Alegato en favor de la lectura

Escuchar la radio en la cama cuando me despierto es uno de mis placeres favoritos. Me suelo despertar sobre las siete y media u ocho de la mañana. Mi hija hace un rato que se ha levantado para comenzar su cotidiana tarea de preparación de oposiciones, que este año seguro que saca una plaza. Me lo han dicho un pajarito, la lectura de los posos del café en la taza, las cartas del tarot y hace unos días una tía abuela que se murió cuando yo era niño pero que de vez en cuando me habla en sueños. “Carmelita va a aprobar este año”, me dice mientras yo estoy comprando pan de centeno en una aldea gallega, vaya usted a saber por qué. Ella está detrás de mí haciendo calceta y me habla con su característica voz susurrante. Pero, sobre todo lo sé porque confía en ella misma y porque se está preparando muy bien. Eso es lo más importante.

Vuelvo al presente. Escucho también la ducha de los vecinos de arriba y las persianas que se levantan en algún piso. Los domingos es diferente. Me quedo en la cama hasta las nueve y remoloneo cambiando de cadena, aunque casi siempre me paro en la SER, divirtiéndome con Javier del Pino y su programa A vivir que son dos días, que suele reunir a colaboradores muy diversos e interesantes. Hoy, mientras lo escuchaba a eso de las ocho y media, interrumpió a un sociólogo que estaba hablando sobre las redes sociales y el daño que están haciendo por ser altavoces de mentiras, insultos e ignominias de todo tipo, para intercalar el discurso que dio Bruno Le Maire, ministro de finanzas francés en unas jornadas sobre el libro de economía, pero dirigiéndose directamente a los estudiantes, haciendo un alegato maravilloso y emotivo a favor de la lectura. Me llamó la atención que alguien que está hablando constantemente de inflación, de optimización de recursos, de subir o bajar impuestos o de cualquier tema económico, cambie de registro y sepa explicar tan bien qué sentimientos, qué cualidades y qué beneficios proporciona la lectura, aunque no me extraña, porque ha habido grandes escritores economistas, como por ejemplo, José Luis Sanpedro. Como el ministro lo dice mucho mejor que yo, transcribo aquello que me parece más sustancial de su discurso:

“Leed. No os imagináis el placer que vais a sentir… La lectura es un placer inmenso que va a desarrollar vuestra imaginación, que os va a permitir abriros a mundos radicalmente nuevos en los que no habríais entrado si no fuera por las palabras, que os va a permitir entender quiénes sois, que va a poner palabras a aquello que sentís y que ni siquiera sabéis sobre vosotros. Y que una persona totalmente desconocida a la cual nunca habéis visto y a la que probablemente nunca veáis os susurrará al oído, en el silencio de la lectura, cosas que nunca habríais comprendido sobre vosotros si nunca las hubierais leído. Aprendemos más sobre el deseo de aventura leyendo “Robinson Crusoe” que yéndonos de viaje. Aprendemos más sobre el deseo y los celos, a veces en la base del deseo leyendo “Albertine desaparecida” o “La prisionera” que por la experiencia propia. Y cuando uno mismo tenga celos porque quiere a alguien que no le quiere a él, basta con leer a Proust para entender ese sentimiento, para ponerle palabras. Y esas palabras os van a colmar porque os harán comprender que formáis parte de una comunidad que siente las mismas cosas, no estáis solos. Esta es la singularidad de la lectura, es una actividad solitaria que os abre al resto del mundo. Estáis solos, pero nunca estáis tan cerca de los demás como cuando leéis un libro.

A todos los jóvenes que nos escuchan: leed. Apartaos de las pantallas. Salid de las pantallas. Las pantallas os devoran, la lectura os alimenta. Esa es la diferencia. Las pantallas os vacían, los libros os llenan. Esa es la diferencia. Está claro que es un combate. Porque las pantallas son lo fácil, captan tu atención, te atrapan, y además están muy bien organizadas. Saben daros, como a las ratas, pequeños estímulos nerviosos cada 5 segundos, cada 10 segundos, que os obligan a seguir pegados a la pantalla. Pero, por desgracia, eso no os permitirá desarrollar vuestra libertad. La literatura es un arma de libertad. Y las pantallas… no todas, aquí no hablo de las pantallas de cine, hablo de las pantallas de los gigantes digitales que pueden convertirse muchas veces en instrumentos de sometimiento. Las pantallas os pueden someter en vuestro consumo, en vuestro comportamiento, en vuestras prácticas o en vuestros gestos para orientar vuestros pensamientos.

La literatura os da libertad. Las palabras os dan libertad para construiros y ser quienes sois. Se lo digo a todos los estudiantes que nos escuchan: cada uno de vosotros es único. La literatura y los libros os permitirán descubrir hasta qué punto sois únicos. Cada persona es única, y es la literatura la que nos lo enseña”.

