¿Educación sin cultura?

José Antonio Marina, escritor, filósofo y pedagogo, suele ser relativamente conciliador entre la pedagogía clásica y la denominada “pedagogía moderna”. Ni es rupturista ni antediluviano. Y eso, a mucha gente le molesta. Queremos que todo el mundo se manifieste a un lado o a otro, “o estás conmigo o contra mí”, o eres de Lope o de Calderón o eres de derechas o de izquierdas (según muchos, sobre todo en la izquierda, el centro, la equidistancia, no existe, es una quimera, es una forma de intentar pintar a la derecha de un cierto barniz progresista). Cuando presentó, hace un par de años, su Libro Blanco sobre el Pacto Educativo recibió muchas críticas y pocos elogios. Se le tildó, sobre todo, de retrógrado y de defender las ideas de la derecha. Es casi lo mismo que le pasó, pero esta vez criticado por la parte contraria, a Ángel Gabilondo cuando era ministro de educación e intentó, sin éxito, alcanzar un Pacto de Estado por la educación. Estamos abocados al fracaso, me temo que va a ser imposible alcanzar acuerdos, aunque sean mínimos, en educación.

Eso ya lo sufrió en sus carnes, sin entrar en comparaciones y teniendo en cuenta la diferencia de época y de situaciones, Manuel Chaves Nogales, que tuvo que irse de España a poco de empezar la guerra civil porque estaba amenazado por ambos bandos. El prólogo de su novela “A sangre y fuego” es buena muestra de lo que millones de españoles pensaban en su tiempo, pero no se atrevían o no podían decir. Recomiendo su lectura en este enlace:

http://www.librosdelasteroide.com/IMG/pdf/Empieza_a_leer.pdf


Pero me estoy desviando. Vuelvo a José Antonio Marina y a su artículo titulado “El obstáculo educativo que ni los padres ni la escuela pueden superar”. El resumen del texto también se encuentra en la cabecera del artículo: “La educación depende siempre y en última instancia del entorno cultural en el que se da. De ello dependerá el éxito o fracaso de cada uno de los sistemas dirigidos a mejorarla”. Por eso, ya podemos incrementar el gasto en educación hasta alcanzar el 10 o el 15 por ciento del PIB porque nada será suficiente si la sociedad no valora en su justa medida la importancia de la cultura, no sólo de la educación. No me estoy refiriendo a bajar el iva de los cines o de los libros, a incrementar la ayuda al teatro o a las artes, que también es importante. No. Es, sobre todo, conseguir una masa crítica de personas, de familias, de grupos sociales, que amen la literatura, la música, el teatro, el cine, la pintura. Que dediquen tiempo a leer, a escuchar música, a ir al cine y al teatro, a visitar museos… Que quieran hablar bien, que cambien de canal de tv cuando los programas sean infumables, barriobajeros, vulgares o ramplones. Si es cierto que los programas aparecen y desaparecen en función del número de telespectadores y, por consiguiente, del de anunciantes, hasta que dejen de emitirse los que todos ya sabemos no habrá nada que hacer.

Admitámoslo, Finlandia, por ejemplo, no obtiene tan buenos resultados en educación porque sus profesores sean mejores o sus alumnos más listos y responsables; es porque la sociedad, el país entero, tiene un nivel cultural, en general, superior al nuestro. Por eso creo que lo que Marina expone en su artículo es muy razonable. 

El obstáculo educativo que ni los padres ni la escuela pueden superar

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Encuentros de Lobos

En los últimos tiempos se han perdido algunas costumbres que permitían mantener en las familias una impresión de continuidad, de pertenecer a un mismo clan, de dotarse de una especie de cemento que unía a todos los miembros de diferentes generaciones. Las conversaciones a luz de una candela o alrededor de una mesa camilla donde se contaban las historias familiares y las anécdotas que pasaban de padres a hijos, los retratos de los abuelos en sepia o en blanco y negro colgados de una pared o encima de una mesa, las cartas que se enviaban con periodicidad y que daban cuenta de la salud, del trabajo, o de los hijos nacidos en tierras lejanas, las fotos dedicadas… Casi todo esto ha pasado a mejor vida. Es una lástima, sobre todo en una época en que las comunicaciones, los viajes y los contactos son mucho más cómodos y más fáciles. Internet, móviles, skype, vuelos baratos, coches rápidos, autopistas… todo ello debería invitar a la unión, a la cercanía, al conocimiento. Pero, no se sabe muy bien por qué, la norma general es aislarnos, crear vínculos débiles, superficiales, inconstantes. Estamos más pendientes del móvil o de facebook que de la frase que nos dirige el que está al lado. De vez en cuando una llamada, una reunión o una comida, alguna visita corta para no molestar. Y se van perdiendo los lazos y las historias, las relaciones y los contactos.

