Prescripciones médicas. Historia de un sombrero

—Entonces, ya sabes —me dijo la dermatóloga sonriéndome desde el otro lado de la mesa—, esto es una prescripción médica, no una opción o un consejo. Debes seguir a rajatabla todo lo que te he dicho si no quieres tener problemas en el futuro.

Me levanté, la saludé dándole la mano y las gracias, y salí de la consulta. Fuera había una persona más, un hombre más joven que yo con una gorra en la mano, que se levantó, llamó a la puerta y entró cuando desde dentro le dijeron:

—Pase.

Cuando salí a la calle eran casi las seis de la tarde, una calurosa tarde de finales de abril. El sol daba de pleno en la entrada de la clínica, así que pasé a la otra acera, que estaba en sombra. A partir de ahora, pensé, siempre por la sombra. Lo malo de Sevilla es que, a pesar de que tiene muchos árboles que dan sombra y calles estrechas y oscuras en el centro de la ciudad, también tiene calles y avenidas anchas y largas, en las que es complicado encontrar cobijo cuando el sol aprieta.

“Cuatro de seis”, pensé. Podía ser peor, así que no me quejo.

Mis revisiones médicas anuales, pasar la ITV, como se suele decir entre los jubilados, comienzan en el mes de septiembre y no terminan hasta el mes de junio siguiente. O sea, diez meses de revisiones, aunque con algunos intervalos para los viajes del IMSERSO, festejos varios y descansos para tomar aliento.

A finales de septiembre mi mujer y yo vamos a nuestro médico de cabecera, Julio. Aquí podría hacer un chiste con el nombre de los meses y el del médico, pero lo dejo para mejor ocasión, sobre todo porque si esto lo leen mis hijos, empezarían con las bromas: “PATAPÁN, ya está mi padre contando chistes”. Y me cortan el rollo.

Seguimos. Cuando vamos a ver a Julio tenemos que ir con paciencia, sin prisas. Conocemos a nuestro médico de cabecera desde hace más de treinta años, así que ya existe entre nosotros una relación de amistad y de confianza que son muy necesarias entre médico y paciente. Ya lo dijo creo que Marañón: “el mejor instrumento para revisar a los pacientes no es el fonendoscopio, ni los rayos X, ni cualquier otro utensilio; lo mejor es la silla en la que se sienta el enfermo, para que cuente sus problemas”. Y eso se nota, entre otras cosas, porque solemos estar más de media hora hablando de casi todo menos de lo que nos lleva allí: la revisión médica anual, que consiste en análisis de sangre y de orina. Después de charlar sobre las vacaciones, los hijos y sus problemas, la política, el fútbol y cualquier tema que se tercie, nos rellena los volantes de los análisis y me mide la tensión sanguínea. “Sigue alta, así que hay que seguir tomando las pastillas”. Una de una. Nos deseamos que ganen el Betis y el Dépor, que pierdan el Sevilla y el Barça y nos despedimos hasta que nos den los resultados

Nos hacemos los análisis y, por suerte, sólo nos da alto el colesterol. Mira que solemos comer mucha fruta, verdura y legumbres, pocas grasas, poco azúcar… Pues a pesar de todo eso y de que hacemos, por lo menos yo, bastante ejercicio, no hay manera, otra vez el maldito colesterol. Le llevamos los resultados a Julio, otra media hora de charla y la prescripción médica de Julio: más pastillas. Dos de dos. Voy a por el pleno.

La siguiente revisión es la de la próstata en el mes de diciembre, antes de las fiestas navideñas. A esta voy yo solo, creo que Carmen no me ha acompañado nunca. Y lo prefiero, por lo delicado del tema (sin embargo, yo siempre la acompaño al ginecólogo, véase la diferencia). Como Julio ya sabe las costumbres del urólogo, también me ha mandado analizar el PSA, que para aquellos que no lo sepan, que serán muchos y no quieran irse a Google, les diré que es una proteína producida por la próstata y que indica, si su nivel es alto, que puedes tener problemas en esa glándula. Como a mí me ha dado un nivel muy bajo, el urólogo dice que muy bien, pero que este año toca hacerse una ecografía, que ya hace tiempo que no me hago una. Menos mal que la prueba del dedo ya pasó a la historia, porque no debía ser muy agradable. ¡Ah!, me dicen algunos que todavía se sigue haciendo. Hay médicos que son muy sádicos.

