Tarde de paseo por Aroche. El camino del Carmen

Después de unas semanas de lluvia que habían dejado el aire limpio y fresco, las piedras de las calles relucientes y la tierra encharcada, aquella mañana había amanecido con un sol radiante que mostraba el pueblo y el campo en todo su rotundo esplendor. El blanco parecía más blanco y el verde adquiría tonos esmeraldas y olivas que competían con el intenso color azul del cielo que se reflejaba en charcos y albercas. A diferencia de los días anteriores ni una sola nube se adivinaba en el horizonte. Una ligera brisa movía perezosamente las hojas del naranjo y del limonero de la huerta. Salí al porche y contemplé las casas de tejados a dos aguas, las terrazas, los balcones, el campanario de la iglesia, la torre de la cilla, el castillo y, al fondo, la sierra, recortando el horizonte con sus matices verdes y grisáceos.

La mañana había discurrido tranquilamente, bajar al sótano para subir unos troncos y unos palos para encender la chimenea, el desayuno en la sala mientras veía las noticias en la televisión y las comentaba con mi madre, las compras en el supermercado, el café en el casino, saludos a los conocidos. De vuelta a casa, y como me quedaba poco para terminar el libro que estaba leyendo, me sumergí en las últimas páginas y escuché a Paco Ibáñez en el equipo de música. Una cerveza y unos cacahuetes de aperitivo, una comida ligera, recoger la mesa, fregar los platos y una cabezada en el sillón, tapado con la ropa de la mesa camilla, pues dentro de la casa hace más frío que fuera, el ruido del televisor al fondo. Me desperecé de la breve siesta. Mi madre seguía durmiendo, la boca abierta y las gafas en la punta de la nariz. El fuego de la chimenea se había apagado pero la luz que, tamizada por la cortina, entraba por la ventana, me alejó el pensamiento de avivarlo. Me levanté sin hacer ruido y salí para coger las últimas naranjas del árbol. Algunas se habían caído esta noche y reposaban en el suelo. Me agaché a recogerlas, las limpié de la tierra que se había pegado a la piel y terminé de llenar una bolsa que rebosaba de frutos. Después recogí la ropa que mi madre había tendido fuera esta mañana, aprovechando que es el primer día sin lluvia y con sol después de mucho tiempo. Mi madre ya se había despertado y, saliendo en bata y con el pelo revuelto me preguntó que qué estaba haciendo, que cómo no la había avisado, que se aburre sin hacer nada. Le sonreí y le dije que volviera a entrar en casa, que todavía hacía frío, aunque hubiera salido el sol. Entró protestando y volvió a sentarse en la mesa camilla.

La tarde anterior había bajado hasta los Llanos de la Belleza, pasando al lado del cortijo y observando las nuevas plantaciones de árboles frutales y de arándanos que desde hace unos años han cambiado la fisonomía del campo, cubriéndolo de plástico. Todo sea por el trabajo y la riqueza que está proporcionando, pero el paisaje ha perdido encanto. Ya queda poco espacio sin cultivar y la agreste perfección de una llanura de hierba virgen que unos años antes sólo estaba salpicada por algunas ovejas ha desaparecido. Seguí andando por el camino de los Lobos hasta llegar a la Rivera del Chanza. En el cielo una bandada de buitres negros volaba alto haciendo círculos y un avión, mucho más arriba, dejaba una larga estela blanca. En el puente me detuve a contemplar la gran cantidad de agua que, gracias a las últimas lluvias, había limpiado y llenado el cauce. Seguramente habría habido alguna crecida los días anteriores porque ramas y pequeños troncos salpicaban la orilla. Me quedé un rato acodado en la baranda, esperando ver a la nutria que, según había escuchado unos días antes, solía acercarse. Pero no hubo suerte y regresé al pueblo sin subir, como hice la semana pasada, hasta el Cortijo de Los Lobos.

Esta tarde decidí cambiar de recorrido. Alrededor de las seis, después de ponerme ropa y calzado cómodo y de abrigarme bien, pues refresca mucho cuando se pone el sol, salí por la parte de atrás al callejón. El olivar del cercado en pendiente cuya sombra enfría las casas y que impide que el sol las caliente hasta bien entrada la tarde ha sembrado de hojitas el suelo húmedo. Debo tener cuidado para no resbalar. Llegué hasta la Fuente Nueva, saltando sobre el pequeño regato que sale de las piedras que sostienen los inclinados huertos y que se introduce por un aliviadero que lo llevará hasta el barranco de la Vica, saludé a Santito que, como siempre, está arreglando coches y al llegar a la altura del Salón Félix Lunar dejé la calle Puerta de Sevilla y giré a la izquierda subiendo por la empinada calle San Mamés. Apenas hay gente. Las cuestas del pueblo son para personas entrenadas pues la pendiente es continua y andar por las calles empedradas dificulta la caminata. Volví a girar a la izquierda, pasando por la calle Águila y la calle Senabra, dejando a mi derecha la Almena, la Torre de San Ginés. Una vez abandonadas las últimas casas del pueblo continué subiendo por un camino rural que hace unos años era de tierra y se embarraba con facilidad, pero lo han arreglado y ahora se puede andar mucho más cómodamente.

