Todo ser humano que se precie…

Todo ser humano que se precie, cuando llegue a la periferia de su vida, o sea, cuando está más cerca del omega que del alfa y vea en el horizonte lo que algunos llaman el final de este valle de lágrimas, debe arrepentirse de algo y redimirse. No cabe duda de que se sentirá más orgulloso, pleno y feliz con el bien que haya podido realizar, pero, al mismo tiempo, cuantas más sean las cosas de las que deba avergonzarse, mejor. Esto significa, con toda seguridad, que ha vivido plenamente. No me refiero, como se podrá suponer, a hechos delictivos, violentos o que vayan en contra de la dignidad de los otros. No soy tan retorcido ni tan villano. Pero esas mentiras que nos han permitido salir de situaciones embarazosas, algunas copas de más con los amigos provocando altercados en la vía pública, comidas pantagruélicas, engaños a Hacienda, discusiones sabiendo que uno no llevaba razón pero mantenía hasta el final su razonamiento sólo para molestar y fastidiar o no dar el brazo a torcer, a eso me refiero. No son grandes maldades pero seguramente salpimientan la vulgaridad de nuestras vidas y alumbran las tardes de tedio que acompañan estos aburridos meses de pandemia. Alguno se dirá, «menuda tontería, lo que de verdad me hubiera gustado era robar un banco y darme la gran vida en las playas del Caribe, haber engañado a mi mujer (o a mi marido) con alguna rubia despampanante (o algún negro bien dotado) o cargarme al jefe habiéndolo torturado antes; eso sí que serían cosas de las que arrepentirse o alegrarse al final de la vida, pero lo otro, de eso no merece la pena ni acordarse». Puede que lleven razón, pero uno es así de modesto, pacato, aburrido o poco imaginativo, qué se le va a hacer.

Cuando era niño, quizás a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta del pasado siglo, en el aire se escuchaban continuamente dos palabras: culpa y pecado. Desde los púlpitos, fueran los de las iglesias o los de los poderes del estado, los sacerdotes religiosos y los otros lanzaban amenazas y pintaban con gruesos trazos un infierno al que íbamos a caer (puesto que el infierno siempre estaba debajo y el cielo en las alturas) debido a nuestro comportamiento o, y eso era lo peor, a nuestros pensamientos. El infierno podía estar en la tierra, que era lo más frecuente y por eso a uno lo podían meter en la cárcel en cuanto se desviara lo más mínimo, o en el más allá. Era cruel aterrorizar a inocentes criaturas con torturas espantosas si uno cometía un pecado mortal y justo en ese instante, vaya usted a saber por qué, se le ocurría a ese mismo uno morirse sin haberle dado tiempo al arrepentimiento. De cabeza al infierno donde Satanás y sus adláteres nos esperaban con sus cuernos, su cola y su tridente, echando fuego por los ojos y conduciéndonos a empujones hacia las calderas ardientes donde nos abrasaríamos durante toda la eternidad.

La de noches que me habré despertado con auténticas pesadillas y llorando porque me acordaba de alguna pequeña trastada que yo consideraba el más horrible de los pecados. Estaba deseando salir del colegio y acercarme a la parroquia para irme a confesar y quitarme ese enorme peso de encima. Lo que más temía era morirme en pecado mortal. Porque si sólo era un pecado venial, tenías que pasar un poco de tiempo en el purgatorio, quemarte algo, no demasiado, y después de unos meses o años, que eso no lo teníamos claro y los curas no lo explicaban, ya podías subir al cielo y gozar con las almas buenas, los ángeles y todos los coros celestiales. Lo del cielo no lo entendía muy bien porque suponía que llegaría un momento que sería algo aburrido, pero lo del infierno, eso sí que era terrible, sobre todo porque los curas tenían armas excesivamente persuasivas: «Seguramente os habréis quemado alguna vez y os acordaréis del dolor que eso produce. ¡Pues imaginaos toda una eternidad con ese terrible sufrimiento!». Como para no tener pesadillas. Y luego venía la explicación sobre lo que era la eternidad, que para unas mentes infantiles e inocentes era un concepto casi incomprensible. Recuerdo que una vez alguien, no recuerdo quién, si fue el profesor de religión o un cura en la iglesia, puso el siguiente ejemplo: «Si un pájaro se posa cada cien años en una bola de acero del tamaño de la Tierra, se produce un leve desgaste en la bola; pues cuando toda la bola se haya desgastado, el tiempo transcurrido podría asemejarse a la eternidad». Más sudores y más taquicardias en mi pequeño corazón. Todavía no me explico cómo fui capaz de sobrevivir a semejantes torturas.

