Laura Luelmo y la prisión permanente revisable

Rocío Wanninkhof, Diana Quer, el pequeño Gabriel, Laura Luelmo… Son algunos de los nombres que han estremecido al país por la crueldad de sus muertes. Y por la obscenidad con la que muchos medios de comunicación las han utilizado para exacerbar emociones, exponer sin escrúpulos teorías que, algunas ocasiones eran falsas, acusar sin pruebas, exigir venganza. Porque esto es, al final, lo que se pretende, no justicia, sino linchamiento. Aunque en el caso de Laura Luelmo (¡qué cruel destino!, tu juventud, tu ilusión, tu primer trabajo y tener la increíble mala suerte de alquilar una casa al lado de un asesino sin escrúpulos) casi no dio tiempo a realizar acusaciones en falso. Recordamos el caso de Rocío Wanninkhof y la acusación, juicio y declaración de culpabilidad de Dolores Vázquez. La histeria popular creada por los medios de comunicación entró en los anales de los errores judiciales y mediáticos. Con Diana Quer pasó algo parecido, aunque sin llegar a ese extremo: los señalados entonces fueron unos feriantes que se encontraban en el pueblo en el momento de la desaparición de la muchacha. Y lo mismo en el “caso Gabriel”, cuando durante muchos días se puso el foco sobre un antiguo acosador de la madre.

Todavía más obscena que la actuación de los medios es la utilización política de estas muertes. Aprovechar el sufrimiento para defender las ideas propias y atacar al adversario para obtener réditos electorales, que es lo que al final se pretende, es impúdico e indecente. Aunque ya estamos acostumbrados, por desgracia, a estas situaciones, no deja de causarme asco e indignación. La comparación con chacales o hienas, que me perdonen los amantes de los animales, es inevitable.

Puedo entender que una familia destrozada y traspasada por el dolor exija que todo el peso de la ley caiga sobre el delincuente. Es también lo que queremos todos. Pero siempre la ley y nada por encima de ella. No puedo ni quiero imaginarme pasar por una situación así o por la que pasaron los familiares de las víctimas de ETA o las de la matanza de Atocha. Pero también hay otras tan crueles y que no acaparan tantas páginas, como, por ejemplo, la muerte en accidente de tráfico causada por un energúmeno que va hasta las cejas de alcohol o de cualquier droga. El resultado para la víctima es el mismo y para sus familias y amigos un dolor infinito, inexplicable.

Eso no significa que no haya que establecer medidas legales y policiales contra aquellos a los que, por desgracia, es casi imposible reinsertar, porque reinciden y ponen en peligro la vida de los ciudadanos. No hay que hurtar un debate sobre qué hacer con esos individuos, un porcentaje mínimo si atendemos a las estadísticas, que no responden a la reinserción social. ¿Aislamiento, difusión de sus datos como se hace en algunos países, control una vez que salen de la cárcel? Pero, sobre todo, más medios, más preparación en jueces y policías, más prevención. Y más educación, más igualdad, menos pobreza, menos marginación.

Para terminar, es casi una obligación exponer datos, cifras que luchen contra la manipulación de los sentimientos. Eso es lo que tendrían que hacer los políticos, contrastar las ideas con la realidad, con los hechos. Me voy a limitar a reproducir leyes, artículos periodísticos, gráficos y datos. Y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Leyes, datos, cifras, hechos

El artículo 25.2 de la Constitución Española afirma lo siguiente:

“Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados. El condenado a pena de prisión que estuviere cumpliendo la misma gozará de los derechos fundamentales de este Capítulo, a excepción de los que se vean expresamente limitados por el contenido del fallo condenatorio, el sentido de la pena y la ley penitenciaria. En todo caso, tendrá derecho a un trabajo remunerado y a los beneficios correspondientes de la Seguridad Social, así como al acceso a la cultura y al desarrollo integral de su personalidad.”

