Tempestades

En el año 1977 pasé de la disciplina, el desasosiego y el tiempo tirado y perdido en la mili, al trabajo en Camariñas. De una gran ciudad monumental y luminosa como Sevilla, a un pequeño pueblo acostado en una ensenada y escondido en una ría, en plena Costa da Morte. De las mañanas en una oficina rodeado de soldados y oficiales, tecleando en una máquina de escribir absurdos oficios, dando clases de lengua, matemáticas o historia a un teniente para que aprobara el examen que le permitiría ascender a capitán, a mañanas rodeado de niños y niñas traviesos, curiosos, dicharacheros, inocentes. De tardes interminables y aburridas en el cuartel a tardes llenas de conversaciones con los compañeros y excursiones por los alrededores del pueblo, descubriendo cada día rincones llenos de encanto y de misterio.

El primer año de Camariñas tenía una habitación alquilada en la pensión de la señora Carmen. La habitación estaba en la primera planta, a la que se accedía por una escalera con escalones de madera. Era un cuarto pequeño, en el que apenas cabían una cama, una mesilla y un armario. Encima de la cama, un crucifijo sencillo y en una de las paredes una foto en blanco y negro del faro del Cabo Vilán (en aquella época le llamábamos el cabo Villano). Lo mejor era el pequeño y estrecho balcón que daba a la ría. Abría las dos hojas de la puerta, me acodaba en la barandilla y podía pasar las horas mirando el puerto, los barcos de pesca, las pequeñas barcas varadas en la arena, las gaviotas y, sobre todo, los temporales, aunque en este caso, tenía que ver el espectáculo con la puerta del balcón cerrada. El viento del oeste entraba aullando por la boca de la ría, arrastrando nubes cargadas de agua y olas que movían furiosamente los pesqueros fondeados y las copas de los pinos que bordeaban la costa.

En la pensión desayunaba y comía el farero, Luis, un hombre alto, delgado, con grandes entradas en el pelo, nariz aguileña y ojos muy claros. Era poco hablador y apenas participaba en las conversaciones que teníamos después de comer la señora Carmen, Arturo, otro maestro que tenía una habitación alquilada como yo, Arsenio, el sargento de la guardia civil, que también comía allí y un comerciante que un par de días a la semana dormía en la pensión.

Una mañana, Luis, cosa extraña en él y como hablando para sí mismo o para alguien que no estaba en el comedor pues éramos los únicos que desayunábamos en ese momento, dijo:

– Esta tarde se espera un buen temporal. ¿Te gustaría verlo desde el faro?

Era la primera vez que Luis se dirigía a mi de manera tan directa, así que tardé unos instantes en contestar, quizás aturdido por la sorpresa.

-Claro, me encantaría. Salgo de clase a las cuatro y media, así que sobre las cinco allí estaré.

Seguimos desayunando sin cruzar una palabra más.

El día transcurrió como cualquier otro en el colegio. Niños y niñas distraídos, inquietos, levantándose de los asientos sin el menor motivo o atentos a alguna explicación, escribiendo o resolviendo problemas. Yo estaba pendiente del viento y de las nubes y aguardaba con impaciencia el final de las clases. A las cuatro y media en punto sonó la sirena y una vez que todos salieron del aula y que yo intercambiara algunas palabras con mis compañeros, me subí a mi 127 amarillo y puse rumbo al faro.

Había recorrido ese camino muchas veces. Una vez dejadas atrás las últimas casas, la carretera se empina ligeramente. Los maizales y sembrados de patatas y berzas van dejando paso a pinos y eucaliptos. El mar se adivina a la izquierda y se puede ver la ermita de la Virgen del Monte. Poco después el paisaje cambia, la vegetación casi desaparece, apenas unos matorrales y tojos, y se divisa el imponente faro que se yergue en una roca alzada sobre el mar. Las olas rompen con fuerza y el ruido sordo llega hasta la explanada en la que aparcan los coches.

Aquella tarde fui más despacio que otras veces, pues no quería llegar antes de tiempo. Subí la última cuesta que lleva hasta el faro. A la derecha, playas vírgenes de arena blanca y el camino de tierra que solía recorrer para ir hasta las aldeas de Santa Mariña y Arou y al pueblo de Camelle, pasando por el cementerio de los ingleses, donde se encuentran los restos de los marineros del acorazado inglés Serpent y por el Monte Branco, una enorme duna a cuyos pies crecen las caramiñas, unos arbustos autóctonos.

