Queridos Melchor y Gaspar Black Friday

Dos cosas. Primero, no me olvido de Baltasar, no. Me cae simpático, suele ser el preferido de los niños y también de mi familia, pero tiene cada vez más complicada la cosa esa de atravesar el Mediterráneo si no vas en crucero o en un yate de superlujo. Salvini ya no está en Italia, aunque ahora Berlusconi, que es incombustible, se ha sacado de la manga, como buen prestidigitador que es, la idea de crear un ejército europeo que reciba a cañonazos a aquellos que se atrevan a asomar la cabeza de manera ilegal a la vieja Europa. Como a Italia no tenéis que ir, que allí os hace la competencia la buena y anciana bruja Befana, no tendréis problema.  Pero aquí ha llegado Vox, que tampoco es moco de pavo. Y en este momento es cuando, para seguir con la tradición iniciada por mi hijo Santiago de añadir expresiones de este tipo para así alargar los textos y tener que romperse menos la cabeza, viene la explicación del origen de esta expresión tan castellana:

Se emplea la expresión “no es moco de pavo” para indicar que algo tiene más valor o trascendencia de la que parece. Habitualmente se utiliza para hacer hincapié en el valor de algo que otra persona no tiene en cuenta.

Se dice que el origen de este modismo proviene de la España del siglo XVI, cuando era común y extendido el uso de relojes de bolsillo, que los rufianes se dedicaban a robar. Para robarlos más fácilmente, los ladrones separaban la esfera del reloj de la cadena a la que iban sujetos, que estaba a su vez fijada a un botón en las ropas de sus víctimas. La cadena quedaba entonces colgando, pero sin reloj. Estos ladrones llamaban “pavo” a sus víctimas, siendo el “moco” la cadena sin valor que dejaban colgando de sus ropas, haciendo alusión a la membrana flácida que posee el mencionado animal sobre su pico. Una vez robado, la cadena era “moco de pavo”, es decir, algo que colgaba sin valor. De ahí que cuando se dice que algo “no es moco de pavo”, quiere decir que no se trata de algo sin valor, sino de algo importante (explicación sacada del periódico Las Provincias).

Segundo. Lo del apellido Black Friday es por el tema de la crisis que se avecina y que, según todos los astrólogos y comentaristas políticos de la Cope, Okdiario, PeriodistaDigital y similares, está a la vuelta de la esquina. Sobre todo, si Pedro y Pablo consiguen formar gobierno con el apoyo de independentistas y demás ralea, según los mencionados diarios, y los Eres de Andalucía no lo impiden. Así que habrá que aprovechar que nos hemos vuelto locos con estos inventos americanos, pero que, si sirven para ahorrar, bienvenidos sean. A vosotros os vendrá bien, ya que la realeza está de capa caída (aquí no me extenderé en explicar de dónde viene esta expresión también muy castiza, porque proviene de la tauromaquia y a mí, la verdad sea dicha, no me atrae ese llamado arte), véase si no el annus horribilis de la casa real inglesa, y tendréis que ahorrar para la jubilación que, según se pronostica, cada vez será más precaria.

OS RECUERDO que el tema político lo lleváis muy mal, a pesar de que hace tiempo que os lo pido: seguimos igual, yo diría peor, que hace un año. Ni más gobierno ni menos independentismo y, por supuesto, mucho más Vox. Así que me dirigiré en este tema a la Bruja Befana, a San Nicolás o a Papá Noel (no, a este no, que es de la Coca-Cola). Por si acaso esta vez  queréis trabajar en ese tema sólo os pido una cosa: que no haya nuevas elecciones, por favor. Porque si no, Vox será el partido más votado y Abascal el nuevo presidente. Así que no os arriendo las ganancias: sois inmigrantes que venís de Asia, pasáis por África y cruzáis el estrecho en compañía de un negro. Milagro sería que Abascal no se uniera con Berlusconi y os fusilaran ipso facto, sin juicio ni nada.

Por tanto, pediré lo de siempre: salud, mucho amor y buenos trabajos para mis hijos, aunque Santiago no se puede quejar, así que a él dejadlo estar como está en lo del trabajo y presentadle a una muchacha que le convenga; a Carmen, lo de siempre, que tampoco ayudáis demasiado en este tema: o le buscáis un novio que la quiera mucho, rico, joven y guapo (si no puede ser todo, por lo menos las dos primera características), que apruebe las oposiciones y un buen trabajo (esto último seguramente vendría aparejado con lo de las oposiciones, pero si hay una alternativa mejor, no lo dudéis, un buen trabajo, que le guste, se gane mucho y sea de por vida).

