La matanza de Atocha y la Transición

Sociólogos y psicólogos afirman que cualquier generación tiene más vívidos y presentes los sucesos que le ocurren durante su juventud. Es lógico, ya que aquello que nos ocurre entre los quince y los veinticinco años lo hacen en el periodo de nuestra vida en que somos más impresionables, cuando nuestra visión del mundo está formándose, cuando se configuran nuestras actitudes hacia la política y la sociedad. Cuando se murió Franco yo tenía veinte años y comencé a trabajar, ya como funcionario. Eran los años de la transición, años convulsos, en los que a diario sucedían cosas extraordinarias. Ahora está de moda utilizar la expresión “hecho histórico”. Puedo asegurar que entre los años 1974 y 1981, entre mis diecinueve y veintiséis años, rara era la semana que no nos sobresaltábamos o alegrábamos con algún acontecimiento extraordinario, con algún hecho histórico. Además de la muerte del dictador en 1975, el asesinato de Carrero Blanco dos años antes, la subida al trono de Juan Carlos I (El Breve, como muchos decían o decíamos en aquellos momentos), el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, la legalización de los partidos políticos, previo “suicidio” de las Cortes franquistas, las primeras elecciones generales en 1977, además de secuestros y atentados, intentos de golpes de Estado… Y mientras tanto, los jóvenes de mi generación asistíamos con esperanza y también con miedo a todo aquello. A veces teníamos que retener el aliento, esperando que todo se derrumbara. Los que habían pasado la guerra civil tenían aún más miedo, porque no querían revivir otra guerra similar. Todo eso nos marcó y nos predispuso a tener una mayor conciencia para participar políticamente. Es difícil que aquellos que tenemos entre sesenta y setenta años pasemos de la política. Como será difícil que los que hoy tienen dieciocho o veinte años no queden marcados por la pandemia. Se verá dentro de unos años.

Aunque tengo mala memoria para los nombres y las fechas, hay momentos de esa época que nunca podré olvidar. Una de ellas es mi paso por el servicio militar (ya está el abuelo con sus batallitas, os diréis). Pero, ¿cómo se me van a olvidar aquellos meses que coincidieron con una de las épocas más turbulentas y peligrosas de la historia reciente de España? Y que coincidió, precisamente, con mi estancia en el cuartel de Intendencia de la Puerta de la Carne, en Sevilla. Después de dos meses infernales, julio y agosto de 1976, en Cerro Muriano, en Córdoba, con un calor asfixiante, con ejercicios y marchas interminables, con restricciones de agua por la sequía, etc., llegaron unos meses de relativa tranquilidad en el cuartel: trabajar en una oficina, alguna guardia de vez en cuando, buenas relaciones con los superiores y los compañeros, bastante libertad para entrar y salir del cuartel, disciplina relativamente relajada. Un paraíso comparándolo con los meses anteriores.

