Cambio de planes

Soledad - La piedra de Sísifo

Hace tiempo tuve que cambiar de planes. Antes me gustaba asomarme a la terraza de nuestro pequeño piso. Contemplar la calle vacía, apoyarme en la baranda, intentar adivinar, cosa rara en mí que nunca adivino nada y mi imaginación es escasa, lo que sucede tras los visillos del piso de enfrente. También me gusta adivinar, vaya usted a saber por qué, lo que piensa el buscador de oro sentado a la puerta de su humilde cabaña, mirando la puesta de sol, fumando en pipa y no encontrando sentido al futuro. O el astronauta que vaga perdido por el espacio sin poder regresar a la Tierra. La mente es así de compleja.

Todo empezó hace unos años, creo que era invierno, o por lo menos, hacía frío y había poca luz. Al principio era una sospecha, una noticia perdida en una página suelta del periódico. Apenas seis o siete líneas mal redactadas, como con desgana y para rellenar el hueco de un anuncio que no se publicó porque el anunciante no pudo pagarlo a tiempo.

Lo supe desde antes de entrar en la habitación que está al fondo del pasillo, la de la puerta marrón, la que tiene una mirilla como si fuera la puerta de la calle. No sé por qué puse la mirilla. Ella me preguntó entonces “¿Es que piensas encerrarte y no dejar entrar a nadie?”. Aunque, pensándolo bien, yo ya sabía, sin saberlo todavía, lo que iba a ocurrir. Y también, en esa misma época, coloqué el cerrojo. Ella me observaba sin decir nada mientras yo, con parsimonia y canturreando por lo bajo una copla de Antonio Mairena, medía y calculaba y horadaba el marco y el batiente y comprobaba que todo estaba en su sitio y encajaba perfectamente.

Esa habitación es la única interior. Da a un patio cuadrado, mal iluminado por una claraboya que tiene un cristal roto, por el que los días de lluvia entra el agua que forma pequeños charcos en las baldosas del suelo, que se secan lentamente y en invierno se llenan de verdín. Mi hermana y yo vivimos en la misma casa donde nacimos, donde crecimos junto a nuestros padres y a la abuela. Ellos ya no están, fueron desapareciendo poco a poco, casi en silencio, para que nos fuéramos acostumbrando, como decía mi hermana cuando hablábamos. Ahora ya no hablamos. No hablamos tampoco de la otra hermana, la que se fue cuando era casi una niña, la que desapareció sin dejar rastro, sólo una escueta nota de despedida “Me voy, ahí os quedáis con vuestra amargura y vuestra tristeza”. Por más que mis padres intentaron encontrarla, que la policía investigó, que se pegaron carteles por toda la ciudad, nunca más supimos de ella. Han pasado más de cuarenta años de eso. Ellos nunca llegaron a recuperarse del todo. A mí me da igual. Que cada uno haga con su vida lo que quiera.

Estaba diciendo que la abuela y mis padres fueron desapareciendo. Primero fue la abuela, siempre sentada en su mecedora, cosiendo cuando todavía la vista se lo permitía. Un día se quedó quieta, muy quieta, cuando veía un programa en la televisión. Derrame cerebral masivo, diagnosticó el médico. No se enteró, es la mejor forma de morir, según decretaron familia y amigos y según dicta la experiencia. Porque la muerte de mis padres fue un poco más dramática, aunque no demasiado. Mi padre de una cirrosis producida por un virus. Duró tres meses. Mi madre, un par de años después, quizás murió de pena porque, a pesar de que no llegaba a los setenta años, fue apagando poco a poco su mirada, se fue perdiendo en un mutismo del que no fuimos capaces de sacarla. Una gripe, una simple gripe, fue su final.

Ahora me hubiera gustado que el patio fuera descubierto, sin claraboya, para que el agua de lluvia, con su sonido, aplacara mis temores. Pero la claraboya está muy alta y no escucho el ruido de la lluvia. Ni siquiera eso me está permitido y, aunque lo estuviera, yo quizás tampoco lo permitiría. Como tampoco permito que nadie me interrumpa. Al principio si lo permitía, pero ya no se atreven.  Cuando se atrevían, al principio, empecé a gritar, a aullar, a golpear con fuerza las paredes y la puerta. Y también el suelo. Arrastraba la silla, la mesilla, la cama, la mesa en la que escribo. Golpeaba la puerta del armario empotrado. Hasta que dejaron de importunarme.

