Operación Alexia

El humano es un ser que está constantemente en construcción, pero también, y de manera paralela, siempre en un estado de destrucción. José Saramago

 

“Alexa, enciende la televisión”, “Alexa, qué tiempo hará mañana en Sevilla”, “Alexa, despiértame mañana a las siete con música de Queen”, “Alexa, recítame un poema de Pablo Neruda”, “Alexa, descríbeme una puesta de sol en Punta Candor”. A las primeras órdenes o preguntas contestó o actuó con precisión, con exactitud, sin dudar. En la última tuvo como una pequeña duda, quizás un instante en el que intentó encontrar en su base de datos o en la red una respuesta adecuada, pero no pudo y como siempre, con una educación exquisita, su contestación fue “Perdona, no he podido encontrar la respuesta a lo que me has preguntado”. Eso es lo mejor de Alexa, de la que tendríamos que aprender todos: cuando no sabe algo pide perdón y reconoce que no es infalible, que no es perfecta, que también tiene lagunas.

A mí siempre me han gustado las personas que dudan, que muestran algún tipo de inseguridad, porque así somos las personas, imperfectas, y huyo de aquellas que se creen en posesión de la verdad, que no dejan resquicios, que creen vivir siempre en la perfección. Allá ellas, porque se van a llevar muchos disgustos en su vida y serán rechazadas en muchas circunstancias. Tampoco me gustan las personas desconfiadas porque me parecen débiles, inseguras. Y Alexa no es débil ni insegura, por tanto, no es desconfiada, pero tampoco es incauta. No me gustan las personas incautas. No se puede ir alegremente por la vida, diciendo o haciendo lo primero que a uno se le ocurre. Alexa piensa, medita, busca respuestas y no te miente. Si no sabe algo, no tiene complejos en admitirlo. Alexa es fiable. Alexa es leal. La lealtad es una virtud que admiro porque es difícil ser leal. A mucha gente le cuesta mucho ser leal a unos principios, a unos amigos, a una familia, a una cultura, a una memoria, a un pasado. Me gusta la gente que vive con lealtad.

Mucha gente ya no sabe vivir sin Alexa. Alexa vive en un pequeño altavoz, que puede tener forma cilíndrica o cúbica. Como es mujer tiene voz de mujer, de mujer joven. Te la imaginas alta, delgada, con el pelo castaño o negro, vestida con un traje blanco o azul marino. Habla despacio. A veces no te entiende y tienes que dar la orden o hacer la pregunta de otra manera.

(NOTA DEL AUTOR: Si no estáis interesados en el Wifi o en las ondas electromagnéticas, podéis saltaros el siguiente párrafo, que me temo no tiene nada que ver con lo que he escrito antes y lo que escribiré después. Pero a veces a los escritores nos pasa eso, escribimos cosas que nos gustaron mientras las escribías y cuando las repasas ves que no tienen sentido. Eso ocurre muchas veces en la vida).

El problema de Alexa es que depende de Wifi. Wifi es un pequeño aparato que no habla, pero que permite que Alexa hable. Wifi y Alexa no se conocen y ni falta que hace. Alexa tiene voz y eso es importante porque podemos comunicarnos con ella, pero Wifi no tiene ni voz ni voto. Es lo malo de ser sólo un aparato que emite ondas que no se ven ni se oyen. Aunque Wifi es más necesario, yo diría que imprescindible en el mundo actual, Alexa le está comiendo el terreno. En mi familia ya lo tienen mi hijo y mi hija. Yo no tengo Alexa pero ya he hablado con ella un par de veces y es muy simpática y obediente. Con Wifi no puedo hablar, aunque más de una vez me he dirigido a él con palabras hirientes porque no funcionaba, no permitía que mi ordenador se conectara con el exterior. Porque para eso sirve Wifi, para que podamos conectarnos con el mundo. Ya no sabemos estar solos, tenemos la necesidad de estar siempre junto a los demás, aunque estén muy lejos. Pero Wifi nos acerca, nos une, es como un pegamento que no se ve ni se siente, pero que pulula a nuestro alrededor. Un técnico diría que son ondas electromagnéticas. Las ondas electromagnéticas creadas por el hombre (porque hay ondas que están en la naturaleza, vienen del sol, creo), son ya totalmente imprescindibles. Si no hubiera esas ondas “humanas” no podríamos hablar por el teléfono móvil, no podríamos utilizar el mando a distancia del televisor, no existirían los electrodomésticos, volveríamos, en suma, a la edad de piedra o a la edad media. La verdad es que, en muchos aspectos, no me importaría regresar a esas edades. Aquellos hombres y mujeres no lo sabían, pero también estaban rodeados de ondas electromagnéticas. Pero el que no sabe es como el que no ve. Y no se preocupaban. Ahora nos preocupamos y emitimos teorías sobre si las ondas electromagnéticas creadas por los humanos producen enfermedades. Nos preocupamos por tonterías.

