Tres días y dos noches en Bilbao

¿Se puede conocer una ciudad en tres días y dos noches? Seamos sinceros, no. Ni en cuarenta años se puede conocer, ni siquiera superficialmente, una ciudad. Hace cuarenta años que vivo en Sevilla y todavía hay barrios que no he pisado. Estoy seguro de que a muchos de los que lean este artículo-crónica-entrada… o como queramos llamarlo, les sucederá lo mismo. Antes había nacido y vivido mi infancia, adolescencia y juventud en Coruña y también me pasó lo mismo. Ahora que vuelvo dos o tres veces al año recorro las mismas calles y visito los mismos lugares. Quizás porque en ellos me reconozco mejor. Hay personas a las que les gusta vivir en lugares diferentes, necesitan la diversidad, serían incapaces de permanecer mucho  tiempo en el mismo lugar. Otros, como yo, necesitamos la seguridad de lo conocido. Me gusta viajar, pero siempre con un horizonte temporal no demasiado lejano. Quince o veinte días, a lo sumo. Después quiero regresar, instalarme en lo cotidiano. Otro ejemplo de la maravillosa la diversidad del ser humano, en unos prevalecen los genes nómadas y en otros los sedentarios.

A las ciudades les pasa como a las personas, cambian de un día para otro. El José Manuel  de los años sesenta no tiene absolutamente nada que ver con el Xosé Manoel de los ochenta o dos mil veinte. Y no sólo por cuestiones de edad, que ya son bastante importantes, sino, y sobre todo, por la mentalidad, por la experiencia, porque las situaciones personales cambian por el matrimonio y los hijos, porque se valoran otras cosas… La ciudad de Coruña en la que nací se parece muy poco a la Coruña actual. La Sevilla a la que llegué en el año 80 se parece muy poco a la Sevilla de la segunda década del siglo XX. Supongo que a Bilbao le habrá pasado lo mismo, sobre todo con el impulso y los cambios que se produjeron gracias al Guggenheim.

Es la tercera vez que Carmen y yo visitamos Euskadi. La primera vez en el año 2000, cuando regresábamos de un viaje a París (Sevilla-Burgos-Burdeos-París-Castillos del Loira-San Sebastián-Santander-Gijón-Coruña-Sevilla, un largo viaje en coche con nuestros hijos y con los Anarte, del que guardamos buenos y bonitos recuerdos y anécdotas), descansamos en Lasarte y visitamos la ciudad de la Concha. El año pasado hicimos también otro buen tour en coche: Sevilla-Burgos-Vitoria-Pamplona-Cuenca-Sevilla, esta vez solos Carmen y yo. Como nos faltaba por conocer la tercera capital vasca, aprovechamos que Antonio Banderas actuaba en Bilbao con el musical A chorus line, una excusa como otra cualquiera para viajar, y organicé el viaje. Sólo dos días y medio, pues teníamos condicionantes médicos, es decir, revisiones varias, propias de la edad y de los achaques.

Conocíamos las ciudades marítimas del norte, Coruña, Gijón, Santander y San Sebastián, que están cortadas por un patrón similar, aunque cada una con características propias. Son ciudades extrovertidas, bulliciosas, alegres. El norte ya no es lo que era, ya no existen ciudades grises, oscuras, opresivas, aburridas. Además, los puertos de mar tienen un sello característico, son visitadas desde tiempos inmemoriales por gente de todos los lugares y eso ha permitido que las ciudades se permeabilizaran y se abrieran a otros usos y costumbres. Tienen playas urbanas, rondas y paseos al borde del mar, buenos comercios, amplios ventanales par aprovechar la luz, que por esas latitudes no suele abundar, muchos y buenos sitios para comer. La gente da grandes paseos por jardines y avenidas, sobre todo cuando sale el sol, se reconoce y saluda, queda en las cafeterías y en los bares y hace tertulias cuando el tiempo no acompaña.

No sé por qué, me imaginaba que Bilbao sería diferente, más industrial, más cerrada, menos cosmopolita, pero nos hemos encontrado con una ciudad monumental, festoneada de hermosos edificios y plazas amplias que se combinan y complementan perfectamente con calles estrechas y placitas coquetas y silenciosas. Grandes avenidas como la Gran Vía o la Alameda de Recalde, la plaza Euskadi o la Plaza Moyúa, que se puede considerar el centro neurálgico de la ciudad. Y por supuesto, el casco viejo, con callecitas y plazuelas que me recuerdan a mi querida Ciudad Vieja coruñesa, donde la humilde piedra se reivindica como la reina de las casas y del pavimento. Nos llamó la atención la gran cantidad de iglesias que hay por toda la ciudad, lo que remite al fervor religioso del pueblo vasco, bastante tradicional en ese aspecto. También nos llamó mucho la atención la gran cantidad de pastelerías, carnicerías y pescaderías que hay por toda la ciudad, con un género de una gran calidad y variedad, que entra por los ojos. Si en lugar de venir en avión hubiéramos viajado en coche, el maletero se habría llenado y el bolsillo vaciado.