Paso sin sustos esta revisión, así que dos de tres.

La siguiente prueba es la de la vista en febrero. Yo soy miope, aunque no demasiado y apenas tengo que utilizar gafas para ver de lejos. Resulta que con la edad me ha ido disminuyendo la miopía. Debe ser de las pocas cosas en las que he mejorado con la edad. De cerca, cuando tengo que leer letras muy pequeñas, uso gafas. Lo bueno es que como casi siempre leo en el libro electrónico y puedo poner la letra al tamaño que quiero, tampoco las necesito demasiado. Lo peor de esta revisión, sin embargo, es que hace unos años me detectaron hipertensión ocular, que puede degenerar, si no la corrijo, en glaucoma. Esto son palabras mayores. Así que pido cita al oculista y me hace todas las pruebas habidas y por haber: me mide la tensión ocular, me manda hacer una paquimetría (medir el espesor de la córnea) y una perimetría (una prueba del campo visual que soy capaz de detectar). Todo correcto… ¿todo correcto? Resulta que ya no tengo hipertensión ocular. Me quita las gotas que llevaba tiempo echándome y me cita para después del verano, a ver si esto de la hipertensión ocular ya ha desaparecido definitivamente. Dos de cuatro, vamos mejorando.

Llega la primavera, que en mi caso suele alterarme mucho, sobre todo por la maldita alergia. Ya en su momento escribí algo sobre el tema. Así que, a finales de marzo o principios de abril, pido cita para el alergólogo. Con este doctor me pasa como con Julio, se lleva charlando conmigo un montón de tiempo. Y cuando venía también mi hija Carmen era todavía peor. Como ella es química, se liaban a hablar de las investigaciones en el hospital, de los especialistas que trabajaban con él, de los tratamientos. Total, una tarde perdida.

Primero me pregunta cómo me fue el año pasado y como últimamente parece que ya no me hacen tanto efecto los pólenes, me dice que lo quiere comprobar y que pase a la sala donde está la ayudante del médico.

La ayudante, también médico especialista en alergología, según dice un diploma que cuelga en una de las paredes, me hace las pertinentes pruebas. La primera es medir mi capacidad pulmonar, soplando a través de un tubo que está unido a una máquina que calcula si me llega bien el aire a los pulmones. Esto lo supero siempre con nota, aquí se demuestra que hacer deporte es bueno. Pero cuando llega el momento de los pinchazos con una lanceta en el brazo, para introducir pequeñas cantidades de alergeno para ver cómo reacciono, ya sé el resultado. Me hace unas veinte punciones y en cada una de ellas pone un extracto de aquello a lo que puedo ser alérgico: ácaros del polvo y pólenes de todo tipo. Casi todas se ponen rojas, se hinchan y me pican una enormidad. No puedo rascarme, claro y lo único que me alivia es soplar sobre el antebrazo, pero ni con esas. Paso al despacho del médico y me dice lo que ya sabía: sigo reaccionando con bastante virulencia a la presencia de olivo, gramíneas, malezas y plátanos de sombra. Así que debo comenzar la medicación. Tampoco me libraré este año de los estornudos, toses y picor en los ojos, sobre todo cuando voy a la Romería de Aroche, que es a finales de mayo. Tres de cinco, vuelve a empeorar la estadística.

Para finalizar la ITV pido cita al dermatólogo, mejor dicho, a la dermatóloga. Aunque el número de mujeres médicos, o médicas, como se prefiera, ha aumentado significativamente en los últimos años, a mí me ven pocas mujeres todavía. Yo no llego ni de lejos a la paridad, así que no sé cómo me atrevo a votar a la izquierda, vergüenza debería darme. Y menos mal que hace un año cambié de especialista, porque antes también era un hombre. A veces me planteo intentar igualar este aspecto, pero no sé a quien cambiar. Al urólogo desde luego no, porque examina partes delicadas e íntimas de mi organismo que no me apetece enseñar a cualquiera. Como tampoco me cambiaría a una proctóloga, faltaría más.

