Atrapado en el tiempo. Y ahora, la Ley Celáa

¡Qué pereza! Esta exclamación, lanzada de vez en cuando por uno de los personajes de una conocida serie española, la repito varias veces al día últimamente. Cuando leo las noticias sobre el coronavirus, sobre las elecciones americanas, sobre las disputas en el seno del gobierno, sobre las negociaciones de los presupuestos, suspiro intentando rebajar la opresión que en el pecho tengo desde hace semanas y me digo ¡qué pereza! Otra vez lo mismo de ayer y de anteayer y de la semana pasada y del mes pasado.

No me entra bien el aire en los pulmones y tengo que tomarlo con fuerza y expulsarlo haciendo un esfuerzo. Inhalación, espiración, inhalación, espiración. Cierro los ojos e intento dejar la mente en blanco, me centro en los latidos del corazón y en la respiración. Inhalación, espiración, inhalación, espiración. Recuerdo la época en la que practicaba yoga y que me habituó a centrarme en la respiración, en el control de la mente. Era capaz de rebajar de manera notable el número de latidos del corazón. Tendré que volver a practicar yoga, porque los tiempos que vivimos requieren mucho control de las emociones para evitar salir a las terrazas o a la calle lanzando gritos desesperados de auxilio, de rabia, de frustración. Estamos cerca del colapso y parece que no hay nadie dispuesto a evitarlo. Si caigo yo, que caigan todos conmigo, parecen decirse unos y otros.

Si no teníamos bastante con los problemas mencionados, ahora añadimos otro que se viene repitiendo cada cinco o seis años: el debate sobre la reforma educativa, sobre cambiar la actual Ley de Educación. Somos el país europeo y seguramente mundial que más veces ha modificado sus leyes educativas. Cada vez que cambia un gobierno, cambia la ley, porque ya se sabe que el gobierno anterior no apeló al consenso y, claro, ahora hay que aprovechar que tengo la sartén por el mango, hago de mi capa un sayo y cambio la ley. Por cierto, es curiosa la importancia que en este país le damos a los ministros y ministras de educación, que últimamente suelen ser más conocidos porque las leyes educativas llevan su nombre: Ley Wert (LOMCE) y Ley Celáa (LOMLOE), sin ir más lejos.

Cuando me dedicaba a administrar mi antiguo blog (Blog de Orientación del IES Hermanos Machado) que, aunque parezca mentira y después de dos años que me despedí de él, sigue recibiendo visitas diariamente, escribí muchos artículos sobre el desánimo, la frustración, el desencanto o el enfado que producía este desbarajuste en los docentes que, se quiera o no, son los que tienen que llevar a cabo y poner en práctica lo que los políticos aprueban en las Cortes en materia educativa, aunque esos políticos se pasen por la piedra lo que propongan o protesten maestros y profesores de instituto. Uno de los últimos artículos que escribí se titulaba El imposible consenso sobre la educación. Si lo leéis, podréis comprobar que, punto por punto, se puede aplicar al actual momento. Si antes los obstáculos eran la religión, la educación para la ciudadanía, el apoyo a la enseñanza concertada o la inclusión del castellano como lengua vehicular, por ejemplo, ahora esos obstáculos son, precisamente, según los partidos de la oposición, la supresión del castellano como lengua vehicular, el menor peso de la religión y un supuesto ataque a la enseñanza concertada, entre otros cambios, lo que provoca el rechazo de dichos partidos.

He tenido la tentación de hacer una tabla comparativa entre las diferentes leyes educativas, ocho en cuarenta años contando esta última que se aprobará en poco tiempo (LOECE 1980, LODE 1985, LOGSE 1990, LOPEGCE 1995, LOCE 2002, LOE 2006, LOMCE 2013 y LOMLOE 2020) pero ¡qué pereza!, me he vuelto a repetir. Y, además, para qué, de qué serviría ese esfuerzo. Que lo hagan otros, como dijo más o menos el filósofo. Como veo los toros desde la barrera y estoy algo desentrenado, habrá seguramente muchos que lo harán en mi lugar. Cuando cambien las tornas, que cambiarán y si no, al tiempo, volveremos a la carga con este tema. Así que esta tarde, si puedo, veré la película Atrapado en el tiempo, para hacerme a la idea del eterno retorno en la política y en la educación. Nos volveremos a encontrar.