Convertimos la habitación de mis padres en un estudio y la de la abuela, que era más pequeña, en una salita para ver la televisión en invierno. Allí se está más recogido, con una mesa camilla y un televisor que apenas encendemos porque preferimos escuchar la radio, una radio antigua pero que se escucha muy bien. Ahora sólo escucho música en el pequeño transistor que tengo en la mesilla, al lado de la cama. Como tengo un cargador y pilas recargables, no necesito pedir pilas de repuesto. Pero si las hubiera necesitado, tampoco tendría problema. Ella me las traería, por la cuenta que le tiene. No me niega nada de lo que le pido. Porque, además, necesita mi firma para poder cobrar la pensión. Depende de mí, como antes dependía de mis padres.

Mi hermana prefirió desde el primer momento la habitación que da a la calle, pero a mí me agobiaba el ruido del tráfico, de los niños gritando, de la vida que late. Nunca fui amigo de los sonidos estridentes, de las voces altas, de los gritos. A mi hermana le pasa lo mismo, pero ella no es tan radical y por eso no le importó quedarse con la habitación que está al principio del pasillo, la del amplio ventanal por el que entra el sol a raudales y se desparrama por los objetos y los recuerdos. A mí siempre me ha molestado la excesiva claridad. No quiero ruidos ni claridad. Tampoco me gustaba hablar con personas desconocidas. Me sería imposible establecer una conversación en la consulta del médico. Procuraba llevarme un libro y leer o hacer que leía, siempre con la intención de que nadie me molestara. Por eso me ponía de los nervios cuando mi hermana se ponía a hablar de cualquier cosa, casi siempre de enfermedades, como es lógico, cuando íbamos al ambulatorio. Se sentaba, miraba alrededor, comenzaba a hablar del tiempo con la persona que estaba al lado y no paraba hasta que nos tocaba entrar en la consulta. Menos mal que tengo buena salud y pocas veces he tenido que ir al médico. Ahora ya no voy al médico, ni siquiera consiento que el médico venga a casa. Nadie puede entrar en la habitación y yo no quiero salir de ella. Si enfermo, mala suerte. O me curo con aspirina, ibuprofeno o infusiones o me voy para el otro barrio. Allí seguro que no notaré demasiados cambios.

Se me está terminando el lápiz y tendré que pedirle otro. Antes, mi hermana me castigaba sin comer ni beber, para forzarme a salir, para doblegar mi voluntad. Parece mentira que no me conociera, después de tantos años viviendo juntos en la misma casa. Se dio cuenta de que con esa actitud no conseguía nada y, en el fondo, tenía miedo porque no quería matarme de hambre ni de sed. Sabía demasiado de ella. Me tenía miedo porque sabía que yo sabía. Y podía darle una sorpresa desagradable. Por eso me traía comida y bebida dos veces al día. Y ropa limpia. Y las cosas de aseo. No puedo vivir sin la limpieza, me obsesioné con ella desde los primeros días. Cuando todo comenzó me traía más comida, pero le dije que no quería que me interrumpiera tanto. No me concentraba, no podía leer ni escribir ni escuchar música ni pensar. Ahora ya no necesito comer tanto. Mi cuerpo apenas gasta energía y no quiero engordar.

La habitación es amplia. Nada más entrar, a la derecha, está el cuarto de baño, con un plato de ducha, el lavabo y el inodoro. Al lado de la ducha hay un armario para guardar toallas, botes de gel y de champú, los útiles de afeitar, esponjas de baño y otras menudencias. Ahí también guardo el papel higiénico, del que siempre tengo, como mínimo, diez rollos. Cuando baja de esa cantidad, paso el papel debajo de la puerta y le pido más. Lo mismo ocurre con las otras cosas: libros, ropa, cuadernos y bolígrafos o lápiz para escribir. Una vez a la semana, de madrugada, miro por la mirilla panorámica y compruebo que mi hermana no está acechando en el pasillo, como hacía los primeros días. Abría lentamente la puerta y dejaba la bolsa con la ropa sucia. Dos días después, ella llamaba a la puerta y me dejaba la ropa limpia y planchada en un cesto. Ahora se ha convertido en un ritual.

