes acento, pareces más bien castellano, madrileño o incluso, navarro. ¿Eres gallego, como yo? Porque esa expresión sólo la he escuchado en Galicia. Y me trae muchos recuerdos.

Y entonces, cuando él me respondió que sí, que era gallego y que se alegraba mucho de tener como vecino un paisano, dejamos de discutir y comenzamos a contarnos cosas de nuestra tierra, de nuestras vivencias, de lo que habíamos dejado atrás y de lo que nos gustaría hacer si regresábamos. Y cuando Anabel y mi mujer regresaron al salón, nos encontraron charlando animadamente, riendo, como si nos conociéramos de toda la vida. Y es que hay cosas más importantes que la política o las leyes.

Resultado de imagen de desconcierto

 

 

Anuncios

Otra más de Santiago

Mi hijo Santiago, Santi para la mayoría, sigue queriendo emularme y a fe que a veces lo consigue. No sé si tendrá tantos seguidores y admiradores como yo, pero va camino de ello. Dicen que nos parecemos, no en lo físico, claro, yo soy más guapo y atractivo, sino en la forma de ser. En su personalidad hay una mezcla, quizás podría calificarse de mezcolanza, entre Galicia y Andalucía, entre gusto por ir a la última moda, gastándose un dineral en ropa, y presumir de ser muy de izquierdas (sólo diré que vota a Podemos y justifica cualquier cosa que ese partido haga o diga), entre ser del Barça (creo que por llevarle la contraria a su padre) y vivir al lado del Bernabéu, ser un deportista y descontrolar los fines de semana… Así podría continuar, pero no quiero pasarme. Porque además de ser hijo mío, admiro su forma de ser y su capacidad para organizarse. No sé cómo tiene tiempo para trabajar doce o catorce horas diarias y hacer todo lo que hace: viajar, leer, ver series de televisión que luego me recomienda, ir al gimnasio, patearse Madrid, escribir… Porque todas las semanas escribe en su blog. Con lo que a mí me cuesta escribir dos párrafos seguidos y, sin embargo, él consigue escribir, y muy bien, relatos y opiniones que son un compendio de inteligencia, sensibilidad, madurez y calidad. Escribe sobre cualquier cosa porque tiene mucha facilidad para ello. Y si no, leed lo último que ha escrito hoy y disfrutad.

El humor, por Santiago Castro Vázquez, en su blog Kimochi.

La magia del sofá

En el equipo de música suena el melancólico solo de clarinete con el que comienza E lucevan le stelle. “Y brillaban las estrellas, y se olía la tierra, rechinaba la puerta del huerto…”. Clarinete y voz dialogan durante unos segundos que son eternos, inmortales. Cavaradossi, a punto de ser ejecutado, recuerda en su celda los momentos vividos con Tosca. Está a punto de amanecer, la hora final de los condenados. Dejo de escribir y me concentro en el aria. Pavarotti lo vive, lo siente y transmite toda la emoción que requiere el momento. Antes de que finalice la orquesta, los aplausos y los bravos rompen el ensueño.

Estoy escribiendo sentado en el sofá mientras escucho música y mi madre cose y me interrumpe de vez en cuando acordándose de cosas que le sucedieron en su juventud y que ya me ha contado muchas veces. Escribo en un cuaderno cuadriculado y pienso que hacía mucho tiempo que no utilizaba la pluma. Ésta me la regalaron mis hijos en Reyes y creo que voy a seguir escribiendo así, sentado en el sofá del salón, escuchando música, solo o acompañado, porque delante del ordenador me distraigo, soy incapaz de concentrarme y la pantalla me absorbe las ideas, me paraliza. El papel, sin embargo, me llama, me susurra palabras, me define y concreta lo que pienso. Es un aliado, un amigo, alguien que me comprende, que está ahí siempre.

Ahora recuerdo las horas de estudio tumbado en el sofá de mi casa en Coruña. No sé cómo adquirí esa costumbre, pero era incapaz de concentrarme sentado en una silla, con el libro abierto encima de la mesa. Únicamente cuando tenía que hacer algún trabajo escrito me levantaba, entraba en mi cuarto y me sentaba delante de la mesa que estaba frente a la ventana que daba a un pequeño patio del que sólo podía ver una pared y un par de ventanas de mis vecinos. Las paredes de la habitación estaban empapeladas con posters de cantantes y grupos musicales de finales de los sesenta y principios de los setenta. El poco dinero que podía ahorrar lo dedicaba a comprar discos y revistas de música. Llegaba al kiosco, hojeaba las que me gustaban y elegía aquella que trajera una foto o un dibujo a doble página de grupos como Led Zeppelin, Credence, The Who, Deep Purple, Chicago… Cuando llegaba a casa lo primero que hacía era sacar el póster y pegarlo a la pared. Llegó un momento en que ya no había más espacio y tuve que ir retirando alguno y sustituirlo por los nuevos grupos.