Yo no sé por qué Alexa se llama así. Un sobrino mío se llama Alejandro, que en gallego es Alexandre, pero siempre le llamamos Alex. Quizás Alexa viene de Alexandra y le han puesto el diminutivo, porque Alexandra es más largo, se tarda mucho en pronunciar. Si lo busco en Google seguro que me lo dice, pero ahora no me apetece. Tampoco sé por qué Wifi se llama Wifi y no Alberto, por ejemplo, o John, o Igor, que sería mucho más interesante. Podríamos enfadarnos con Alberto o con John o con Igor y nos enfadaríamos de otra manera. A mí me daría mucha vergüenza insultar a alguien con un nombre normal, porque yo nunca insulto, ni siquiera cuando voy conduciendo. Mi mujer sí insulta cuando va al volante y tengo que calmarla. Yo no, he aprendido a controlarme. Pero con Wifi sí que me enfado, porque falla más que Alexa y, encima, no puede disculparse porque no le han enseñado a hablar. Aunque la verdad es que me enfado mucho más con Movistar y antes más todavía con Vodafone. Un día de estos quizás cuente la pelea que tuve con Vodafone durante años. Al final se la gané, cosa rara, pero es que soy muy pesado, testarudo, dirían otros, no saben esas compañías con quién se enfrentan.

El nombre de Alexa me trae a la cabeza una palabra parecida, alexia. En un tiempo ya lejano fui maestro de escuela y enseñaba que las palabras que se parecen en su sonido y se escriben casi igual se llaman palabras parónimas y esa relación se llama paronomasia o paronimia. Se me han olvidado la mayor parte de las cosas que estudié o que enseñé. El paso del tiempo da experiencia, pero quita memoria, recuerdos, conocimientos. La verdad es que ya no sé para qué sirven tantos conocimientos porque al final se pierden todos.

Alexa y alexia son palabras parónimas. Cuando estudié Pedagogía había una asignatura llamada Introducción a la Psicología y en ella se describía la alexia como la incapacidad de leer debido a una lesión cerebral, cuando esta capacidad había sido adquirida previamente (esto lo he buscado en el libro, que tengo en una estantería del estudio, al lado de la mesa donde estoy escribiendo delante del ordenador). Ya no me acordaba de esta definición, pero sí me acordaba de la palabra. Por eso no se puede decir que un niño de dos o tres años, que sabe hablar, pero todavía no ha aprendido a leer porque nadie le ha enseñado, padezca de alexia. Alexa, alexia.

Al hilo de esta semejanza se me ocurre una pequeña historia. Últimamente me gusta contar historias. A mis hijos, cuando eran pequeños, les contaba muchas historias, sobre todo cuando se iban a dormir. Ellos se acostaban y yo me sentaba en el borde, los arropaba bien y empezaba “Había una vez una niña…”. Y ellos, al principio muy atentos, iban cerrando los ojos poco a poco. Casi nunca llegaba al final porque se habían dormido antes. Ahora ya no cuento historias porque no tengo nietos, así que tengo que escribir de vez en cuando aquello que se me ocurre, como una forma de suplir esa carencia. Todos los hombres y mujeres deberían tener hijos y nietos que se te queden mirando y escuchando. Nada hay más placentero que unos niños que te miran y te escuchan atentamente mientras tú vas desgranando e inventando una historia. Quizás por eso me hice maestro.