Enfrente del cuarto de baño, en la pared de la izquierda, hay un armario empotrado con un espejo en la puerta corredera. En ese armario guardo la poca ropa que necesito: un par de camisas y de pantalones, un jersey para cuando hace frío y mucha ropa de deporte, que es la que suelo ponerme habitualmente: cuatro chándales, doce camisetas, cinco pantalones largos y otros cinco cortos, calcetines y tres pares de zapatillas deportivas. Además, también guardo, cuidadosamente doblada en cajones, sábanas y fundas de almohada. La ropa interior la guardo en los cajones de las mesillas. El armario tiene un altillo donde almaceno las mantas y un par de edredones. La cama es grande, de uno cincuenta por dos metros y a ambos lados hay un par de mesillas, sobre las que están las lámparas de noche y una radio pequeña que está casi siempre encendida y emitiendo música clásica. De vez en cuando interrumpen la música y dan las últimas noticias, pero yo nunca los escucho, apago la radio. No tengo televisor. A continuación del armario está la ventana que da al patio, con una cortina que está casi siempre echada para que los vecinos no puedan verme o intenten hablar conmigo. No quiero hablar ni quiero que me vean. Yo tampoco quiero verlos a ellos. Si apenas nos hablábamos cuando hacíamos vida normal, ahora tengo menos ganas. Para no perder la costumbre y sepan que todavía estoy en este mundo, hablo muchas veces en voz alta, recito poesías, leo lo que he escrito o lo que han escrito otros a lo largo de los siglos. En eso me parezco a mi madre, que conversaba con los locutores o increpaba a los políticos o maldecía a los canallas de las radionovelas o aconsejaba a las pobres muchachas que caían en manos de seres depravados que las dejaban embarazadas. Pero ella dialogaba y yo no, esa es la diferencia.

Lo más valioso de la habitación ocupa un testero completo de la pared: una estantería repleta de libros y una mesa en la que paso la mayor parte del tiempo. La silla es muy cómoda, con un asiento rígido pero confortable y un respaldo anatómico que se ajusta perfectamente a la espalda. Desde que empezó todo, hará ya unos cinco años, la rutina diaria, de la que apenas me aparto, además de las horas que dedico a dormir, asearme y comer, consiste en leer durante unas cinco horas, escribir otras cinco, hacer ejercicio y dedicarme a pensar, a reflexionar sobre lo que está pasando. Le doy mil vueltas a la cabeza. Si sólo hay una vida, lo que yo estoy haciendo ahora, alejado de todos y de todo, ¿merece la pena? Así han vivido muchos eremitas, muchos hombres que quisieron vivir aislados, que no soportaban el contacto con sus semejantes. Ahora los comprendo. Olvidarme de lo superfluo y rehuir a los demás me ha hecho más humano, aunque parezca contradictorio. Mi vida anterior había sido superficial, vacía, llena de momentos absurdos. Nunca conocí el amor, porque el amor, en realidad, no existe, aunque los poetas y muchos hombres y mujeres digan lo contrario. El amor no es más que dependencia y necesidad. No necesito amor para ayudar a los demás, no necesito amor para respetar, para luchar por lo que creo justo. El amor ha llenado demasiadas páginas vacías y demasiadas vidas sin sentido. Y ha provocado demasiadas muertes. Lo he visto claro en este tiempo. Mejor llamarlo cariño o ternura o comprensión o entrega. O pasión.

Pero cinco años son muchos, son casi dos mil días encerrado en una habitación que no mide ni veinte metros cuadrados. Casi dos mil días haciendo ejercicio en solitario, hablando solo, escuchando a una mujer que apenas dice nada más que reproches y unas pocas palabras que se resumen en comida, salud y familia. Yo le contesto con monosílabos. A veces es agradable escuchar las palabras en la boca de otras personas, recordar el sonido, pero nada más. En demasiadas ocasiones las palabras son huecas, sin sentido ni oportunidad.

Tendré que afilar las tijeras para cortarme mejor el pelo y recortarme la barba. He reconocido nuevas arrugas en la frente y los ojos, pero me encuentro bien. Me he acostumbrado a la rutina, a la seguridad de las horas planificadas, previstas. Es bueno tener hábitos que impidan la monotonía y el aburrimiento. En cinco años nunca me he aburrido, bien al contrario, me he sentido más pleno, más consciente de mi vida, de la vida de los demás, aunque no los vea. Los demás están ahí fuera y aquí dentro, con mis recuerdos. De eso escribo, de plasmar en el papel todos los pequeños instantes que he vivido, de lo que ha vivido mi familia a mi lado y de lo que me han contado. Es bueno dejar constancia de lo que ha pasado delante de los ojos y en la cabeza, de lo que han dicho y lo que han vivido los que me rodean, aunque ahora ya no estén o no quiera verlos, porque no quiero que me vean, para qué me van a ver.