¡Qué envidia explicar tan bien el poder de la lectura, de los libros, de la literatura! Y qué envidia, también, tener ministros que se preocupen de impulsar la cultura, el afán de leer, el mundo maravilloso que nos permite salir de lo cotidiano y embarcarnos en la aventura y en la fantasía y vivir en mundos que, seguramente, nunca podríamos imaginar ni experimentar. Si queréis escuchar el discurso, pinchad aquí.

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Martes de carnaval

Febrero de 1978. Mañana es miércoles de ceniza por lo que hoy es martes de entroido, martes de carnaval. En Camariñas no suele celebrarse, quizás dentro de unos años, sí. Aquí tiene más tradición la romería de la Virxe do Monte y la Virxe do Carmen. No es festivo, hay que dar clase.

Sefa entra la sala de profesores. Al fondo estamos los más jóvenes, hablando de cualquier cosa, relajándonos después de las dos primeras horas de clase. Sefa se acerca a Javier, su marido y dice, dirigiéndose también a nosotros:

–Te recuerdo, Javier, que hoy es martes de entroido y que no hemos preparado nada. Cuando estudiábamos en Santiago nos disfrazábamos siempre. Todavía no he hecho las filloas ni las orejas.

Yo llevo sólo cuatro meses en Camariñas. Me incorporé a finales de septiembre después de hacer la mili. Soy el más joven, el más inexperto y el más tímido. Espero que nadie haga caso y que la indirecta de Sefa caiga en saco roto. Desde que llegué, Javier, Sefa, Mari Carmen, María Jesús, Arturo, Áurea y yo hemos congeniado y solemos reunirnos muchas tardes en casa de Javier y Sefa, un piso que han comprado en la entrada del pueblo. Allí charlamos de todo, incluso de política, escuchamos música, organizamos excursiones para cuando haga buen tiempo, leemos poesía. Es un grupo de gente, alegre, abierta. He tenido suerte. Desde el salón, la vista del puerto de Camariñas es magnífica. Barcos de pesca grandes y pequeños, barcas para navegar por la ría, algún velero fondeado durante unos días. Hay una pequeña zona de arena, sin llegar a ser playa, en la parte más cercana. Allí se ven varadas siempre tres o cuatro barcas, alguna de ellas inutilizada para salir a la mar.

–Ya –dice Javier– pero es que aquí nadie se disfraza, mientras que, en Santiago, sobre todo cuando estudiábamos, hacíamos hasta concursos. Y muchas veces ganábamos nosotros. Pero aquí haríamos el ridículo.

Sefa está comiendo un poco de fruta que ha sacado del bolso. Tiene esa costumbre durante el recreo. Es una muchacha alta, de pelo rubio recogido siempre en una trenza, con un rostro serio que se ilumina cuando sonríe o suelta una carcajada que nos asusta por ser siempre intempestiva. Hace un par de semanas nos enteramos de que está embarazada, pero todavía no se le nota. Javier es ligeramente más bajo que ella, el rostro redondo y con una ligera barba muy cuidada, a diferencia de la mía, que no sé cómo recortarla bien. Desde que llegué del servicio militar no me he afeitado. Una costumbre muy propia de aquella época, casi todos los que regresábamos de la mili estábamos un tiempo sin cortarnos el pelo ni la barba.

–Pues a mí me apetece disfrazarme hoy –dice Sefa, con un ligero mohín y con un tono más bien caprichoso.

–Ea, la embarazada empieza con los antojos –dice Arturo, el mayor de todos–. Tendréis que disfrazaros, Javier, no vaya a salir el niño o la niña con una mancha en forma de careta de peliqueiro. Arturo es el más alto, con una gran melena y una barba que le llega casi hasta la cintura. Según me dijo una vez, toca la guitarra en un grupo de rock en su pueblo de la costa de Lugo. También es un gran bebedor de todo lo que lleve alcohol, no le hace ascos a nada. Por su culpa casi me convierto en un alcohólico en los tres años que pasé en Camariñas.

Javier nos mira compungido, esperando que los demás lo apoyemos. Mari Carmen, que da clase en 7º de EGB y que también es la que ensaya el teatro con los niños para el festival de fin curso, dice entre risas:

–Esta noche nos disfrazamos todos. María Jesús y yo nos encargamos de los disfraces, que tenemos experiencia con el teatro. Con un poco de ropa vieja, unas sábanas, unas bolsas de basura, unas escobas, unas cartulinas y maquillaje, en un par de horas, cuando salgamos de clase por la tarde, lo preparamos todo. Si alguno tiene interés en algún personaje concreto, que lo diga. Y si no, improvisamos, que es mejor.

Yo no digo nada. Estoy buscando una disculpa para no participar. Bastante tiempo estuve disfrazado durante trece meses, con ropa color caqui, para tener que volver a beber de ese cáliz. Cuando estaba a punto de decir que tenía mucho trabajo, muchos cuadernos que corregir, muchas clases que preparar, que me dolía la cabeza o cualquier otra excusa, Arturo, dándome un codazo, dice:

–José Manuel y yo nos queremos disfrazar de curas. Yo estudié en el seminario todo el bachillerato y José Manuel me dijo el otro día que había sido catequista, así que ese papel nos viene que ni pintado.