Otros cuatro compañeros y yo pudimos alquilar un piso en la calle Torneo, donde solíamos reunirnos cuando nos daban permiso, que era casi todos los fines de semana. Allí podíamos charlar tranquilamente, sin cortapisas, hablando casi siempre de política. Uno de ellos tocaba estupendamente la guitarra y aprovechábamos para cantar canciones de Mercedes Sosa, de Quilapayún, de Paco Ibáñez, de Labordeta o de Lluis Llach. Había dos catalanes, dos vascos y yo. Todos con ideología de izquierda, así que las discusiones solían girar en torno al momento que se estaba viviendo en España. Aunque todos queríamos que se produjeran cambios revolucionarios, rápidos y que se enterrara de una vez el régimen de Franco, también éramos conscientes de las enormes dificultades. No nos gustaba Adolfo Suárez (había sido designado precisamente el día que yo salía de Coruña en tren camino del campamento de Cerro Muriano), veíamos que las Cortes eran todavía las franquistas, que la ultraderecha campaba a sus anchas en el territorio español, sobre todo los guerrilleros de Cristo Rey, y que los grupos terroristas (ETA y el Grapo, fundamentalmente) ponían piedras en la maquinaria que intentaba poner en marcha el nuevo gobierno. Los dos vascos justificaban las acciones de ETA porque se dirigían, fundamentalmente, a las fuerzas represoras del Régimen (ejército, policía y guardia civil, que impedían el cambio y detenían y torturaban a los militantes y simpatizantes de la izquierda). Los catalanes tenían como mantra “libertad, amnistía y Estatut de Autonomía” y simpatizaban también con la lucha que llevaba a cabo ETA. Yo, por mi parte, defendía las ideas de la Unión do Povo Galego, de la Asamblea Nacional Popular Galega y de todo aquello que sonara a lucha por las libertades de la Nación Galega. También había tenido la oportunidad de hacerme militante del PSOE, ya que coincidió conmigo durante la carrera de Magisterio y en mi primer destino provisional como maestro en el Colegio Raquel Camacho, una destacada figura socialista de Coruña, Rubén Ballesteros que, además, estaba casado con mi profesora de francés en el Instituto Masculino, Berta Canel, a la que yo apreciaba ya que me había dado una matrícula de honor. Pero en mi familia habían sucedido demasiadas cosas negativas durante la posguerra y a mí se me había metido el miedo en el cuerpo. Yo nunca destaqué por mi valentía, así que le dije que no. Después me arrepentí, pero era demasiado orgulloso para dirigirme a él y solicitarle mi entrada en el partido. En mi defensa diré que sólo tenía 21 años, que era muy tímido y precavido y, visto en perspectiva, creo que hice lo mejor. La política no estaba hecha para mí. Eso de la disciplina de partido no iba con mi forma de ser.

Retomo lo que estaba diciendo de las reuniones con mis compañeros de piso. Nosotros escuchábamos a los militares en el cuartel, los comentarios que realizaban sin ningún reparo delante de los soldados, veíamos el retrato del General en muchos despachos y sabíamos que el ejército iba a ser un impedimento difícil de salvar, aunque, en el fondo, deseábamos con todas nuestras fuerzas que llegara el momento real del cambio, nada nos quitaba la ilusión.

Pero llegó la funesta semana, los fatídicos siete días de enero de 1977. El día 23 fue asesinado por un grupo de extrema derecha vinculado a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, Arturo Ruiz, un estudiante, albañil y activo militante de izquierdas, mientras participaba en una manifestación proamnistía en la Gran Vía madrileña. Al día siguiente, en una manifestación contra el asesinato de Arturo Ruiz, muere la estudiante Mari Luz Nájera como consecuencia del impacto en pleno rostro de un bote de humo lanzado por los antidisturbios. Ese mismo día 24 es secuestrado por los GRAPO el teniente general Villaescusa (el mismo grupo que un mes antes había secuestrado a Oriol y Urquijo, presidente del Consejo de Estado) y por la noche, tres asesinos irrumpen en el despacho laboralista del número 55 de la calle Atocha y matan a cinco personas, además de herir gravemente a otras cuatro (por cierto, en ese despacho era donde habitualmente trabajaba Manuela Carmena, pero ese día le habían pedido que lo prestara para reunirse los que después fueron asesinados). El día 26 de enero se produce una manifestación convocada por el Partido Comunista, todavía ilegal, y Comisiones Obreras. Una manifestación de más de 100.000 personas que recorren las calles en perfecto orden y silencio, una demostración de civismo y de organización que emociona y asombra a la España de aquella época y que muchos analistas consideran el punto de partida de la legalización del Partido Comunista, que se produjo unos meses después, el famoso Sábado Santo Rojo, el 9 de abril de 1977.

