Hibernación y mala suerte

Estoy hibernando en primavera. Me hago eco de las palabras de nuestro presidente del gobierno y sigo casi a rajatabla las directrices que emanan de las autoridades, aunque algunas de estas parece que no dan excesivo ejemplo. Tiempo habrá de analizar y criticar a diestro y siniestro, aunque ganas no me faltan de hacerlo ahora mismo. Quizás lo haga pronto.

Muchos meses atrás alabé las consecuencias, sobre todo las ventajas, que para mí había tenido la jubilación. Lejos de deprimirme, como según parece les pasa a algunos, noté alivio, tranquilidad y una alegría que se podrían definir como un estado de felicidad permanente. El tiempo pareció ralentizarse, la mente, el corazón, los pulmones, las piernas, se adaptaron a un ritmo pausado, sin agobios, sin estridencias. Leer, escuchar música, pasear, correr, viajar, escribir, sentarse tranquilamente a ver la televisión o delante del ordenador, utilizar con frecuencia las tecnologías para estar conectado con los amigos, todo ello sin remordimientos, sin pensar que estoy perdiendo el tiempo o que podría dedicarlo a otros menesteres. Si tuviera habilidades artísticas o manuales, si poseyera más imaginación seguramente estaría pintando cuadros, escribiendo novelas o poesías, practicando y ensayando con un instrumento musical… qué sé yo. Pero no soy artista, ni la fantasía es mi fuerte, así que me tengo que conformar con actividades más prosaicas, como levantarme más tarde de lo normal, pesarme para comprobar que, de manera casi imperceptible pero constante estoy poniendo algo de peso y, después de asearme y desayunar, comenzar la rutina diaria, la que llevo realizando desde hace dos semanas: limpiar y limpiar, salir a comprar cuando es necesario, leer y escribir muchos Wathsapp, leer y leer todos los libros que puedo, hacer ejercicios en casa para no perder la forma, ver alguna película o alguna serie, aplaudir a las ocho, cenar pronto, volver a leer y ver la televisión y acostarme no demasiado tarde. Así un día tras otro. Y la verdad es que no me está resultando difícil adaptarme a esta nueva situación.

Repito, estoy hibernando en primavera y, al mismo tiempo, disfrutando de las delicias de no ir a ninguna parte, de no sentir sobre mis hombros el peso de ninguna obligación, aunque obligación sea estar cautivo, desarmado ante un enemigo invisible que no distingue condición social, edad, sexo o religión. Cuando estudiaba y enseñaba, tiempo ha, explicaba la hibernación de los osos. No me detendré a hacerlo porque supongo que mis cultos y escasos lectores sabrán lo que es eso. Ahora me pregunto, por simple curiosidad, por juego mental, en qué soñarán los osos cuando hibernan, cuando permanecen en ese estado de letargo durante el invierno. ¿Soñarán con bosques cuya impenetrable espesura impida el acoso del ser humano? ¿Con ríos donde cazar o pescar brillantes y escurridizos salmones? ¿Con espacios libres donde correr y jugar con sus retoños o con otros plantígrados como él? Pienso en todo esto mientras me asomo a la terraza y me apoyo en la barandilla. Contemplo la avenida vacía. Algún solitario peatón, con mascarilla azul y una bolsa vacía en una mano, camina con rapidez por la acera de enfrente. Detrás, a unas decenas de metros, una muchacha pasea con el perro. Ninguno puede detenerse a mirar los escaparates porque todos los comercios están cerrados, como si fuera un domingo o un festivo cualquiera, pero hoy es jueves laborable. Mi vecina me saluda desde la terraza contigua; está regando las macetas y comentamos por un momento el asombro que produce observar el espectáculo de una avenida que, en situación normal, impide abrir las puertas del salón o las ventanas de las habitaciones por el ruido o la contaminación. “Algo bueno tiene este coronavirus”, dice con una medio sonrisa.