Me giro hacia él y le digo aterrado:

–¿Estás loco, Arturo? ¿Y de dónde vamos a sacar las sotanas?

–De curas no, pero de Papa es muy fácil –dice Mari Carmen, que ya está haciendo diseños en un folio.

Siempre admiré su capacidad y su imaginación para dibujar, para confeccionar disfraces, para decorar el escenario con muy pocos materiales. Los demás se ponen detrás de ella para ver qué es lo que está dibujando. Yo no me atrevo. Me levanto y salgo al patio de recreo.

Nunca me he disfrazado, ni en carnaval ni en ninguna representación teatral. Nunca participé en obra de teatro alguna, ni me atreví a subirme a ningún escenario. Cuando era estudiante y tenía que salir a la pizarra para resolver algún problema o contestar al profesor, me bloqueaba, empezaba a sudar, a tartamudear y terminaba diciendo cualquier tontería. Lo que más me costó durante el año de prácticas de Magisterio fue ponerme delante de los niños y explicar el tema que me proponían o que me tocaba. Con el tiempo fui cambiando, pero los primeros años de maestro fueron un sufrimiento. Menos mal que los cuatro o cinco primeros cursos di clase a niños pequeños, de primero a cuarto de primaria. En esas edades me encontraba a gusto, era capaz de ponerme a su altura, les contaba cuentos, historias y dejaba correr la imaginación para explicar cualquier tema de lengua, de matemáticas o de sociales. Eso no me costaba ningún trabajo. Después ya fue todo coser y cantar. Pero en esa época, en Camariñas, apenas intervenía en los claustros y sólo era capaz de hablar en los círculos más íntimos de amigos. Con las mujeres era todavía peor. Como ellas no tomaran la iniciativa, yo era incapaz.

Tocó la sirena para regresar a clase. Cada profesor tiene una zona donde esperar a los niños de su clase, que se colocan en fila perfectamente alineados para entrar cuando el director lo diga. Peor que en la mili. Años después eso será una utopía, cada niño entrará en el aula dando empujones. La clase de Arturo y la mía están juntas y las filas también. Mientras esperamos a que se dé la orden para entrar, Arturo me dice:

–Hemos quedado en casa de Javier y Sefa a las seis, que nos invitan a merendar. Después, entre todos, hacemos los disfraces. Cuando sean las nueve o las diez, depende, nos vamos a ir en dos coches hasta la playa do Lago. Allí podremos cenar cualquier cosa, escuchar música, cantar. Javier ha convencido a los demás para no salir aquí en el pueblo, porque unos maestros que encima tienen fama de juerguistas no deberían dar la nota disfrazados por las calles, así que sólo vamos a vernos nosotros.

Menos mal, pienso. Por lo menos no haremos el ridículo. Sólo de imaginarme la cara de la señora Carmen, la del sargento, la de las madres que nos vieran por la calle o las de cualquier compañero del colegio, me pongo enfermo.

Pasan las horas en el colegio muy lentamente. Los niños me notan distraído y aprovechan para hablar más de la cuenta o para levantarse sin permiso. Se tiran papeles, hacen ruido con las sillas. De vez en cuando les llamo la atención, pero tengo la cabeza en otro sitio. Me entran sudores sólo de pensar que alguien nos vea. O que mis amigos me vean. Siempre he tenido miedo al ridículo. Bueno, hace años que ya me importa menos lo que piensen los demás, pero en aquella época, con 22 años, yo era una persona muy diferente.

Y llegaron las seis de la tarde, la hora fatídica. Arturo y yo, que tenemos una habitación cada uno en la pensión de la señora Carmen, nos acercamos en su coche hasta la puerta de la casa, a pesar de que está a poco más de cien metros. Por la noche, cuando salgamos disfrazados, María Jesús y yo vamos a ir con él, Mari Carmen, Áurea, Sefa y Javier en el otro coche. Viven en el segundo piso. El panadero está en la puerta de la casa y nos da las buenas tardes. Es el dueño de todo el edificio, un bajo donde está la panadería, el primero, donde viven el panadero, su mujer y dos hijas y el segundo, donde viven Javier y Sefa.

Cuando llegamos Arturo y yo, ya están todos los demás en faena. Sefa en la cocina haciendo filloas, orejas y café, ayudada por Áurea. Los otros están en el salón, rodeados de sábanas viejas, cartulinas recortadas, pegamento, lanas de distintos colores, tijeras… Mari Carmen, María Jesús y Javier están recortando unas sábanas que, según dice Javier, son viejas y nada más que iban a servir para hacer trapos. Los demás nos ponemos a recortar cartulinas según los diseños que ha dibujado Mari Carmen. No me caracterizo por mi habilidad, pero como sólo hay que seguir las líneas dibujadas, eso sí que soy capaz de hacerlo sin salirme. Apruebo.