Las ciudades no sólo se reconocen por sus monumentos, sus calles, plazas o jardines. Cada ciudad tiene un pulso, un color, un olor, un sonido diferentes. Nos reconocemos en la ciudad o en el pueblo que nacimos, en las calles que recorrimos de pequeños. Aunque hayan cambiado, siempre queda un poso, un recuerdo que la diferencia de las otras. Bilbao debe de ser de esas ciudades que marcan, que imprimen carácter. Siempre se cuentan anécdotas y chistes sobre la fanfarronería de los bilbaínos, la chulería de los madrileños, la gracia de los gaditanos. Eso son ya lugares comunes, porque la globalización nos ha uniformizado, pero aún quedan pequeños resquicios por los que se puede reconocer, si se presta atención, la procedencia de las personas. El acento, la manera de mirar o de dirigirse a los demás, los gestos al hablar, incluso la forma de vestir o de peinarse pueden dar indicios. En Bilbao no nos hemos encontrado con fanfarrones y sí con personas amables, que se han detenido a nuestro lado cuando mirábamos con atención un edificio y se han puesto a hablar con nosotros para comentar algo. En el hotel, en los bares, en la calle, nos hemos encontrado a gusto como si ya hubiéramos estado allí y formáramos ya parte de la ciudad.

No pretende este artículo ser una guía de Bilbao. Cada vez las hay mejores. Si buscáis en Google podréis encontrar mucha más información de la que aquí os voy a proporcionar. Escribo para que no se me olvide, para recordar dentro de unos años y también, por qué no, como si fuera un ejercicio de redacción que me impusieran para leerlo delante de la clase, que podríais ser los que me leáis, los pocos que me leéis.

Como dije al principio, dos días y medio no dan para mucho, pero ahí va nuestra experiencia.

Jueves, 6 de febrero.

Salimos del aeropuerto de Sevilla con cinco minutos de retraso, a las 9,45. El vuelo a Bilbao duró poco más de una hora. Yo había estado mirando los mapas del tiempo desde hacía diez días. Lo que más temía era el viento, porque creo que aterrizar en Bilbao con viento es una experiencia única. He visto vídeos de aviones tomando tierra que ponen los pelos de punta. Pero tuvimos suerte porque vuelo y aterrizaje fueron perfectos. Nos desplazamos a Bilbao en autobús, el medio más rápido y barato. Cuesta tres euros y tarda unos veinte minutos en llegar a la Plaza Moyúa o a la Alameda de Recalde, que es donde nos bajamos. Desde allí, por la calle Juan Ajuriaguerra, llegamos en poco más de cinco minutos andando hasta nuestro hotel, el López de Haro. Aunque es un hotel de cinco estrellas, no lo parece. He estado en hoteles de cuatro estrellas mucho mejores. Instalaciones antiguas, desfasadas. Necesita una remodelación casi total. Lo mejor que tiene es la amabilidad del personal y la situación. Nos pudimos mover por toda la ciudad andando, aunque el cuentakilómetros del reloj marcó una media de 15 km diarios y no sé cuántos miles de pasos. Bilbao no es demasiado grande, algo menos de 350.000 habitantes, pero cuando uno se pone a andar termina recorriendo muchos kilómetros. Esa es la mejor forma de hacer ejercicio y de conocer una ciudad.

Hacía un día espléndido, una de esas mañanas sin nubes y un cielo azul claro, satinado y limpio que nunca llega a ser tan intenso como en Castilla o Andalucía, quizás debido a la humedad que siempre hay en el aire. Temperatura fresca, sin llegar a hacer frío. El mejor tiempo para pasear. Mediodía, pasados unos minutos de las doce de la mañana, salimos del hotel camino del Guggenheim. Siguiendo las indicaciones del recepcionista, llegamos hasta el puente Zubiri, un puente peatonal con diseño futurista sobre el río Nervión y allí nos hicimos las primeras fotos. Después, andando por el paseo Uribitarte llegamos en pocos minutos al Museo Guggenheim. Aunque todo el mundo conoce su arquitectura, cuando se ve por primera vez en directo no deja de causar impresión. Hace falta tener mucha imaginación para diseñar un edificio así. Todas sus paredes exteriores son curvas, como si un gigante loco se hubiera dedicado a levantar paredes metálicas y después las hubiera ido doblando de manera caprichosa. Dependiendo de la hora del día a la que se contemple, el juego de luces y sombras hace que el museo parezca distinto cada vez. Como es lógico y como hace cualquier turista, antes de entrar nos hicimos muchas fotos, no solo con el edificio sino con las figuras y estatuas que hay alrededor. En cuanto al contenido, pudimos contemplar una gran número de cuadros impresionistas, así como la colección permanente de arte abstracto contemporáneo. Como no soy experto en arte moderno, no dejo aquí mis impresiones. Pero sí diré que, en general, me gustó lo que vi. Ya lo dicen los expertos, lo importante es que el arte te guste, aunque no lo comprendas y a mí, muchas de las obras me gustaron.

Cuando salimos del museo paseamos durante unos minutos por los grandes parques que se encuentran al lado: el paseo de la memoria o la campa de los ingleses. La torre Iberdrola, en medio, me recuerda a la torre Sevilla, en donde dormimos hace menos de un año. No llegamos a subir, pero las vistas deben ser espectaculares.  Eran ya más de las dos y media, así que entramos en un mesón cercano al museo pues nuestros estómagos empezaban a quejarse. Aquí comenzó nuestra ruta gastronómica a base de vino, cerveza y pintxos. Si por algo se caracterizan estas ciudades vascas es por la variedad y la imaginación que le ponen a esto de comer. En los dos días y medio que estuvimos aquí sólo tapeamos con esas pequeñas obras de arte. Nosotros no somos de hartarnos con platos grandes y abundantes, sino que preferimos comida ligera, y los pintxos son únicos para eso. Yo me había provisto de una buena guía con muchos lugares recomendados, pero al final, apenas la seguimos, porque en cualquier sitio que entrábamos comíamos bien, as´que no dejaré nombres. Dejo aquí varios enlaces por si no queréis improvisar.