Tengo la suerte de pertenecer a una familia en la que eso no está ocurriendo. Ni por parte de los Castro Díaz, los gallego-andaluces, ni por los Vázquez Lobo, los arochenos. No tanto como sería deseable porque ha habido una cierta dispersión a la hora de establecerse (Coruña, Limiñón, Pilas, Sevilla, Tomares, Córdoba), pero seguimos estando razonablemente en contacto. La familia es bastante más amplia en el lado andaluz. Solamente con los Díaz, los Vázquez y los Lobo hay para escribir miles de páginas. Ahora que estoy intentando elaborar un árbol genealógico y una historia familiar en la que Galicia y Andalucía se unen por misterios y azares del destino, me estoy encontrando con unas posibilidades casi inagotables para crear una saga en la pueden aparecer decenas y decenas de personas y de personajes. Creo que todas las familias, generación a generación, deberían hacer lo mismo, intentar salvaguardar su memoria, recopilar no sólo las fotos que permanecen olvidadas en cajas y en álbumes que paulatinamente van perdiendo el color y diluyéndose en el pasado, sino leer y recordar todo aquello que, de alguna y otra manera, nos ha ido forjando y haciendo que seamos como ahora somos y seremos.

Nos detendremos y comenzaremos en la familia Lobo. ¿Y por qué no empezar por los Castro, que es mi apellido, se preguntarán algunos? Porque hay algunas circunstancias que facilitan dicho comienzo. Por ejemplo, la cercanía o el mayor número de datos de los que dispongo en este momento y, sobre todo, hay otro motivo que, aunque pueda parecer simple, fue el detonante: la comida que organizó Pilar, allá por el año 2011, en un restaurante cerca de Pilas, donde ella vive, a la que asistimos los Castro Vázquez, los Vázquez Lobo, los Burgos Vázquez, los Vázquez Romero, los Maestre Lobo, los Vázquez Pérez… Veinticuatro personas en total. No recuerdo muy bien de quién partió la idea ni cómo, pero, a pesar de la improvisación y la rapidez con la que se organizó todo, fue una experiencia preciosa que nos comprometimos a repetir, porque, además, faltaron Ana María, Carlos y Carlota, los de Granada, que se quedaron con muchas ganas de venir. Y el día acompañó con una temperatura y una claridad impropias del otoño.

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Como todo había salido muy bien y el resto de la familia arochena, sobre todo aquellos que viven en Cádiz y Huelva no se habían enterado, se apuntaron rápidamente a la segunda reunión, que esta vez se celebró en marzo de 2017 en Córdoba para facilitar la presencia de los granaínos. Habían pasado ya seis años desde la primera comida porque diferentes circunstancias habían retrasado el encuentro y había que darse prisa para que no se enfriaran los ánimos. Los encargados de la organización fueron Miguel Pedro e Inmaculada. Buscaron restaurante, llamado Los Lobos, por cierto, hotel y allí que nos presentamos más familias (Inmaculada y José Manuel, José Pedro y Felisa…) aunque también con ausencias ya que es complicado que todos puedan venir. Ni Santiago, ni Manuel ni los hijos de Pilar ni las hijas de José Manuel e Inmaculada… El tiempo, aunque la comida se hizo en marzo, tampoco fue demasiado bueno, pero eso era lo de menos. Coincidió, además, con el cumpleaños de Rafaela, así que todo volvió a salir redondo. La comida de Lobos ya se iba convirtiendo en tradición, así que, sin solución de continuidad, al poco tiempo comenzamos a hablar ya de la siguiente, que esta vez debería celebrarse en Aroche, cosa lógica teniendo en cuenta el origen de la mayoría de los Lobo.

Aquí abriré un pequeño paréntesis para recordar el origen del apellido, pues siempre es bueno volver al pasado por si éste ha tenido influencia en el presente, lo ha condicionado o ha permitido establecer una línea en el tiempo cuya duración y continuidad esperemos que sea larga y fructífera.

