No lo entiendo

Los años no pasan en balde. Todos sabemos que a medida que transcurre el tiempo la mayor parte de los materiales van perdiendo flexibilidad y se vuelven más rígidos, llegando un punto en que pueden resquebrajarse y romperse. Los efectos de la erosión, la oxidación, la humedad, la temperatura, el envejecimiento de los materiales… Son muchos los factores que influyen en el deterioro de los cuerpos. A los humanos nos sucede lo mismo y en mucha mayor medida porque, lo queramos o no, somos mucho más frágiles. Si una bolsa de plástico puede permanecer varios cientos de años sin degradarse, nuestros cuerpos y mentes se estropean mucho antes.

Será por eso que mi deterioro físico y mental, propio de la edad provecta en la que ya me encuentro, y no me puedo quejar, provoca una rigidez e inflexibilidad en los huesos, en los músculos y, sobre todo en mi pensamiento que, seguramente, hace unos años no tenía. Ya hay muchas cosas que me resbalan, paso de ellas, me importan un bledo, carecen de importancia, cuando hasta hace unos pocos años me enervaban, y ahora me cuesta cada vez más cambiar de ideas, someterme a las ideas de los demás, entender determinadas actitudes y situaciones (sin embargo, dicen que los abuelos, a pesar de la edad, son mucho más permisivos con los nietos que lo fueron con sus hijos, pero como yo no tengo nietos no puedo opinar).

La presente situación de pandemia de virus y de ideas estrafalarias, de colapso económico y político, quizás haya sido el detonante de todo lo que me está ocurriendo. ¿Cómo soportar de manera estoica los debates del Estado de la Nación, las cifras de contagios y muertos por el Covid-19, los discursos inanes de Sánchez, Iglesias, Casado, Ayuso, Torra, Puigdemón o Abascal, el caso Dina, la Gürtel, la falta de empatía de los políticos con los ciudadanos, la soberbia de casi todos, la incapacidad de ponerse de acuerdo en una situación tan crítica, la ignorancia que flota en el aire, la escasa conciencia y el egoísmo de muchas personas que son incapaces de mantener una mínima disciplina…? Noto que cada vez me cuesta más ver y escuchar las noticias de radio y televisión, que ya no me enganchan los debates, que me estoy apartando de la actualidad y de la realidad y cada vez me refugio más en la ficción de novelas, poesía, música, arte en general. Me limito a ver los titulares de la prensa o de los noticiarios para no encerrarme del todo y conocer lo que pasa en nuestro país y en el mundo, pero de ahí no paso. Es tan decepcionante y desalentador ver y escuchar a los políticos, a los pretendidamente expertos virólogos, que apenas se ponen de acuerdo en unas pocas premisas, a los gurús y visionarios que pronostican catástrofes o remedios inmediatos pero que apenas aciertan, a los comunicadores que vociferan en las ondas, insultando a unos y halagando a otros, tergiversando torticeramente la realidad, que ya me he hartado. Pero antes de tirar la toalla definitivamente y confinarme en cuerpo y alma de manera voluntaria y no salir en mucho tiempo, quizás alguien me pueda ayudar y explicarme lo que me pasa y lo que está pasando. Pondré algunos ejemplos.

1. Es obligatorio andar por la calle con mascarilla. Pero cuando haces deporte y pasas junto a la gente o te sientas con un grupo de amigos en una terraza, te la puedes quitar. No lo entiendo.

2. En muchos lugares cierran parques y jardines pero permiten sentarse en lugares cerrados como restaurantes o cafeterías, aunque sea con distancia y medidas higiénicas. No lo entiendo.

3. Cierran perimetralmente ciudades pero permiten que las personas se muevan libremente dentro de ellas sin apenas restricciones. No lo entiendo.

