Un escritor asesino

Me gusta escribir en el estudio, la puerta cerrada para que nadie me interrumpa, lo que es una tontería porque vivo solo, pero me da una sensación de aislamiento que no encuentro con la puerta abierta. Tengo que escribir con música de fondo en el tocadiscos para concentrarme bien. El silencio completo me agobia. Antes de sentarme elijo el disco, generalmente rock tranquilo o alguna obra clásica, que forman una especie de mar de fondo donde sumergirme cuando me canso de escribir o cuando me quedo atascado en alguna frase, lo que sucede con demasiada frecuencia. No tengo un horario fijo, porque suelo escribir ocasionalmente, cuando se me ocurre alguna idea que considero original, cuando estoy aburrido y no me apetece salir o ver la televisión o cuando hay alguna noticia que me llama la atención y la comento, casi siempre sobre política, lo que da mucho juego. Después de escribir en el procesador de textos paso el texto al blog y lo cuelgo en Facebook. Como mucho, dedicaré a la escritura seis o siete horas semanales. Me lee muy poca gente, así que no tengo problemas a la hora de expresar abiertamente mis opiniones, pero me doy cuenta de que la política suele producir ampollas y la gente se enfada cuando la opinión de otro no coincide con la suya. Pero disfruto, me gusta la polémica.

Ahora estoy en racha. Me he enganchado a una historia que se me ocurrió hace un mes sobre un grupo de indeseables que se dedican a secuestrar a personas, generalmente jóvenes y niños, para traficar con sus órganos. A veces con engaños y otras por la fuerza, los retienen en una venta de las afueras de un pueblo, habilitada con seis o siete habitaciones perfectamente acondicionadas e insonorizadas en un sótano, así como una sala con un quirófano donde se realizan las operaciones de extracción de las diferentes partes del cuerpo. El dueño de la venta, su mujer, su hijo y dos vecinos del pueblo, albañiles que han construido poco a poco el siniestro refugio, son ayudados por un médico sin escrúpulos. Los secuestros se realizan muy espaciados y en lugares diferentes, para que la policía no investigue demasiado.

(En este momento oigo una pequeña llamada en la puerta del estudio, que se abre y escucho la voz de la mujer que viene a limpiar dos veces por semana:

–¿Me puedes decir dónde está el rascador de la vitrocerámica, que no lo encuentro?

Me levanto, abro el cajón donde ha estado siempre y se lo doy.

–Vaya, no habré mirado bien –dice con descaro, sin pedir disculpas por haberme interrumpido sin motivo.

Estoy acostumbrado a sus desplantes desde que mi mujer y yo nos divorciamos y prefirió quedarse conmigo porque yo le pago más. Pero alguna vez tendré que pararle los pies).

Vuelvo al estudio. El tocadiscos se ha detenido porque el disco que puse (uno de Pink Floyd) ha terminado en su cara A. Le doy la vuelta y comienza Have a cigar. Me entretengo mirando la portada del LP, dos hombres trajeados dándose la mano en la calle de un polígono industrial. Uno de los hombres, el de la derecha, tiene llamas en el pelo, en un brazo y en una pierna. Supongo que la imagen tendrá que ver con alguna de las letras del disco, pero como no sé inglés, no tengo una explicación.

Continúo con la historia de los traficantes de órganos. Ahora estoy enredado con la descripción de uno de los personajes, el médico que realiza las operaciones. Era un médico de prestigio, número uno de su promoción, persona generosa cuando comenzó a ejercer, afable y cercano con los pacientes, pero la envidia de varios compañeros, el mal resultado de una difícil operación y la denuncia de los familiares del enfermo provocaron que lo despidieran de la clínica y tuviera que irse a un pueblo como médico de familia. Amargado y dolido, es contactado por una red que se dedica al comercio ilegal de órganos.

(Cuando llevo escritas unas quince o veinte líneas, totalmente concentrado y entusiasmado porque, por fin, encuentro el ritmo y las frases adecuadas, vuelvo a escuchar golpecitos en la puerta.

–Me puedes ayudar a quitar las ventanas del salón, que yo sola no puedo?

Levanto las manos del teclado, me giro lentamente y la miro a los ojos durante un par de segundos.

–Hasta ahora siempre lo has hecho tú sola –intento hablar con tranquilidad, pero noto que la voz me tiembla ligeramente.

–Sí, es verdad, pero hoy me duele algo la espalda y tengo miedo de que me dé un parraque y me quede como una alcayata –me dice con una medio sonrisa, como disculpándose.

Miro las últimas frases en la pantalla del ordenador, esperando que cuando regrese no haya perdido la inspiración, aunque estoy casi seguro de que no va a ser así. Me levanto, ayudo a la mujer a quitar las ventanas, que hay que reconocer que pesan mucho porque son de climalit y me vuelvo al estudio).

Como me temía, no soy capaz de finalizar el último párrafo sobre el médico. La frase “Estaba sentado en la puerta de la casa, contemplando un paisaje de cielo gris azulado y nubes que se acercaban amenazadoras, como un reflejo de su vida actual, gris e inquietante, sumergida en un líquido espeso que lo tenía atrapado…”. No sé cómo continuar. Escribo palabras que no tienen sentido y las borro con furia en la pantalla.