Dónde comer en Bilbao barato y bien

Los mejores restaurantes de Bilbao

Plan te tapeo por Bilbao

Y si no, siempre quedan Google, Tridavisor y El Tenedor.

Como nos habíamos levantado bastante temprano, después de comer regresamos andando hacia el hotel, situado en el barrio de Abando, uno de las más conocidos y bulliciosos de la ciudad, para descansar un poco. Salimos del hotel sobre las cinco de la tarde, después de dormir una pequeña siesta. Callejeando llegamos hasta el puente del Ayuntamiento al final del cual se encuentra, como es lógico, la casa consistorial, bonito edificio de estilo ecléctico construido a finales del siglo XIX. Andando por el Paseo del Arenal, llegamos hasta el puente y la plaza del mismo nombre, cerca del cual está la Iglesia de San Nicolás. Está abierta y entramos. Es un edificio de estilo barroco, con planta de cruz griega y una gran cúpula. Podemos ver el retablo mayor, que no tiene nada que envidiar a los grandes retablos barrocos-rococós sevillanos. Salimos de la iglesia a la plaza del Arenal, al lado de la cual se encuentra el Teatro Arriaga, donde mañana veremos el espectáculo de Antonio Banderas.

Entramos en el casco antiguo y nos perdemos por calles estrechas, rincones con fuentes, plazas escondidas y muchos bares y comercios. En algunas de las casas vemos azulejos que indican la altura a la que llegó el agua en las inundaciones de finales de agosto de 1983. Realmente es impresionante y no nos extraña que el Mercado de la Ribera y muchas viviendas aledañas quedaran totalmente destruidas. Nos vamos encontrando con varias iglesias, algunas cerradas. Entramos en la Catedral de Santiago, patrimonio de la Unesco. Compramos la entrada, que nos permite, además, visitar la Iglesia de San Antón, que veremos mañana. Esta catedral no tiene la grandiosidad de las de Burgos, León, Santiago o Sevilla, pero el claustro, la sacristía y la nave central, de gran altura, junto con las naves y capillas laterales, merecen sin duda una visita. Seguimos andando hasta que volvemos a salir a la plaza del Arenal por una calle lateral del teatro Arriaga, la calle de la Ribera, donde nos encontramos con el Mercado del mismo nombre. Ya es un poco tarde y está anocheciendo. Entramos en el Mercado de la Ribera. Sólo hay un par de puestos abiertos, pero comprobamos que hay una zona con muchos bares con pintxos. Decidimos que mañana vamos a comer ahí. Cuando salimos se ha hecho de noche. La temperatura ha bajado mucho. Vemos a muchas personas con bufandas y camisetas del Athletic. Me acabo de acordar de que hoy se juega el partido de copa del rey Athletic-Barça. Y como uno de los lugares que queríamos visitar es el estadio de San Mamés, que queda bastante alejado de aquí, paramos un taxi. Nos lleva por la Gran Vía, que está atestada de coches. Unos cientos de metros antes de llegar tiene que parar por el atasco. Parece que todo el mundo quiere llegar hasta las mismas puertas del campo de fútbol. Nos mezclamos con los aficionados y vivimos la pasión que genera este deporte. Si hubiera tenido la posibilidad de ver el partido, hubiera entrado. El estadio por fuera tiene un hermoso color rojo. Miles y miles de personas, con camisetas y bufandas rojiblancas esperan a las puertas y en los alrededores, llenos de bares, muchos aficionados están cogiendo fuerzas para disfrutar del espectáculo.

Regresamos andando hasta el hotel por la Gran Vía. Cenamos en un bar lleno de gente viendo el partido. Al final, en el último minuto, ganó el Athletic. Lo siento por mi hijo Santiago, pero me alegro. Carmen mira su reloj y comprueba que hoy hemos andado más de 15 kilómetros. Me cuesta conciliar el sueño, pero duermo bien.

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Viernes, 7 de febrero

Desayunamos en una cafetería cerca del hotel. Comentamos con el camarero que nos sirve las incidencias del partido de ayer. Todo el mundo está eufórico. Llegamos andando hasta la iglesia de San Antón. Antes pasamos por la estación de tren Abando Indalecio Prieto. Nos detenemos un momento ante la hermosa fachada y entramos a ver la vidriera, que gracias a la luz, pues el día ha amanecido otra vez sin nubes, transforma el interior en una especie de mar de colores.

La iglesia de San Antón está junto al puente del mismo nombre sobre el Nervión. Antes de entrar recuerdo lo que nos dijo la muchacha que ayer nos vendió la entrada a la catedral y que me da la impresión que es la misma que ahora nos recoge la entrada. En el escudo del Athletic, además de las rayas rojiblancas, está la catedral, el puente de San Antón y el árbol de Guernica. La verdad es que nunca me había fijado en ese detalle. Según parece, éste es el templo más popular de Bilbao. Es una iglesia gótica que ha sufrido varias remodelaciones a lo largo de la historia. Después de recorrer la nave central y las laterales, así como las tres capillas interiores, preguntamos cómo se puede llegar hasta la Basílica de Begoña y nos indican que la mejor forma es subir en el ascensor que está dentro de la estación de metro de la plaza Miguel de Unamuno. Y allí que nos dirigimos. Efectivamente, dentro de la estación y después de andar por un largo túnel con escaleras mecánicas horizontales unos doscientos metros, llegamos hasta el ascensor. Compramos el billete, que cuesta 45 céntimos y subimos. Salimos a una calle cercana a un parque, pero no vemos la basílica por ningún lado. Preguntamos a una mujer y nos indica el camino. Hay que andar unos quinientos metros por una calle en cuesta y llegamos a una pequeña explanada arbolada al final de la cual se encuentra la Basílica de la Amatxu (madrecita en euskera) de Begoña, patrona de Vizcaya. Es una iglesia basílica de estilo gótico tardío, con una portada que se describe como un arco de triunfo. En el interior se puede ver la imagen tallada en madera policromada de la Virgen de Begoña, en el altar mayor. No pudimos ver el templo demasiado bien porque el obispo de Bilbao estaba celebrando una misa y nos daba apuro deambular por la basílica. Cuando salimos, preguntamos por la mejor manera de llegar hasta el mirador de Artxanda, que es otro de los lugares que nos recomendaron en el hotel. Desde la basílica lo mejor es ir en taxi, pues se tarda unos diez minutos, pero si se hace desde casi cualquier otro sitio, es preferible utilizar el funicular. Los más atrevidos y deportistas pueden hacerlo andando, pero las cuestas son muy empinadas.