Sefa y Áurea, una maestra regordita y pecosa a la que le gusta mucho la cocina, se acercan con un par de bandejas. Dulces, café, leche y colacao sirven para hacer un alto y tomar fuerzas. Las filloas y las orejas están muy buenas y el café muy cargado, para que podamos aguantar por la noche. Antes de que sea más tarde, Arturo y yo nos acercamos al bar del paseo para que nos hagan unos bocadillos y compramos también un poco de empanada, queso, chorizo, vino, cervezas…. Tenemos que cenar bien en la playa y meternos calorías para el cuerpo, que hará mucho frío y, sobre todo, humedad. Menos mal que hace un par de días que no llueve.

Cerca de las nueve ya está todo terminado. Me parece increíble haber sido capaces de hacer siete disfraces en un par de horas. Arturo y yo, con sábanas, unas cuerdas como cíngulos, unas cartulinas en la cabeza simulando tiaras y los palos de escobas como báculos, somos la perfecta representación del Papa Pablo VI. Por cierto, ese año 1978 fue el año de los tres papas: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. No sé si nuestros disfraces fueron una premonición o una maldición. Prefiero no saberlo

Javier y Sefa, para complementar nuestros disfraces, se vistieron de monjas. Los hábitos estaban hechos con bolsas de basura y las tocas con trozos de sábana y cartulinas. Mari Carmen, María Jesús y Áurea, de fantasmas de la Santa Compaña, con velas y cadenas hechas de bolas con cartulina negra, cuerdas y bolsas de basura. No sé cuántas sábanas se cortaron ese día, pero me parece que el ajuar de Sefa y Javier menguó bastante. Todavía no puedo comprender cómo nos pudimos disfrazar en tan poco tiempo.

Llegó la hora de la verdad. Como buen Papa, yo rezaba a todos los santos y vírgenes para que nos viera nadie. Era noche cerrada. Los dos coches estaban aparcados delante de la puerta. Como el edificio estaba relativamente alejado del centro del pueblo y era la hora de la cena, tuve suerte, aunque los demás formaban bastante jaleo. Los fantasmas ululando, y los demás rezando en voz alta el rosario en latín, como era menester para evitar que la Santa Compaña nos llevara al inframundo o a recorrer la Tierra durante las noches.

Por suerte, nadie nos vio, o eso creo. Una vez en los coches, respiré aliviado. Cruzamos Xaviña, Ponte do Porto pasando sobre el río Grande y cogimos por la carretera que bordea la ría frente a Camariñas. Era una noche relativamente clara, con una luna en cuarto creciente y algunas estrellas. Hacía frío. La carretera, solitaria, bordeada de pinos y eucaliptos. A la derecha se adivina la ría. Arturo ha puesto en el radiocasete del coche música de los Beatles. María Jesús protesta, quiere escuchar a Fuxan os Ventos, pero Arturo se niega. María Jesús está casada, su marido es profesor de instituto en un pueblo de Orense y se ven todos los fines de semana en Santiago, donde viven habitualmente. Es una muchacha menuda, delgada, con una nariz aguileña que le da un gran carácter a su rostro. Siempre habla de política, es militante del Movimiento Comunista y nos intenta concienciar sobre la lucha de clases. La mayor parte de nosotros está en otra onda, más nacionalista.

En algo menos de media hora estábamos,  ya en la Playa do Lago. La playa es una de las más bonitas de la Costa da Morte, con una arena muy fina y los pinos llegando casi hasta la orilla. Allí desemboca el río Lago, formando un pequeño meandro que se ensancha al subir la marea. Cuando llegue el buen tiempo iremos casi todas las tardes a darnos un chapuzón. Desde allí se ve perfectamente el pueblo de Camariñas, una línea de luces al otro lado de la ría. En un extremo de la playa hay un pequeño faro cuya luz destellea acompasadamente, dos destellos largos.

Bajamos de los coches cerca de las once de la noche y lo primero que hacemos es cenar. Estamos muertos de hambre. Primero terminamos los bocadillos y después dimos buena cuenta de empanada, queso, chorizo y unos chicharrones que a última hora trajo Sefa. Está en todo. No sé cuánto bebimos, pero tuvo que ser mucho. Y entonces empezamos a cantar “A saya da Carolina” a voz en grito. Monjas, papas y fantasmas girando cogidos de la mano en círculo, con dos o tres velas encendidas en medio. Si alguien nos hubiera visto en esos momentos hubiera huido despavorido, pero estamos en medio de la nada, no hay un alma en kilómetros a la redonda. Quizás nos escuchen enfrente o en algún barco que haya salido a pescar. Después siguieron otras canciones y música instrumental de Milladoiro. Sefa paró a descansar muy pronto, pero los demás continuamos sin freno. Yo ya no me acordaba de mi timidez y era el que más alto cantaba y el que daba los saltos más grandes.

Pero todo acabó de golpe. En plena fiesta de saltos, gritos y música, dos potentes luces nos deslumbraron y la voz de alguien que hablaba por un megáfono cortó en seco nuestra alegría:

–Hagan el favor de callarse y acercarse. Somos la guardia civil de Muxía.

