Viaje a La Manga (I)

Primer día. 31 de agosto

Si no fuera porque el Imserso ofrece unas condiciones muy ventajosas, casi imposibles de rechazar, nunca se me habría ocurrido plantearme pasar diez días en La Manga del Mar Menor. Había visto reportajes sobre la masificación de hoteles y edificios, sobre el colapso que está a punto de sufrir ese mar por la contaminación, las medusas y el cemento, sobre los problemas de tráfico en verano, cuando el número de habitantes se multiplica por veinte… O sea, no me apetecía mucho. Pero como las fechas eran buenas y otros destinos ya los conocíamos, nos decidimos Carmen, yo y el grupo de amigos que solemos viajar juntos, a visitar ese rincón. Y nunca mejor dicho lo de rincón, porque hay que ver lo arrinconado que está.

Salimos el día 31 de marzo, sábado santo. Después de semanas y meses de lluvia, la semana santa se había presentado radiante, con apenas algún chubasco que no deslució para nada las procesiones. Así que el sábado, después de dejar el coche en el aparcamiento de larga duración del aeropuerto (mucho más cómodo y más barato que el taxi), salimos hacia Alicante Juan Esteban, Manoli, Carmen y yo. Aterrizamos a mediodía en El Altet, el aeropuerto de Alicante-Elche, tras poco menos de una hora de vuelo. Allí nos trasladaron en autobús hasta el hotel de La Manga, el Cavanna. Echamos más tiempo en este traslado que en el viaje de avión, cerca de una hora y media.

Hotel antiguo, de los años sesenta, no demasiado remodelado en todo este tiempo, pero en general, bien. Después de instalarnos en la habitación, amplia y limpia, con excelentes vistas a los dos mares, y de colgar alguna ropa en los armarios, bajamos a realizar nuestra primera comida. Para la mayor parte de las personas que utilizan el Imserso, este momento es fundamental. ¿Será comida abundante, variada, sana, bien cocinada, de calidad? Cuando entramos en el comedor, éste ya estaba casi lleno, pero de un primer vistazo las preguntas anteriores fueron contestadas positivamente. Arroz, costillas de cerdo asadas, lasaña, pollo, mucha ensalada, dulces… Los platos rebosaban, lo que siempre me hace pensar por qué, siendo un bufé del que puede uno llenar el plato las veces que quiera, tiene que llenarse sin dejar ni un hueco, como si fuera a acabarse la comida. No sé si será por pereza, por no tener que levantarse varias veces de la mesa, por reminiscencias de la época del hambre de la posguerra (la edad de algunos hace adivinar que seguramente la sufrieron), pero la verdad es nunca dejo de sorprenderme de que una y otra vez se repita la misma escena. Encontramos una mesa de cuatro y, como estábamos hambrientos pues hacía horas que no tomábamos nada, llenamos a rebosar nuestros platos, pero en nuestra descargar diré que no sobró nada en ellos.