En el cuartel, nosotros apenas nos atrevíamos a hablar. Decidimos no ir al piso, porque la tensión que se respiraba en el ambiente era enorme. Parecía que todos nos vigilaban, que en cualquier momento nos iban a llamar a algún despacho y nos iban a detener, a pesar de que nada podíamos temer porque nada habíamos hecho, pero era mejor prevenir. Finalmente, nada ocurrió, pero desde entonces espaciamos más las visitas al piso, nos deshicimos de toda la propaganda y de todas las revistas y recortes de periódicos que habíamos ido acumulando durante meses (Cambio 16, Diario 16, Cuadernos para el Diálogo y El País, sobre todo). Era una exageración, era un temor injustificado, después nos dimos cuenta y nos arrepentimos y avergonzamos de la cobardía. ¡Menudos revolucionarios de pacotilla! Pero todos no pueden ser héroes, nos dijimos. Así que seguimos cantando a Serrat, a Moustaki y a Violeta Parra. Sólo servíamos para eso. Y sólo los que vivimos aquella época, podemos darnos cuenta de los peligros que corrió la democracia, de que estuvimos en la cuerda floja y en un tris de que todo se viniera abajo. Afortunadamente, y a pesar de todos los errores cometidos, creo que valió la pena el sacrificio de tantas personas. Por eso me da pena y rabia que muchos que no vivieron aquellos años y sólo los conocen por los libros de historia, se atrevan a criticar alegre y superficialmente, incluso a despreciar, lo que conocemos por la Transición. Hicimos lo que pudimos, nada más y nada menos.

'El abrazo' (1976), de Juan Genovés.

El abrazo, de Juan Genovés

Los libros que 2020 me ha dejado leer

Yo no leo para ser más inteligente,
leo para ignorar un poco menos.
Yo no leo para enriquecer mi vocabulario,
leo para no endeudarme con mi lengua.
Yo no leo para olvidarme de la realidad,
leo para transformar la mía.
Yo no leo para transportarme a otras historias,
leo para que otras historias sean parte de la mía.
Yo no leo porque vaya a ser mejor persona,
yo simplemente leo porque leo.
Juana Inés de la Cruz

Aquellos que leen de vez en cuando mis escritos saben que una de mis pasiones es la lectura. Pocos placeres encuentro más hermosos y gratificantes que tener un libro en la mano y dejarme absorber por los misterios que encierra, por las emociones que produce, por las palabras y las frases que nos transportan a lugares y tiempos lejanos o cercanos, tanto da. Por eso, por no olvidarme de lo leído, y también como una especie de homenaje a los autores y sus obras, desde hace algún tiempo confecciono la lista de los libros que leo a lo largo del año. Unos están en las estanterías de mi casa y otros los tengo guardados en el libro electrónico. Es mucho más sugerente abrir el libro y pasar las páginas de papel, pero en determinados momentos o épocas, reconozco que el e-book me ha facilitado mucho las cosas, sobre todo cuando estoy leyendo en la cama o voy de viaje. Más de una vez he tenido que dejar libros en casa porque en las maletas ya no cabía ni un centímetro cúbico más. Así que, también en esta ocasión, quizás con algo de retraso, vuelvo a referirme a los libros que leí el año pasado.

No es preciso que os recuerde que 2020 fue un año muy especial y que 2021 va por el mismo camino o peor. Aquellos a los que les gusta vivir momentos históricos están de enhorabuena. En pocos meses se han concentrado una gran cantidad de hechos que difícilmente podremos olvidar y que esperamos contar a nuestros nietos y, si fuera posible, a nuestros bisnietos. Todos estaréis pensando en lo mismo que yo: la pandemia del Covid-19 y Filomena, un nombre bastante feo para una borrasca mucho más fea. Yo también añado otras más: el esfuerzo de la ciencia para acelerar el descubrimiento de vacunas contra el coronavirus, cosa que se logró en mucho menos tiempo y con técnicas que seguramente servirán para otras enfermedades, el asalto al Capitolio en Washington y la salida indigna de Trump de la Casa Blanca. Creo que todos guardaremos en la memoria imágenes difíciles de borrar de los energúmenos que invadieron estancias que creíamos sagradas y, cómo no, de más de media España cubierta de nieve. Y para vergüenza de los responsables políticos madrileños, también será difícil olvidar las calles de Madrid sin limpiar durante más de diez días. Pero no os hagáis ilusiones: Ayuso y Almeida seguramente volverán a ganar.