Forges on Twitter: "¿Leyes Educativas Consensuadas...? ¿Aquí ? ¡  Imposeibol..!.- #forges http://t.co/1KQkqp8Sie"

Cartas a los Reyes Magos

A pesar de estar sentados, se puede adivinar que el primer hombre, el que está de espaldas al ventanal que ocupa todo el lateral de la gran nave, es el más alto. Tiene la espalda encorvada, como si soportara un enorme peso que le obligara a mirar constantemente al suelo. Respira con dificultad y se frota las manos para espantar el frío, un gesto que sus dos compañeros repiten con frecuencia. El primer hombre viste con un traje marrón de tres piezas, pasado de moda, con hombreras, grandes solapas en la chaqueta y pantalones anchos. La ropa está arrugada pero limpia. Cuando mira al compañero que está a su izquierda sonríe con tristeza, apenas un pequeño movimiento de la comisura de sus labios, entrecerrando sus ojos azules, rodeados de arrugas, como la frente y el dorso de las manos. Apenas se le ve el rostro, pues tiene el pelo cano y una barba blanca que le llega casi hasta el pecho. Sin embargo, todo en él refleja amargura, desolación, cansancio. Con un movimiento lento, desganado, ha cogido una carta del saco que tiene a sus pies y comienza a leerla. Nada más echar un vistazo al encabezado, parece que quiere entregársela al tercer hombre, el que está sentado frente a él, un hombre de pelo cano y tez oscura, zamarra de lana y camisa estridente, llena de colorido, que mira sonriendo a su alrededor. Sin embargo, el primer hombre detiene el gesto y en lugar de entregar la carta, sigue leyendo, parece que algo le ha llamado la atención. Después de unos segundos, su rostro se ilumina, la sonrisa se convierte en una risa franca, casi una carcajada. Esos instantes han bastado para cambiar su fisonomía. Tarda unos minutos en leer todo el texto y riendo como hacía mucho tiempo que no reía, entrega la hoja a su compañero. Toma, es para ti, seguro que te va a gustar. La escribe un tal Santiago. Me temo que no está muy contento con nosotros con todo lo que ha pasado este año, como si tuviéramos la culpa de que la gente sea tan descerebrada. Seguro que es un republicano y vota a Podemos.

El hombre que está sentado a su izquierda parece un poco más joven, quizás un par de cientos de años menos que los otros dos. Lo único destacado en su figura es una especie de corona que lleva sobre su cabeza, así como una barba de color castaño, como su pelo, con algunas hebras blancas o grises. Esta barba es más corta y está más cuidada que la de su compañero. Él también está leyendo una carta que le ha llamado la atención porque casi toda está ocupada por dos grandes palabras: SALUD y TRABAJO. En el resto de la carta las peticiones son muy humildes y fáciles de realizar. El hombre murmura en voz baja, se intentará, pero cada vez está más complicado, Carmen; como siga esto de la pandemia, aviados estamos todos, empezando por nosotros, que cada vez tenemos más riesgo por mor de la edad; entre la Covid-19, los políticos y los científicos, cada uno por su lado y sin ponerse de acuerdo, los que ponen muros y barreras, los negacionistas, los que no atienden a las normas, etc., esto va para largo.