La pendiente se suavizó un poco. A un lado pequeños cercados de huertos, olivos, encinas y alcornoques en los que se ve, de vez en cuando, a alguien trabajando la tierra; a mi derecha, un desnivel abrupto que desciende hasta el ambulatorio, las casas que se levantaron donde se ubicaba el antiguo colegio y, poco más allá, el colegio nuevo. Sigo caminando sin prisa. Saludo a un hombre con un morral al hombro que me dice “amoallá”, vamos allá, un saludo habitual por estos lares, como si las personas adivinaran hacia donde uno se dirige. Me detengo ante un azulejo que han debido colocar hace poco y que informa de que estoy en el Camino Viejo del Cerro o Camino Antiguo del Hurón, un camino circular que enlaza con el Carril del Mármol. Me entra una duda porque justo al lado sale una estrecha senda muy inclinada y con piedras sueltas que no invita, precisamente, a adentrarse en ella. ¿Cuál será el Camino Viejo, el que estoy siguiendo o la pequeña senda? Ya se lo preguntaré a alguien.

Miro el reloj y son casi las seis y media. El sol todavía está bastante alto, aunque las sombras se han ido alargando y la temperatura ha descendido. El paisaje cambia un poco más adelante. El camino, que se había allanado durante unos cientos de metros, vuelve a subir y se bifurca. Un cartel indica que a la derecha hay un camino particular y ahí mismo, una finca con una piara de cerdos. Me acuerdo de la frase “dar de comer margaritas a los cerdos” y recojo algunas que crecen en los bordes de la finca. Dos o tres cochinillos se acercan curiosos y yo les tiro las margaritas, y aunque alguno hace ademán de comerlas, al final se da media vuelta y se aleja para seguir hozando en la tierra, rebuscando bellota entre las encinas.

El campo muestra la exuberancia que le proporciona el agua. Si yo entendiera de flora y fauna, si me hubiera criado en un pueblo, si mi padre no hubiera enfermado tan pronto, él que entendía tanto del campo y que me ayudaba a distinguir un roble de un castaño, un pino de un abeto o el canto de un mirlo del de un jilguero… Pero la enfermedad le atrapó demasiado pronto a él y demasiado niño a mí y le impidió acompañarme en los paseos por las corredoiras y por los bosques. En cuanto andaba unos metros se asfixiaba. Yo apenas tenía ocho años y ya no pude aprender con él. Casi todos los fines de semana íbamos a la aldea, a jugar con los primos y a corretear por el campo, pero él apenas podía seguirme y yo no tenía paciencia para andar a su ritmo. Por eso, cuando veo los árboles, las flores, los arbustos, los pájaros, sólo me queda acordarme de todo lo que he leído y escuchado. Sí reconozco las encinas, los olivos, los alcornoques, los pinos, los castaños, los naranjos…, pero poco más. Sé muchos nombres: quejigos, hayas, chopos, fresnos, álamos, alisos, pero no sabría distinguirlos. Y por el camino voy encontrando una gran variedad. Muchos de ellos nacen justo en el borde, sobrepasando las alambradas o los muros de piedra que, según me contaron hace tiempo, construyeron por aquí cuadrillas de gallegos, grandes expertos en levantar esos muros que separan unas leiras de otras, las fincas de los vecinos, los caminos de las tierras de labor.

El sendero ahora ya no está empedrado, sino que le han echado una capa de cemento. Donde antes las ovejas y las bestias caminaban sobre tierra y guijarros, ahora, seguramente para facilitar el paso de los coches, lo hacen sobre una superficie mucho más dura. El camino se bifurca y dos letreros me informan de que uno se llama “Camino del Merendero” y otro “Camino del Carmen”. Elijo este último. El camino sigue subiendo, pero la cuesta se hace más llevadera. A la derecha veo, a lo lejos, restos del mármol de la cantera. Poco más adelante sonrío al ver un muñeco con la cabeza de goma y el cuerpo de trapo colocado boja abajo sobre una alambrada, observando el paso de los caminantes. Durante una decena de metros se ven las marcas del paso de un rebaño que pasaría sobre el cemento cuando la argamasa estaría todavía fresca. Se van sucediendo fincas y dehesas con cerdos, cabras, ovejas, perros que me ladran al pasar o que se acercan curiosos y moviendo la cola. Ahora la vereda vuelve a ser de tierra y los charcos y los hilos de agua que corren al lado me acompañan con su sonido y se suman al canto de los pájaros, ¿serán jilgueros, pinzones, petirrojos, herrerillos…?