Para mí, lo de siempre: libros para leer y una buena librería donde colocarlos, que ya apenas tengo sitio. Libros que me gustaría leer: el ganador y el finalista del Premio Planeta, o sea, Terra Alta, de Javier Cercas y Alegría, de Manuel Vilas. Son dos de los escritores actuales que más me gustan. Tampoco me importaría el último de Dolores Redondo, La cara norte del corazón, que es la precuela de la trilogía del Baztán que tanto me gustó, o Malaherba, de Manuel Jabois. Pero creo que son muchos libros, así que habrá que dejar alguno para el santo, el cumpleaños o el día del libro.

Me despido con un deseo que hago extensivo a todo el mundo: sed felices, aunque vosotros lo tenéis fácil porque siempre es más feliz quien hace feliz a los demás.

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Tempestades

En el año 1977 pasé de la disciplina, el desasosiego y el tiempo tirado y perdido en la mili, al trabajo en Camariñas. De una gran ciudad monumental y luminosa como Sevilla, a un pequeño pueblo acostado en una ensenada y escondido en una ría, en plena Costa da Morte. De las mañanas en una oficina rodeado de soldados y oficiales, tecleando en una máquina de escribir absurdos oficios, dando clases de lengua, matemáticas o historia a un teniente para que aprobara el examen que le permitiría ascender a capitán, a mañanas rodeado de niños y niñas traviesos, curiosos, dicharacheros, inocentes. De tardes interminables y aburridas en el cuartel a tardes llenas de conversaciones con los compañeros y excursiones por los alrededores del pueblo, descubriendo cada día rincones llenos de encanto y de misterio.

El primer año de Camariñas tenía una habitación alquilada en la pensión de la señora Carmen. La habitación estaba en la primera planta, a la que se accedía por una escalera con escalones de madera. Era un cuarto pequeño, en el que apenas cabían una cama, una mesilla y un armario. Encima de la cama, un crucifijo sencillo y en una de las paredes una foto en blanco y negro del faro del Cabo Vilán (en aquella época le llamábamos el cabo Villano). Lo mejor era el pequeño y estrecho balcón que daba a la ría. Abría las dos hojas de la puerta, me acodaba en la barandilla y podía pasar las horas mirando el puerto, los barcos de pesca, las pequeñas barcas varadas en la arena, las gaviotas y, sobre todo, los temporales, aunque en este caso, tenía que ver el espectáculo con la puerta del balcón cerrada. El viento del oeste entraba aullando por la boca de la ría, arrastrando nubes cargadas de agua y olas que movían furiosamente los pesqueros fondeados y las copas de los pinos que bordeaban la costa.

En la pensión desayunaba y comía el farero, Luis, un hombre alto, delgado, con grandes entradas en el pelo, nariz aguileña y ojos muy claros. Era poco hablador y apenas participaba en las conversaciones que teníamos después de comer la señora Carmen, Arturo, otro maestro que tenía una habitación alquilada como yo, Arsenio, el sargento de la guardia civil, que también comía allí y un comerciante que un par de días a la semana dormía en la pensión.

Una mañana, Luis, cosa extraña en él y como hablando para sí mismo o para alguien que no estaba en el comedor pues éramos los únicos que desayunábamos en ese momento, dijo:

– Esta tarde se espera un buen temporal. ¿Te gustaría verlo desde el faro?

Era la primera vez que Luis se dirigía a mi de manera tan directa, así que tardé unos instantes en contestar, quizás aturdido por la sorpresa.

-Claro, me encantaría. Salgo de clase a las cuatro y media, así que sobre las cinco allí estaré.

Seguimos desayunando sin cruzar una palabra más.

El día transcurrió como cualquier otro en el colegio. Niños y niñas distraídos, inquietos, levantándose de los asientos sin el menor motivo o atentos a alguna explicación, escribiendo o resolviendo problemas. Yo estaba pendiente del viento y de las nubes y aguardaba con impaciencia el final de las clases. A las cuatro y media en punto sonó la sirena y una vez que todos salieron del aula y que yo intercambiara algunas palabras con mis compañeros, me subí a mi 127 amarillo y puse rumbo al faro.