Dicen los estudiosos de la genealogía y la heráldica que el solar originario del apellido Lobo estuvo ubicado en el lugar de Melón, del partido de Rivadavia, en Orense, por lo que el tronco sería Galicia. En Melón se encontraba situado el monasterio de monjes de los Bernardos y es de dicha localidad de la que descienden todos los del apellido Lobo, al igual que los Lobera, Loberos y Lobones ya que unos y otros parece ser que tomaron su origen en la reina Claudia Lupavia, señora de Galicia, que se convirtió al cristianismo en el Pico Sacro, según afirma la tradición y habiendo cedido su palacio a San Eufragio para casa y sepultura del apóstol Santiago, se retiró a los Montes de Melón. Eso es lo que indica García Garrafa, en su Enciclopedia Heráldica y Genealógica.

Otros, sin embargo, dicen que ese apellido, muy extendido por España, procede del nombre latino Lupus “lobo”, muy usado en la Edad Media en referencia al valor, fuerza, valentía y astucia de dicho animal. Eso significaría que habría habido distintas casas del apellido Lobo, no emparentadas entre ellas. Así, estarían los Lobo de Asturias, procedentes de un caballero godo que acompañó a Don Pelayo en Covadonga, que dejó también descendencia en Castilla. Otra rama, en Portugal, procedería de Galicia, a partir de los Lobo de Melón, de la que partieron diferentes líneas que se establecieron en el país vecino y en distintos lugares de España.

Existió una casa con ese linaje en Siruela, Badajoz y en Navarrete, Logroño. Por último, probaron hidalguía en la Real Chancillería de Granada, Francisco Lobo, Villar de Rey (Cáceres) en 1696, José Manuel Lobo y Arjona, vecino de Aracena (Huelva), en 1752 y Antonio Lobo Borja, vecino de Osuna, en 1707.

He indagado un poco en la historia familiar de Carmen, mi mujer, y he llegado hasta 1854, fecha en la que nació el primer Lobo del que, en estos momentos, tengo noticia: el farmacéutico de Aroche Miguel Lobo Carquesa que, por diferentes circunstancias que sería muy largo contar y que merecen un capítulo aparte, se fue del pueblo y se instaló en Cortegana, donde inició la línea de los Lobo corteganeses que, por lo que pude comprobar es, actualmente, la más numerosa. Su hermano Pedro, bisabuelo de Carmen, se quedó en Aroche y de ahí proceden los Lobo Vázquez, Lobo López, Vázquez Lobo, etc.  Los hijos de Miguel, Horacio y Dantón son los ascendientes de los Lobo de Cortegana y los hijos de Pedro, Miguel, Félix y Segismundo son los de Aroche. Como curiosidad diré que mi bisabuelo Juan Díaz Carlos y el hermano del bisabuelo de Carmen, Miguel Lobo, fueron miembros destacados del último triángulo masón que se creó en la provincia de Huelva, el Triángulo Hijos de la Luz, mi bisabuelo con el nombre simbólico “Miguel Servet” y Miguel Lobo con el de “Volney”. Mi abuelo José Díaz Alcaide, también masón y con el nombre “Beethoven” no pasó del primer grado. Todos ellos, por cierto, fervientes republicanos.

Cierro este paréntesis y me centro en el tercer encuentro de los Lobo que, como ya comenté, se celebró en Aroche. A mediados de octubre comenzaron las propuestas de fechas y se decidió la del 17 de noviembre. A partir de ese momento, la organización corrió a cargo de Inmaculada y José Pedro. Ellos se encargaron de buscar actividades (sobre todo visitar los lugares más emblemáticos del pueblo) y encontrar un restaurante en el que cupieran todas las personas que íbamos a asistir. Lo que en un principio comenzó con poco más de veinte, terminó pasando de ochenta. Y eso que, por diversos motivos, no pudieron ir más de veinte personas, con lo que el número total hubiera sobrepasado los cien. Como una boda.

No quiero extenderme demasiado porque el artículo está siendo excesivamente largo y prolijo. Sí diré que el primer contacto de la familia ese día fue en la ermita de San Mamés, aunque su nombre verdadero es ermita de San Pedro de la Zarza, construida sobre la basílica de Turóbriga, la antigua ciudad hispanorromana fundada en el siglo I, en época de Nerón. Cuando llegamos, alrededor de las once la mañana, ya estaban en las inmediaciones Miguel Pedro y José Pedro, como anfitriones, rodeados de los Lobo de Cortegana. Empezaron las presentaciones y, aunque ya conocía a algunos parientes de Carmen, comencé a perderme con los nombres y los parentescos. Empezamos visitando la ermita y después las excavaciones de Turóbriga. Aunque sólo se lleva excavado menos de un veinte por ciento de la ciudad, nos podemos hacer una idea de la importancia que tuvo en su tiempo. Después de más de una hora de visita y explicaciones por parte de la guía, nos montamos en los coches y subimos hasta Aroche. Allí, desde la plaza del Ayuntamiento, subimos hasta el convento de la Cilla, donde actualmente se encuentran el museo arqueológico y el museo del Santo Rosario. Continuamos aprendiendo más sobre la historia y las costumbres del pueblo. Seguimos con la visita a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, una iglesia parroquial que asombra a todo el que la ve por primera vez. Finalizamos la visita cultural en el Castillo de Aroche, construido entre los siglos XI y XII, en época andalusí y que, en el siglo XIX, después de un periodo de abandono, fue reconvertido en la actual plaza de toros.