Bastó esa simple frase para que la alegría y el jolgorio cesaran. Todos nos fuimos acercando a las luces, que salían de un Land Rover verde aparcado en una pequeña elevación entre los pinos. María Jesús era la que abría el grupo, rezongando sobre la falta de libertad, sobre la dictadura, sobre la represión, y yo el que lo cerraba, muerto de miedo y de vergüenza. Formábamos una pandilla que, ahora lo pienso, era muy sospechosa. Playa gallega, de noche, atuendos bastante inapropiados por no decir ridículos, medio borrachos, época de contrabando de tabaco… Como para meternos en la cárcel sin preguntar y sin juicio. Todavía no se había aprobado la Constitución, faltaban unos meses, así que estaban vigentes las leyes franquistas. Yo me veía torturado en una celda, condenado por escándalo público, expedientado y apartado de la carrera, como mi abuelo, pero con mucha menos dignidad. Tiritaba de frío, el alcohol se había evaporado de golpe y notaba que se me estaba descomponiendo el vientre.

Llegamos hasta el coche y vimos que en realidad eran dos vehículos y cuatro guardias armados de metralletas. Lo primero que hicieron fue pedirnos la documentación. Menos mal que todos la llevábamos encima. Mientras la revisaban, María Jesús, Javier y Sefa les explicaban quiénes éramos, dónde trabajábamos y qué era lo que estábamos haciendo. Sin decirnos una palabra, uno de los guardias se metió en el Land Rover y comenzó a hablar por radio con alguien. Al poco rato, más sonriente, nos devolvió los DNI y nos tranquilizó. Había contactado con el puesto de la guardia civil de Camariñas y el sargento, al que yo conocía porque comía en la misma pensión que yo, les había confirmado quiénes éramos.

–Haced el favor de no venir otra vez de noche por aquí –nos dijo–. En esta zona se producen desembarcos de tabaco y nosotros patrullamos para detener a los contrabandistas, así que también puede ser peligroso para vosotros si, por casualidad, coincidís con ellos.

Dando las gracias y pidiendo disculpas, incluida la comunista María Jesús, nos despedimos y regresamos a los coches. No paramos de hablar en todo el camino, comentando todo lo ocurrido, riéndonos a carcajadas cuando nos mirábamos y veíamos las pintas que llevábamos, dos papas y una fantasma. Llegamos a Camariñas sobre las dos o tres de la madrugada y subimos al piso. No había un alma en el pueblo, menos mal. Intentando no hacer demasiado ruido empezamos a cambiarnos, pero las carcajadas de Sefa nos contagiaron y el resto de la noche siguió entre risas, humo de tabaco y cubatas. Mañana sería otro día.

No pegamos ojo y cuando llegó la hora de ir a trabajar, casi todos teníamos dolor de cabeza y mal cuerpo, pero cumplimos nuestro deber con total profesionalidad, creo. No sé si alguno de los maestros notó algo raro, pero en la sala de profesores, las carcajadas de Sefa sonaron como nunca.

Una noche de carnaval inolvidable mágica e irrepetible. Una pena que en aquella época no hubiera móviles para hacernos selfis, ni Instagram. Hubiéramos sido trending topic, seguro.

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Un escritor asesino

Me gusta escribir en el estudio, la puerta cerrada para que nadie me interrumpa, lo que es una tontería porque vivo solo, pero me da una sensación de aislamiento que no encuentro con la puerta abierta. Tengo que escribir con música de fondo en el tocadiscos para concentrarme bien. El silencio completo me agobia. Antes de sentarme elijo el disco, generalmente rock tranquilo o alguna obra clásica, que forman una especie de mar de fondo donde sumergirme cuando me canso de escribir o cuando me quedo atascado en alguna frase, lo que sucede con demasiada frecuencia. No tengo un horario fijo, porque suelo escribir ocasionalmente, cuando se me ocurre alguna idea que considero original, cuando estoy aburrido y no me apetece salir o ver la televisión o cuando hay alguna noticia que me llama la atención y la comento, casi siempre sobre política, lo que da mucho juego. Después de escribir en el procesador de textos paso el texto al blog y lo cuelgo en Facebook. Como mucho, dedicaré a la escritura seis o siete horas semanales. Me lee muy poca gente, así que no tengo problemas a la hora de expresar abiertamente mis opiniones, pero me doy cuenta de que la política suele producir ampollas y la gente se enfada cuando la opinión de otro no coincide con la suya. Pero disfruto, me gusta la polémica.

Ahora estoy en racha. Me he enganchado a una historia que se me ocurrió hace un mes sobre un grupo de indeseables que se dedican a secuestrar a personas, generalmente jóvenes y niños, para traficar con sus órganos. A veces con engaños y otras por la fuerza, los retienen en una venta de las afueras de un pueblo, habilitada con seis o siete habitaciones perfectamente acondicionadas e insonorizadas en un sótano, así como una sala con un quirófano donde se realizan las operaciones de extracción de las diferentes partes del cuerpo. El dueño de la venta, su mujer, su hijo y dos vecinos del pueblo, albañiles que han construido poco a poco el siniestro refugio, son ayudados por un médico sin escrúpulos. Los secuestros se realizan muy espaciados y en lugares diferentes, para que la policía no investigue demasiado.