Subimos a la habitación y después de una reparadora siesta, como diría algún cursi, aproximadamente a las seis de la tarde bajamos a un salón a recibir la charla informativa que, ineludiblemente, se recibe cuando uno comienza este tipo de viajes: teléfonos de urgencia para caso de problemas de salud, horario médico, excursiones previstas y que hay que pagar aparte… Después de un pequeño debate entre los cuatro, decidimos realizar tres excursiones organizadas y una o varias más por nuestra cuenta en los ocho días completos que todavía nos quedan: Murcia, Caravaca de la Cruz y Lorca. Finalizada la charla y pagadas las excursiones decidimos dar una vuelta por los alrededores y conocer un poco la zona. Nos recibió un frío y una brisa que no esperábamos y que nos acompañó durante toda la estancia en La Manga. Será por su situación pero siempre soplaba viento, lo que aprovechan los practicantes de kitesurf para divertirse y hacer piruetas. Lo primero que llama la atención es la estrechez de La Manga. Entre el Mar Menor y el Mediterráneo hay puntos que apenas tienen 100 metros de ancho, aunque otros, los menos, alcanzan el kilómetro. Los 18 kilómetros que tiene de largo se pueden recorrer en un autobús que lleva desde el Cabo de Palos, la población más cercana, hasta Veneziola, el extremo donde se abre un estrecho que permite la comunicación de las aguas y que impide que la salinidad del Mar Menor sea excesiva. El primer paseo lo hicimos por el Mar Mayor, como lo llaman por aquí, bien abrigados. En la playa apenas había un par de personas, demasiadas para el frío que hacía. Cuando llegamos al final de un pequeño paseo marítimo, y como no teníamos ganas de llenarnos de arena, cruzamos la carretera y pasamos al Mar Menor. Algunas tiendas, pocas, abiertas, casi todas las ventanas cerradas, algún coche de vez en cuando. No se puede llamar desolación, pero si no fuera por los del Imserso y por algún extranjero que hace deporte en el agua, esto estaría desierto.

El Mar Menor, a diferencia del Mediterráneo, en el que las olas rompían con cierta fuerza en la orilla, era una balsa de aceite. Nos llamó la atención la poca profundidad que tenía en la playa. Algunos kitesurfistas se adentraban metros y metros en el agua y ésta les cubría sólo hasta las rodillas. A poca distancia de la costa una isla, la Isla del Ciervo, a la que, según nos informó una mujer que iba en bicicleta y que se paró a hacernos una pregunta, se puede llegar andando sin que te cubra el agua, pues hay una especie de pasarela que en su momento estaba señalizada que está a poca profundidad. Como el tiempo es demasiado desapacible no creo que probemos.

Tenemos el primer turno de cena, a las ocho de la tarde, así que regresamos al hotel y después de darnos una ducha, bajamos al comedor. Otra vez casi lleno y otra vez problemas para encontrar una mesa de cuatro. Al fondo había una, cerca de un grupo de seis y ocho personas que charlaban animadamente en catalán. Allí nos sentamos y comenzamos el ritual de investigar qué sorpresas culinarias nos tenían preparadas. Nos cuidan muy bien a los pensionistas porque también la cena es variada, sana y abundante. Mientras comemos, Manoli se da cuenta de que algunos de nuestros vecinos catalanes llevan un pin metálico grande con el lazo amarillo. Dentro de unos años seguramente nos habremos olvidado de esto, porque no creo que se estudie en los libros de historia, pero entre nosotros comentamos que, respetando como es lógico cualquier manifestación política y la libertad de expresión no nos parece ni el momento ni el lugar de reivindicar lo que algunos definen como “libertad para los presos políticos”. Una de las que lleva el lazo se levanta varias veces y se pasea entre las mesas, yo diría que con mirada y actitud desafiante, aunque no puedo asegurarlo. Parece como si esperara que alguien dijera algo, que seguramente tendría preparada una respuesta para aquel que se atreviera a llamarle la atención, pero nadie en el gran comedor hace comentario alguno, más bien la tratan con indiferencia. Si yo fuera independentista catalán, pienso, lo último que haría sería viajar a un país como España que les roba, que los maltrata, que los oprime, que utiliza la represión y la violencia para acallar las justas reivindicaciones, un país atrasado, inculto, lleno de fascistas que no les comprenden. Pero así son las cosas de contradictorias: me quiero independizar del país, pero me sigo aprovechando de las ventajas que me proporciona. Como siempre se ha hecho y se seguirá haciendo.

Después de cenar tomamos una infusión en el Café Britannia, allí mismo en el hotel. Seguimos hablando y planificando lo que haremos mañana domingo pues hasta el lunes no tenemos la primera excursión. Y temprano, pues el día ha sido intenso, como siempre ocurre cuando se viaja, nos vamos a la habitación y dormimos profundamente.

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