Ya eran más de las dos de la tarde y después de la caminata, de las cuestas y de las explicaciones históricas, era hora de pasar al meollo de la cuestión, es decir, a la comida. Porque toda visita cultural tiene que tener, para que sea completa, un colofón gastronómico. Así que bajamos andando hasta lo que hoy se conoce como La Fábrica (o Centro Polivalente Manuel Sancha “La Comunal”), la antigua fábrica de harinas y electricidad que, además del restaurante La Comunal, donde se celebró la comida, alberga una piscina cubierta climatizada, el gimnasio municipal, el Aula Guadalinfo, salas para cursos, salas de reuniones, etc. Parecía imposible que allí pudiéramos comer tantas personas, pero lo hicimos. Después de las palabras de bienvenida de José Pedro, pasamos a la comida, que se alargó hasta las seis de la tarde. Un menú serrano, con lomo, jamón, queso, salchichas de aguardiente de Aroche, sopa de peso y carrillá, con bebida y postre, sirvió para incrementar los lazos y conocernos mucho mejor.

No quiero dejar de mencionar la carta que leyó Pepe Luis, nieto de Miguel Lobo, que realmente nos emocionó. Cuando se murió Pedro, el hermano de Miguel,  éste escribió una carta dirigida a la mujer de Pedro, Juana y a sus sobrinos Miguel, Félix y Segismundo. La carta es de 1922 y demuestra la grandeza, la educación y la sensibilidad de una persona en la que se pueden encontrar valores que son un ejemplo a seguir. Reproduzco alguno de sus párrafos:

Queridos sobrinos y estimada Juana.

Vuestras penas las comprendo, porque se confunden con las mías.

¿Quién os acompaña de la familia de vuestro padre y marido? La soledad.

Sed honrados, que la honradez es una llave que os abre las puertas del bien. Obedeced a vuestra madre, que es la mayor santidad que hay en la Tierra y no provocarle disgustos que aumenten sus penas. Así, pues, os encargo que la mayor armonía que puede haber en la familia es la que está basada en el cariño que se tengan los miembros que la componen… De esta manera, podréis conservar la paz en la familia y a vuestra madre llena de consuelo en sus aflicciones.

Son muchos en la familia Lobo. En este encuentro había cuatro generaciones, muchos de cuyos miembros no se conocían o hacía años que no se veían. Se recordaron historias, anécdotas divertidas, se conocieron y se reconocieron en gustos, en costumbres comunes o parecidas y se comprometieron, nos comprometimos, a continuar estos encuentros. Creo que la próxima vez se organizará en Cortegana. Que no decaigan los buenos deseos y que la manada de los Lobo siga creciendo en armonía.

Queridos Melchor y Gaspar

Como en mi familia el Rey Mago favorito es Baltasar, por aquello del exotismo, de la multiculturalidad o de ponerse de lado del más débil, que según parece ser negro es signo de debilidad, véase el negro del WhatsApp, no quiero que al pobre se le acumule el trabajo y tenga que hacer horas extras mientras sus dos compañeros se rascan la barriga. Así que la carta va dirigida expresamente al Rey Mago rubio, Gaspar y al de pelo blanco, Melchor. Como a mí me gusta documentarme, he leído la historia, en este caso leyenda, de los tres reyes magos, que según parece no eran reyes ni eran magos, sino astrólogos que seguían un cometa. Pero no quiero entrar en disquisiciones teológicas así que me limitaré a realizar las tradicionales peticiones, a ver si mis queridos reyes se acuerdan de este humilde ciudadano, que no súbdito.

