La magia del sofá

En el equipo de música suena el melancólico solo de clarinete con el que comienza E lucevan le stelle. “Y brillaban las estrellas, y se olía la tierra, rechinaba la puerta del huerto…”. Clarinete y voz dialogan durante unos segundos que son eternos, inmortales. Cavaradossi, a punto de ser ejecutado, recuerda en su celda los momentos vividos con Tosca. Está a punto de amanecer, la hora final de los condenados. Dejo de escribir y me concentro en el aria. Pavarotti lo vive, lo siente y transmite toda la emoción que requiere el momento. Antes de que finalice la orquesta, los aplausos y los bravos rompen el ensueño.

Estoy escribiendo sentado en el sofá mientras escucho música y mi madre cose y me interrumpe de vez en cuando acordándose de cosas que le sucedieron en su juventud y que ya me ha contado muchas veces. Escribo en un cuaderno cuadriculado y pienso que hacía mucho tiempo que no utilizaba la pluma. Ésta me la regalaron mis hijos en Reyes y creo que voy a seguir escribiendo así, sentado en el sofá del salón, escuchando música, solo o acompañado, porque delante del ordenador me distraigo, soy incapaz de concentrarme y la pantalla me absorbe las ideas, me paraliza. El papel, sin embargo, me llama, me susurra palabras, me define y concreta lo que pienso. Es un aliado, un amigo, alguien que me comprende, que está ahí siempre.

Ahora recuerdo las horas de estudio tumbado en el sofá de mi casa en Coruña. No sé cómo adquirí esa costumbre, pero era incapaz de concentrarme sentado en una silla, con el libro abierto encima de la mesa. Únicamente cuando tenía que hacer algún trabajo escrito me levantaba, entraba en mi cuarto y me sentaba delante de la mesa que estaba frente a la ventana que daba a un pequeño patio del que sólo podía ver una pared y un par de ventanas de mis vecinos. Las paredes de la habitación estaban empapeladas con posters de cantantes y grupos musicales de finales de los sesenta y principios de los setenta. El poco dinero que podía ahorrar lo dedicaba a comprar discos y revistas de música. Llegaba al kiosco, hojeaba las que me gustaban y elegía aquella que trajera una foto o un dibujo a doble página de grupos como Led Zeppelin, Credence, The Who, Deep Purple, Chicago… Cuando llegaba a casa lo primero que hacía era sacar el póster y pegarlo a la pared. Llegó un momento en que ya no había más espacio y tuve que ir retirando alguno y sustituirlo por los nuevos grupos.

Vivíamos en un edificio de color gris, con la fachada cubierta de manchas de humedad que se oscurecían más cuando llovía, que era casi siempre. Aunque nuestro piso era alto entraba poca claridad y casi siempre tenía que encender la luz del flexo. Aquellos otoños, inviernos y primaveras de estudiante eran siempre oscuros, fríos, lluviosos. Sólo se iluminaban en vacaciones y los fines de semana. Antes llovía más y las nubes apenas dejaban ver un cielo que en escasas ocasiones era realmente azul. La niebla, el cielo plomizo, el orballo, casi nunca dejaban ver con nitidez el horizonte, el paisaje. Semanas y meses que pasaban entre brumas, mañanas aburridas en las clases y tardes encerrado estudiando. Cuando tenía tiempo salía a pasear con mi pandilla de amigos o leía un libro, casi siempre de intriga, de misterio, con personajes complejos, brumosos, inacabados, como envueltos en una niebla que impide ver lo que hay dentro, como un reflejo de lo que yo veía y sentía. Estaba convencido, como lo estoy ahora, de que nunca podemos ni siquiera adivinar lo que se esconde en el interior de las personas, como si siempre estuvieran, estuviéramos actuando. Sólo los escritores que inventan historias y personajes pueden llegar hasta el fondo, moldearlos o crear protagonistas que responden a estereotipos o que son un mosaico de todos aquellos individuos que conocen o que se cruzan en sus vidas. Divago.

Me deprimía sentarme en mi pequeño cuarto, en el que apenas cabían dos camas donde dormíamos mi hermano y yo, y una mesa que también compartíamos. Como yo era el mayor necesitaba más tiempo de estudio y no podía concentrarme con mi hermano al lado, así que me iba al salón. Me acostumbré a estudiar conviviendo con los sonidos que llegaban del televisor o de la radio. Llegó un momento en que ya no era capaz de retener las ideas en silencio, sino que necesitaba escuchar música de fondo o deslizar la vista por las imágenes en blanco y negro del televisor. Mis padres no podían creerse que yo fuera capaz de estudiar así, pero llegaban las notas del Instituto e invariablemente aprobaba, menos aquel año que me suspendieron las matemáticas de tercero, pero eso no fue culpa de la radio o del televisor, sino que a mí no me gustaban y no las entendía.

Sigo escribiendo estas pequeñas notas que no quieren llegar a ninguna parte, palabras que aparecen en la hoja sin ningún objetivo, sin pretensión de reflejar alguna idea preconcebida. Pero me distraigo y disfruto, improviso y me dejo llevar. Después las pasaré al ordenador y, seguramente, al blog. He emborronado un par de páginas mientras sigo escuchando música, esta vez de versiones acústicas de conocidas canciones de Beatles, Elton John, Elvis. Mi madre sigue cosiendo y Carmen, que acaba de sentarse a mi lado después de haber estado cocinando algo, comienza a leer un libro que, me confiesa, le está cansando. Pero, y ya es cuestión de orgullo, quiere terminarlo, aunque le aburra. Siempre está el consuelo de que el final sea mejor y deslumbre. Todo está tranquilo y pienso que estos son los momentos que hay que saborear y disfrutar. Porque, y esta vez filosofo un poco, demasiadas veces la vida pasa delante de nosotros esperando que suceda lo extraordinario, aquello que dejará una huella indeleble y que recordaremos hasta el fin. Vamos dejando pasar el tiempo, los días y las noches transcurren con placidez, pero no estamos a gusto, todo nos parece monótono. Ver amanecer, charlar con los amigos, una comida en familia, una tarde de pesca, leer un libro, ver el capítulo de una serie que nos gusta. Disfrutamos con eso, sí, pero no estamos satisfechos, siempre esperamos más, una emoción fuerte, mucho más intensa. Hay momentos puntuales, el nacimiento de un hijo, un beso apasionado, un atardecer lleno de colores increíbles. Recordamos esos instantes y esperamos que se repitan una y otra vez. Volvemos a los lugares, reproducimos las situaciones, pero ya no es lo mismo, la magia del instante ha pasado.

Pero no nos damos cuenta de que lo cotidiano, las risas lejanas que nos alegran las tardes del domingo, el párrafo perfecto de un libro que nos hipnotiza, el fragmento de una ópera, la mirada intensa que nos contempla desde un cuadro, esa es realmente la esencia de la felicidad, la que se repite día a día, los pequeños instantes no calculados ni deseados. Y termino la hoja. El sofá sigue siendo mi gran aliado, mi compañero inseparable, mi fuente de inspiración.

Resultado de imagen de hombre sentado escribiendo cuaderno cuadriculado con pluma

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s