Los tres hombres llevan varios días leyendo cartas, unas cartas que les entregan en enormes sacos varios personajes que van vestidos de manera muy curiosa, al estilo oriental, con turbantes, chaquetillas sin mangas y amplias camisolas, pantalones abombados y babuchas. Los sacos se van acumulando al fondo de la gran sala y los tres hombres cada vez están más agobiados. El único que parece más tranquilo y risueño es el negro, mejor dicho, la persona de color, no vaya a ofenderse alguien. De todas formas, seamos políticamente correctos o no, hay que ser sinceros, ese personaje tiene el color de la piel negro, muy negro. Ahora se está riendo a carcajada limpia, dándose golpes en la rodilla con las manos. Ha dejado la carta a un lado, sobre la enorme mesa que ocupa todo el centro de la nave, junto a otras dos o tres más que ha seleccionado. Eso puede significar dos cosas: que son cartas que hay que tener en cuenta para intentar que se cumplan todos los deseos que en ella figuran o, por el contrario, que serán quemadas en la inmensa chimenea que ocupa uno de los laterales, pero que en este momento está apagada.

El primer hombre, el de la barba blanca, vuelve a meter la mano en el saco y saca una pequeña hoja manuscrita que contiene apenas diez o doce líneas. Las primeras palabras dicen así: “Queridos Reyes Magos, a ver si sois capaces de arreglar este desaguisado, que la cosa está muy mal”. Lo de siempre, piensa el hombre, la gente no se da cuenta de que nosotros no somos la Virgen de Lourdes, diríjanse a otro departamento. Y sigue leyendo “El coronavirus lo ha estropeado todo este año y creo que de esto no tenéis la culpa. Yo no es que me queje, tengo salud, una buena pensión y una familia unida y, dentro de lo que cabe, feliz, aunque podría mejorar en algunos aspectos (el trabajo de mi hija, algún nieto que otro, que no hay equilibrio, unos tantos y otros tan pocos…). Ya se sabe que nunca estamos satisfechos del todo. Así que os voy a pedir sólo un par de cosas: que se termine la pandemia, que mi hija apruebe las oposiciones o encuentre un buen trabajo (esto lo llevo diciendo hace un par de años y no hay manera) y que la familia siga estando unida y feliz. Para qué pedir más. Bueno sí, que no se me siga cayendo el pelo, que voy a ser una vergüenza para la familia y algo más material, para que no os rompáis demasiado la cabeza, tres libros, que ahora tengo mucho tiempo para leer: La ciudad de vapor, de Carlos Ruiz Zafón, Emocionarte, la doble vida de los cuadros, de Carlos del Amor y Mientras escribo, de Stephen King. Y si pudiera ser, también un bolso, de esos de hombre, no de los otros, no os vayáis a confundir. Lo demás ya me lo compraré yo cuando pueda salir sin impedimentos”. Se hará lo que se pueda, aunque lo del pelo está complicado, usa Minoxidil todos los días, Xosé Manoel, qué nombre tan raro, pensó. Esta hoja también fue apartada y puesta encima de un pequeño montón que se había ido formando a lo largo de las últimas semanas.

NOTA: Los tres hombres continuaron leyendo hasta que llegó el día 5 de enero de 2021. Esa vez no hubo cabalgatas, ni caramelos, ni caras de sorpresa y de ilusión en niños y mayores. Fue una noche de Reyes especial, pero, por una vez, gran parte de los deseos de esas personas se cumplieron en 2021.