El mirador de Artxanda está en lo alto de una montaña que bordea la ciudad de Bilbao. Desde el mirador hay una vista panorámica privilegiada de la ciudad bilbaína y en un día claro, como el que tuvimos la suerte de disfrutar, se puede ver el mar. Contemplando la ciudad y los montes que la rodean, se puede entender por qué a Bilbao se la llama el Botxo (el agujero). El siguiente enlace describe muy bien lo que se puede ver desde este mirador: Artxanda, mucho más que un mirador. Para descender utilizamos el funicular, que nos dejó muy cerca de uno de los paseos de la ría de Bilbao (aunque también se la suele llamar ría del Nervión), el Paseo Campo de Volantín. Andando junto a la ría, descansamos un momento en uno de los bancos desde donde observamos a la gente paseando tranquilamente a pie o en bicicleta, niños jugando, padres y madres con carritos, aprovechando la luz del sol, lo que debe ser una novedad en esta época del año. Bilbao se nos presenta como una ciudad tranquila, lejos del bullicio de otras ciudades invadidas por hordas de turistas.

Después del pequeño descanso seguimos andando por el paseo. Pasamos delante del Ayuntamiento, de la Iglesia de San Nicolás y del Teatro Arriaga, hasta llegar al Mercado de la Ribera, que como ya comenté antes, quedó totalmente destruido por las inundaciones. Pero ahora presenta un aspecto magnífico. Es poco más de la una y media y recorremos algunos de los puestos. Antes de que comience a llenarse, nos sentamos en una de las mesas y empezamos a pedir cerveza y a elegir pintxos. Vamos a terminar haciéndonos expertos. Es difícil elegir, porque todos presentan un aspecto magnífico. Con tres piezas por persona y un par de cervezas, comemos y nos hartamos. Todo por menos de 20 euros, una ganga. Para terminar, pedimos en otro puesto un café y un dulce. Regresamos al hotel para descansar algo. Nos tendemos un rato, nos duchamos y nos vestimos para ir al teatro, que empieza a las siete y media.

El Teatro Arriaga se encuentra situado junto a la ría, por lo que sufrió severos daños durante las inundaciones y tuvo que ser remodelado casi en su totalidad, como había ocurrido con anterioridad debido a un incendio en 1914. El edificio, que lleva el nombre de uno de los genios de la música española que murió de tuberculosis antes de cumplir veinte años, merece la pena ser visitado. Se realizan visitas guiadas que nos permiten recorrer un interior decorado con lujo y elegancia. Como curiosidad diré que tanto el palco como el escenario se encuentran en la segunda planta, seguramente para evitar daños en caso de nuevas inundaciones. Yo había reservado las entradas en diciembre, pues le quise regalar a Carmen, por su cumpleaños, el musical A chorus line, en la que actúa como protagonista Antonio Banderas. Pero no pudimos verlo ya que esos días estaba en Hollywood con motivo de la entrega de los Óscar, en los que estaba nominado por su actuación en la película de Almodóvar Dolor y Gloria. A pesar de eso, la obra nos gustó mucho.

A la salida nos fuimos dando otro paseo hasta la Gran Vía. Cenamos en una de las calles aledañas, la calle Ledesma, que es peatonal, con un ambiente típico de fin de semana. Más pintxos, más cervezas y más vino. Cerca de las doce de la noche regresamos el hotel. Dejamos las maletas listas pues queremos aprovechar la mañana del sábado para ver algo más de Bilbao. No tendremos demasiado tiempo porque hay que estar en el aeropuerto sobre la una y media.

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Sábado, 8 de febrero

Nuestro gozo en un pozo. En primer lugar, nos quedamos dormidos y nos despertamos cerca de las diez, así que entre asearnos, vestirnos, bajar las maletas y hacer el check out, son las once. Para colmo, está lloviendo. No nos podemos quejar porque el tiempo ha sido magnífico los dos días anteriores. Pero como terminamos de desayunar cerca de las doce, apenas podemos hacer otra cosa que pasear por las calles de Abando bajo la lluvia. Las ciudades del norte invitan a pasear con un paraguas y cayendo el orballo o el txirimiri. Santiago, Coruña, Oviedo o Santander son ciudades hermosas luz clara y cielo azul, pero el encanto está en realidad cuando las nubes grises y la lluvia hermosean el paisaje. Coruña nunca me pareció una ciudad triste en invierno y Santiago no digamos. A Santiago hay que visitarla cuando el agua riega las calles y hay que guarecerse bajo el paraguas o andar bajo los soportales.