Cuando me ve entrar la dermatóloga lo primero que hace es levantarse de su sillón, dirigirse hacia mí y examinarme la frente y el cuello. Pasa los dedos por encima de algunas pequeñas manchas rojizas que me han aparecido hace unos meses. También le digo que en la cabeza me han salido dos o tres granitos que me molestan bastante. Me separa el cabello en las zonas que yo le indico y frunce el ceño. Ufff, malo, pensé yo.

—José Manuel, lo que te ha salido en la frente y en el cuero cabelludo es una queratosis actínica.

 ¡Toma ya! Y eso, ¿qué demonios será? Antes de que formule la pregunta en voz alta, me lo explica:

—La queratosis actínica es una manifestación del envejecimiento de la piel que suele aparecer a partir de los 50 años. Se produce por haber pasado tiempo al sol sin haber tenido una protección adecuada.

Ya estamos. Cuando uno envejece, de todo aparece. De joven, ni próstata, ni hipertensión, ni colesterol, ni vista cansada ni piel arrugada. Me están saliendo pareados a punta pala, pero maldita la gracia que me hacen.

—Tenemos varias opciones —me dice–. Una, utilizar crioterapia, es decir, enfriamiento mediante nitrógeno líquido. Otra, mediante electrocirugía. Estos dos suelen tener efectos secundarios como cicatrices, infecciones, etc. Y un tercero, que es el que más me gusta utilizar, es un tratamiento con una crema que está dando muy buenos resultados. Tú eliges.

—Por supuesto, la tercera (la c, la c, como se diría en el chiste). —Prefiero la crema, que será menos doloroso.

Ella sonríe y me muestra las fotos de un libro que tiene encima de la mesa. En ella se ve a un paciente con queratosis en la calva, con un pie de foto que dice “Paciente antes del tratamiento”. La tiene casi toda llena de manchas rojas y marrones, además de pecas. Pasa la hoja y se ve la misma foto, pero algo en ella ha cambiado. En el pie de página pone “Primera semana de tratamiento”. Ahora se ve que las manchas se han oscurecido y agrandado bastante, cubriendo casi toda la cabeza. Pero lo peor viene en la siguiente foto, la de la segunda semana de tratamiento. Las manchas se han convertido en costras, en heridas, como si le hubiera caído aceite encima.

Viendo mi cara de susto, la alergóloga me dice:

—No debes preocuparte demasiado. No todos los pacientes sufren la misma reacción.

Y me enseña otras fotos en las que, efectivamente, apenas se ven los efectos del tratamiento.

—Y ahora mira cómo queda la piel después de terminar, pasado un mes y medio.

La calva del primer paciente está perfectamente como si no hubiera tenido la enfermedad. Como yo suspiro de alivio y a mi rostro volvió una tímida sonrisa, me preguntó:

—Entonces, ¿te decides por la crema?

Aunque dudé un poco, le contesté que sí. Me hizo una receta en la que indicaba cómo tenía que darme la pomada y me despidió diciéndome que volviera una semana después de terminar el tratamiento,

Ahora prefiero no describir lo que pasé durante el mes y medio que duró la tortura. Hay fotos y testimonios que lo atestiguan. Me acuerdo, sobre todo, de la cara de mi hijo cuando me vio en Madrid. Tuve que explicarle que no era lo que parecía, que no me había caído una sartén de aceite hirviendo ni me había caído en una marmita de agua caliente. Tuve que explicar a amigos y vecinos, unas veinte o treinta veces en total, lo que me pasaba. La gente se quedaba más tranquila porque, entre otras cosas, había empezado a hacerme el vacío y alejarse de mí, como si yo estuviera apestado, como si tuviera una enfermedad contagiosa.

Al cabo de dos meses de haber ido por primera vez a la consulta, unas dos semanas después de finalizado el tratamiento, volví a la alergóloga. Apenas me quedaban rastros de la queratosis. La doctora revisó detenidamente toda la frente y el cuero cabelludo y me dijo que ya no tenía nada, que podía quedarme tranquilo, pero que me aconsejaba, mejor dicho, me ordenaba, que a partir de ahora me pusiera en la cara una crema de protección total, que evitara en lo posible la exposición al sol y que, obligatoriamente, tenía que ponerme una gorra o un sombrero.