Hace dos días que mi hermana no me trae la comida ni la ropa limpia y planchada, ni los rollos de papel higiénico que le pedí. Tengo hambre. No veo nada por la mirilla, todo está en silencio, un silencio espeso que se puede respirar, que se puede tocar, que entra por los ojos y por la piel. Descorro la cerradura, que está muy bien engrasada, sin ruido, y abro con mucho cuidado la puerta. Me asomo y miro sin ver nada más que los cuadros colgados en las paredes del pasillo. Me muevo muy despacio. Espero que en cualquier momento aparezca mi hermana con algún objeto para golpearme, pero no ocurre nada. Llego hasta la salita. La televisión está encendida, sin voz. Mi hermana, sentada en un sillón, parece dormida y sin darse cuenta de mi presencia. Espero unos minutos. Nada. La llamo con voz queda y le doy un par de golpecitos en los hombros. No responde. Le tomo una mano, que está fría, y compruebo en la muñeca que no tiene pulso. Apago la televisión y me siento junto a ella, acariciándole el brazo. Le hablo en voz baja, como para no despertarla, aunque sé que lleva muchas horas muerta. Tendré que llamar al 112, si es que ese teléfono todavía existe. Me dirijo al salón y abro, por primera vez en muchos años, la puerta corredera. En la terraza, las plantas y las flores dan color a un paisaje de viviendas y árboles que apenas recordaba. Pocas personas en la calle, todas jóvenes. Y muchos niños que corren y juegan en medio de la avenida, sin miedo. No se ven coches, sólo alguna bicicleta que, perezosamente, baja hacia el centro de la ciudad.

Salgo a la terraza y me acodo en la barandilla. Dejo pasar el tiempo sin pensar en nada, mirando distraído el latir de una ciudad y de una vida que ya apenas recordaba. Algunos peatones, al verme asomado, se detienen y comienzan a señalarme. En sus rostros se percibe asombro y también miedo. Al poco rato se ha formado una pequeña multitud que no deja de contemplarme. Yo los saludo con la mano, pero ellos comienzan a agitar los brazos con los puños cerrados y gritan amenazadoramente hacia mí. A lo lejos se oyen las sirenas de ambulancias y de coches de la policía y de bomberos. No entiendo nada.

Salgo de la terraza, cierro la puerta corredera y me dirijo a la salita. En la televisión aparece la imagen de una reportera que está hablando frente a mi casa. Subo el volumen y escucho a la periodista.

–Hace unos minutos nos comunicaron que se había visto a una persona mayor asomada a la terraza de una vivienda y nos hemos dirigido con un equipo móvil para comprobar la veracidad de la noticia. En estos momentos no vemos a nadie, pero varios coches de la policía, una ambulancia y un camión de bomberos se han estacionado frente a la vivienda. Ahora vemos cómo un grupo de Geos, perfectamente preparados con trajes aislantes, entra en el portal. Como todos ustedes saben, desde que hace tres años se descubrió que la causa de la pandemia era debida al envejecimiento neuronal y que esto produce una serie de modificaciones en el organismo que se transmiten por el simple contacto con la piel o por el aire, todos los países llegaron al acuerdo de confinar a las personas mayores de sesenta y cinco años en Groenlandia. Los pocos habitantes de la enorme isla fueron reubicados en Noruega y en otros países del norte de Europa. Mientras no se descubra un tratamiento eficaz o una vacuna que evite la propagación de la enfermedad, las personas que vayan a cumplir esa edad deben presentarse voluntariamente en los lugares asignados un mes antes de su cumpleaños para ser trasladadas con todas las garantías. Hasta el momento parecía que se había logrado confinar a todas las personas de esas características de nuestro país. Teníamos conocimiento de algunos casos aislados en Japón, en Italia y en Brasil, pero nunca se había dado un caso en España.

Dejé de escuchar la noticia y apagué la televisión. Por primera vez en mucho tiempo, miré con cariño a mi hermana. Ella era unos seis años más joven que yo, por lo que ahora tendría unos sesenta años, pero yo había cumplido sesenta y cinco hacia casi un año. Nunca me dijo nada y dejó que continuara con mi vida de encierro, viviendo feliz en la ignorancia. Me senté a su lado y le cogí la mano. En su rostro había una expresión de tranquilidad que me recordaba a la que había visto en la abuela cuando la encontramos sin vida. Comencé a escuchar gritos y golpes en la puerta. Cerré los ojos y esperé.

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