Todo ser humano que se precie…

Todo ser humano que se precie, cuando llegue a la periferia de su vida, o sea, cuando está más cerca del omega que del alfa y vea en el horizonte lo que algunos llaman el final de este valle de lágrimas, debe arrepentirse de algo y redimirse. No cabe duda de que se sentirá más orgulloso, pleno y feliz con el bien que haya podido realizar, pero, al mismo tiempo, cuantas más sean las cosas de las que deba avergonzarse, mejor. Esto significa, con toda seguridad, que ha vivido plenamente. No me refiero, como se podrá suponer, a hechos delictivos, violentos o que vayan en contra de la dignidad de los otros. No soy tan retorcido ni tan villano. Pero esas mentiras que nos han permitido salir de situaciones embarazosas, algunas copas de más con los amigos provocando altercados en la vía pública, comidas pantagruélicas, engaños a Hacienda, discusiones sabiendo que uno no llevaba razón pero mantenía hasta el final su razonamiento sólo para molestar y fastidiar o no dar el brazo a torcer, a eso me refiero. No son grandes maldades pero seguramente salpimientan la vulgaridad de nuestras vidas y alumbran las tardes de tedio que acompañan estos aburridos meses de pandemia. Alguno se dirá, «menuda tontería, lo que de verdad me hubiera gustado era robar un banco y darme la gran vida en las playas del Caribe, haber engañado a mi mujer (o a mi marido) con alguna rubia despampanante (o algún negro bien dotado) o cargarme al jefe habiéndolo torturado antes; eso sí que serían cosas de las que arrepentirse o alegrarse al final de la vida, pero lo otro, de eso no merece la pena ni acordarse». Puede que lleven razón, pero uno es así de modesto, pacato, aburrido o poco imaginativo, qué se le va a hacer.

Cuando era niño, quizás a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta del pasado siglo, en el aire se escuchaban continuamente dos palabras: culpa y pecado. Desde los púlpitos, fueran los de las iglesias o los de los poderes del estado, los sacerdotes religiosos y los otros lanzaban amenazas y pintaban con gruesos trazos un infierno al que íbamos a caer (puesto que el infierno siempre estaba debajo y el cielo en las alturas) debido a nuestro comportamiento o, y eso era lo peor, a nuestros pensamientos. El infierno podía estar en la tierra, que era lo más frecuente y por eso a uno lo podían meter en la cárcel en cuanto se desviara lo más mínimo, o en el más allá. Era cruel aterrorizar a inocentes criaturas con torturas espantosas si uno cometía un pecado mortal y justo en ese instante, vaya usted a saber por qué, se le ocurría a ese mismo uno morirse sin haberle dado tiempo al arrepentimiento. De cabeza al infierno donde Satanás y sus adláteres nos esperaban con sus cuernos, su cola y su tridente, echando fuego por los ojos y conduciéndonos a empujones hacia las calderas ardientes donde nos abrasaríamos durante toda la eternidad.

La de noches que me habré despertado con auténticas pesadillas y llorando porque me acordaba de alguna pequeña trastada que yo consideraba el más horrible de los pecados. Estaba deseando salir del colegio y acercarme a la parroquia para irme a confesar y quitarme ese enorme peso de encima. Lo que más temía era morirme en pecado mortal. Porque si sólo era un pecado venial, tenías que pasar un poco de tiempo en el purgatorio, quemarte algo, no demasiado, y después de unos meses o años, que eso no lo teníamos claro y los curas no lo explicaban, ya podías subir al cielo y gozar con las almas buenas, los ángeles y todos los coros celestiales. Lo del cielo no lo entendía muy bien porque suponía que llegaría un momento que sería algo aburrido, pero lo del infierno, eso sí que era terrible, sobre todo porque los curas tenían armas excesivamente persuasivas: «Seguramente os habréis quemado alguna vez y os acordaréis del dolor que eso produce. ¡Pues imaginaos toda una eternidad con ese terrible sufrimiento!». Como para no tener pesadillas. Y luego venía la explicación sobre lo que era la eternidad, que para unas mentes infantiles e inocentes era un concepto casi incomprensible. Recuerdo que una vez alguien, no recuerdo quién, si fue el profesor de religión o un cura en la iglesia, puso el siguiente ejemplo: «Si un pájaro se posa cada cien años en una bola de acero del tamaño de la Tierra, se produce un leve desgaste en la bola; pues cuando toda la bola se haya desgastado, el tiempo transcurrido podría asemejarse a la eternidad». Más sudores y más taquicardias en mi pequeño corazón. Todavía no me explico cómo fui capaz de sobrevivir a semejantes torturas.