(En este momento oigo una pequeña llamada en la puerta del estudio, que se abre y escucho la voz de la mujer que viene a limpiar dos veces por semana:

–¿Me puedes decir dónde está el rascador de la vitrocerámica, que no lo encuentro?

Me levanto, abro el cajón donde ha estado siempre y se lo doy.

–Vaya, no habré mirado bien –dice con descaro, sin pedir disculpas por haberme interrumpido sin motivo.

Estoy acostumbrado a sus desplantes desde que mi mujer y yo nos divorciamos y prefirió quedarse conmigo porque yo le pago más. Pero alguna vez tendré que pararle los pies).

Vuelvo al estudio. El tocadiscos se ha detenido porque el disco que puse (uno de Pink Floyd) ha terminado en su cara A. Le doy la vuelta y comienza Have a cigar. Me entretengo mirando la portada del LP, dos hombres trajeados dándose la mano en la calle de un polígono industrial. Uno de los hombres, el de la derecha, tiene llamas en el pelo, en un brazo y en una pierna. Supongo que la imagen tendrá que ver con alguna de las letras del disco, pero como no sé inglés, no tengo una explicación.

Continúo con la historia de los traficantes de órganos. Ahora estoy enredado con la descripción de uno de los personajes, el médico que realiza las operaciones. Era un médico de prestigio, número uno de su promoción, persona generosa cuando comenzó a ejercer, afable y cercano con los pacientes, pero la envidia de varios compañeros, el mal resultado de una difícil operación y la denuncia de los familiares del enfermo provocaron que lo despidieran de la clínica y tuviera que irse a un pueblo como médico de familia. Amargado y dolido, es contactado por una red que se dedica al comercio ilegal de órganos.

(Cuando llevo escritas unas quince o veinte líneas, totalmente concentrado y entusiasmado porque, por fin, encuentro el ritmo y las frases adecuadas, vuelvo a escuchar golpecitos en la puerta.

–Me puedes ayudar a quitar las ventanas del salón, que yo sola no puedo?

Levanto las manos del teclado, me giro lentamente y la miro a los ojos durante un par de segundos.

–Hasta ahora siempre lo has hecho tú sola –intento hablar con tranquilidad, pero noto que la voz me tiembla ligeramente.

–Sí, es verdad, pero hoy me duele algo la espalda y tengo miedo de que me dé un parraque y me quede como una alcayata –me dice con una medio sonrisa, como disculpándose.

Miro las últimas frases en la pantalla del ordenador, esperando que cuando regrese no haya perdido la inspiración, aunque estoy casi seguro de que no va a ser así. Me levanto, ayudo a la mujer a quitar las ventanas, que hay que reconocer que pesan mucho porque son de climalit y me vuelvo al estudio).

Como me temía, no soy capaz de finalizar el último párrafo sobre el médico. La frase “Estaba sentado en la puerta de la casa, contemplando un paisaje de cielo gris azulado y nubes que se acercaban amenazadoras, como un reflejo de su vida actual, gris e inquietante, sumergida en un líquido espeso que lo tenía atrapado…”. No sé cómo continuar. Escribo palabras que no tienen sentido y las borro con furia en la pantalla.

Dejo la descripción del médico y cambio de página. Ahora me dedico a describir el miedo y la desesperación de una de las personas atrapadas en una habitación. Es una mujer maltratada que huye de su casa con el rostro tumefacto después de la última paliza de su pareja. Llevaban conviviendo dos años y en ese tiempo, lo que comenzó como una apasionada historia de amor, se ha convertido en un infierno de insultos, gritos, golpes y vejaciones de todo tipo. No quiero detenerme demasiado en su historia, porque lo que me interesa es reflejar la angustia, el pánico que siente desde hace tres semanas, el tiempo que lleva secuestrada. Contactó con ella el hijo del dueño, un muchacho de unos veinticinco años, de aspecto agradable, siempre sonriente y muy hablador, aunque sus fríos ojos verdes desentonan en el conjunto. Vio a la mujer en la estación de autobuses de una ciudad del centro del país, y desde el primer momento supo que era una víctima fácil.

(Maldita sea, vuelvo a escuchar los golpes en la puerta y esta vez, antes de que se abra, casi grito:

–¿Qué quieres ahora? ¿No puedes dejarme trabajar sin interrumpirme cada cinco minutos?

–Perdona, sólo quiero que me ayudes a poner las ventanas en su sitio –me dice con un ligero retintín–. No creo que eso sea demasiada molestia, que a ti no te cuesta ningún trabajo.