4. Si viajas en metro, en tren, en avión o en Bla bla car apenas hay restricciones. No lo entiendo.

5. Cada vez entiendo menos a los políticos. Ayer dicen blanco y hoy dicen negro y no se les cae la cara de vergüenza. Son tantos los ejemplos que podrían llenar páginas y páginas. Si buscáis en las hemerotecas encontraréis mucha información y quizás alguna vez dedique un poco de tiempo a hacerlo. Esto no quiere decir que todos los políticos sean iguales. La mayor parte son honrados y trabajan por lo que ellos creen justo. Pero no prometas aquello que no puedas cumplir ni digas algo de lo que después te tengas que arrepentir. Por eso yo no me he hecho político y cada vez entiendo menos la política.

6. Apenas somos críticos con los partidos políticos a los que solemos votar y denostamos cualquier cosa de los adversarios. Somos como los radicales en el fútbol, con la diferencia de que el fútbol es juego y diversión y la política determina gran parte de nuestra vida diaria. No lo entiendo.

7. Sin haber educado ni haber responsabilizado antes a las personas ahora no se les puede pedir educación ni responsabilidad. Eso sí lo entiendo.

8. No entiendo que grupos de amigos o familiares se enfaden por culpa de la política. Si uno lee Patria, analiza lo que ocurre en Cataluña o lo que pasa en Madrid, se dará cuenta de cuántas amistades se han roto.

9. Acabo de terminar de leer El guardián entre el centeno. Lo había leído cuando era apenas un adolescente y no me gustó y ahora tampoco me gusta. No entiendo cómo ese libro es un icono para mucha gente y la crítica lo ponga por las nubes.

10. Hay programas de televisión tan deleznables que tendrían que ser eliminados ipso facto y sin anestesia. Que se emitan bodrios como Sálvame, First dates o La isla de las tentaciones, entre otros, es un síntoma de lo bajo que caen algunas cadenas y lo poco que les importa la salud mental de los teleespectadores. No entiendo que la fiscalía no actúe de oficio.

Podría seguir con muchos más ejemplos que no tienen nada que ver con la política ni con la pandemia y sí con la vida cotidiana de ciudadanos normales y corrientes, pero con esto me llega por hoy, y si alguien puede ayudarme a entender algo, ruego que me lo explique porque cada vez estoy más desorientado y perdido.

Fatigas

Piel de toro. En el enorme ruedo estamos todos. Somos muchos millones. La mayor parte de nosotros está charlando, mirando los móviles, escuchando la radio o viendo la televisión; una minoría lee el periódico y se dice que algunos también trabajan. En las gradas, a la sombra, unos pocos, la mayor parte hombres, aunque también se puede ver alguna mujer, asisten como espectadores y lanzan miradas aburridas al espectáculo que se presenta ante sus ojos. Visten ropas elegantes, zapatos caros y relojes y joyas de alta gama. Charlan entre ellos, ríen y, a veces, se separan del resto y susurran palabras ininteligibles que los demás no pueden escuchar.

Abajo, en el ruedo, que no está relleno de albero, sino de cemento, de campos cultivados y sin cultivar, montañas, ríos, desiertos, carreteras… hay unos miles de personas que visten trajes de luces. La mayoría están en el centro de la plaza y el resto se distribuye a todo lo largo y ancho en pueblos, ciudades y aldeas. A una señal de uno de los espectadores, un grupo de toreros se destaca del resto y, dirigiéndose a todos los ángulos, mueven lentamente la capa. Se nota que dominan el arte, que no es la primera vez que lo hacen. Muy quietos, el rostro impasible, serio, circunspecto, lanzan algún grito para que los millones de personas dejen de charlar o de hacer lo que quiera que hagan. Prestan atención al movimiento de las capas. Cada uno elige la que más le gusta y acude de manera hipnótica al engaño. Apenas prestan atención a las manos, a los gritos de los toreros, al cuerpo que se esconde a sus miradas. Solo esperan el momento oportuno para embestir, para golpear el trapo y destrozarlo. Cada vez avanzan con mas rapidez, con más furia. Parece que van a tocar, y finalmente lo hacen, la capa. Pero desconocen que alguien la está moviendo, que los está llevando a su terreno, que se envuelven en el engaño. Codiciosos, embisten una y otra vez, pero los toreros son muy profesionales y saben hurtar el peligro. En toda la piel de toro está ocurriendo lo mismo. Se han hecho muchos grupos. De vez en cuando, uno de los toreros es arrollado, pero rápidamente es sustituido por otro. En ese caso los espectadores parecen salir de su letargo y cuchichean entre ellos. Algunos aplauden y otros silban descontentos.