En el año 2015 el Parlamento español, con el único apoyo del PP, que contaba con mayoría absoluta, modificó el Código Penal para incluir la figura de la prisión permanente revisable. Los tribunales podrán aplicarla en algunos tipos agravados de asesinatos en los siguientes supuestos:

– Cuando la víctima sea menor de 16 años o se trate de una persona especialmente vulnerable.

– Cuando el asesinato se cometa después de un delito contra la libertad sexual.

– En los asesinatos múltiples.

– En los asesinatos cometidos por miembros de una organización criminal.

– Delitos contra la Corona.

– Delitos contra el Derecho de Gentes.

– Delitos de genocidio.

– Delitos de lesa humanidad.

Antes de la implantación de la prisión permanente revisable, había en España unas penas máximas de 25, 30 o 40 años de cárcel para casos de extrema gravedad. La prisión permanente lo que cambia es exigir que el criminal cumpla de forma íntegra entre 25 y 35 años de pena, dependiendo del tipo del delito y de si la pena es por uno o varios, tras lo cual se revisará. Si no se cumplen determinados requisitos para la libertad, el preso seguirá en prisión.

Cumplir 35 años, por cierto, no significa que vaya a estar en prisión todo ese tiempo. El penado puede solicitar permiso de salida ordinarios una vez haya cumplido un mínimo de ocho años de prisión, aunque lo cierto es que en el caso de asesinatos graves, bien por lo largo de su condena bien por la alarma social, lo más normal es que se les deniegue el tercer grado.

Hasta el momento este tipo de pena sólo se ha aplicado una vez. El 7 julio 2017 fue condenado por primera vez en España, el parricida de Pontevedra, David Oubel por degollar a sus hijas. El tribunal del jurado, por unanimidad, halló culpable a Oubel de asesinar con alevosía a las pequeñas de 4 y 9 años con una sierra eléctrica.

La implantación de la prisión permanente revisable en 2015 no impidió el asesinato de Diana Quer en 2016 ni el de Gabriel en 2018.

La pena de muerte en Estados Unidos no impide que haya casi ocho veces más homicidios y asesinatos que en España.

Muchos de los países en los que existe la pena de muerte o la cadena perpetua son también los que tienen un mayor índice de criminalidad.

Generalmente, a mayor nivel de vida, menor tasa de criminalidad. En los países desarrollados, son las zonas, las ciudades o los barrios más desfavorecidos los que concentran mayor número de delitos. Por tanto, la solución no consiste en tener más policías, más cárceles o leyes más duras, sino mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos.

Las penas máximas en países de nuestro entorno

Francia. La pena más dura es “perpetuidad irreducible”. En casos excepcionales establece una prisión efectiva ilimitada. Este castigo se destina especialmente a los condenados por asesinato de una víctima menor de 15 años y cuya muerte estuviese “precedida o acompañada de una violación, de torturas o de actos de barbarie”.

Italia. La máxima pena de prisión prevista, de acuerdo a la legislación vigente, es la cadena perpetua. A partir del cumplimiento de al menos 20 años de prisión es posible la aplicación de beneficios penitenciarios, y cumplidos al menos 26 de la pena impuesta, se puede optar a la libertad condicional

Portugal. La máxima pena que recoge la ley es de 25 años de cárcel.

Reino Unido. El condenado puede optar a la libertad condicional después de un periodo de tiempo que fija el juez. En casos excepcionales el magistrado puede dictaminar que la condena sea “orden de toda la vida”, sin acceso a la libertad condicional.

Alemania. Contempla una permanencia en prisión que, tras un mínimo de 15 años, debe examinar un nuevo tribunal cada caso de manera individual.

Noruega y Dinamarca. Existe la figura de la “custodia” similar a la cadena perpetua revisable para personas que han cometido crímenes especialmente graves y cuando existe riesgo de que puedan repetirlos.

Bélgica. El preso tiene la posibilidad de solicitar la libertad condicional transcurridos 15 años desde su entrada en la cárcel.