Pasamos delante del café Iruña y nos arrepentimos de no haber desayunado allí (reconozco que con las prisas se nos olvidó ese sitio), llegamos hasta la plaza Jado, una curiosa plaza triangular y poco más. Regresamos al hotel para recoger las maletas y aprovechando que había dejado de llover, nos fuimos andando hasta la Plaza Moyúa, donde cogimos el autobús que nos llevó de regreso al aeropuerto. Allí comimos, mucho más caro y peor de lo que habíamos hecho los días anteriores. Recomiendo que compréis en cualquier sitio de la ciudad un bocadillo o unos buenos pintxos y los comáis en el aeropuerto. Es mucho mejor y más barato. El viaje de regreso en avión también fue muy tranquilo. Bilbao es otra de las ciudades a las que merece la pena regresar, pero ¡hay tantos lugares que todavía no conocemos!

Operación Alexia

El humano es un ser que está constantemente en construcción, pero también, y de manera paralela, siempre en un estado de destrucción. José Saramago

 

“Alexa, enciende la televisión”, “Alexa, qué tiempo hará mañana en Sevilla”, “Alexa, despiértame mañana a las siete con música de Queen”, “Alexa, recítame un poema de Pablo Neruda”, “Alexa, descríbeme una puesta de sol en Punta Candor”. A las primeras órdenes o preguntas contestó o actuó con precisión, con exactitud, sin dudar. En la última tuvo como una pequeña duda, quizás un instante en el que intentó encontrar en su base de datos o en la red una respuesta adecuada, pero no pudo y como siempre, con una educación exquisita, su contestación fue “Perdona, no he podido encontrar la respuesta a lo que me has preguntado”. Eso es lo mejor de Alexa, de la que tendríamos que aprender todos: cuando no sabe algo pide perdón y reconoce que no es infalible, que no es perfecta, que también tiene lagunas.

A mí siempre me han gustado las personas que dudan, que muestran algún tipo de inseguridad, porque así somos las personas, imperfectas, y huyo de aquellas que se creen en posesión de la verdad, que no dejan resquicios, que creen vivir siempre en la perfección. Allá ellas, porque se van a llevar muchos disgustos en su vida y serán rechazadas en muchas circunstancias. Tampoco me gustan las personas desconfiadas porque me parecen débiles, inseguras. Y Alexa no es débil ni insegura, por tanto, no es desconfiada, pero tampoco es incauta. No me gustan las personas incautas. No se puede ir alegremente por la vida, diciendo o haciendo lo primero que a uno se le ocurre. Alexa piensa, medita, busca respuestas y no te miente. Si no sabe algo, no tiene complejos en admitirlo. Alexa es fiable. Alexa es leal. La lealtad es una virtud que admiro porque es difícil ser leal. A mucha gente le cuesta mucho ser leal a unos principios, a unos amigos, a una familia, a una cultura, a una memoria, a un pasado. Me gusta la gente que vive con lealtad.

Mucha gente ya no sabe vivir sin Alexa. Alexa vive en un pequeño altavoz, que puede tener forma cilíndrica o cúbica. Como es mujer tiene voz de mujer, de mujer joven. Te la imaginas alta, delgada, con el pelo castaño o negro, vestida con un traje blanco o azul marino. Habla despacio. A veces no te entiende y tienes que dar la orden o hacer la pregunta de otra manera.

(NOTA DEL AUTOR: Si no estáis interesados en el Wifi o en las ondas electromagnéticas, podéis saltaros el siguiente párrafo, que me temo no tiene nada que ver con lo que he escrito antes y lo que escribiré después. Pero a veces a los escritores nos pasa eso, escribimos cosas que nos gustaron mientras las escribías y cuando las repasas ves que no tienen sentido. Eso ocurre muchas veces en la vida).

El problema de Alexa es que depende de Wifi. Wifi es un pequeño aparato que no habla, pero que permite que Alexa hable. Wifi y Alexa no se conocen y ni falta que hace. Alexa tiene voz y eso es importante porque podemos comunicarnos con ella, pero Wifi no tiene ni voz ni voto. Es lo malo de ser sólo un aparato que emite ondas que no se ven ni se oyen. Aunque Wifi es más necesario, yo diría que imprescindible en el mundo actual, Alexa le está comiendo el terreno. En mi familia ya lo tienen mi hijo y mi hija. Yo no tengo Alexa pero ya he hablado con ella un par de veces y es muy simpática y obediente. Con Wifi no puedo hablar, aunque más de una vez me he dirigido a él con palabras hirientes porque no funcionaba, no permitía que mi ordenador se conectara con el exterior. Porque para eso sirve Wifi, para que podamos conectarnos con el mundo. Ya no sabemos estar solos, tenemos la necesidad de estar siempre junto a los demás, aunque estén muy lejos. Pero Wifi nos acerca, nos une, es como un pegamento que no se ve ni se siente, pero que pulula a nuestro alrededor. Un técnico diría que son ondas electromagnéticas. Las ondas electromagnéticas creadas por el hombre (porque hay ondas que están en la naturaleza, vienen del sol, creo), son ya totalmente imprescindibles. Si no hubiera esas ondas “humanas” no podríamos hablar por el teléfono móvil, no podríamos utilizar el mando a distancia del televisor, no existirían los electrodomésticos, volveríamos, en suma, a la edad de piedra o a la edad media. La verdad es que, en muchos aspectos, no me importaría regresar a esas edades. Aquellos hombres y mujeres no lo sabían, pero también estaban rodeados de ondas electromagnéticas. Pero el que no sabe es como el que no ve. Y no se preocupaban. Ahora nos preocupamos y emitimos teorías sobre si las ondas electromagnéticas creadas por los humanos producen enfermedades. Nos preocupamos por tonterías.