“Hace unos días, en un pequeño pueblo francés de la Provenza rodeado de campos de lavanda por los que discurre un arroyo de aguas cristalinas procedentes de los cercanos Alpes, cuyas estribaciones se ven a lo lejos, ocurrió un hecho extraordinario. El médico se levantó temprano como todas las mañanas, se aseó y abrió la puerta de la calle para recoger el periódico que siempre dejaban en el porche. Miró asombrado el papel y no comprendió lo que ocurría. Veía fotos y letras, lo que él sabía que eran palabras y frases, pero no entendía lo que significaban. No sabía lo que le estaba ocurriendo. Notó un pequeño salto en el corazón y un leve escalofrío que le erizó la piel. Entró en casa y se dirigió al despacho. Encima de la mesa estaba un libro abierto. Recordaba que se había quedado leyendo hasta muy tarde, buscando los síntomas de una enfermedad que le tenía preocupado desde hacía varios días porque uno de sus pacientes empeoraba a pesar del tratamiento. Dio la vuelta a la mesa, dirigió la vista hacia las hojas escritas y no fue capaz de entender nada de lo que allí estaba escrito. Era médico, un buen médico, y sabía que estaba padeciendo alexia. Lo había estudiado hacía muchos años, quizás en segundo o tercero de carrera, pero nunca se había encontrado con alguien que sufriera esa enfermedad. Se quedó sentado, la mirada perdida en la pared, donde colgaban ahora inertes y sin sentido, el título de médico y el de los cursos que había estado haciendo a lo largo de su vida.

A esa misma hora, el maestro abría la puerta de la escuela. Era una escuela unitaria; él era el único maestro del pueblo. Dejó la cartera encima del sillón donde se sentaba, comprobó que las mesas y las sillas de la clase estaban perfectamente alineadas y de forma automática, como hacía todos los días, cogió la tiza, levantó el brazo e intentó escribir la fecha: Lunes, 3 de febrero de 2020. Pero fue incapaz de trazar la primera letra. Se quedó inmóvil, sin entender lo que le estaba ocurriendo. Miró a su alrededor, los murales que sus alumnos habían confeccionado durante semanas para contar la historia del pueblo y del país. Habían buscado fotos de ciudades y monumentos, fragmentos de libros que habían fotocopiado, dibujos, frases célebres de los personajes franceses más ilustres. Todo lo habían trasladado a los murales que estaban pegados en la pared. Se acercó a uno de ellos, pero lo que allí había escrito era un misterio, no fue capaz de reconocer ni una letra.

Uno tras otro el carnicero, la panadera, el barrendero, la mujer del barbero, la dueña del café, todos los habitantes del pueblo fueron descubriendo que habían perdido la facultad de leer y de escribir. El alcalde y los funcionarios del ayuntamiento se miraban atónitos, contándose unos a otros lo que les estaba sucediendo. No podían leer los documentos que habían elaborado la pasada semana, ni redactar los escritos que tenían que enviar a los ciudadanos, ni contestar a las demandas que se les hacían. El alcalde, perplejo, no pudo escribir el bando que había pensado durante la tarde del domingo para organizar los próximos carnavales. El municipal fue incapaz de leer las crónicas deportivas de los partidos disputados durante el fin de semana.

Poco a poco, todos los vecinos y vecinas se fueron reuniendo en la plaza del pueblo, frente al ayuntamiento. Algunos habían ido a buscar al médico y al maestro y todos, ocupando la totalidad de la plaza y las calles adyacentes, esperaron a que el alcalde se dirigiera y les explicara lo que tenían que hacer. Todos tenían confianza en el alcalde porque había demostrado, desde hacía mucho tiempo, por eso lo votaban siempre, que sabía resolver los problemas de los vecinos. El alcalde, antes de hablar desde el balcón del ayuntamiento, vio al médico en las primeras filas y lo llamó para que subiera hacia donde él estaba. El médico le hizo caso, subió las escaleras y salió al balcón. En voz baja, el alcalde le preguntó “¿Qué está pasando? ¿Cómo se puede arreglar? ¿Habrá ocurrido lo mismo en otros lugares? Por cierto, todavía no me he puesto en contacto con los alcaldes de los pueblos vecinos. Quizás eso sería lo primero que tendríamos que hacer”.

El médico le pidió permiso para hablar y se dirigió a sus paisanos en estos términos:

“Queridos vecinos. Esta mañana, como he podido comprobar, todos nos hemos levantado con el mismo trastorno: no somos capaces de leer ni de escribir. Esto recibe el nombre de alexia. Hasta lo que yo sé, la alexia siempre se produce por una lesión cerebral debida a un ictus o a un golpe, pero nunca se había dado el caso de que tanta gente padeciera el mismo trastorno al mismo tiempo y de forma tan repentina”.