—Esto es una prescripción médica, José Manuel. Es tanto o más importante para ti evitar el sol en las horas centrales del día, ponerte un sombrero y una gorra y darte la crema protectora, como para un diabético ponerse insulina o para un hipertenso evitar la sal. Así que, tú verás.

Seguimos hablando unos minutos más y al final se despidió con la frase que da inicio a este pequeño relato.

Regresé a mi casa andando. Aunque está bastante lejos de la consulta, me gusta mucho andar. Por el camino iba mirando a todas las personas que llevaban sombrero o gorra. Según mi criterio, a unos los envejecía, a otros los hacía parecer ridículos, a otros les sentaba como a un Cristo dos pistolas; y algunos, pocos, seguramente los que estaban acostumbrados a llevarlos desde jóvenes, les sentaba muy bien. ¿A qué grupo pertenecería yo? ¿Qué tipo de sombrero me compraría o qué gorra debería usar? Tenía claro que, con ropa deportiva, gorra y con ropa normal, de vestir, sombrero. Hasta ese momento yo sólo me había puesto un gorrito cuando era pequeño, unos cinco o seis años. Lo sé porque hay fotos que lo demuestran: mi hermano y yo, vestidos iguales y con gorritas de paja en la cabeza. Estamos para vernos. También me puse una vez, en la Romería de Aroche, un sombrero de ala ancha, que no sé quién me prestó. Me lo puse una vez, vi la foto que me hicieron, en la que estoy con Carmen, mi mujer, y decidí no ponérmelo más. Horrible experiencia.

Cuando llegué a casa y le expliqué a mi mujer lo que me había dicho la alergóloga, se puso muy contenta:

—Mañana mismo vamos a la sombrerería y te compro un sombrero. Te lo voy a regalar por tu cumpleaños.

¡Qué error! ¡Qué inmenso error! Dejar que mi mujer decidiera por mí la compra del sombrero fue un fallo enorme. Como yo iba por la mañana a mi clase de ópera, quedamos en vernos en la calle Alcaicería, donde está una de las sombrererías más antiguas y de más tradición de Sevilla. Cuando llegué, ella ya me estaba esperando en la esquina de la calle que da a la Plaza de la Alfalfa. Anduvimos unos metros y entramos en la tienda. Para mi sorpresa, había cinco o seis clientes. Y yo que pensaba que nadie compraba sombreros en estos tiempos. Pues no, y más sorpresa, la mayoría eran bastante más jóvenes que yo. Eso me tranquilizó.

Mientras esperábamos nuestro turno, miramos los sombreros que había en las estanterías. Cuando le señalé uno que más o menos me gustaba, me dijo:

—De eso nada, parece que vas a ir a arrancar jaguarzos.

Desde el primer momento, Carmen se decidió por un modelo que a mí no me gustaba nada. Me imaginaba con él puesto, como si fuera un antiguo señorito andaluz montado a caballo o un romero que se dirige al Rocío.

—¡Qué elegante vas a estar con él puesto! —decía entusiasmada. Yo no sabía dónde meterme. Me dieron ganas de salir corriendo, pero en eso, que ya nos toca.

—Por favor, me puede enseñar ese sombrero de ahí —dijo dirigiéndose a una empleada. —Es para mi marido, aquí presente.

La mujer me miró, calculó mentalmente mi talla, se fue al almacén y al cabo de unos minutos regresó con un par de sombreros del mismo tipo, pero de distintos tamaños. Me probé el primero, me miré al espejo y en él se reflejó un señor mayor, de mirada asombrada, como no entendiendo lo que estaba viendo. “¿Pero, ese que está ahí soy yo, de verdad?” Estuve a punto de soltar un exabrupto, una maldición, una grosería, pero escuché la voz de mi mujer.

—¡Qué bien te queda! Como un guante, no cabe duda. ¿Verdad? —dijo en voz alta, para que la escuchara todo el mundo.