Pues bien, gracias al confinamiento provocado por la pandemia y por las restricciones en la movilidad, he tenido bastante más tiempo para dedicarme a la lectura, aunque no lo he aprovechado suficientemente. También para ver series y películas que en otras circunstancias no habría visto. Quizás dedique algún artículo a esas series que me han calado y que tampoco podré olvidar. Pasemos al meollo de la cuestión, los libros. En 2020, además de lo ya ocurrido y ya reseñado, se han conmemorado dos acontecimientos que deberían haber tenido mucha más repercusión, pero que la situación ha impedido celebrarlo como se merecían: el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós y el centenario del nacimiento de Miguel Delibes; 1920, por tanto, fue un año también inolvidable para las letras españolas. Así que no podía dejar pasar la ocasión de leer a esos dos grandes escritores. Mi amiga Magdalena publicó en diciembre de 2019 el que, quizás, sea su mejor libro hasta ahora, adentrándose en el complejo territorio de la novela histórica con un personaje femenino que, lo reconozco, desconocía y fue todo un descubrimiento. Y también leí, cómo no, novelas de otros grandes y admirados escritores españoles actuales: Manuel Vilas, Javier Cercas, Dolores Redondo, Pérez-Reverte y Almudena Grandes, entre otros. Leí también dos obras del tristemente fallecido Carlos Ruiz Zafón, quizás el mejor escritor de finales del siglo XX y principios del XXI. Y otros clásicos como Dickens, Cortázar, Pardo Bazán… Dejo para el final a Cervantes, que juega en otra liga. Ahí os dejo todos los libros que 2020 me ha permitido leer. Como dije con anterioridad, he tenido más tiempo que otros años para dedicarme a la lectura, es verdad, pero muchas veces el ánimo no acompañaba y prefería ver los informativos, series y películas, aplaudir a los sanitarios y limpiar mucho: litros y litros de lejía y de gel hidroalcohólico, que me han dejado las manos resecas y ásperas.

Podéis comprobar que es una lista de lo más ecléctica y variopinta.

Ayluna, la última reina visigoda, de Magdalena Gómez Amores. Un libro totalmente recomendable, no sólo por la calidad de la escritura sino por un tema que rara vez se recoge en la literatura histórica, una reina que fue capaz de sobresalir e imponerse en una época convulsa y que marcó el devenir de la historia en la península ibérica.

Alegría, de Manuel Vilas. Finalista del Premio Planeta 2019. Podría considerarse como una continuación de su anterior novela, Ordesa, pero esta vez, en lugar de centrarse en la figura de los padres, busca la unión con sus hijos. Muy recomendable también.

Maigret y el falso culpable, de Georges Simenón. Se pasa un buen rato con su lectura, que me lleva a los libros de mi adolescencia, como las novelas de Ágatha Christie.

Terra Alta, de Javier Cercas. Ganador del Premio Planeta 2019. Absorbente, trepidante, no se puede dejar de leer. Diferente a las otras obras de Cercas, un extraordinario escritor.

Juan Belmonte, matador de toros. Su vida y sus hazañas, de Manuel Chaves Nogales. En estos últimos años se está descubriendo a Chaves Nogales. Más que la biografía de Belmonte, este libro es la disección de una época y de unos personajes memorables. Aprovecho para recomendaros encarecidamente que leáis su obra A sangre y fuego. Su prólogo debería ser de lectura obligatoria en todos nuestros centros educativos. Aquí os lo dejo (Prólogo de A sangre y fuego)

Y ahora vienen los libros de Benito Pérez Galdós que he leído este año. Si tuviera que elegir alguno, me quedaría con dos de ellos: Fortunata y Jacinta, y Trafalgar. Pero todos, sin excepción, son una delicia. El dominio del lenguaje y la capacidad de representar las épocas y los personajes son inigualables. Nunca he sido capaz de explicarme cómo Galdós tenía esa facilidad para escribir tanto y tan bien.

