DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (I)

29 de octubre de 2021

Empezar un diario un día cualquiera como hoy, 29 de octubre de 2021, puede deberse a diferentes causas. En mi caso, lo confieso, no hay ningún motivo definido. Tendría que haberlo comenzado en una fecha señalada, como hacen los que quieren dejar de fumar o apuntarse a un gimnasio, un primero de año, el día de mi cumpleaños, cuando me jubilé o cuando terminé mi primera maratón, pero no se me ocurrió. Simplemente, no tenía necesidad alguna. Escribir, desde mi punto de vista, seguramente equivocado, no es una imposición, un trabajo, un quehacer diario al que hay que dedicarle horas y horas. Eso lo dejo para los profesionales que se ganan la vida con la escritura, los que disfrutan haciéndolo, los que quieren dejar algo para la posteridad o los que tienen la necesidad imperiosa de rellenar el tiempo y no aburrirse. Pero ni soy un profesional, ni disfruto demasiado, ni tengo la menor intención de dejar algo para la posteridad, ni necesito rellenar el tiempo. Para mí es un pasatiempo, algo que realizo esporádicamente, una forma de plasmar en un papel en blanco aquello que veo y que me gusta o que se me ocurre o una frase cazada al azar cuando voy en el autobús o andando por la calle. No tengo la suficiente imaginación ni facilidad para la escritura. De vez en cuando me siento delante del ordenador o escribo en una libreta que tengo en el estudio y apunto una idea. Tengo páginas y páginas con ideas para relatos, para novelas, para la historia de mi familia. Incluso para escribir algún poema. Pero me canso muy pronto.

Así que he decidido empezar a escribir un diario. En él voy a ir reflejando todo aquello que se me vaya ocurriendo. Más que nada es para tener un pequeño horario, ahora que los días son más cortos y las tardes más largas. Quizás me imponga un horario de escritura, a ver si la inspiración me llega trabajando, como decía Picasso. Pero me conozco y sé que esto será, si no flor de un día, ramo de una semana. De todas formas, esto me ha servido para estar escribiendo durante un cuarto de hora seguida, lo que ya es un logro. No me imagino estar sentado durante cuatro o cinco horas diarias, eso no está hecho para mí.

Hoy no me ha ocurrido nada digno de reseñar, como suele ser habitual. Fui a comprar a Carrefour para reponer la despensa, después de haber estado casi dos semanas entre Coruña y Madrid. Desde que me jubilé hace ya seis años, me gusta pasar tiempo con mi madre, sobre todo cuando celebra su cumpleaños en octubre. Son ya noventa y cuatro y espero ir a mi ciudad natal a seguir celebrando que podamos disfrutar de su memoria y de sus anécdotas.

Me gusta ir a comprar y creo que lo hago bien. Me fijo en los precios y suelo comprobar la relación calidad precio. Llevaba apuntadas ocho o diez cosas, lo más imprescindible, pero como suele ocurrirme casi siempre, terminé comprando muchas más. El problema viene cuando hay que descargar el coche y subir las bolsas a casa.

Decían que iba a llover mucho y que iban a bajar las temperaturas, así que cuando regresé de la compra me dediqué a cambiar la ropa, guardando la de verano hasta el año que viene. Es un trabajo que me cansa y me aburre, pero es necesario. Siempre pienso lo mismo, si tuviera dinero para comprarme una vivienda más grande, tendría un vestidor para organizar toda la ropa colgada o guardada en cajones; un armario y cajones para la ropa de verano y lo mismo para la de invierno. Pero me temo que eso tendré que dejarlo para otra vida. A ver si en mi próxima reencarnación el destino me tiene reservada una vida de rico terrateniente o empresario, porque lo que es de funcionario no da para demasiados vestidores.

Terminé de leer Anna Karenina, de Tolstoi. Gran novela con una recreación pesimista de la vieja Rusia, de la hipocresía y amoralidad de la aristocracia y de unos personajes que van evolucionando a través, fundamentalmente, de dos historias. Una de ellas, el triángulo amoroso entre Anna, una mujer hermosa casada con Karenin y el amante de Anna, Vronski, un oficial del ejército que se enamora de Karenina. La otra historia es la relación entre Kitty, cuñada de Anna, que inicialmente quería casarse con Vronski, pero finalmente se casa y es feliz con Levin. A lo largo de la novela se presentan las dudas y las contradicciones de los personajes, así como la falsedad de la alta sociedad rusa, que estigmatiza y margina a Anna, pero comprende e incluso alaba la infidelidad de su hermano Stephan.

Después de leer a Tolstoi, comencé la lectura de El doctor Zhivago, de Boris Pasternak. Esto va por rachas, así que ahora me toca la novela rusa. La película es una de mis preferidas y supongo y espero que la novela sea todavía mejor. Lo malo es que no sé si Omar Sharif (Yuri), Julie Christie (Larisa, Lara), Alec Guinnes (el teniente Yevgraf) y Geraldine Chaplin (Tonya), los actores de la película, me condicionarán demasiado para imaginarme los personajes de la novela. Tampoco sé si David Lean, el director, habrá captado y reflejado la atmósfera de la novela, o si la música de Maurice Jarre me permitirá evocar el ambiente de la Rusia zarista y revolucionaria o los paisajes nevados de Rusia o de Varikino, la casa de campo de la familia.

El día finalizó de la mejor manera, viendo por enésima vez Con faldas y a lo loco. Nunca me canso de ver a Jack Lemmon, a Marilyn Monroe y a Tony Curtis. Ni tampoco me canso de admirar a Billy Wilder, un genio del cine. Me fui a la cama con una sonrisa. No sé si mañana escribiré algo, ya veremos.

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