A las cinco en punto, cuando yo estaba aparcando el coche, Luis salió del edificio por el que se accede a la base del faro, miró al cielo y me saludó, haciéndome un gesto para que lo siguiera. Nunca había entrado en el blanco edificio cuadrado y de dos plantas. Me enseñó algunas dependencias de las que apenas recuerdo una especie de sala con muchos aparatos electrónicos y entramos en el túnel que lleva desde el edificio a la base del faro. Ascendimos por una estrecha escalera por la torre hasta llegar a la linterna. No conté el número de escalones, pero la subida no parecía tener fin.

Cuando llegamos al foco, me quedé sin respiración. La vista era realmente impresionante. Aunque todavía quedaban un par de horas de luz, el cielo se estaba oscureciendo con rapidez, pues unas nubes negras estaban ocultando el sol. El viento soplaba cada vez más fuerza y llegó un momento en que noté que la torre se movía. Entré en pánico, pero Luis me tranquilizó diciéndome que todos los edificios altos tienen que tener una cierta flexibilidad pues una rigidez absoluta podría dañarlos e incluso derribarlos debido a un fuerte viento o a terremotos. Y también me explicó, mientras andábamos alrededor del foco, que éste flotaba sobre una cuba llena de mercurio que permitía el giro del conjunto óptico. Me aseguró que algunas veces, cuando el viento era muy fuerte, el mercurio podía salirse de la cuba.

En un determinado momento el foco comenzó a girar y a emitir los destellos que se podrían ver a muchos kilómetros de distancia. Yo estaba totalmente extasiado con lo que veía y sentía: olas cada vez más altas que se estrellaban contra las rocas produciendo enormes cortinas de espuma, nubes oscuras que se desplazaban con rapidez y de las que, de vez en cuando, salían relámpagos, la lluvia que comenzaba a golpear con fuerza el cerramiento acristalado de la linterna, el ruido cada vez más ensordecedor del viento, el movimiento de la torre… No sé cuánto tiempo pasó. A mí me parecieron horas, pero cuando miré el reloj eran poco más de las seis y media de la tarde. Luis comprobó que todo estaba en orden y funcionando sin problemas y comenzamos a descender. Seguía notando cada vez más amortiguado el movimiento de la torre y llegamos hasta el edificio. La tormenta estaba en todo su apogeo y Luis me convenció para que no me fuera y que esperara a que la tempestad amainara algo. Me preparó un café y charlamos relajadamente durante un par de horas. Quizás en otra ocasión cuente algunas de las experiencias que, según él, le ocurrieron en otras tierras y en otros faros.

Ayer reviví aquella tarde en el faro de Camariñas. Por la mañana, Carmen y yo contemplamos las olas en Riazor, el Orzán y la Torre de Hércules. La marea estaba baja y aunque el viento soplaba con fuerza y las olas rompían con estruendo en las rocas y en la arena, cubriéndose en gran parte de espuma blanca, aún no llegaba a ser un espectáculo sublime, como sí pudimos contemplar mi hermano Rafael y yo por la tarde. Esta vez Carmen no quiso venir, pues ya había tenido suficiente con la experiencia matutina.

Llegamos con el coche hasta el Portiño y aparcamos frente a las Islas de San Pedro, que reciben el mismo nombre que el monte que tenemos detrás. El viento apenas nos deja abrir las puertas y tenemos que hacer verdaderos esfuerzos para andar. Ya hay varias personas que están haciendo fotos a las olas que rompen con estruendo contra las rocas de la costa. El canal que separa la tierra de las islas está totalmente blanco por la espuma y el ruido es cada vez más ensordecedor. Saco el móvil y hago algunas fotos y vídeos. En un determinado momento el viento casi me arranca el móvil de las manos. La naturaleza se muestra en todo su esplendor, pero también con todo su peligro. Tenemos que ser humildes y reconocer que somos muy frágiles ante los elementos.

Regresamos al coche, seguimos por la carretera que nos lleva hasta el Milenium y allí volvemos a parar y bajarnos. Ahora vemos la belleza del oleaje rompiendo contra Riazor y el Orzán. Mar azul y blanco, los colores de la bandera gallega y de la camiseta del Dépor. Pobre Dépor.

Ya es casi de noche y el faro de la Torre de Hércules comienza a destellar. Es hora de regresar y echo una última mirada al paisaje que nos ha deleitado con una demostración de fuerza y de belleza que hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Los meteorólogos predicen que esto continuará unos días más. Qué suerte.

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