Holanda. La prisión permanente cuenta con la posibilidad de revisión de la condena tras cumplirse 27 años de la pena y ante las sospechas de que se haya producido una injusticia por parte del tribunal.

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Tasa de criminalidad en Europa. Año 2016

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Países en los que está vigente la cadena perpetua

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Para terminar, no me resisto a incluir algunas frases de mi paisana, Concepción Arenal (El Ferrol, 1820-1893), que fue una auténtica adelantada a su tiempo y que muchos políticos tendrían que leer y tener como referencia más a menudo.

“Las malas leyes hallarán siempre, y contribuirán a formar, hombres peores que ellas, encargados de ejecutarlas”.

“Abrid escuelas y se cerrarán cárceles”.

“Odia el delito y compadece al delincuente”.

“Cuántos siglos necesita la razón para llegar a la justicia que el corazón comprende instantáneamente”.

 

Me gusta la polémica

Me gusta polemizar, lo reconozco. La verdad es que hasta hace unos años prefería callar y dar la razón a los demás, aunque yo estuviera convencido de que mis ideas eran mejores o más sensatas o más realistas, antes que embarcarme en agrias discusiones, en disputas estériles, en enfados inútiles. Aunque en las grandes cuestiones (la libertad, la tolerancia, la igualdad, el respeto a los derechos de las personas, la defensa de lo público ante lo privado y algunas otras más) siempre he sido bastante inflexible y marcaba una línea roja que no quería traspasar, pues no concebía el menoscabo o el menosprecio de las mismas, en cuestiones menores no me costaba trabajo dar mi brazo a torcer. No se trataba de ser más o menos pusilánime, sino que priorizaba las relaciones, el estar a gusto con los demás, en ceder para llegar a acuerdos. A veces, sin embargo, después de un silencio o de una concesión demasiado rápida, llegaba el remordimiento por no haber dicho algo, por no haber defendido con más fuerza o vehemencia alguna idea. Y durante días no paraba de darle vueltas a la cabeza, arrepintiéndome de mi falta de valor o de reflejos para contrarrestar las razones de los demás.

Pero todo eso se ha terminado. Supongo que será por la edad y por la experiencia, porque ya no tengo necesidad de bajar la cabeza o mirar para otro lado o permanecer en silencio. Ahora casi busco la confrontación por la confrontación, como una forma de poner a prueba mi capacidad de persuasión, a veces de manipulación. Sigo defendiendo las mismas ideas, quizás de una manera un poco más radical, pero sin perder, todavía, las formas. Y también defiendo, por qué no, algunas ideas con las que, en el fondo, no estoy de acuerdo. Por poner un ejemplo, la cuestión catalana. Hace unos años yo era partidario de un referéndum consultivo (no vinculante) de autodeterminación en el País Vasco y ahora en Cataluña. Es bueno conocer lo que opina el pueblo, no mediante encuestas que pueden manipularse fácilmente y siempre que las preguntas sean las adecuadas. No poniendo a los ciudadanos en tesituras maniqueistas, en el estás conmigo o contra mí, en el todo o nada. Incluso podría estar de acuerdo con un referéndum vinculante, después de un amplio debate, sin dejarse llevar por las emociones, dando un tiempo prudencial para que todos pudieran, de una manera libre y sin coacciones de ningún tipo, dar sus argumentos y opiniones. Y la vinculación tendría que ser con unas premisas muy claras: un porcentaje de participación alto (no menos de un 70%) y un apoyo a la independencia también alto (nunca inferior al 70%). Si se dieran todas esas circunstancias, creo que podría llegarse a un acuerdo.