Fortunata y Jacinta

Episodios Nacionales: Zaragoza, Gerona, Cádiz y Trafalgar

La cara norte del corazón, de Dolores Redondo. Precuela, como se dice ahora, de la Trilogía del Baztán. Extraordinaria ambientación de la ciudad de Nueva Orleáns durante el paso del huracán Katrina. Otro libro absorbente que recomiendo si queréis pasar buenos ratos.

Azaña, de Carlos Rojas. Premio Planeta 1973. Excelente retrato del personaje y del contexto histórico, con una serie de matices y de claroscuros que desvelan la complejidad del que fue último presidente de la República.

La gangrena, de Mercedes Salisachs. Premio Planeta 1975. Historia de España desde los años veinte hasta los setenta del siglo XX en España. Un buen retrato de la alta sociedad de la época.

Los relatos. 3. Pasajes, de Julio Cortázar. Nunca me resultó fácil leer a Cortázar. Por ejemplo, reconozco que nunca fui capaz de pasar de la página 50 de Rayuela. Pero estos relatos sí merecen la pena ser leídos.

A propósito de nada. Autobiografía, de Woody Allen. Totalmente prescindible. Me gustan sus películas, sus guiones y el personaje, pero su biografía y sus problemas con Mia Farrow me dejan indiferente.

La madre de Frankenstein, de Almudena Grandes. Forma parte de la serie Episodios de una Guerra Interminable. Reconozco mi admiración por la escritora, que nunca decepciona. Creo que esta es la mejor obra de la serie, hasta ahora. Es fascinante cómo Almudena Grandes cuenta las historias, construye los personajes y nos pone la piel de gallina en cada página.

Sidi, de Arturo Pérez-Reverte. Me gusta Pérez-Reverte, pero esta obra me ha decepcionado un poco.

El arte de la guerra, de Sun Tzu. Lo leí por curiosidad, porque alguien me habló de él. Si os interesa la estrategia militar y la guerra, bien. De todas formas, algunas de las cosas que dice se podrían aplicar perfectamente a la política.

Historias y cuentos de Galicia, de Emilia Pardo Bazán. Aunque son cuentos que se leen con facilidad, no llegan a la altura de Los pazos de Ulloa.

Las luces de septiembre, de Carlos Ruiz Zafón. Maravilloso libro, una novela corta llena de misterio y de aventuras.

El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón. Resulta que me había quedado por leer este libro, que forma parte de la tetralogía de El Cementerio de los Libros Olvidados, a pesar de que lo había comprado hacía unos años. Pero se había quedado en la estantería al lado de los otros ejemplares. Otro hermoso libro de un autor que nos ha dejado demasiado joven y en plena madurez

El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger. Lo leí hace muchos años y no me gustó, a pesar de que era un libro de culto. Lo he vuelto a leer para darle una segunda oportunidad. Todavía me gustó menos. No entiendo esa admiración.

Grandes esperanzas, de Charles Dickens. Un descubrimiento, quizás el mejor libro de Dickens.

Los santos inocentes, de Miguel Delibes. Además de la historia, me llamó la atención la técnica narrativa, muy diferente de otras obras de Delibes. Es un placer su lectura.

El Quijote, de Cervantes, versión de Andrés Trapiello. Si hubiera leído el Quijote en esta versión, lo hubiera releído muchas más veces. Y eso que todos los años leo capítulos sueltos, pero esta vez lo he vuelto a leer completo. Sólo diré, porque no soy crítico literario, que tendría que ser obligatoria su lectura para poseer todos los derechos ciudadanos, como poder votar, sacarse el carnet de conducir u obtener un título universitario, por ejemplo. Creo recordar que cuando una persona cumple los dieciocho años y ya puede ejercer su derecho al voto, le envían un ejemplar de la Constitución española; por lo menos a mis hijos se lo enviaron. Pues yo añadiría, además, un ejemplar de El Quijote, pero en esta versión. Ha tenido que ser un trabajo complejo, además de valiente, pero el resultado, una maravilla.