—La verdad es que sí —dijeron al unísono las empleadas y una señora que estaba con su marido comprándole un sombrero andaluz de ala ancha. El hombre me miró con conmiseración y agachó la cabeza.  “Di algo, por favor, aunque sólo sea por solidaridad”. Pero se calló, el muy cobarde.

—Creo que me queda un poco grande —me atreví a decir. Casi no me salía la voz, de avergonzado que estaba.

—Pruébese este, caballero. Seguro que le quedará bien —susurró la empleada, pero yo noté que su cara reflejaba cierta duda.

—Éste sí que te queda perfecto —exclamó alborozada mi mujer. —Nos lo llevamos, no se hable más.

Y no se habló. Porque, encima, para más escarnio, tuve que llevar el sombrero puesto desde la tienda a casa “para que te vayas acostumbrando”, primero andando por el centro de Sevilla y después en el tranvía. Para que me viera toda la ciudad, vamos. Yo no quería mirarme en los reflejos de los escaparates, ni mirar a los ojos a las personas que se cruzaban con nosotros, ni a la chica que se sentó frente a mí en el tranvía. Me dediqué a mirar hacia el frente o hacia el cielo, como quien espera que le caiga un meteorito encima y lo libre de semejante tortura. Pero no pasó nada.

Llegamos a casa y a mi hija también le gustó, pero viendo mi cara y como ya me conoce, me preguntó:

—Papá, ¿a ti te gusta de verdad? Porque no te veo convencido. Si no te gusta y no te lo vas a poner, mejor descámbialo por otro.

Y entonces pude desahogarme.

—¿Yo, convencido? ¿Convencido yo? Pues no. No estoy convencido, no me gusta el sombrero, parezco un viejo de derechas, me parece un sombrero antiguo, pasado de moda, ni me gusta ni me gusto. Así que mañana mismo lo voy a descambiar.

Lo dije casi gritando, con firmeza, para evitar que Carmen pudiera replicar y me intentara convencer de lo contrario. Esperaba una discusión, pero, para mi sorpresa, dijo:

—Nada, sin problemas. Aquí tienes el recibo. Guarda bien el sombrero, mételo en su caja y vete a la tienda. Pero yo no te voy a acompañar. Si te compras un adefesio, será tu culpa, no la mía.

Cuando llegué a la tienda, como el día anterior, el local estaba lleno de gente. Tuve que esperar bastante rato y, mientras tanto, observé con atención los diferentes sombreros que se exponían en los anaqueles. Esta vez vi uno que sí me gustó. Era un sombrero blanco, de paja, con una cinta negra. El ala ligeramente curvada por detrás y casi plana por delante. Era mucho menos aparatoso que el que me había comprado Carmen y parecía más ligero, más veraniego, lo que en Sevilla se agradece.

Al fin llegó mi turno y me atendió la misma empleada. Cuando puse la caja con el sombrero en el mostrador, antes de que yo comentara nada, la vendedora dijo con una sonrisa:

—Viene a descambiarlo, ¿verdad? Ayer no quise comentar nada, este modelo no va con su estilo. Pero como su mujer estaba tan entusiasmada y usted no protestó, no me atreví a contradecirla. Creo que el que mejor le puede sentar es éste.

Y me mostró precisamente el modelo que yo había seleccionado, un sombrero panamá, mucho más elegante según mi gusto. Me probé distintos tamaños hasta que encontré uno que se ajustó perfectamente a mi cabeza. Cuando me miré al espejo, esta vez no sentí vergüenza, más bien al contrario, me gustó cómo me quedaba. Y los comentarios de las empleadas, esta vez no coaccionadas por Carmen, me dieron la razón.

Cuando llegué a casa, ¡oh, sorpresa!, mi mujer también me dio la razón. “Te queda mucho mejor que el otro, es más elegante”. “Pero que no sirva de precedente”, me dijo.

Los primeros días, cuando salía a la calle, siempre se me olvidaba ponérmelo, por la falta de costumbre y porque lo dejé en su caja, encima de la mesa de la habitación de Santiago, que está vacía. Pero ahora, que ya está colgado en la entrada, siempre salgo con él. Al final, me he convencido de que no me sienta tan mal y de que es un buen aliado contra las lesiones solares. Hay prescripciones médicas que merece la pena seguir.

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