Sin darme cuenta el sol ha descendido mucho y mi sombra se ha alargado. La luz se tamiza entre las hojas de los árboles, que en algunos momentos se cierran sobre mi cabeza. Son cerca de las siete, casi una hora de marcha y decido dar la vuelta pues no quiero andar de noche por lugares que no conozco demasiado bien. En otra ocasión tendré que salir más temprano o hacerlo cuando la primavera esté más avanzada y las tardes sean más largas y cálidas. Varios coches me adelantan y tengo que apartarme pues el camino es estrecho. Los paisanos, que seguramente habrán estado trabajando durante todo el día en sus campos, regresan al pueblo. Uno se detiene un momento para preguntarme si me quiero subir con él al coche, que me acerca hasta donde yo quiera. Se lo agradezco, pero le contesto que prefiero ir caminando, que han sido muchos días encerrado en casa por la lluvia y que me apetece andar, que la tarde es perfecta para hacerlo. Me saluda y se aleja.

El sol se pone entre los cerros y diviso las primeras casas del pueblo. Hago una última foto con el teléfono móvil, aprovechando el contraluz, y me adentro en las calles silbando el pasodoble de Aroche.

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Un domingo por la mañana

Este domingo por la mañana me levanté temprano, antes de las 8. En otros tiempos eso era levantarse tarde, muy tarde, diría yo. Nunca me gustó quedarme remoloneando en la cama los fines de semana; lo máximo que me permitía era escuchar el transistor, pegado a la oreja para no despertar a mi mujer, y escuchar las noticias o las tertulias. Pero aguantaba poco porque me parecía una pérdida de tiempo. Aprovechaba que no había tráfico, que las calles estaban solitarias y silenciosas y salía a correr o a andar. Me gustaba el fresco de la mañana, los escasos paseantes o los locos que, como yo, salíamos a hacer deporte. Alguna anciana también salía temprano para ir a misa y algún perro sacaba a pasear a su amo. Cuando regresaba a casa, mis hijos seguían acostados y yo podía ducharme y desayunar tranquilamente, charlando con Carmen o viendo la televisión. Planeábamos lo que íbamos a hacer durante el día, aunque casi siempre a ella le tocaba hacer de comer y a mí hacer las camas y limpiar un poco el piso, ya que durante la semana no teníamos tiempo. Desde que me jubilé, las cosas han cambiado. Puede ser la edad, que la perspectiva es otra, que el cuerpo ya no aguanta lo que aguantaba, pero las cosas han cambiado, sí. Ahora ya no me impongo obligaciones (levantarse temprano, correr o andar tantos kilómetros a la semana, leer tantos libros al mes), ya no estoy pendiente de esa tiranía, quiero disfrutar de la posibilidad de olvidarme del reloj, de no agobiarme con metas u objetivos que, mirándolo bien, no tienen demasiado sentido.

Ya no salgo a correr en invierno por la mañana, ni cuando hace mucho frío, o llueve, o hace mucho calor. Ni cuando no me apetece. Antes era otra cosa. Me obligaba a entrenarme cinco o seis veces por semana, hiciera el tiempo que hiciera o estuviera de viaje. Me llevaba la equipación deportiva a todas partes. Porque tenía que mantener o rebajar mis marcas. Llegué a correr la maratón de Sevilla en 3 horas y 11 minutos, es decir, a 4,30 el kilómetro, un tiempo que ahora se me antoja inalcanzable. Quería bajar de las 3 horas al año siguiente, pero una inoportuna lesión, un esguince en el tobillo a unas pocas semanas de la carrera, me lo impidieron. Y a partir de entonces todo cambió. Por querer volver al entrenamiento demasiado rápido, esa lesión no se me curó y ahora, treinta años después, padezco un esguince crónico de tobillo. Siempre corro con dolor y con tobillera, me he acostumbrado al doloroso pinchazo que siento cuando me levanto o cuando hago demasiado ejercicio. Hay días que se hace casi insoportable y tengo que cojear. Pero no me importa, sigo corriendo porque el placer es demasiado intenso. Estoy seguro de que la mayor parte de las personas no lo entenderán, pero también estoy seguro de que aquellos que hacen deporte habitualmente sí lo comprenden. Entreno sólo dos o tres veces en semana porque si fuerzo más, el tobillo, las rodillas y casi todas las articulaciones empiezan a protestar. Recuerdo lo que me dijo un compañero hace años: la mayor parte de los corredores de maratón terminan con las articulaciones hechas polvo. En mi caso, casi se ha cumplido. Pero sigo corriendo, participando en la carrera nocturna del Guadalquivir y en las carreras populares que organiza el ayuntamiento.