Como habréis comprobado, son 25 libros, muy lejos de los 47 que, como media, leen los finlandeses que, según parece, son los que más leen en el mundo. No me extraña, porque en Finlandia no creo que se pueda salir mucho a pasear y ver una serie o una película en finlandés tiene que ser muy aburrido. Pero quizás tenga que añadir a esto el número de páginas leídas, porque no es lo mismo leer un libro de 1000 páginas que uno que apenas sobrepasa las 100. Quizás lo haga a partir de ahora, para hacerme una idea de cuántas páginas soy capaz de leer en un año.

Salvados no salva a Pablo Iglesias

Suelo ver el programa Salvados, de la Sexta, el lunes por la mañana, porque el domingo por la noche no me gusta esperar durante los minutos de publicidad y prefiero ver alguna película o serie en Netflix, donde no hay anuncios. La entrevista de Gonzo a Pablo Iglesias es muy buena e intensa, no deja prácticamente ningún tema de la política y de la actualidad española en el tintero y repite las preguntas una y otra vez si ve que Iglesias quiere salirse por la tangente: las relaciones con el presidente Sánchez, los acuerdos de gobierno, la factura de las eléctricas, los escraches, República y Monarquía, la diferencia entre estar en la oposición y en el gobierno y las dificultades para cumplir lo prometido, la pandemia…

La entrevista va por los cauces esperados: Gonzo es incisivo en las preguntas e Iglesias hábil con las respuestas, intentando llevar el juego a su terreno. La técnica es la de siempre: Gonzo pone ante el entrevistado imágenes y palabras dichas por éste cuando estaba en la oposición para que las comente. Iglesias nunca ve contradicción entre lo que decía antes y lo que hace y dice ahora, aunque a veces sus respuestas chirrían y le cuesta trabajo salir del apuro: por qué no se baja la electricidad, por qué son diferentes los escraches a unos políticos y a otros, por qué no se fiaba de Sánchez pero pacta con él, por qué está en el gobierno, pero en el Congreso su partido presenta propuestas diferentes, etc. Iglesias quiere mostrar tranquilidad, dominio de la situación, pero el periodista no ceja en su empeño. Jordi Évole tiene un excelente sustituto.

Hay varios momentos que me llaman la atención y que me enfadan. El primero, cuando compara e iguala el exilio de Puigdemónt con el exilio de los republicanos después de la guerra civil. Esa comparación es indigna de ti, Iglesias, y me decepcionas. Espero que haya algún comunicado al respecto de miembros o asociaciones de la Memoria Histórica. Comparar la democracia y los mecanismos que ésta tiene con la venganza y la persecución de la dictadura franquista es insultar nuestra inteligencia. Y para colmo, mete también en el mismo saco al rey emérito que, por cierto, todavía no ha sido juzgado ni condenado ni ha sido declarado en rebeldía ni prófugo.

Otro momento es cuando Iglesias dice que los políticos no deben meterse en el trabajo de los periodistas. Aquí Gonzo salta: «Dígaselo a alguno de su partido» (recuerdo el lema «la máquina del fango» contra PRISA, durante las primarias de 2016 o las críticas hacia periodistas vertidas por Iglesias y otros miembros de la formación morada a raíz del caso del excomisario José Manuel Villarejo y del de la exasesora de Podemos Dina Bousselham).

Y otro momento es cuando Gonzo le recuerda las palabras de Gabilondo diciendo que Podemos era injusto con la generación de la transición, ya que se hizo lo que se pudo y que cada generación se enfrenta con su presente. Aquí, Iglesias no se desdice de sus críticas y no contesta a este tema sino que hace un cambio a la remanguillé y se centra en lo que le dijo Gabilondo sobre que le iban a reventar cuando llegara al poder. Yo, que tuve la suerte de poder vivir aquellos momentos de la transición, aunque reconozco que sólo como mero espectador y con pequeñas escaramuzas corriendo delante de la policía, pero sin heroicidad alguna, a diferencia de otros que sí corrieron muchos riesgos, estoy de acuerdo con Sabina en la entrevista que se publicó en elDiario.es el 7 de enero de este año, Historia de una canción (De Purísima y Oro): «Los rencores de la Guerra Civil se superaron con la Transición y la Constitución del 78, aunque no definitivamente». «Ha vuelto esa historia de buenos y malos, de las dos Españas, y una crispación y un sectarismo que abomino absolutamente y que me tiene muy preocupado».