Vivíamos en un edificio de color gris, con la fachada cubierta de manchas de humedad que se oscurecían más cuando llovía, que era casi siempre. Aunque nuestro piso era alto entraba poca claridad y casi siempre tenía que encender la luz del flexo. Aquellos otoños, inviernos y primaveras de estudiante eran siempre oscuros, fríos, lluviosos. Sólo se iluminaban en vacaciones y los fines de semana. Antes llovía más y las nubes apenas dejaban ver un cielo que en escasas ocasiones era realmente azul. La niebla, el cielo plomizo, el orballo, casi nunca dejaban ver con nitidez el horizonte, el paisaje. Semanas y meses que pasaban entre brumas, mañanas aburridas en las clases y tardes encerrado estudiando. Cuando tenía tiempo salía a pasear con mi pandilla de amigos o leía un libro, casi siempre de intriga, de misterio, con personajes complejos, brumosos, inacabados, como envueltos en una niebla que impide ver lo que hay dentro, como un reflejo de lo que yo veía y sentía. Estaba convencido, como lo estoy ahora, de que nunca podemos ni siquiera adivinar lo que se esconde en el interior de las personas, como si siempre estuvieran, estuviéramos actuando. Sólo los escritores que inventan historias y personajes pueden llegar hasta el fondo, moldearlos o crear protagonistas que responden a estereotipos o que son un mosaico de todos aquellos individuos que conocen o que se cruzan en sus vidas. Divago.

Me deprimía sentarme en mi pequeño cuarto, en el que apenas cabían dos camas donde dormíamos mi hermano y yo, y una mesa que también compartíamos. Como yo era el mayor necesitaba más tiempo de estudio y no podía concentrarme con mi hermano al lado, así que me iba al salón. Me acostumbré a estudiar conviviendo con los sonidos que llegaban del televisor o de la radio. Llegó un momento en que ya no era capaz de retener las ideas en silencio, sino que necesitaba escuchar música de fondo o deslizar la vista por las imágenes en blanco y negro del televisor. Mis padres no podían creerse que yo fuera capaz de estudiar así, pero llegaban las notas del Instituto e invariablemente aprobaba, menos aquel año que me suspendieron las matemáticas de tercero, pero eso no fue culpa de la radio o del televisor, sino que a mí no me gustaban y no las entendía.

Sigo escribiendo estas pequeñas notas que no quieren llegar a ninguna parte, palabras que aparecen en la hoja sin ningún objetivo, sin pretensión de reflejar alguna idea preconcebida. Pero me distraigo y disfruto, improviso y me dejo llevar. Después las pasaré al ordenador y, seguramente, al blog. He emborronado un par de páginas mientras sigo escuchando música, esta vez de versiones acústicas de conocidas canciones de Beatles, Elton John, Elvis. Mi madre sigue cosiendo y Carmen, que acaba de sentarse a mi lado después de haber estado cocinando algo, comienza a leer un libro que, me confiesa, le está cansando. Pero, y ya es cuestión de orgullo, quiere terminarlo, aunque le aburra. Siempre está el consuelo de que el final sea mejor y deslumbre. Todo está tranquilo y pienso que estos son los momentos que hay que saborear y disfrutar. Porque, y esta vez filosofo un poco, demasiadas veces la vida pasa delante de nosotros esperando que suceda lo extraordinario, aquello que dejará una huella indeleble y que recordaremos hasta el fin. Vamos dejando pasar el tiempo, los días y las noches transcurren con placidez, pero no estamos a gusto, todo nos parece monótono. Ver amanecer, charlar con los amigos, una comida en familia, una tarde de pesca, leer un libro, ver el capítulo de una serie que nos gusta. Disfrutamos con eso, sí, pero no estamos satisfechos, siempre esperamos más, una emoción fuerte, mucho más intensa. Hay momentos puntuales, el nacimiento de un hijo, un beso apasionado, un atardecer lleno de colores increíbles. Recordamos esos instantes y esperamos que se repitan una y otra vez. Volvemos a los lugares, reproducimos las situaciones, pero ya no es lo mismo, la magia del instante ha pasado.

Pero no nos damos cuenta de que lo cotidiano, las risas lejanas que nos alegran las tardes del domingo, el párrafo perfecto de un libro que nos hipnotiza, el fragmento de una ópera, la mirada intensa que nos contempla desde un cuadro, esa es realmente la esencia de la felicidad, la que se repite día a día, los pequeños instantes no calculados ni deseados. Y termino la hoja. El sofá sigue siendo mi gran aliado, mi compañero inseparable, mi fuente de inspiración.

Resultado de imagen de hombre sentado escribiendo cuaderno cuadriculado con pluma