Vamos a dejarnos de estos temas escatológicos y centrémonos en lo que ocurre estos días, que en el fondo tienen que ver con lo anterior. A pesar de la invasión americana en forma de disfraces halloweninianos que llenan escaparates, academias de inglés y tiendas de chinos, persiste la tradición, de las pocas que todavía no han sido abducidas por el enemigo americano, del culto a los muertos, que aunque no llega al nivel de cómo lo celebran en México, aquí tampoco nos quedamos cortos. No digo lo de enemigo americano en el sentido bélico de la palabra porque, a pesar de los pesares, los yanquis no me caen mal, Trump y algunos otros aparte. Y mira que muchos presidentes americanos han sido nefastos, desde Washington hasta el actual, pero reconozco que su democracia y su forma de ser tienen muchas cosas positivas.

Veo por las calle personas que han comprado calabazas con ojos y bocas dentadas, arañas y telarañas, disfraces de brujas, murciélagos, velas negras, máscaras terroríficas. Algunos de estos objetos sólo se veían en carnavales, pero ahora llenan los últimos días de octubre y los primeros de noviembre. Este año con menos parafernalia debido al confinamiento, al cierre de bares y restaurantes a horas tempranas, a la prohibición de reuniones de más de seis personas y otras normas que pretender que se termine esta pesadilla. Esto sí es terror y no Halloween.

Ya se ha perdido la costumbre de representar el Tenorio en los teatros o en la televisión en estas fechas. En el Estudio 1, el mítico programa de televisión española, se reponía casi todos los años. Grandes actores y actrices pugnaban por hacer de Don Juan o de Doña Inés. Las jóvenes generaciones quizás desconozcan esta costumbre y, me temo, tampoco conozcan la obra de Zorrilla y de Tirso de Molina. Los jóvenes, por lo menos en las grandes ciudades, tampoco suelen visitar los cementerios. Yo tampoco solía hacerlo, aunque de vez en cuando acompañaba a mi madre al cementerio de San Amaro en Coruña y, últimamente, a Carmen al pequeño cementerio de Aroche. No es que sea muy dado a este tipo de celebraciones, pero tienen cierta ternura y entiendo que muchas personas necesiten visitar a sus seres queridos ya desaparecidos. El olvido es la muerte real y por eso, para evitar la desaparición definitiva, en muchos países se mantiene la costumbre de, por lo menos una vez al año, acudir al cementerio, llevar flores, limpiar las tumbas, quizás hablar en voz alta o en susurro para contar lo que nos ha sucedido, para tener la impresión de que nos escuchan, de que siguen ahí esperándonos para compartir el tiempo en compañía. Los cementerios no me parecen lugares lúgubres, bien al contrario, suelen estar cuidados, limpios, diáfanos. Y en muchos de ellos se pueden encontrar verdaderas obras de arte, desde la más sencilla lápida hasta esculturas y mausoleos barrocos y exagerados. Y frases que conmueven o que nos arrancan una sonrisa. No me resisto a reproducir algunas: «¿Veis cómo era verdad que me dolía?», «Ya decía yo que ese médico no valía mucho», «Un amigo y yo apostamos quién aguantaba más debajo del agua. Gané» «Que conste que yo no quería», «Aquí yace mi mujer, fría como siempre», «Recuerdo de todos tus hijos (menos Ricardo, que no dio nada)».

Y como todos, aunque no pensemos mucho en ello, vamos a terminar haciéndonos compañía en una necrópolis, mejor irse haciendo a la idea poco a poco. Por eso, todo ser humano que se precie debe mirar de vez en cuando su interior, rebuscar en el pasado, alegrarse y sentirse orgulloso con la felicidad que haya podido provocar, lamentar y arrepentirse del daño causado y, por supuesto, reivindicar y recrearse en los placeres disfrutados. Todo esto pienso mientras la luminosa mañana del Día de los Difuntos en Sevilla invita al paseo y a dejar de pensar en cosas profundas y tristes. La vida sigue y hay que gozarla con toda plenitud.

Sevilla recuerda a sus difuntos