Lo siento, Iglesias, me has decepcionado. Estás cayendo en los mismos errores que criticabas: no reconoces los errores, quieres estar en el gobierno y en la oposición al mismo tiempo y te cuesta aceptar las críticas. Casi lo mismo que hace Sánchez, por cierto. De Casado prefiero no hablar.

Pablo Iglesias no se corta en 'Salvados' | El Correo

Trump y La Ola

En otoño de 1967 Ron Jones, un profesor de historia de un instituto de Palo Alto en California, en el Cubberley High School, no tuvo respuesta para la pregunta de uno de sus alumnos: ¿Cómo es posible que el pueblo alemán alegue ignorancia a la masacre del pueblo judío? ¿Cómo pudo el pueblo alemán alegar su ignorancia del genocidio judío? ¿Cómo podía la gente de las ciudades, los obreros, los profesores, los doctores, decir que no sabían nada de los campos de concentración y las matanzas? ¿Cómo gente que eran vecinos o incluso amigos de judíos podían decir que no estaban allí cuando sucedió todo? Al no poder explicar a sus alumnos por qué los ciudadanos alemanes (especialmente los no judíos) permitieron que el Partido Nazi exterminara a millones de judíos y otros llamados “indeseables”, decidió mostrárselo. Decidió hacer un experimento con sus alumnos: instituyó un régimen de extrema disciplina en su clase, restringiéndoles sus libertades y haciéndoles formar en unidad. El nombre de este movimiento fue The Third Wave.

Jones llamó al movimiento “La Tercera Ola”, debido a la noción popular de que la tercera de una serie de olas en el mar es siempre la más fuerte, y afirmó que sus miembros revolucionarían al mundo. Ante el asombro del profesor, los alumnos se entusiasmaron hasta tal punto que a los pocos días empezaron a espiarse unos a otros y a acosar a los que no querían unirse a su grupo. El experimento cobró vida propia, con alumnos de toda la escuela uniéndose a él. Jones se preocupó acerca del resultado del ejercicio y lo detuvo al quinto día haciendo ver a sus alumnos que el movimiento tenía un líder mundial: Adolf Hitler. Se rumoreó que hubo implicaciones, como el suicidio de uno de los alumnos, pero poco ha trascendido sobre el asunto.

En 1981, el escritor estadounidense Todd Strasser, bajo el pseudónimo Morton Rhue, narró esos hechos en su libro “The Wave”, La Ola, y en 2011 el director Dennis Gansel realizó una película con el mismo título, ubicando los hechos en Alemania en la época actual; un carismático profesor de instituto aborda en su clase la autocracia. Relacionándolo con el surgimiento de dictaduras, el fascismo y el nazismo, Wenger articula unas sesiones muy prácticas, en que presenta los elementos que explican su atractivo: espíritu de grupo, ideales comunes, ayuda mutua, uniformes y parafernalia exterior…

En apenas unos días, lo que comienza con una serie de ideas inocuas como la disciplina y el sentimiento de comunidad se va convirtiendo en un movimiento real: «La Ola». Los jóvenes se entusiasman, mejoran notablemente en autoestima e iniciativa, superan sus diferencias raciales y sociales, se implican en el diseño de lemas y logos, y hasta adoptan un uniforme común. Las críticas de varias alumnas al experimento —cuestionado también por otros profesores y por grupos anarquistas— llevan la situación mucho más allá de lo que nadie había imaginado. Al tercer día, los alumnos comienzan a aislarse y amenazarse entre sí. Cuando el conflicto finalmente rompe en violencia, el profesor decide no seguir con el experimento, pero para entonces es demasiado tarde, «La Ola» se ha descontrolado… No cuento el trágico final, por si no la habéis visto, pero podéis imaginarlo.