Si la memoria no me falla, los reyes pasados estuvieron muy bien con los regalos personales, yo diría que inmejorables, pero me fallasteis en lo demás, es decir, en lo de Putin, Trump, el tema catalán… Y para colmo, ahora tenemos a Casado, a la Italia de Salvini, más muertes en el Mediterráneo, etc. Como no os espabiléis, aquí puede ganar hasta Vox. Parecía que la cosa se había arreglado con Pedro Sánchez pero no sé, no sé, algunas expectativas se están desmoronando.

Así que, para concretar, hay que arreglar primero el tema político aquí en España, porque ya me diréis cómo va uno a dormir tranquilo. Haced el favor de no mirar para otro lado, que si no, ni tendremos presupuestos ni ná. Encima, tengo amigos y amigas que no dejan de enviarme Whatsapp con todas las chorradas que se le ocurrieron decir antes de ser presidente del gobierno, que no tienen nada que ver con lo que ahora hace y dice. Lo curioso es que los y las que me envían esas cosas ven la paja en el ojo ajeno pero no quieren ver las barbaridades que hicieron y dijeron los otros que, por supuesto, fueron bastante peores. A un lado y a otro del espectro político, por cierto. Tampoco os olvidéis de los otros países, algunos de los cuales están hechos unos zorros, expresión que viene, por cierto, del utensilio usado para limpiar el polvo (lo que en la actualidad llamaríamos ‘plumero’) y que se componía de un mango al que se le unía unas tiras de piel, unos trozos de tejido basto o la cola de un animal (frecuentemente la del zorro o cordero). Como el susodicho objeto terminaba hecho una porquería, de ahí la expresión (dedicado todo esto a mi hijo Santiago, al que le gusta explicar de vez en cuando el origen de las expresiones). Ni os olvidéis de las guerras olvidadas (véase el fino juego de palabras y de ideas), ni de los inmigrantes. Eso sí que sería un punto, que pudierais arreglar, aunque sólo fuera en parte, esos problemas.

Y para mí, lo de siempre: salud, amor y ayudarme a ahorrar algo, que últimamente se me va el dinero de las manos, porque no paran de estropearse cosas y no dejamos de hacer obras en casa. De Hacienda ni hablo. Para terminar, si puede ser, el último libro de Pérez-Reverte, uno de mis escritores favoritos, que se llama Sabotaje. Otros libros que me han recomendado son Ordesa, de Manuel Vilas o El rey recibe, de Eduardo Mendoza… Ahora que tengo tiempo para leer, los libros son el mejor regalo. Lo único malo es que ocupan mucho lugar y cada vez nos queda menos espacio. El tema ropa, para las rebajas.

Así que, queridos Melchor y Gaspar, a ver si os estiráis algo con lo primero que os he pedido. Recuerdos a Baltasar y que alguien también os lleve regalos a vosotros, que no todo va a ser dar y repartir ilusión. Sería curioso saber qué cosas pedirías vosotros. Otro día a ver si se me ocurre algo sobre eso y lo escribo.

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¿Qué hemos hecho para merecer esto?

Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.

Don Juan Tenorio, de José Zorrilla

Noviembre es el mes de los difuntos. Hasta hace unos años era tradición representar Don Juan Tenorio en muchos teatros de España. generalmente el primero de noviembre, porque el acto final de la obra tiene lugar en la noche de Todos los Santos, víspera del Día de Difuntos, el 2 de noviembre. Ahora, en su lugar, influenciados como en muchas otras cosas por los norteamericanos y por las academias de inglés, todo hay que decirlo, celebramos Halloween. Creo que hemos perdido bastante.

Tenía pensado escribir sobre ese tema, sobre la pérdida de la identidad y de algunas tradiciones (aunque no es que yo esté demasiado apegado al pasado, la verdad), de la uniformización de costumbres y de modos de vida, casi siempre venidas de la otra parte del Atlántico. Volví a leer el comienzo de Don Juan Tenorio, por aquello de sumergirme en el tema, y cuando llegué a los versos que recita Don Juan y que reproduzco al principio, cambié de idea. Ya no me apetecía hablar de ese tema porque, inmediatamente, asocié las rimas a los políticos actuales, no a todos, pero sí a la mayoría. Eso de dejar en todas partes memoria amarga va unido, casi indefectiblemente, a Pablo, a Pedro, a Albert, a Mariano, a José Luis, a Quim, a Jordi, a Carles, a Artur… Podríamos seguir ad infinitum.