Yo no sé por qué Alexa se llama así. Un sobrino mío se llama Alejandro, que en gallego es Alexandre, pero siempre le llamamos Alex. Quizás Alexa viene de Alexandra y le han puesto el diminutivo, porque Alexandra es más largo, se tarda mucho en pronunciar. Si lo busco en Google seguro que me lo dice, pero ahora no me apetece. Tampoco sé por qué Wifi se llama Wifi y no Alberto, por ejemplo, o John, o Igor, que sería mucho más interesante. Podríamos enfadarnos con Alberto o con John o con Igor y nos enfadaríamos de otra manera. A mí me daría mucha vergüenza insultar a alguien con un nombre normal, porque yo nunca insulto, ni siquiera cuando voy conduciendo. Mi mujer sí insulta cuando va al volante y tengo que calmarla. Yo no, he aprendido a controlarme. Pero con Wifi sí que me enfado, porque falla más que Alexa y, encima, no puede disculparse porque no le han enseñado a hablar. Aunque la verdad es que me enfado mucho más con Movistar y antes más todavía con Vodafone. Un día de estos quizás cuente la pelea que tuve con Vodafone durante años. Al final se la gané, cosa rara, pero es que soy muy pesado, testarudo, dirían otros, no saben esas compañías con quién se enfrentan.

El nombre de Alexa me trae a la cabeza una palabra parecida, alexia. En un tiempo ya lejano fui maestro de escuela y enseñaba que las palabras que se parecen en su sonido y se escriben casi igual se llaman palabras parónimas y esa relación se llama paronomasia o paronimia. Se me han olvidado la mayor parte de las cosas que estudié o que enseñé. El paso del tiempo da experiencia, pero quita memoria, recuerdos, conocimientos. La verdad es que ya no sé para qué sirven tantos conocimientos porque al final se pierden todos.

Alexa y alexia son palabras parónimas. Cuando estudié Pedagogía había una asignatura llamada Introducción a la Psicología y en ella se describía la alexia como la incapacidad de leer debido a una lesión cerebral, cuando esta capacidad había sido adquirida previamente (esto lo he buscado en el libro, que tengo en una estantería del estudio, al lado de la mesa donde estoy escribiendo delante del ordenador). Ya no me acordaba de esta definición, pero sí me acordaba de la palabra. Por eso no se puede decir que un niño de dos o tres años, que sabe hablar, pero todavía no ha aprendido a leer porque nadie le ha enseñado, padezca de alexia. Alexa, alexia.

Al hilo de esta semejanza se me ocurre una pequeña historia. Últimamente me gusta contar historias. A mis hijos, cuando eran pequeños, les contaba muchas historias, sobre todo cuando se iban a dormir. Ellos se acostaban y yo me sentaba en el borde, los arropaba bien y empezaba “Había una vez una niña…”. Y ellos, al principio muy atentos, iban cerrando los ojos poco a poco. Casi nunca llegaba al final porque se habían dormido antes. Ahora ya no cuento historias porque no tengo nietos, así que tengo que escribir de vez en cuando aquello que se me ocurre, como una forma de suplir esa carencia. Todos los hombres y mujeres deberían tener hijos y nietos que se te queden mirando y escuchando. Nada hay más placentero que unos niños que te miran y te escuchan atentamente mientras tú vas desgranando e inventando una historia. Quizás por eso me hice maestro.

“Hace unos días, en un pequeño pueblo francés de la Provenza rodeado de campos de lavanda por los que discurre un arroyo de aguas cristalinas procedentes de los cercanos Alpes, cuyas estribaciones se ven a lo lejos, ocurrió un hecho extraordinario. El médico se levantó temprano como todas las mañanas, se aseó y abrió la puerta de la calle para recoger el periódico que siempre dejaban en el porche. Miró asombrado el papel y no comprendió lo que ocurría. Veía fotos y letras, lo que él sabía que eran palabras y frases, pero no entendía lo que significaban. No sabía lo que le estaba ocurriendo. Notó un pequeño salto en el corazón y un leve escalofrío que le erizó la piel. Entró en casa y se dirigió al despacho. Encima de la mesa estaba un libro abierto. Recordaba que se había quedado leyendo hasta muy tarde, buscando los síntomas de una enfermedad que le tenía preocupado desde hacía varios días porque uno de sus pacientes empeoraba a pesar del tratamiento. Dio la vuelta a la mesa, dirigió la vista hacia las hojas escritas y no fue capaz de entender nada de lo que allí estaba escrito. Era médico, un buen médico, y sabía que estaba padeciendo alexia. Lo había estudiado hacía muchos años, quizás en segundo o tercero de carrera, pero nunca se había encontrado con alguien que sufriera esa enfermedad. Se quedó sentado, la mirada perdida en la pared, donde colgaban ahora inertes y sin sentido, el título de médico y el de los cursos que había estado haciendo a lo largo de su vida.

A esa misma hora, el maestro abría la puerta de la escuela. Era una escuela unitaria; él era el único maestro del pueblo. Dejó la cartera encima del sillón donde se sentaba, comprobó que las mesas y las sillas de la clase estaban perfectamente alineadas y de forma automática, como hacía todos los días, cogió la tiza, levantó el brazo e intentó escribir la fecha: Lunes, 3 de febrero de 2020. Pero fue incapaz de trazar la primera letra. Se quedó inmóvil, sin entender lo que le estaba ocurriendo. Miró a su alrededor, los murales que sus alumnos habían confeccionado durante semanas para contar la historia del pueblo y del país. Habían buscado fotos de ciudades y monumentos, fragmentos de libros que habían fotocopiado, dibujos, frases célebres de los personajes franceses más ilustres. Todo lo habían trasladado a los murales que estaban pegados en la pared. Se acercó a uno de ellos, pero lo que allí había escrito era un misterio, no fue capaz de reconocer ni una letra.