Ya sé, ya sé que es una metáfora muy burda, que ya os habéis dado cuenta de que estoy hablando de los ciudadanos, de los políticos, de los problemas que nos agobian, de los poderes fácticos. Los ciudadanos, por desgracia, somos muy fáciles de llevar al huerto. Nos presentan el engaño, problemas menores que se pueden despachar con facilidad y con buena voluntad, para desviar la atención de lo que realmente importa: la sanidad, la educación, la economía, la pandemia, en definitiva, el bienestar y la prosperidad de los españoles. Dilapidamos las energías, ahora que son tan necesarias, insultando, mintiendo, mirando para otro lado, metiendo la cabeza en el agujero o cerrando los ojos ante una realidad que nos está, esta vez sí, corneando con brutalidad. Pero no tenemos políticos de altura. Ya no se puede decir eso de que se pueden contar con los dedos de mi mano, a no ser que el que lo dice sea manco. O la cita bíblica sobre Sodoma y Gomorra: no se encuentran ni diez, ni cinco justos, por tanto, seremos destruidos si un milagro no lo impide.

Cada vez asisto con más estupor, unido a desengaño, decepción, cabreo y otras emociones negativas, al espectáculo bochornoso de políticos ineptos e ineficaces, de adláteres y corifeos que viven de ellos, de figuras televisivas y radiofónicas que son la voz de su amo, de presuntos especialistas tertulianos que se dedican a echar más leña al fuego. ¡Más madera!, gritaría Groucho Marx. No hace falta, nos bastamos y sobramos para inmolarnos, como ya hemos hecho demasiadas veces. Me temo que somos incorregibles.

Al sur de Despeñaperros la palabra fatiga no se suele emplear, aunque también, en el sentido de cansancio, de ahogo, de agotamiento. Cuando un andaluz dice “tengo fatiga”, puede significar, entre otras cosas, que le da apuro o reparo (me da fatiga pedirle ese favor), que tiene náuseas (he comido demasiado, me están entrando unas fatigas…) y también puede implicar pasar malos momentos (estoy pasando unas fatiguitas…). Hay más significados, pero con estos tres me llega.

Pues a mí que soy medio andaluz y medio gallego, me entran todo tipo de fatigas. Me dan náuseas, me da fatiga, ver las sesiones de control al gobierno, los insultos en las televisiones y en el Congreso, la falta de preparación y de decencia, la desfachatez con la que se dirigen a nosotros, creyendo que somos ignorantes o que todo nos da igual y que los seguiremos votando hagan lo que hagan (me temo que en esto no se equivocan demasiado).

También me fatiga, me cansa, me agota, además del lenguaje, cada vez más soez y barriobajero, este continuo sinvivir de noticias negativas. Apenas una pequeña anécdota, como una flor en el desierto, atisbamos de vez en cuando, pero seguimos instalados en un páramo de ideas, de hechos. La realidad se impone con toda su crudeza. Y según algunos, esto es sólo la punta del iceberg. Aviados estamos.

Y qué fatiguitas estoy pasando con esta maldita pandemia y con estos ineptos y descarados políticos. Quizás pretendan que nos desenganchemos, que sólo se queden aquellos incondicionales, como los radicales en el fútbol, para que puedan hacer y deshacer lo que les venga en gana. Aunque todavía no lo han conseguido, les falta poco. Últimamente sólo me interesa la familia, los amigos, la buena música, los libros, hacer deporte y algunas series de televisión. Pero a una de mis pasiones, la política, le puede pasar como a otra de mis aficiones de la que ya me he alejado, el fútbol. Sería una lástima, pero es así.

Dibujo Pase de capa. | Toros y toreros, Arte taurino, Galeria de arte