Dejo la descripción del médico y cambio de página. Ahora me dedico a describir el miedo y la desesperación de una de las personas atrapadas en una habitación. Es una mujer maltratada que huye de su casa con el rostro tumefacto después de la última paliza de su pareja. Llevaban conviviendo dos años y en ese tiempo, lo que comenzó como una apasionada historia de amor, se ha convertido en un infierno de insultos, gritos, golpes y vejaciones de todo tipo. No quiero detenerme demasiado en su historia, porque lo que me interesa es reflejar la angustia, el pánico que siente desde hace tres semanas, el tiempo que lleva secuestrada. Contactó con ella el hijo del dueño, un muchacho de unos veinticinco años, de aspecto agradable, siempre sonriente y muy hablador, aunque sus fríos ojos verdes desentonan en el conjunto. Vio a la mujer en la estación de autobuses de una ciudad del centro del país, y desde el primer momento supo que era una víctima fácil.

(Maldita sea, vuelvo a escuchar los golpes en la puerta y esta vez, antes de que se abra, casi grito:

–¿Qué quieres ahora? ¿No puedes dejarme trabajar sin interrumpirme cada cinco minutos?

–Perdona, sólo quiero que me ayudes a poner las ventanas en su sitio –me dice con un ligero retintín–. No creo que eso sea demasiada molestia, que a ti no te cuesta ningún trabajo.

Vuelvo a levantarme, cada vez más enfadado. La mujer lleva sólo una hora en casa y ya he tenido que suspender la escritura tres veces. Poner las ventanas me cuesta mucho más trabajo, más de un cuarto de hora. Termino sudando y maldiciendo la hora en que se me ocurrió mantenerla a mi servicio. Si hubiera contratado a una mujer del este o sudamericana, seguro que tendría menos problemas. O acudir a una empresa de limpieza, que sería mucho más cómodo, aunque también más caro, y mi economía, después del divorcio y con la pensión que le tengo que pasar a mi ex todos los meses no está demasiado boyante. Pero esta señora ya ha cogido demasiadas confianzas y es más un estorbo que una ayuda. Mi enfado va subiendo varios grados por momentos, así no hay quien trabaje ni quien se concentre).

¿Dónde me había quedado? En el miedo de la mujer maltratada, sí. Ahora vuelvo atrás y describo con crudeza los insultos del marido, los golpes, las patadas. Me identifico con él y cada golpe lo doy con furia, disfrutando, sin atender a las súplicas, a los gemidos, a la sangre que brota de los labios partidos, a los moratones que aparecen en la piel de la cara, cada vez más tumefacta. Un párrafo, dos, tres. Y cuando estoy a punto de terminar esta parte, saboreando el momento y viendo, como si fuera una escena a cámara lenta, el puño levantado, la sonrisa malvada del marido que sabe dónde va a golpear para que duela más…

(Tres golpes enérgicos en la puerta. Esto no está sucediendo, me digo. Esta vez no se atreve o no quiere abrir la puerta.

–Necesito que me des dinero para ir a comprar lejía, que se ha terminado y no puedo seguir limpiando).

Noto que algo ha cambiado en mi interior. Dejo de escribir, le doy un último vistazo a la última frase, me levanto despacio y cojo un candelero de bronce que está en una repisa al lado de la puerta. Nos lo regaló mi suegra, al año de casados, para que decoráramos un poco la casa, que según ella parecía un hospital robado, sin adornos de ningún tipo. Es un candelero pesado, con una base redonda más ancha y que me va a servir perfectamente. Nunca lo habíamos utilizado para poner una vela y encenderla, ni siquiera en las cenas íntimas que organizábamos cuando aún quedaba algún rescoldo de cariño. Pero ahora le voy a dar un uso muy adecuado.

Abro la puerta y antes de que la mujer pueda abrir la boca ni hacer un gesto, le asesto un golpe tremendo en la cabeza. Veo su mirada asombrada, pero no asustada. No le ha dado tiempo a proferir ni un grito y cuando cae, sigo golpeando, siempre en la cabeza, hasta que ésta se convierte en una masa informe. Ahora ya sé perfectamente lo que siente un asesino y podré utilizarlo en mi novela. En esta o en las próximas que voy a escribir.

Tengo la ropa, la cara y las manos llenas de sangre y así, sin lavarme, vuelvo a sentarme delante del ordenador. Me pongo en situación y termino la descripción del maltrato. En mi novela, el hombre no mata a la mujer, pero hay que ir pensando en alguna historia de asesinos en serie. Termino y, sin mirar hacia la puerta donde está la asistenta muerta, cojo el teléfono y llamo a la policía. Sale una voz ronca que me pregunta qué deseo.

–Acabo de matar a la mujer que viene a limpiar a casa. Mi dirección es… Por cierto, ¿sabe usted si en la cárcel permiten tener un ordenador, una máquina de escribir o, en su defecto, folios y bolígrafo?

Resultado de imagen de asesino y escritor

2 comentarios en “Un escritor asesino

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s