Uno tras otro el carnicero, la panadera, el barrendero, la mujer del barbero, la dueña del café, todos los habitantes del pueblo fueron descubriendo que habían perdido la facultad de leer y de escribir. El alcalde y los funcionarios del ayuntamiento se miraban atónitos, contándose unos a otros lo que les estaba sucediendo. No podían leer los documentos que habían elaborado la pasada semana, ni redactar los escritos que tenían que enviar a los ciudadanos, ni contestar a las demandas que se les hacían. El alcalde, perplejo, no pudo escribir el bando que había pensado durante la tarde del domingo para organizar los próximos carnavales. El municipal fue incapaz de leer las crónicas deportivas de los partidos disputados durante el fin de semana.

Poco a poco, todos los vecinos y vecinas se fueron reuniendo en la plaza del pueblo, frente al ayuntamiento. Algunos habían ido a buscar al médico y al maestro y todos, ocupando la totalidad de la plaza y las calles adyacentes, esperaron a que el alcalde se dirigiera y les explicara lo que tenían que hacer. Todos tenían confianza en el alcalde porque había demostrado, desde hacía mucho tiempo, por eso lo votaban siempre, que sabía resolver los problemas de los vecinos. El alcalde, antes de hablar desde el balcón del ayuntamiento, vio al médico en las primeras filas y lo llamó para que subiera hacia donde él estaba. El médico le hizo caso, subió las escaleras y salió al balcón. En voz baja, el alcalde le preguntó “¿Qué está pasando? ¿Cómo se puede arreglar? ¿Habrá ocurrido lo mismo en otros lugares? Por cierto, todavía no me he puesto en contacto con los alcaldes de los pueblos vecinos. Quizás eso sería lo primero que tendríamos que hacer”.

El médico le pidió permiso para hablar y se dirigió a sus paisanos en estos términos:

“Queridos vecinos. Esta mañana, como he podido comprobar, todos nos hemos levantado con el mismo trastorno: no somos capaces de leer ni de escribir. Esto recibe el nombre de alexia. Hasta lo que yo sé, la alexia siempre se produce por una lesión cerebral debida a un ictus o a un golpe, pero nunca se había dado el caso de que tanta gente padeciera el mismo trastorno al mismo tiempo y de forma tan repentina”.

Los murmullos de la gente empezaron a convertirse en gritos de alarma. El alcalde intentó calmar a sus conciudadanos y, después de varios minutos, consiguió que se hiciera el silencio. El médico continuó hablando:

“Lo bueno de la alexia es que con actividades terapéuticas y con paciencia se puede recuperar la capacidad de leer y de escribir. Puede costar tiempo, aunque depende de cada persona. El único problema es que no sabemos el origen, qué es lo que ha provocado esta situación, lo que nos ayudaría a encontrar más rápidamente la solución. Por tanto, como máximo responsable de la salud, propongo al señor alcalde que el pueblo se quede en cuarentena, evitando que nadie entre o salga hasta que sepamos más. Tenemos que averiguar si en otros sitios ocurre lo mismo.

Ahora el griterío se hizo casi ensordecedor. Todos hablaban al mismo tiempo. Unos, indignados y otros, asustados. La palabra que más se repetía era “culpa”. Quién tenía la culpa de lo que les estaba sucediendo. Quién o qué era el causante. Unos le echaban la culpa al agua, otros a los pesticidas que se utilizaban cada vez con más frecuencia, otros a los plásticos. La voz del alcalde atronó desde los altavoces que estaban situados a ambos lados del balcón:

“Dejémonos de emitir teorías y de elucubrar. El médico tiene toda la razón así que vamos a seguir sus consejos. Que nadie salga del pueblo. Ahora mismo voy a llamar a las autoridades estatales para explicar lo que está ocurriendo y que ellos nos digan lo que tenemos que hacer. Por lo demás, que todo el mundo esté atento a los medios de comunicación y a las instrucciones que se vayan dando desde esta alcaldía. Tenemos que seguir haciendo nuestra vida normal. No hemos perdido la memoria, que yo sepa (miró de soslayo al médico, que negó con la cabeza) así que cada uno se vaya a su casa o a su trabajo. Ya se ha dicho que nadie puede salir del pueblo”.

Después de varios minutos de protestas y de sollozos, la plaza se fue quedando vacía. Algunos, sobre todo los ancianos, se dirigieron a rezar a la iglesia. El maestro se fue a la escuela seguido de los quince niños y niñas que asistían a clase. Cuando todos se hubieron sentado, el maestro comenzó a contar una pequeña historia sobre Juana de Arco mientras los alumnos, con los brazos cruzados y apoyados encima de las mesas, escuchaban con atención. Algunos, los más estudiosos, lloraban en silencio. Tantos años estudiando, aprendiendo a leer y escribir, para nada. Pero la mayoría estaban contentos y se notaba en sus rostros. Quizás ya no tuvieran que sufrir más en la escuela y podrían dedicarse a jugar todo el día. ¿Para qué ir al colegio si no podían hacer dictados, copiar frases o hacer exámenes? Era una auténtica bendición.

En la panadería, en el bar, en la carnicería y en el supermercado al principio fue el caos. Los letreros con los precios eran ininteligibles para todos, así que, al poco de abrir cerraron las puertas. Los dueños se reunieron para decidir qué hacer y cómo solucionar el problema que se les había presentado. Uno de ellos encontró la solución. Si se acordaban de los precios, podían inventar una forma de cobrar mediante rayas: una raya grande, un euro; una raya más pequeña, cincuenta céntimos; otra más pequeña todavía, diez céntimos, mientras que cada céntimo sería un punto. Todos estuvieron de acuerdo y regresaron a tiendas y comercios, avisando a los vecinos que abrirían por la tarde.