Vuelvo a levantarme, cada vez más enfadado. La mujer lleva sólo una hora en casa y ya he tenido que suspender la escritura tres veces. Poner las ventanas me cuesta mucho más trabajo, más de un cuarto de hora. Termino sudando y maldiciendo la hora en que se me ocurrió mantenerla a mi servicio. Si hubiera contratado a una mujer del este o sudamericana, seguro que tendría menos problemas. O acudir a una empresa de limpieza, que sería mucho más cómodo, aunque también más caro, y mi economía, después del divorcio y con la pensión que le tengo que pasar a mi ex todos los meses no está demasiado boyante. Pero esta señora ya ha cogido demasiadas confianzas y es más un estorbo que una ayuda. Mi enfado va subiendo varios grados por momentos, así no hay quien trabaje ni quien se concentre).

¿Dónde me había quedado? En el miedo de la mujer maltratada, sí. Ahora vuelvo atrás y describo con crudeza los insultos del marido, los golpes, las patadas. Me identifico con él y cada golpe lo doy con furia, disfrutando, sin atender a las súplicas, a los gemidos, a la sangre que brota de los labios partidos, a los moratones que aparecen en la piel de la cara, cada vez más tumefacta. Un párrafo, dos, tres. Y cuando estoy a punto de terminar esta parte, saboreando el momento y viendo, como si fuera una escena a cámara lenta, el puño levantado, la sonrisa malvada del marido que sabe dónde va a golpear para que duela más…

(Tres golpes enérgicos en la puerta. Esto no está sucediendo, me digo. Esta vez no se atreve o no quiere abrir la puerta.

–Necesito que me des dinero para ir a comprar lejía, que se ha terminado y no puedo seguir limpiando).

Noto que algo ha cambiado en mi interior. Dejo de escribir, le doy un último vistazo a la última frase, me levanto despacio y cojo un candelero de bronce que está en una repisa al lado de la puerta. Nos lo regaló mi suegra, al año de casados, para que decoráramos un poco la casa, que según ella parecía un hospital robado, sin adornos de ningún tipo. Es un candelero pesado, con una base redonda más ancha y que me va a servir perfectamente. Nunca lo habíamos utilizado para poner una vela y encenderla, ni siquiera en las cenas íntimas que organizábamos cuando aún quedaba algún rescoldo de cariño. Pero ahora le voy a dar un uso muy adecuado.

Abro la puerta y antes de que la mujer pueda abrir la boca ni hacer un gesto, le asesto un golpe tremendo en la cabeza. Veo su mirada asombrada, pero no asustada. No le ha dado tiempo a proferir ni un grito y cuando cae, sigo golpeando, siempre en la cabeza, hasta que ésta se convierte en una masa informe. Ahora ya sé perfectamente lo que siente un asesino y podré utilizarlo en mi novela. En esta o en las próximas que voy a escribir.

Tengo la ropa, la cara y las manos llenas de sangre y así, sin lavarme, vuelvo a sentarme delante del ordenador. Me pongo en situación y termino la descripción del maltrato. En mi novela, el hombre no mata a la mujer, pero hay que ir pensando en alguna historia de asesinos en serie. Termino y, sin mirar hacia la puerta donde está la asistenta muerta, cojo el teléfono y llamo a la policía. Sale una voz ronca que me pregunta qué deseo.

–Acabo de matar a la mujer que viene a limpiar a casa. Mi dirección es… Por cierto, ¿sabe usted si en la cárcel permiten tener un ordenador, una máquina de escribir o, en su defecto, folios y bolígrafo?

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¡Qué difícil es hacer buena política!

Supongo que la presión producida por la pandemia, la crisis económica asociada a ella, la fragmentación actual en el panorama político español, el juicio de “los papeles de Bárcenas”, la cercanía de las elecciones catalanas y alguna que otra cosa más, provocan que los líderes políticos de nuestro país actúen de manera diferente a si la situación fuera más “normal”. Aunque echando la vista atrás, creo que en España no se recuerda una década de normalidad o tranquilidad. Desde la caída del Imperio Romano, cuando todavía España no era un país, ya comenzaron las luchas internas y externas de los visigodos, la invasión musulmana y la denominada Reconquista, las guerras por el poder en los reinos hispanos… No voy a hacer aquí una relación detallada de nuestra historia, pero si analizo y profundizo un poco, no ha habido ni un solo siglo en el que no hayamos estado inmersos en guerras civiles, en guerras de conquista, en conflictos con turcos, franceses o ingleses, con Estados Unidos, guerras de sucesión, de independencia, atentados terroristas y asesinatos de primeros ministros, dictaduras… Parecía que con la llegada de la democracia íbamos a entrar en un período de tranquilidad, pero ETA y el Grapo así como intentos de golpe de estado como el de Tejero tampoco nos dejaban respirar. Después, con la llegada del PSOE al poder parecía que nuestra entrada en Europa y en la OTAN, el buen hacer del rey Juan Carlos, los Juegos Olímpicos de Barcelona o la EXPO’92 de Sevilla nos abrían al mundo y nos mostraban como un país moderno, preparado y alegre.