Vuelvo a entrar en el salón, me siento delante del televisor y escucho por enésima vez que estamos a punto de llegar al pico de la epidemia, que el número de contagiados y de muertes sigue subiendo pero en una proporción menor, que estamos venciendo y que podemos llegar a ver el final del túnel. Tenemos ya más de diez mil muertos y en un solo día han fallecido 950 personas. Un auténtico desastre. El aumento del número de parados durante el mes de marzo es el mayor de la historia y, para colmo, salen unas imágenes del presidente del gobierno hablando ante un atril. No se escucha lo que dice. Tiene muy mala cara, se le nota el sufrimiento. Es consciente de que hay muchas cosas que se podrían haber hecho mejor, pero tampoco voy a culparle porque es fácil hablar a toro pasado. Cuando esto estaba empezando nadie tenía la receta mágica para frenarlo ni nadie se podía imaginar que en pocas semanas se podría llegar al extremo donde estamos.

Este presidente del gobierno, como el anterior presidente socialista, Zapatero, han tenido mala suerte. Al actual se le ha venido encima una situación de la que no es responsable. Sin entrar en teorías de la conspiración sobre si el virus se creó en un laboratorio chino o americano, o si es producto de la pésima situación sanitaria en los mercados chinos, donde se venden sin control perros o animales exóticos para comer, el caso es que las consecuencias son devastadoras. Y seguramente le puede costar el puesto en las próximas elecciones, como ya le pasó a Zapatero por su mala gestión de la crisis de 2008. Dirigir un país en estas circunstancias, gobernando en coalición con un partido con el que hasta hace poco tenía malas relaciones y del que seguramente no se fía demasiado, con una oposición que se le tira al cuello a la menor oportunidad, con unos partidos separatistas que hacen todo menos ayudar, con personas huidas de la justicia que dicen necedades como “De Madrid al cielo”, aplaudidas por descerebrados insensibles al sufrimiento, con todo esto, con un número de infectados y de muertos que parece no tener fin y con su mujer y varios ministros enfermos de coronoavirus, no me extraña que Pedro Sánchez tenga esas ojeras, ese rostro macilento y un número de canas que crece a mayor velocidad que el de infectados. Los expertos se habrán equivocado, no se han tomado las decisiones correctas o no se ha actuado con la debida diligencia, pero no todo se puede achacar al presidente. Hay que echar la vista atrás y analizar qué se hizo con la sanidad pública en los últimos años, por qué los sanitarios salían a manifestarse exigiendo más medios y más inversión, por qué se decía que la sanidad privada funcionaba mejor que la pública y que había que ser más eficientes destinando menos inversión en médicos y hospitales públicos. Eso no ocurría con el actual gobierno, sino con el anterior.

Algo parecido le ocurrió a Zapatero. Después de unos años en los que todo era jolgorio, liberación de suelo para la construcción, préstamos sin control y sin avales destinados a la compra de vivienda, engaños y estafas de bancos y cajas de ahorros, llegó una crisis económica que golpeó de lleno a la mayor parte de los países. Lo malo es que el gobierno socialista negó al principio que hubiera crisis y no tomó las precauciones que tendría que haber tomado, tampoco actuó con diligencia ni con eficacia. Y aquello se lo llevó por delante. Se olvidaron las cosas buenas que hizo, que las hizo (matrimonio homosexual, paridad, ley de violencia de género) porque el país quedó como un erial económico y social. Y tuvo, quizás, un merecido castigo. Pero, reconozcámoslo, tuvo mala suerte. Si la quiebra de Lehman Brothers y las posteriores quiebras que se produjeron como la caída de un castillo de naipes no se hubiera llevado por delante, como un vendaval, la economía mundial, Zapatero hubiera pasado a la historia con más gloria que pena, casi con toda seguridad. Pero tuvo la mala suerte de estar en el lugar equivocado en la época equivocada. Algo parecido le está pasando a Pedro Sánchez. No todo es mala gestión. La suerte, como en todo, también influye.

Dejo de pensar en todo esto y vuelvo a salir a la terraza. Lo que más me molesta ahora es que Sevilla va a empezar a lucir sus mejores galas, con los naranjos en flor y el olor de azahar impregnando el aire, y no podremos disfrutarla en todo su esplendor. No podremos pasear por el río, ni sentarnos en una terraza a charlar con los amigos o tomarnos una cerveza en el Salvador. Tendremos que salir a terrazas, balcones y azoteas y aspirar con fuerza, esperando que ningún virus despistado penetre en nuestros pulmones. Que la primavera pase pronto y que el verano se lleve por delante todos los males y toda la angustia y la melancolía que nos han invadido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s