Por desgracia, las posiciones están demasiado alejadas. Por un lado, ha habido una falta de lealtad, una hipocresía y una enorme cantidad de mentiras, de sobreactuación, de manipulación y de confrontación con el Estado, fuera quien fuera el gobierno, en el lado de los independentistas, apoyados por una izquierda acomplejada, que no ha sido capaz de analizar con valentía la situación y que ha defendido ideas y valores muy alejados de lo que siempre ha sido esa izquierda. No todo vale, compañeros. Eso de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, aquí no se sostiene. Por otro lado, la derecha. ¿Cómo catalogar lo que han hecho PP y Ciudadanos en los últimos años? Se ha pasado de un apoyo al independentismo de aproximadamente el 25% a casi el 50% desde que Mariano Rajoy llegó al poder. Acordémonos de los tiempos de Aznar, ese que hablaba catalán en la intimidad y firmó con Pujol el Pacto del Majestic y que denominó a ETA Movimiento Vasco de Liberación Nacional, autorizó entablar negociaciones con ellos y liberó a más de doscientos etarras. Ahora Aznar es el máximo enemigo, el azote de catalanes y vascos. Cousas veredes, que decimos los gallegos.

Pues ahora, señoras y señores, estoy hasta las narices de los independentistas catalanes y, a pesar de que sigo pensando que tolerancia, libertad e igualdad son innegociables, discrepo con todo aquel que los defiende. Y polemizo, y discuto. Y ya me pueden llamar fascista, ese término que ha perdido su significado de tanto manipularlo. Llamar fascistas a la gente del PP o de Ciudadanos por ser de derechas es insultar a la memoria de mi abuelo Castro, ese al que unos fascistas, esos sí, estuvieron a punto de matar de una paliza cuando comenzó la guerra civil, y que sólo se libró del paredón gracias al párroco de Arteixo. Por eso me revienta que se utilice con tanta frivolidad. Por eso, me revienta que llamen fascista a Rivera, a Rajoy, a Serrat a Manuel Vicent o a cualquier otro que no piense como lo que, según determinados sectores del independentismo, e incluso de la izquierda, se debería pensar. Hay que ser mucho más serios.

Me gusta polemizar y discutir de política. En algunos casos como si yo fuera de derechas (pocas veces, como mucho, de Ciudadanos) y otras veces de izquierda, que lo soy, pero que no comulgo con determinados personajes, ni acepto la corrupción del PSOE ni sus maneras, a veces chulescas, ni con la actitud de Podemos y sus confluencias en relación con Cataluña o cuando pudo pactar con el PSOE para que gobernara la izquierda y no lo hizo, oportunidad que pocas veces se volverá a plantear, porque lo de ahora no tiene sentido. No tengo que pagar peajes.

Me gusta discutir de religión, respetando las creencias, pero poniendo en un brete a aquellos que intentan convencerme de las bondades de las misas y de la liturgia. Ha habido demasiados millones de muertos y demasiado sufrimiento por culpa de las religiones, y los sigue habiendo, como para que intenten convencerme de las bondades de seguir fervorosamente a un dios que, si realmente existiera, debería hacer algo más por un mundo tan injusto y tan cruel y no mirar para otro lado.

También me gusta polemizar y discutir, sobre todo con mi hijo Santiago, de fútbol. Aunque nunca he sido un talibán ni un radical futbolero, resulta que Santi me ha salido del Barça. Y eso, para uno que simpatiza con el Madrid y es seguidor del Dépor, es casi una herejía, porque recuerdo que mi equipo coruñés perdió una liga en el último minuto del último partido por culpa de un penalti fallado por Djukic. La liga se la llevó el Barcelona de Cruyf, que seguramente compró al portero, claro.

Y por último, las discusiones con mi mujer, sobre todos los temas anteriores y sobre muchas más cosas. Llevamos casados treinta y siete años y raro es el día que no discutimos sobre algo. Y esa es la salsa, el condimento que nos permite estar más unidos. Porque si no se discute, si no se discrepa, todo sería demasiado empalagoso y aburrido. Como ella casi nunca me lee, no podremos discutir sobre esto. Con mi hija Carmen apenas discuto, somos demasiado parecidos y pensamos igual en muchas cosas. Pero no somos inmunes a las discrepancias, no creáis. Son pocas, pero intensas.

Así que estoy dispuesto a discutir con quien sea y sobre lo que sea. Aquí me tenéis, estoy a vuestra disposición.

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