Así que ayer me levanté temprano, hice mis abluciones matinales, tomé algo de fruta y comencé el ritual. Me vestí con la ropa de deporte que había preparado la noche anterior: pantalón corto, una camiseta de manga larga y otra de manga corta, la que me habían entregado con la bolsa del corredor unos días antes, encima. Hice un poco de estiramiento y calentamiento de músculos y me puse una sudadera y un pantalón de chándal. Salí a la terraza que da a la avenida y comprobé que hacía frío y amenazaba lluvia, así que no me arriesgué, como otras veces, a ir trotando hasta la salida de la carrera para terminar de calentar, ya que eran casi tres kilómetros y después quedaba el regreso hasta casa. Si le daba por llover podía coger una buena pulmonía. Tomé las llaves del coche y el dorsal con unos imperdibles, me puse un chubasquero y salí de casa sin hacer ruido. Nadie se había levantado para despedirme.

En la calle había poca gente y menos coches, por lo que tardé poco tiempo en llegar. Lo peor fue encontrar aparcamiento pues lo mismo que pensé yo lo pensaron también los miles de corredores que ya estaban correteando por allí. Después de varias vueltas aparqué a casi un kilómetro de la salida. Así que me quité la sudadera, el pantalón de chándal, me puse el dorsal que, indefectiblemente me queda torcido, guardé la ropa en el maletero, lo cerré y guardé la llave en una muñequera que tengo para estos casos. Como todavía quedaba una media hora, me fui acercando poco a poco a la línea de salida, andando y corriendo, parándome para hacer estiramientos y flexiones y comprobando que cada vez hay más locos como yo que se levantan temprano un domingo por la mañana para castigar el cuerpo. No tenemos remedio pero somos felices así.

Cuando llegué aquello parecía una romería, pero cambiando los trajes de gitana y la música rociera o similar por los pantalones cortos y las camisetas y música estridente. Según parece, los organizadores deben animar al personal poniendo música a todo trapo, con lo que en lugar de calentar músculo se calientan y ensordecen los tímpanos. Y otra costumbre: todo el mundo lleva ya sus móviles y se dedica, nos dedicamos, a hacer fotos y selfies por un tubo. Véase el ejemplo, donde se puede contemplar al que esto escribe y a un simpático compañero de fatigas, al que no conozco, pero que muestra su optimismo y ganas de correr haciendo el doble signo de la victoria. No se imaginaba que al poco de salir lo sobrepasé con un adelantamiento por la derecha y no lo volví a ver en toda la carrera.

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Unos minutos antes de la hora de partir comenzó a chispear. Me temía lo peor, pero sólo fue un pequeño susto porque después no cayó ni una gota y la temperatura fue la ideal para correr. Como siempre ocurre en estas carreras, como no te pongas delante pierdes casi un minuto hasta que realmente cruzas la línea de salida. Por eso yo no suelo poner el cronómetro en marcha hasta que no la sobrepaso y también por eso nunca coincide el tiempo que marca la organización y el que mido yo. En este caso sólo hay treinta segundos de diferencia: 52’50” de la organización y 52’20” lo que marcaba mi reloj.

Reconozco que no estoy en mi mejor forma, que ya me cuesta mantener un ritmo alto y constante, que me duele cada vez más el tobillo y ahora comienzo también con la rodilla derecha. Pero nada de eso importa. Mientras uno está corriendo se olvida de todo, sólo está atento a las señales del cuerpo: ahora vas a buen ritmo, puedes incrementarlo o, por el contrario, vas demasiado deprisa y vas a terminar reventado. Como ya son muchos años de experiencia, reconozco todos los signos y terminé la carrera sin problemas. Todavía puedo aguantar sin demasiado sufrimiento diez kilómetros, como se puede ver en la siguiente foto, al poco de entrar en la meta. La cara un poco más colorada y sudando, pero bien.

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Y por la tarde, un paseo andando de casi seis kilómetros con Carmen para intentar ver los pasos en las iglesias. Se acerca la Semana Santa y es otra tradición que no queremos perder. Imposible hacerlo un domingo, las colas eran interminables y sólo pudimos entrar en la Anunciación a ver la hermandad del Valle.

Hoy me levanté cojeando y con el tobillo hinchado. Qué se le va a hacer.