Pero entonces comenzaron a amontonarse los casos de corrupción: se destapó el caso Filesa por el que el PSOE fue condenado por financiación ilegal, la dimisión de Alfonso Guerra, ETA seguía matando y el País Vasco era un quebradero de cabeza. Llegó José María Aznar al poder en 1996 y otra vez parecía que todo se calmaba y que la economía española daba un tirón que nos ponía a la altura de otros países europeos. Entramos en el Euro pero ETA no dejaba de matar, apoyamos la guerra de Irak, sufrimos los atentados yihadistas de 2004 y Zapatero llegó al poder. La crisis económica de 2008, el 15M en 2011, la abdicación del rey Juan Carlos en 2014, los atentados yihadistas en Cataluña en 2017, la declaración unilateral de independencia de Cataluña en ese año…

Llegamos al año 2018 con la moción de censura a Mariano Rajoy y la llegada al poder por primera vez de Pedro Sánchez, ratificada más adelante en las elecciones generales de 2019, pactando con Podemos y gobernando en coalición los dos partidos de izquierda con apoyo de los partidos independentistas catalanes y el PNV vasco. He dejado muchas cosas, como es lógico, en el tintero, porque esto no quiere ser una lección de historia. Lo que quiero reflejar es que este país siempre ha vivido convulsionado. Algunos dirán que durante la dictadura de Franco hubo una relativa paz, pero claro, muy relativa porque eso fue así para los que ganaron la guerra porque para los otros fueron años de sufrimiento, de falta de libertades, de opresión. Y cuando se ha querido pasar página no ha sido posible, porque la Transición, como ya comenté en mi anterior entrada, no fue aceptada por los más extremistas dejando, además, muchas cosas sin cerrar bien. Pero eso es otro tema y daría para un debate mucho mayor.

Ahora quiero centrarme en lo que ocurre en la actualidad, a seis días de las elecciones catalanas. Resulta que cuando se convocaron en diciembre de 2020 para que se realizaran el 14 de febrero de 2021 algunos pensaron que quizás era demasiado precipitado celebrarlas en esa fecha dada la situación de pandemia. Pero la mayoría estaba de acuerdo que la situación catalana exigía que hubiera un gobierno que se dedicara a gestionar bien y no a estar continuamente enfrentándose con el Estado y dividiendo a los catalanes entre buenos y malos según apoyaran o no la independencia. Hubo un intento de aplazamiento mediante un decreto de la Generalitat pero el TSJC lo dejó sin efecto y las elecciones se celebrarán ese día, a no ser que ocurra un cambio radical en la evolución de la pandemia. Y en esa estamos, en plena campaña electoral, cada partido tirándole los trastos a los demás y todos contra Illa. Pero el que más daño está haciendo, siento decirlo porque es un personaje que no me cae mal a pesar de todas sus contradicciones, es Pablo Iglesias. Sus últimas intervenciones hablando de Cataluña, de los “exiliados”, de los “presos políticos”, de que “no hay una situación de plena normalidad política y democrática en España,  cuando los líderes de los dos partidos que gobiernan Cataluña, uno está en prisión y el otro en Bruselas” dejan, desde mi modesto punto de vista, mucho que desear y dejan en muy mal lugar al gobierno y a nuestro país, ese al que dice amar tanto. Hablar de exiliados y de presos políticos después de lo que ocurrió el 1 de octubre de 2017 con un referéndum ilegal y de la proclamación el 10 de octubre de la independencia de Cataluña, es una auténtica barbaridad. En ninguna democracia se hubiera permitido esto y seguramente los responsables hubieran sido condenados incluso con mayor severidad. Los independentistas catalanes ponen como ejemplo a Escocia y a Canadá, pero ellos saben aunque lo repiten hasta la saciedad, como seguramente lo sabe también Pablo Iglesias, que los casos son muy distintos, como se explica muy bien en este artículo: Cataluña, Escocia y Québec, sus diferencias.

No sé si Pablo Iglesias hace estas declaraciones por convencimiento o por tacticismo político, para diferenciarse de su socio en Madrid y contrincante en Cataluña, pero sea por lo que sea, un gobernante, y él lo es aunque le pese, debe ser leal a su país y al gobierno al que pertenece. Pero me temo que él va por libre, que antepone sus intereses personales y partidistas, sin medir bien (o midiéndolo perfectamente, quién sabe) sus palabras. No leo habitualmente lo que dice el Papa Francisco, pero suele dejar a veces frases para reflexionar. Así, dice que el “buen político es el que practica aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad”. Y habla de las graves anomalías que socaban el ideal de una democracia auténtica y ponen en peligro la paz social. Esto es, “la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la ´razón de Estado´, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio”. No creo que el Papa Francisco pensara en Puigdemónt cuando dijo estas palabras, ya que, precisamente el político catalán si por algo se caracterizó es por el incumplimiento de las normas y la negación del derecho.

Me temo que pocos políticos de nuestro país pueden presumir de seguir las recomendaciones de Francisco. Mejor dicho, pocos políticos en el mundo pueden hacerlo. Por eso es tan difícil ser un buen político. Esperemos que las elecciones catalanas no tengan que repetirse y que los que las ganen respeten la Constitución, que la pandemia finalice, que la economía mejore y que podamos vivir unos años de tranquilidad, que falta nos hace.

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