Paseo hasta el Portiño

Un rayo de luz comienza a flotar sobre el horizonte y las estrellas se esconden poco a poco. He salido a caminar temprano, aprovechando la buena temperatura de estos días. El invierno se acurruca entre los montes, esperando mejores días, sabe esperar pacientemente. Cerca de casa, después de atravesar la calle, todavía solitaria, está la explanada donde descansan los coches durante la noche. Veo al fondo una figura solitaria que se acerca despacio. Lleva una bolsa vacía y doblada en la mano.

Al otro lado de la explanada comienza el camino de tierra que asciende lentamente. Me detengo a atarme bien los cordones de las zapatillas deportivas. La luz del día va ganando protagonismo y el brillo de las farolas apenas se percibe ya. La mujer llega a mi altura y me saluda con un bon día que respondo de igual manera. El suelo de tierra está mojado de los chubascos que cayeron hace un par noches y algunos charcos salpican aquí y allá el terreno. A un lado tojos, silvas y matorrales y al otro un huerto urbano dividido en pequeñas parcelas cuadradas y rectangulares muy cuidadas, con lechugas, patatas y otras plantas que no distingo bien. En un lateral está la caseta de madera donde se guardan, seguramente, las herramientas. Nadie está trabajando todavía la tierra, la gente de la ciudad no está acostumbrada a madrugar.

El camino se ensancha de manera continua y casi imperceptible. La claridad se acentúa y el sol está a punto de salir, aunque los edificios de la ciudad, a mi derecha, me impedirán contemplar su salida. La última vez que recorrí el sendero lo hice corriendo, pero mis rodillas dijeron basta hace unos meses y ahora me conformo con dar largos paseos, añorando el esfuerzo, el cansancio, el sudor y la libertad del cuerpo. Hay que reconocer los mensajes de nuestro cuerpo y saber adaptarse a las limitaciones que nos impone el paso del tiempo.

La primavera se asoma con timidez, pintando de blanco las flores de algunos árboles que se dispersan por el campo. Escucho ladridos lejanos y el motor de un coche arrancando. Delante de mí, una corta pendiente que cuesta subir. A mi izquierda una fuente escondida entre arbustos deja correr un hilo de agua que se pierde entre hierbas altas. Después de la cuesta el camino gira a la derecha y se hace más llano. Un gato me observa expectante, esperando desde lo alto del muro que rodea una casa y cuando me acerco desaparece de un salto. La casa tiene un pequeño terreno alrededor, con un rastrillo, una pala y una carretilla llena de hierba. En la primera planta, una galería acristalada rodea la vivienda.

Continúo caminando, rodeado ahora de pastos, bosquecillos, casas dispersas. Hay un trozo asfaltado porque voy a pasar por el túnel que está bajo la carretera que circunvala la ciudad, ahora llamada Ronda Real Club Deportivo de La Coruña (pobre Dépor, quizás dentro de poco sea sólo un recuerdo). Pintadas en las paredes, el hombre siempre dispuesto a dejar su impronta, siempre la necesidad de comunicación, de expresarse, pero estas no son pintadas artísticas, sino groseras, insultantes, agresivas. Salgo del túnel y ahora el camino vuelve a ascender, más estrecho y oscuro, con más charcos, terraplenes, maleza que crece salvaje. A unos cien metros el camino termina en la carretera que sube hasta el Parque de Bens a la izquierda y baja hasta las casas de San Pedro de Visma. Dudo un momento, pero ya estoy cansado de subir y decido tirar hacia las casas. Cruzo la carretera y acelero el paso un poco, aprovechando la inercia. Las casas son feas, como casi todas las de esta zona. Viviendas de dos o tres plantas, sin gracia, anodinas, grises. A los cinco minutos llego a otro cruce con una pequeña rotonda y aquí vuelvo a dudar. Si sigo de frente subiré hasta el Monte de San Pedro, con las mejores vistas de la ciudad, la Torre de Hércules, las playas, las rías, el océano; a la izquierda baja la carretera hasta el Portiño y el comienzo del paseo marítimo, y a la derecha se baja hasta Los Rosales y la Ronda de Outeiro para regresar otra vez a casa. Miro el reloj y son poco más de las ocho, no me apetece seguir subiendo ni regresar, así que me dirijo hasta el Portiño.

Los coruñeses le tenemos un cariño especial a esta zona alejada de la ciudad, pero lo suficientemente cerca para poder llegar andando sin excesivo esfuerzo. Recuerdo mi adolescencia, cuando llegar allí era una pequeña aventura y mi pandilla de amigos disfrutábamos atravesando campos, leiras, bosques que nos atemorizaban, rodear el Monte de San Pedro, una zona militar prohibida, las chabolas de Penamoa, peligrosas si te aventurabas demasiado, y llegar hasta ese diminuto puerto que a veces nos servía para darnos un baño en verano. Nos quedábamos sentados contemplando las cuatro islas de San Pedro y las olas que suelen romper con fuerza. Alguna vez nos planteamos cruzar el pequeño estrecho que las separa de la costa, pero nunca nos atrevimos.

El Portiño fue siempre un lugar ideal para contemplar el atardecer. Un pequeño bar, frecuentado por jóvenes y adultos que buscan la tranquilidad y el contacto con una naturaleza que ahí se muestra, sobre todo en invierno, en todo su esplendor. En verano es otra cosa, demasiado multitudinaria y estridente. Ahora, con la pandemia y la inauguración hace unos meses del local de la Estrella de Galicia, ha perdido su encanto, pero sigue siendo un lugar que, para aquellos que la visitan por primera vez, es fascinante.

Cuando llego, algunas personas están paseando ya por el paseo marítimo. También hay un corredor que me da mucha envidia. El Portiño está lleno de barcas y de lanchas sobre el muelle y un par de barquitos, en el mar, se mueven acompasadamente con el ligero oleaje. Las olas rompen con fuerza en las islas, pero el agua llega mansa hasta las dos embarcaciones. No bajo hasta allí, sino que me paro contemplando la playita, las islas y la costa. Después de unos minutos, decido regresar, pues no he desayunado y tengo hambre. Todavía me quedan unos días en Coruña. Intentaré disfrutar, si el tiempo no lo impide, de paseos como éste.

Atardecer en El Portiño

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