Había recorrido ese camino muchas veces. Una vez dejadas atrás las últimas casas, la carretera se empina ligeramente. Los maizales y sembrados de patatas y berzas van dejando paso a pinos y eucaliptos. El mar se adivina a la izquierda y se puede ver la ermita de la Virgen del Monte. Poco después el paisaje cambia, la vegetación casi desaparece, apenas unos matorrales y tojos, y se divisa el imponente faro que se yergue en una roca alzada sobre el mar. Las olas rompen con fuerza y el ruido sordo llega hasta la explanada en la que aparcan los coches.

Aquella tarde fui más despacio que otras veces, pues no quería llegar antes de tiempo. Subí la última cuesta que lleva hasta el faro. A la derecha, playas vírgenes de arena blanca y el camino de tierra que solía recorrer para ir hasta las aldeas de Santa Mariña y Arou y al pueblo de Camelle, pasando por el cementerio de los ingleses, donde se encuentran los restos de los marineros del acorazado inglés Serpent y por el Monte Branco, una enorme duna a cuyos pies crecen las caramiñas, unos arbustos autóctonos.

A las cinco en punto, cuando yo estaba aparcando el coche, Luis salió del edificio por el que se accede a la base del faro, miró al cielo y me saludó, haciéndome un gesto para que lo siguiera. Nunca había entrado en el blanco edificio cuadrado y de dos plantas. Me enseñó algunas dependencias de las que apenas recuerdo una especie de sala con muchos aparatos electrónicos y entramos en el túnel que lleva desde el edificio a la base del faro. Ascendimos por una estrecha escalera por la torre hasta llegar a la linterna. No conté el número de escalones, pero la subida no parecía tener fin.

Cuando llegamos al foco, me quedé sin respiración. La vista era realmente impresionante. Aunque todavía quedaban un par de horas de luz, el cielo se estaba oscureciendo con rapidez, pues unas nubes negras estaban ocultando el sol. El viento soplaba cada vez más fuerza y llegó un momento en que noté que la torre se movía. Entré en pánico, pero Luis me tranquilizó diciéndome que todos los edificios altos tienen que tener una cierta flexibilidad pues una rigidez absoluta podría dañarlos e incluso derribarlos debido a un fuerte viento o a terremotos. Y también me explicó, mientras andábamos alrededor del foco, que éste flotaba sobre una cuba llena de mercurio que permitía el giro del conjunto óptico. Me aseguró que algunas veces, cuando el viento era muy fuerte, el mercurio podía salirse de la cuba.

En un determinado momento el foco comenzó a girar y a emitir los destellos que se podrían ver a muchos kilómetros de distancia. Yo estaba totalmente extasiado con lo que veía y sentía: olas cada vez más altas que se estrellaban contra las rocas produciendo enormes cortinas de espuma, nubes oscuras que se desplazaban con rapidez y de las que, de vez en cuando, salían relámpagos, la lluvia que comenzaba a golpear con fuerza el cerramiento acristalado de la linterna, el ruido cada vez más ensordecedor del viento, el movimiento de la torre… No sé cuánto tiempo pasó. A mí me parecieron horas, pero cuando miré el reloj eran poco más de las seis y media de la tarde. Luis comprobó que todo estaba en orden y funcionando sin problemas y comenzamos a descender. Seguía notando cada vez más amortiguado el movimiento de la torre y llegamos hasta el edificio. La tormenta estaba en todo su apogeo y Luis me convenció para que no me fuera y que esperara a que la tempestad amainara algo. Me preparó un café y charlamos relajadamente durante un par de horas. Quizás en otra ocasión cuente algunas de las experiencias que, según él, le ocurrieron en otras tierras y en otros faros.

Ayer reviví aquella tarde en el faro de Camariñas. Por la mañana, Carmen y yo contemplamos las olas en Riazor, el Orzán y la Torre de Hércules. La marea estaba baja y aunque el viento soplaba con fuerza y las olas rompían con estruendo en las rocas y en la arena, cubriéndose en gran parte de espuma blanca, aún no llegaba a ser un espectáculo sublime, como sí pudimos contemplar mi hermano Rafael y yo por la tarde. Esta vez Carmen no quiso venir, pues ya había tenido suficiente con la experiencia matutina.

Llegamos con el coche hasta el Portiño y aparcamos frente a las Islas de San Pedro, que reciben el mismo nombre que el monte que tenemos detrás. El viento apenas nos deja abrir las puertas y tenemos que hacer verdaderos esfuerzos para andar. Ya hay varias personas que están haciendo fotos a las olas que rompen con estruendo contra las rocas de la costa. El canal que separa la tierra de las islas está totalmente blanco por la espuma y el ruido es cada vez más ensordecedor. Saco el móvil y hago algunas fotos y vídeos. En un determinado momento el viento casi me arranca el móvil de las manos. La naturaleza se muestra en todo su esplendor, pero también con todo su peligro. Tenemos que ser humildes y reconocer que somos muy frágiles ante los elementos.

