Don erre que erre, un ejemplo.

El cine de Sainz de Heredia no es, precisamente, un dechado de virtudes ni él es uno de mis directores favoritos. Comenzando por “Raza”, a comienzos de los años cuarenta, película a mayor gloria del fascismo español basado en una ¿novela? de Francisco Franco y continuando con las de destape de los años sesenta y setenta, hay en su filmografía alguna obra de mérito, hay que reconocerlo. Por ejemplo, “Historias de la radio” o “Los ojos dejan huellas”. Pero haber dirigido “Franco, ese hombre” o ser primo de José Antonio Primo de Rivera no ayudan, la verdad, a no ser que comas habitualmente en el Asador Guadalmina, de Marbella.

Esta tarde de domingo han repuesto por enésima vez “Don erre que erre”, una película graciosa, que se deja ver y sin grandes aspiraciones. Pero reconozco que a mí me gusta, sobre todo por reflejar muy bien, aunque sea quizás demasiado exagerada o con un exceso de caricatura, la lucha del individuo contra el sistema, contra aquello que considera una injusticia. El respeto al consumidor, al cliente, que el banco quiere pisotear, es contestado de manera tozuda y pertinaz por el protagonista, Paco Martínez Soria, un actor que tuvo grandes éxitos en la pantalla y admirado y querido, sobre todo en su tierra natal, Aragón. Al final de la película, David vence a Goliat. Lo malo es que en la vida real eso ocurre pocas veces. Bancos, compañías telefónicas, eléctricas, aseguradoras…, desconocen y pisotean nuestros derechos, saltándose la ley o, por lo menos, bordeándola o dejándola a un lado. Doy fe porque tengo, al menos, tres grandes ejemplos. Uno, el Banco de Santander, con la cláusula suelo de mi hipoteca: a pesar de tener resoluciones judiciales a mi favor, así como sentencias del Supremo y de la justicia europea, sigo empantanado en los juzgados porque el banco recurre y recurre y se niega a pagarme lo que me debe. Así llevo ya cerca de cuatro años. Dos, Vodafone, que me reclamó en su momento cuatrocientos euros por un servicio que no me prestó. También tuve una resolución en su momento del Ministerio de Industria y Telecomunicaciones y, a pesar de eso, me siguieron reclamando el dinero varios años más, haciéndome perder el tiempo de manera lamentable. Y tres, Iberdrola y Endesa, que me engañaron vilmente con la letra pequeña de sus contratos.

Bancos rescatados con el dinero del contribuyente y que no lo han devuelto ni devolverán, incrementando nuestra deuda y frenando la recuperación del país. Compañías eléctricas en cuyos consejos de administración se han sentado o se sientan presidentes de gobierno, ministros y secretarios de Estado que, en lugar de defender a los ciudadanos, apoyan a las empresas que controlan la generación, la distribución y la comercialización de la energía, llevando a cabo una política energética a medida de los intereses del oligopolio que domina el mercado eléctrico.

El último de los expolios, además del continuo incremento del precio de la luz, lo ocurrido con el desembalse de la poca agua que todavía quedaba en los sedientos pantanos de uno de los países más secos de Europa. Si los políticos tuvieran dignidad habrían presentado su dimisión hace ya tiempo. Pero me temo que ni la tienen ni la conocen.

Por eso, si en este país hubiera o hubiese muchos Don erre que erre, otro gallo nos cantaría.

Senderismo por Chelo

Hacía muchos años que no visitaba Chelo, un lugar, una fraga, área natural que bordea el río Mandeo, muy cerca de Betanzos. Cuando en muchas zonas de España los ríos bajan casi sin agua y los campos amarillean, Chelo parece que se aísla en el espacio y en el tiempo con una exuberancia que apabulla. Robles, chopos, fresnos, alisos, helechos, líquenes, se disputan, centímetro a centímetro,  las márgenes del río. En muchas zonas, los rayos del sol no llegan al suelo y la luz, irreal, se esconde entre tanto verdor.

Mis padres, mi hermano y yo solíamos ir en verano, primero en el 600 y después en el 850. Eran coches que podían recorrer sin dificultad el estrecho camino asfaltado que desciende hasta el Mandeo, por el que ahora, con vehículos bastante más voluminosos, hay que hacer auténticos juegos malabares cuando se cruzan dos coches. Si por casualidad te encuentras con algún camión de los que cargan troncos, hay que rezar a San Cristóbal.