Cuando llegó la hora de comer, muchos encendieron la televisión y comprobaron que la noticia de lo que sucedía en el pueblo ya se había extendido por todo el país y por medio mundo. Se decía que el ejército se había instalado en las dos vías de acceso, cortando las entradas y las salidas. Los medios de comunicación ya habían enviado reporteros y cámaras que, situados a conveniente distancia, comenzaban a emitir programas especiales.

En algunas casas, mientras tanto, la gente más joven se dedicaba a escuchar música o a hablar con Alexa: “Alexa, pon música de AC/DC”, “Alexa, dime qué hora es en Pekin”, “Alexa, dime cómo se hace el bizcocho de yogur”. Alexa había sido el regalo preferido de mucha gente del pueblo aquellas navidades y en casi todas las casas había un pequeño altavoz del que salía la agradable voz de Alexa. “Alexa, lee el primer capítulo de El Quijote”. “Alexa, cuéntame un cuento”. Ya no era necesario abrir un libro.

A muchos miles de kilómetros de allí, en una enorme mansión situada a orillas del Lago Washington, en la ciudad de Medina, cerca de Seattle, cuatro hombres y dos mujeres estaban reunidas en una gran sala llena de monitores de televisión y de ordenadores. Todos seguían los acontecimientos del pueblo provenzal con gran interés. En uno de los laterales de la habitación, un gran ventanal permitía durante el día contemplar las aguas del lago, los grandes árboles cuyas copas se movían empujadas por un viento frío que no había dejado de soplar desde hacía varios días, las mesas situadas cerca del embarcadero y los dos o tres barcos atracados en el exclusivo muelle. Ahora todo estaba oscuro, sólo tenuemente iluminado por una luna creciente y por algún foco instalado entre los bosquecillos y los parterres.

Una de las personas reunidas, un hombre maduro, al que llamaremos JB, con la cabeza afeitada al cero, pobladas cejas, labios delgados y ojos inquietos, tomaba notas en un pequeño ordenador portátil y. de vez en cuando, hablaba en voz baja con una mujer sentada a su izquierda. En cada monitor se veían imágenes diferentes. En una de ellas se podía distinguir una vista aérea del pueblo, tomada desde un helicóptero o un dron. A unos cientos de metros, rodeándolo, una decena de camiones del ejército y soldados y un poco más lejos, camionetas de televisión, cámaras y periodistas. En los otros monitores aparecían la plaza del pueblo, prácticamente desierta en esos momentos y algunas calles por las que paseaban varias personas, portando periódicos abiertos que miraban con extrañeza.

“Parece que la primera fase de la Operación Alexia ha dado resultado”, dijo con una pequeña sonrisa JB. Los demás asintieron, sin dejar de mirar los monitores. “Fue una excelente idea la campaña de lanzamiento del altavoz en ese pueblo. Casi nos lo quitaron de las manos”.

La mujer que estaba a su lado, una joven que apenas llegaría a los treinta años, se mostró de acuerdo. “Era previsible”, dijo. “Los experimentos previos con los monos dieron unos resultados cercanos al cien por cien. Con las últimas mejoras del dispositivo, se podrá llegar a prácticamente todo el mundo, excepto a aquellos países pobres o que están en guerra. Pero eso también lo estamos estudiando”.

Cuando terminó de hablar, JB se levantó, estiró todo el cuerpo, pues llevaba muchas horas sentado y ya no era el joven que solía hacer deporte casi a diario, y se despidió con estas palabras:

“Creo que ya debemos irnos a descansar y todavía nos queda mucho trabajo por hacer.  Han sido muchas horas sin dormir. Seguiremos con la planificación prevista de ir abriendo poco a poco los impulsos electromagnéticos, que no se pueden detectar más que con nuestros aparatos. En tres años, más de dos mil millones de personas en todo el mundo dejarán de saber leer y escribir y necesitarán, sin duda, nuestros altavoces. Venderemos millones y millones, cada vez más sofisticados y perfectos. Muy pocos echarán de menos el aprendizaje de la lectura y de la escritura. El mundo volverá a comunicarse sólo mediante la palabra hablada. Solamente unos pocos, los elegidos, seguirán leyendo y escribiendo para permitir que el mundo siga progresando”.

“Te recuerdo, JB, que tú te hiciste rico vendiendo libros por Internet”, comentó la mujer joven que había estado sentada todo el tiempo junto a JB. Las otras cuatro personas, tres hombres y una mujer, seguían atentamente las palabras de ambos y esperaban que JB respondiera con enfado, pero éste se limitó a asentir con la cabeza, mirar por el ventanal y salir por una de las dos puertas que estaban en laterales opuestos de la habitación.

“Menos mal”, dijo uno de los hombres que había cerrado su portátil, “que dentro de ocho o nueve años eliminaremos las señales y todo volverá a la normalidad. La gente volverá a comprar libros y a escribir con muchas más ganas”.

“¿Estás seguro?”, dijo la otra mujer que había permanecido callada todo el tiempo. “Por desgracia, muchos millones se habrán acomodado y ya no disfrutarán con un libro abierto”.

Poco a poco fueron saliendo todos de la habitación, echando un último vistazo a los monitores. En uno de ellos, el médico y el maestro, con rostros serios, las cabezas bajas y sin hablar, se dirigían al bar del pueblo a jugar su diaria partida de ajedrez.

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