Alegato en favor de la lectura

Escuchar la radio en la cama cuando me despierto es uno de mis placeres favoritos. Me suelo despertar sobre las siete y media u ocho de la mañana. Mi hija hace un rato que se ha levantado para comenzar su cotidiana tarea de preparación de oposiciones, que este año seguro que saca una plaza. Me lo han dicho un pajarito, la lectura de los posos del café en la taza, las cartas del tarot y hace unos días una tía abuela que se murió cuando yo era niño pero que de vez en cuando me habla en sueños. «Carmelita va a aprobar este año», me dice mientras yo estoy comprando pan de centeno en una aldea gallega, vaya usted a saber por qué. Ella está detrás de mí haciendo calceta y me habla con su característica voz susurrante. Pero, sobre todo lo sé porque confía en ella misma y porque se está preparando muy bien. Eso es lo más importante.

Vuelvo al presente. Escucho también la ducha de los vecinos de arriba y las persianas que se levantan en algún piso. Los domingos es diferente. Me quedo en la cama hasta las nueve y remoloneo cambiando de cadena, aunque casi siempre me paro en la SER, divirtiéndome con Javier del Pino y su programa A vivir que son dos días, que suele reunir a colaboradores muy diversos e interesantes. Hoy, mientras lo escuchaba a eso de las ocho y media, interrumpió a un sociólogo que estaba hablando sobre las redes sociales y el daño que están haciendo por ser altavoces de mentiras, insultos e ignominias de todo tipo, para intercalar el discurso que dio Bruno Le Maire, ministro de finanzas francés en unas jornadas sobre el libro de economía, pero dirigiéndose directamente a los estudiantes, haciendo un alegato maravilloso y emotivo a favor de la lectura. Me llamó la atención que alguien que está hablando constantemente de inflación, de optimización de recursos, de subir o bajar impuestos o de cualquier tema económico, cambie de registro y sepa explicar tan bien qué sentimientos, qué cualidades y qué beneficios proporciona la lectura, aunque no me extraña, porque ha habido grandes escritores economistas, como por ejemplo, José Luis Sanpedro. Como el ministro lo dice mucho mejor que yo, transcribo aquello que me parece más sustancial de su discurso:

«Leed. No os imagináis el placer que vais a sentir… La lectura es un placer inmenso que va a desarrollar vuestra imaginación, que os va a permitir abriros a mundos radicalmente nuevos en los que no habríais entrado si no fuera por las palabras, que os va a permitir entender quiénes sois, que va a poner palabras a aquello que sentís y que ni siquiera sabéis sobre vosotros. Y que una persona totalmente desconocida a la cual nunca habéis visto y a la que probablemente nunca veáis os susurrará al oído, en el silencio de la lectura, cosas que nunca habríais comprendido sobre vosotros si nunca las hubierais leído. Aprendemos más sobre el deseo de aventura leyendo «Robinson Crusoe» que yéndonos de viaje. Aprendemos más sobre el deseo y los celos, a veces en la base del deseo leyendo «Albertine desaparecida» o «La prisionera» que por la experiencia propia. Y cuando uno mismo tenga celos porque quiere a alguien que no le quiere a él, basta con leer a Proust para entender ese sentimiento, para ponerle palabras. Y esas palabras os van a colmar porque os harán comprender que formáis parte de una comunidad que siente las mismas cosas, no estáis solos. Esta es la singularidad de la lectura, es una actividad solitaria que os abre al resto del mundo. Estáis solos, pero nunca estáis tan cerca de los demás como cuando leéis un libro.

A todos los jóvenes que nos escuchan: leed. Apartaos de las pantallas. Salid de las pantallas. Las pantallas os devoran, la lectura os alimenta. Esa es la diferencia. Las pantallas os vacían, los libros os llenan. Esa es la diferencia. Está claro que es un combate. Porque las pantallas son lo fácil, captan tu atención, te atrapan, y además están muy bien organizadas. Saben daros, como a las ratas, pequeños estímulos nerviosos cada 5 segundos, cada 10 segundos, que os obligan a seguir pegados a la pantalla. Pero, por desgracia, eso no os permitirá desarrollar vuestra libertad. La literatura es un arma de libertad. Y las pantallas… no todas, aquí no hablo de las pantallas de cine, hablo de las pantallas de los gigantes digitales que pueden convertirse muchas veces en instrumentos de sometimiento. Las pantallas os pueden someter en vuestro consumo, en vuestro comportamiento, en vuestras prácticas o en vuestros gestos para orientar vuestros pensamientos.

La literatura os da libertad. Las palabras os dan libertad para construiros y ser quienes sois. Se lo digo a todos los estudiantes que nos escuchan: cada uno de vosotros es único. La literatura y los libros os permitirán descubrir hasta qué punto sois únicos. Cada persona es única, y es la literatura la que nos lo enseña».

¡Qué envidia explicar tan bien el poder de la lectura, de los libros, de la literatura! Y qué envidia, también, tener ministros que se preocupen de impulsar la cultura, el afán de leer, el mundo maravilloso que nos permite salir de lo cotidiano y embarcarnos en la aventura y en la fantasía y vivir en mundos que, seguramente, nunca podríamos imaginar ni experimentar. Si queréis escuchar el discurso, pinchad aquí.

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