Vamos a dejarnos de estos temas escatológicos y centrémonos en lo que ocurre estos días, que en el fondo tienen que ver con lo anterior. A pesar de la invasión americana en forma de disfraces halloweninianos que llenan escaparates, academias de inglés y tiendas de chinos, persiste la tradición, de las pocas que todavía no han sido abducidas por el enemigo americano, del culto a los muertos, que aunque no llega al nivel de cómo lo celebran en México, aquí tampoco nos quedamos cortos. No digo lo de enemigo americano en el sentido bélico de la palabra porque, a pesar de los pesares, los yanquis no me caen mal, Trump y algunos otros aparte. Y mira que muchos presidentes americanos han sido nefastos, desde Washington hasta el actual, pero reconozco que su democracia y su forma de ser tienen muchas cosas positivas.

Veo por las calle personas que han comprado calabazas con ojos y bocas dentadas, arañas y telarañas, disfraces de brujas, murciélagos, velas negras, máscaras terroríficas. Algunos de estos objetos sólo se veían en carnavales, pero ahora llenan los últimos días de octubre y los primeros de noviembre. Este año con menos parafernalia debido al confinamiento, al cierre de bares y restaurantes a horas tempranas, a la prohibición de reuniones de más de seis personas y otras normas que pretender que se termine esta pesadilla. Esto sí es terror y no Halloween.

Ya se ha perdido la costumbre de representar el Tenorio en los teatros o en la televisión en estas fechas. En el Estudio 1, el mítico programa de televisión española, se reponía casi todos los años. Grandes actores y actrices pugnaban por hacer de Don Juan o de Doña Inés. Las jóvenes generaciones quizás desconozcan esta costumbre y, me temo, tampoco conozcan la obra de Zorrilla y de Tirso de Molina. Los jóvenes, por lo menos en las grandes ciudades, tampoco suelen visitar los cementerios. Yo tampoco solía hacerlo, aunque de vez en cuando acompañaba a mi madre al cementerio de San Amaro en Coruña y, últimamente, a Carmen al pequeño cementerio de Aroche. No es que sea muy dado a este tipo de celebraciones, pero tienen cierta ternura y entiendo que muchas personas necesiten visitar a sus seres queridos ya desaparecidos. El olvido es la muerte real y por eso, para evitar la desaparición definitiva, en muchos países se mantiene la costumbre de, por lo menos una vez al año, acudir al cementerio, llevar flores, limpiar las tumbas, quizás hablar en voz alta o en susurro para contar lo que nos ha sucedido, para tener la impresión de que nos escuchan, de que siguen ahí esperándonos para compartir el tiempo en compañía. Los cementerios no me parecen lugares lúgubres, bien al contrario, suelen estar cuidados, limpios, diáfanos. Y en muchos de ellos se pueden encontrar verdaderas obras de arte, desde la más sencilla lápida hasta esculturas y mausoleos barrocos y exagerados. Y frases que conmueven o que nos arrancan una sonrisa. No me resisto a reproducir algunas: «¿Veis cómo era verdad que me dolía?», «Ya decía yo que ese médico no valía mucho», «Un amigo y yo apostamos quién aguantaba más debajo del agua. Gané» «Que conste que yo no quería», «Aquí yace mi mujer, fría como siempre», «Recuerdo de todos tus hijos (menos Ricardo, que no dio nada)».

Y como todos, aunque no pensemos mucho en ello, vamos a terminar haciéndonos compañía en una necrópolis, mejor irse haciendo a la idea poco a poco. Por eso, todo ser humano que se precie debe mirar de vez en cuando su interior, rebuscar en el pasado, alegrarse y sentirse orgulloso con la felicidad que haya podido provocar, lamentar y arrepentirse del daño causado y, por supuesto, reivindicar y recrearse en los placeres disfrutados. Todo esto pienso mientras la luminosa mañana del Día de los Difuntos en Sevilla invita al paseo y a dejar de pensar en cosas profundas y tristes. La vida sigue y hay que gozarla con toda plenitud.

Sevilla recuerda a sus difuntos

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