Los murmullos de la gente empezaron a convertirse en gritos de alarma. El alcalde intentó calmar a sus conciudadanos y, después de varios minutos, consiguió que se hiciera el silencio. El médico continuó hablando:

“Lo bueno de la alexia es que con actividades terapéuticas y con paciencia se puede recuperar la capacidad de leer y de escribir. Puede costar tiempo, aunque depende de cada persona. El único problema es que no sabemos el origen, qué es lo que ha provocado esta situación, lo que nos ayudaría a encontrar más rápidamente la solución. Por tanto, como máximo responsable de la salud, propongo al señor alcalde que el pueblo se quede en cuarentena, evitando que nadie entre o salga hasta que sepamos más. Tenemos que averiguar si en otros sitios ocurre lo mismo.

Ahora el griterío se hizo casi ensordecedor. Todos hablaban al mismo tiempo. Unos, indignados y otros, asustados. La palabra que más se repetía era “culpa”. Quién tenía la culpa de lo que les estaba sucediendo. Quién o qué era el causante. Unos le echaban la culpa al agua, otros a los pesticidas que se utilizaban cada vez con más frecuencia, otros a los plásticos. La voz del alcalde atronó desde los altavoces que estaban situados a ambos lados del balcón:

“Dejémonos de emitir teorías y de elucubrar. El médico tiene toda la razón así que vamos a seguir sus consejos. Que nadie salga del pueblo. Ahora mismo voy a llamar a las autoridades estatales para explicar lo que está ocurriendo y que ellos nos digan lo que tenemos que hacer. Por lo demás, que todo el mundo esté atento a los medios de comunicación y a las instrucciones que se vayan dando desde esta alcaldía. Tenemos que seguir haciendo nuestra vida normal. No hemos perdido la memoria, que yo sepa (miró de soslayo al médico, que negó con la cabeza) así que cada uno se vaya a su casa o a su trabajo. Ya se ha dicho que nadie puede salir del pueblo”.

Después de varios minutos de protestas y de sollozos, la plaza se fue quedando vacía. Algunos, sobre todo los ancianos, se dirigieron a rezar a la iglesia. El maestro se fue a la escuela seguido de los quince niños y niñas que asistían a clase. Cuando todos se hubieron sentado, el maestro comenzó a contar una pequeña historia sobre Juana de Arco mientras los alumnos, con los brazos cruzados y apoyados encima de las mesas, escuchaban con atención. Algunos, los más estudiosos, lloraban en silencio. Tantos años estudiando, aprendiendo a leer y escribir, para nada. Pero la mayoría estaban contentos y se notaba en sus rostros. Quizás ya no tuvieran que sufrir más en la escuela y podrían dedicarse a jugar todo el día. ¿Para qué ir al colegio si no podían hacer dictados, copiar frases o hacer exámenes? Era una auténtica bendición.

En la panadería, en el bar, en la carnicería y en el supermercado al principio fue el caos. Los letreros con los precios eran ininteligibles para todos, así que, al poco de abrir cerraron las puertas. Los dueños se reunieron para decidir qué hacer y cómo solucionar el problema que se les había presentado. Uno de ellos encontró la solución. Si se acordaban de los precios, podían inventar una forma de cobrar mediante rayas: una raya grande, un euro; una raya más pequeña, cincuenta céntimos; otra más pequeña todavía, diez céntimos, mientras que cada céntimo sería un punto. Todos estuvieron de acuerdo y regresaron a tiendas y comercios, avisando a los vecinos que abrirían por la tarde.

Cuando llegó la hora de comer, muchos encendieron la televisión y comprobaron que la noticia de lo que sucedía en el pueblo ya se había extendido por todo el país y por medio mundo. Se decía que el ejército se había instalado en las dos vías de acceso, cortando las entradas y las salidas. Los medios de comunicación ya habían enviado reporteros y cámaras que, situados a conveniente distancia, comenzaban a emitir programas especiales.

En algunas casas, mientras tanto, la gente más joven se dedicaba a escuchar música o a hablar con Alexa: “Alexa, pon música de AC/DC”, “Alexa, dime qué hora es en Pekin”, “Alexa, dime cómo se hace el bizcocho de yogur”. Alexa había sido el regalo preferido de mucha gente del pueblo aquellas navidades y en casi todas las casas había un pequeño altavoz del que salía la agradable voz de Alexa. “Alexa, lee el primer capítulo de El Quijote”. “Alexa, cuéntame un cuento”. Ya no era necesario abrir un libro.