Viendo las imágenes del 6 de enero en el Capitolio, en Washington, me han venido a la cabeza las imágenes y el argumento de la película. Y me hago unas preguntas similares a las del alumno: ¿Cómo es posible que el pueblo norteamericano alegue ignorancia ante las barbaridades que dice Trump? ¿Cómo es posible que se crea, a pesar de todos los datos en contra, que las elecciones fueron un fraude? ¿Cómo es posible alegar ignorancia ante las consecuencias del COVID-19? ¿Cómo creerse las continuas mentiras, lo que ahora se denomina fake news, que continuamente emite su presidente? En época de Hitler, Goebels aprovechó la prensa y la radio para bombardear al pueblo alemán con continuas mentiras sobre los judíos. Ahora, Trump aprovecha Facebook y Twitter para hacer lo mismo, esta vez con mucho mayor delito ya que el pueblo norteamericano, como el de cualquier otro país democrático, tiene otras muchas herramientas para contrastar la información. Pero, al igual que ocurre casi siempre, las personas sólo creemos aquello que nos interesa y sólo acudimos a los medios de información que corroboran aquello que queremos creer. En esto se apoya Trump, que no es nada tonto y sabe cómo, a quién y qué debe transmitir. Sus mensajes durante cuatro años han provocado e incendiado a casi la mitad de los norteamericanos con discursos y mensajes que han ido calando en una sociedad cada vez más polarizada y, por desgracia, cada vez más violenta. Los casos de brutalidad policial contra los negros, aunque han existido siempre en Estados Unidos, se han agudizado durante la presidencia de Trump. El caso de George Floyd, con unas imágenes que han impactado por su brutalidad, se une al de otros muchos negros que han muerto por palizas o por disparos de la policía. Y el problema es que desde la Casa Blanca, no se han tomado las medidas ni se han condenado de una manera clara para que hechos de esa naturaleza no vuelvan a repetirse.

Pero lo que ya ha colmado el vaso ha sido el asalto al Capitolio, alentado un par de horas antes por unas palabras de Trump por las que merecería ser procesado, juzgado y, casi con toda seguridad, condenado. Comenzó por enumerar los supuestos fraudes electorales, arremetió contra los republicanos “patéticos” y “débiles” que no apoyaban su exigencia de detener la certificación de votos que se llevaría a cabo momentos después en el Congreso. «Increíble por lo que tenemos que pasar, y tener que hacer que tu gente luche. Si ellos no luchan, tenemos que eliminar a los que no luchan», arengó a sus seguidores. Expresó su desconfianza en que el vicepresidente Pence, que por su cargo dirigía la ceremonia en el Capitolio, hiciera algo por detener la certificación de votos: «Espero que defienda el bien de nuestra Constitución y el bien de nuestro país.

«Así que vamos a caminar por la avenida Pensilvania al Capitolio», siguió «Vamos a intentar darles a nuestros republicanos, a los débiles, porque los fuertes no necesitan nuestra ayuda, el tipo de amor propio y audacia que necesitan para recuperar nuestro país».

“Sé que todos los presentes pronto marcharán hacia el edificio del Capitolio para hacer oír sus voces de manera pacífica y patriótica. Hoy veremos si los republicanos se mantienen firmes a favor de la integridad de nuestras elecciones», añadió.

Unas horas después, el mundo pudo comprobar con asombro, cómo una turba de incontrolados tomaba por asalto el Congreso de la mayor democracia del planeta. Cinco muertos después, hoy ha salido Trump para desmarcarse de lo ocurrido, seguramente para evitar su procesamiento. Pero esas imágenes ya están grabadas en las retinas de millones de personas en todo el mundo. Como ocurre en La Ola, una vez que se inicia, se alienta y se premia un determinado comportamiento o unas determinadas ideas en personas con poco criterio o fáciles de manipular, después es muy difícil volverse atrás. El presidente Biden lo tiene muy complicado.

Asalto Capitolio | Manifestantes proTrump toman el edificio
Trump justifica el asalto al Capitolio y Twitter bloquea su cuenta