Y si analizamos lo que ocurre por el mundo, es para echarse a temblar. Primero Trump, después Salvini, ahora Bolsonaro. Y antes aun Hungría, Polonia. También Chile. Y Argentina. Las perspectivas tampoco son halagüeñas en muchos otros países, sobre todo en Europa. Espero que Vox no se nos suba a la cabeza. Se decía que los partidos políticos tradicionales habían colapsado, se habían convertido en máquinas de corrupción, de comprar y cautivar votos, de colocar a los suyos, de mirarse el ombligo y alejarse de los ciudadanos cuando llegan al poder. Es verdad, hay muchos ejemplos que lo corroboran. Pero el problema es que a los nuevos partidos les pasa lo mismo. Al poco tiempo de haberse creado con el objetivo, según dijeron en su momento, de cambiar la vida política, de traer aires nuevos, de acabar con la corrupción, de llevar la calle al Parlamento, caen en los mismos errores y siguen las mismas pautas que sus hermanos mayores.

Después de varios años en los que hemos podido comprobar cómo funcionaban, cómo trabajaban y luchaban para conseguir sus propósitos, cómo maniobraban en su lucha para socavar el poder de los dinosaurios que durante décadas se habían instalado en el poder, creo que, una vez más, se vuelve a cumplir la máxima del príncipe de Lampedusa (esa isla que intermitentemente es noticia por la llegada de inmigrantes) de que todo debe cambiar para que nada cambie. Podríamos pensar que con el final de bipartidismo la política española había entrado en una nueva etapa, que la corrupción sería perseguida sin tregua, que, ante la casi imposibilidad de que se lograran mayorías absolutas, las negociaciones y los pactos renovarían la fe de los ciudadanos en sus políticos. Pero me temo que nada de eso ha sucedido. Los nuevos partidos son una copia peor que sus hermanos mayores. Ciudadanos no mejora al PP y Podemos no mejora a IU ni al PSOE. Porque no sólo de palabras vive el hombre, sino, y sobre todo, de hechos.

Lo vivimos hace poco con la moción de censura que llevó al poder a Pedro Sánchez. Poner de acuerdo a partidos tan diferentes para, según dijeron en su momento, acabar con la corrupción del PP y encauzar la situación de Cataluña parecía el comienzo de una nueva era, en la que el sentido común y la honradez se iban a instalar por mucho tiempo en nuestro país. Además de las palabras, parecía que los hechos también acompañaban porque la composición del Consejo de Ministros y Ministras hacía albergar muchas esperanzas. La cosa comenzó a torcerse un poco con las dimisiones de Maxim Huerta y de Carmen Montón y las más recientes dificultades por las que han pasado Pedro Duque y Dolores Delgado. Pero teniendo en cuenta lo que había ocurrido en los anteriores gobiernos del PP, en los que los ministros, por cosas mucho peores, aguantaron en sus cargos mucho más tiempo, parecía que, efectivamente, los tiempos habían cambiado y ahora no se aceptaba ni la más leve sospecha ya no digo de corrupción, sino de utilización beneficiosa de la fiscalidad.

También parecía que los problemas en Cataluña iban mejorando, que el diálogo se había restablecido, que las aguas volvían al cauce político, aunque los independentistas nunca han facilitado las cosas, siempre han intentado doblar el brazo al Estado y apenas han dejado un resquicio en su discurso monolítico y excluyente. Ese es un problema muy complejo, difícil de resolver y los próximos meses, con el juicio a los líderes del “procés”, van a ser muy duros. Ahora lo estamos viendo con la negociación de los presupuestos. Si es difícil que IU-Podemos, PSOE y PNV se pongan de acuerdo para aprobarlos, resultará tarea casi imposible convencer a los catalanes, así que, si un milagro no lo impide, habrá otra vez prórroga de presupuestos o nuevas elecciones.

La elección de Pablo Casado como nuevo presidente del PP tampoco va a ayudar mucho a tranquilizar la vida política, teniendo en cuenta cómo está actuando. Creo que va a hacer bueno a Rajoy. De Albert Rivera poco se puede decir, porque cada día su posición es distinta, sólo se preocupa de las encuestas. Unas veces apoya al PSOE, otras a PP y pocas veces tiene un discurso claro.

Así que esa es la situación. Casi todos subieron a los palacios, algunos bajaron a las cabañas, quizás también escalaron claustros, si no de obra, sí de pensamiento, por lo del morbo, y todos dejaron o dejarán memoria amarga.

¿De verdad que los ciudadanos nos merecemos esto? ¿Habrá alguna manera pacífica de arreglar los desaguisados en que nos suelen meter esos tenorios de pacotilla? Porque otras maneras prefiero no mencionarlas porque ya se sabe, no se debe mentar al diablo, y menos en noviembre.

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