A muchos miles de kilómetros de allí, en una enorme mansión situada a orillas del Lago Washington, en la ciudad de Medina, cerca de Seattle, cuatro hombres y dos mujeres estaban reunidas en una gran sala llena de monitores de televisión y de ordenadores. Todos seguían los acontecimientos del pueblo provenzal con gran interés. En uno de los laterales de la habitación, un gran ventanal permitía durante el día contemplar las aguas del lago, los grandes árboles cuyas copas se movían empujadas por un viento frío que no había dejado de soplar desde hacía varios días, las mesas situadas cerca del embarcadero y los dos o tres barcos atracados en el exclusivo muelle. Ahora todo estaba oscuro, sólo tenuemente iluminado por una luna creciente y por algún foco instalado entre los bosquecillos y los parterres.

Una de las personas reunidas, un hombre maduro, al que llamaremos JB, con la cabeza afeitada al cero, pobladas cejas, labios delgados y ojos inquietos, tomaba notas en un pequeño ordenador portátil y. de vez en cuando, hablaba en voz baja con una mujer sentada a su izquierda. En cada monitor se veían imágenes diferentes. En una de ellas se podía distinguir una vista aérea del pueblo, tomada desde un helicóptero o un dron. A unos cientos de metros, rodeándolo, una decena de camiones del ejército y soldados y un poco más lejos, camionetas de televisión, cámaras y periodistas. En los otros monitores aparecían la plaza del pueblo, prácticamente desierta en esos momentos y algunas calles por las que paseaban varias personas, portando periódicos abiertos que miraban con extrañeza.

“Parece que la primera fase de la Operación Alexia ha dado resultado”, dijo con una pequeña sonrisa JB. Los demás asintieron, sin dejar de mirar los monitores. “Fue una excelente idea la campaña de lanzamiento del altavoz en ese pueblo. Casi nos lo quitaron de las manos”.

La mujer que estaba a su lado, una joven que apenas llegaría a los treinta años, se mostró de acuerdo. “Era previsible”, dijo. “Los experimentos previos con los monos dieron unos resultados cercanos al cien por cien. Con las últimas mejoras del dispositivo, se podrá llegar a prácticamente todo el mundo, excepto a aquellos países pobres o que están en guerra. Pero eso también lo estamos estudiando”.

Cuando terminó de hablar, JB se levantó, estiró todo el cuerpo, pues llevaba muchas horas sentado y ya no era el joven que solía hacer deporte casi a diario, y se despidió con estas palabras:

“Creo que ya debemos irnos a descansar y todavía nos queda mucho trabajo por hacer.  Han sido muchas horas sin dormir. Seguiremos con la planificación prevista de ir abriendo poco a poco los impulsos electromagnéticos, que no se pueden detectar más que con nuestros aparatos. En tres años, más de dos mil millones de personas en todo el mundo dejarán de saber leer y escribir y necesitarán, sin duda, nuestros altavoces. Venderemos millones y millones, cada vez más sofisticados y perfectos. Muy pocos echarán de menos el aprendizaje de la lectura y de la escritura. El mundo volverá a comunicarse sólo mediante la palabra hablada. Solamente unos pocos, los elegidos, seguirán leyendo y escribiendo para permitir que el mundo siga progresando”.

“Te recuerdo, JB, que tú te hiciste rico vendiendo libros por Internet”, comentó la mujer joven que había estado sentada todo el tiempo junto a JB. Las otras cuatro personas, tres hombres y una mujer, seguían atentamente las palabras de ambos y esperaban que JB respondiera con enfado, pero éste se limitó a asentir con la cabeza, mirar por el ventanal y salir por una de las dos puertas que estaban en laterales opuestos de la habitación.

“Menos mal”, dijo uno de los hombres que había cerrado su portátil, “que dentro de ocho o nueve años eliminaremos las señales y todo volverá a la normalidad. La gente volverá a comprar libros y a escribir con muchas más ganas”.

“¿Estás seguro?”, dijo la otra mujer que había permanecido callada todo el tiempo. “Por desgracia, muchos millones se habrán acomodado y ya no disfrutarán con un libro abierto”.

Poco a poco fueron saliendo todos de la habitación, echando un último vistazo a los monitores. En uno de ellos, el médico y el maestro, con rostros serios, las cabezas bajas y sin hablar, se dirigían al bar del pueblo a jugar su diaria partida de ajedrez.

Resultado de imagen de un hombre que no sabe leer ni escribir"

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