Antes había un merendero en el que comprábamos las bebidas o tomábamos un café. La comida la preparaba mi madre con la clásica tortilla de patatas, filetes empanados, empanada de atún o similar. Mi hermano y yo pasábamos el día bañándonos en las heladas aguas, cerca de la represa que saltaban los salmones para remontar río arriba a desovar. Reconozco que nunca tuve la oportunidad de ver alguno, pero seguro que abundan, según cuentan las crónicas y los pescadores.

En la zona de la represa, la más cercana a los aparcamientos y donde la amplitud y profundidad permite bañarse y nadar con comodidad, hay también mesas y bancos, parrillas para hacer churrasco o sardiñadas. Mis padres preferían espacios más tranquilos y alejados del bullicio, aunque nosotros, unos niños todavía, buscábamos compañía para jugar y demostrar nuestra habilidad en el agua.

Años más tarde, ya adolescente, íbamos amigos y amigas a pasar el día, con tocadiscos portátiles y discos de Los Brincos, Los Beatles o Los Pekenikes. No me extraña que los salmones o las truchas se escondieran. Primeros amores, primeras ilusiones, primeras decepciones que no han dejado huellas ni cicatrices, aunque sí bonitos recuerdos.

De todo eso hablamos mi hermano Rafael y yo mientras recorríamos el sendero izquierdo del Mandeo. Yo llevé mi cámara réflex e intenté recoger tanta belleza, pero es imposible, todavía no domino el secreto de la luz, que se esconde y juega conmigo. Imágenes demasiado claras u oscuras. Sombras, reflejos en el agua, en los troncos de los árboles, en las húmedas hojas de los helechos o en el amarillo verdoso de los líquenes se escapan al objetivo, se me escapan. Pero retengo las imágenes en mi retina y el sonido del agua que salta veloz entre las rocas, entre las raíces sumergidas.

El sendero, un camino pedregoso e irregular en la orilla izquierda del río, invita a detenerse a menudo y contemplar el misterioso juego del agua que se precipita entre pequeñas cascadas y rápidos cuando el cauce se estrecha. Y de pronto, un remanso que incita al baño. La tarde, tibia, pero húmeda, nos hace sudar. Subidas y bajadas, muchas piedras, algún viejo eucalipto fuera de lugar, arroyos y cintas de agua que desembocan en el Mandeo y muchos árboles, muchos helechos. Hay que tener cuidado y pisar bien para no resbalar.

Dejamos a nuestra derecha un puente de hierro y poco más adelante aparecen los restos de un antiguo balneario, dos edificios que casi desaparecen entre la vegetación. Parecen ruinas mayas. Entre ambos, una pequeña fuente de agua sulfurosa, la que se utilizaba en el balneario para los males de la piel y del hígado. Un incendio, en los años cuarenta del siglo pasado, destrozó los edificios y nunca volvieron a funcionar. Dentro de la primera construcción, el sonido del agua y de los pájaros se amortigua, como si entráramos en otra dimensión, a años luz de cualquier lugar habitado o conocido. Nos detenemos unos minutos a descansar y decidimos regresar. Cuando llegamos al puente de hierro nos sentamos con las piernas colgando y, en silencio, contemplamos abortos todo lo que nos rodea. Aprovechamos para reponer líquidos con una bebida reconstituyente y con un poco de chocolate. Yo tengo una camiseta de manga corta y estoy sudando, casi empapado. Cruzamos el puente y regresamos por la otra orilla. Hasta el momento no nos hemos encontrado con nadie y podemos respirar con total libertad, sin mascarillas. Un lujo.

El camino es bastante más cómodo y ancho, apenas presenta dificultades y tardamos menos tiempo que a la ida. Aquí sí que nos cruzamos con otros senderistas y a veces tenemos que volver a taparnos la boca. En un determinado momento comprobamos que hay un desprendimiento de rocas que llega hasta el río causado, seguramente, por las abundantes lluvias del invierno. Hay árboles caídos, ramas y piedras que, por suerte, no han llegado a taponar el cauce.

Casi sin darnos cuenta llegamos al coche. Hora y media de caminata. Chelo nunca decepciona y sigue manteniendo el encanto de lo oculto, de lo misterioso y desconocido. Jamás me cansaré de recorrerlo.