Regresamos al coche, seguimos por la carretera que nos lleva hasta el Milenium y allí volvemos a parar y bajarnos. Ahora vemos la belleza del oleaje rompiendo contra Riazor y el Orzán. Mar azul y blanco, los colores de la bandera gallega y de la camiseta del Dépor. Pobre Dépor.

Ya es casi de noche y el faro de la Torre de Hércules comienza a destellar. Es hora de regresar y echo una última mirada al paisaje que nos ha deleitado con una demostración de fuerza y de belleza que hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Los meteorólogos predicen que esto continuará unos días más. Qué suerte.

Jornada de reflexión y Ensayo sobre la lucidez

Han pasado un par de días desde el lamentable espectáculo que nos ofrecieron en el debate los candidatos a las elecciones del próximo día 10. Lo único que se salvó, a mi modo de ver, fue la intervención de Ana Blanco, la presentadora de Televisión Española, viendo lo que tenía delante y teniendo en cuenta uno de los temas a tratar en el siguiente bloque, la igualdad: cinco hombres y ninguna mujer.

Cuando quedan menos de 72 horas para que se abran las urnas, no me resisto a compartir una reflexión de mi antiguo compañero de Instituto, José María González-Serna acerca de lo que pudimos ver y oír en ese debate. A muchos se nos cayó la cara de vergüenza ante el clamoroso silencio de los candidatos, sobre todo Sánchez e Iglesias,  que tendrían que haber replicado con dureza, ante las mentiras y barbaridades que soltó Abascal. Aunque me duela decirlo ninguno, repito, ninguno, de los cinco candidatos, merece presidir el próximo gobierno. Sé que no hay alternativa y que Sánchez o Casado serán presidentes, pero si hubiera justicia divina, que no la hay, eso no debería suceder.

Sé que es una utopía, pero me gustaría que se cumpliera lo que José Saramago escribió en su novela Ensayo sobre la lucidez. En algún momento todos nuestros políticos, sin excepción, tendrían que recibir una soberana lección. Y una de las maneras, ya sabéis, es mostrando nuestra indignación con un mayoritario voto en blanco. De todas formas, aunque no os lo creáis, todavía no sé lo que voy a hacer el próximo domingo porque, sin duda, nos jugamos mucho.

José María González-Serna comienza su artículo así:

“Hace un par de días hubo debate electoral. Ya saben: cinco candidatos representando a otros tantos partidos, de la derecha a la izquierda; cinco mensajes; cinco actitudes, más o menos diferentes; cinco posibilidades. Subyacía la idea de que había que elegir; flotaba en el ambiente que, si no decidías, serías culpable de lo que pasase.
Uno de ellos, Santiago Abascal, el líder de Vox, coloca su mensaje: sereno, sin estridencias, mirando a cámara, que es como mirarnos a todos a los ojos. Dice que hay miles -¿Ochenta mil? No recuerdo- de denuncias de mujeres por violencia machista archivadas en los juzgados. Silencio. El resto de los candidatos -de la derecha a la izquierda- callan, miran sus papeles, hacen como que anotan, buscan en sus maletines, no sé. Espero la réplica de alguno de ellos. Silencio de nuevo. Se cambia de tema. Un rato después, el mismo Abascal vuelve a disponer de la palabra. Ahora se centra en los MENAS, ya saben, esas siglas con las que ahora parece que hay que referirse a los menores -niños y niñas, no olvidemos- inmigrantes sin papeles. Mediante una anécdota que alude a un centro de atención de Madrid, creo, vincula con determinación la inseguridad ciudadana y la presencia de estos niños. Silencio atronador tras su intervención. Los otros políticos presentes siguen leyendo, anotando, buscando en el baúl de los recuerdos. Estoy anonado. Sigue hablando el tal Abascal: protección de la mujer contra violadores inmigrantes en manada que se van de rositas. Y sigue y sigue, mientras los demás también siguen empeñados en un disimulo melancólico que podría arrancarnos una sonrisa si no fuera tan trágica la situación…”

Seguid leyendo en el siguiente enlace, porque merece la pena.

Jornada de reflexión (por José María González-Serna).