La fuente de la vida ¿I?

Al final del largo corredor apenas se adivinaba una sombra de la que, de vez en cuando, surgía una pequeña luz. En el techo, luces muy tenues que se alejaban en una perspectiva irreal. A medida que el hombre avanzaba, la oscuridad se iba adueñando del espacio que dejaba atrás, pero él no era consciente. A lo largo de las paredes, puertas cerradas, aunque también se veían recodos que, seguramente, se abrían a otros pasillos. Sobre cada una de las puertas, un símbolo diferente, al principio muy simple, apenas una línea o una raya que se complicaba formando figuras o dibujos, como pertenecientes a una lengua extraña, desconocida, antigua, quizás ya olvidada en la noche de los tiempos. Entre las puertas, la pared desnuda, gris, salpicada por manchas de humedad o de suciedad.

Lo peor, lo que le causaba mayor desasosiego, era el silencio. Ni siquiera sus pasos hacían el menor ruido, como si se deslizara sobre una mullida alfombra. Era un silencio lúgubre, lleno de presagios. Alguien, no recordaba quién, le había advertido «no vayas, si entras y recorres el pasillo, nunca regresarás y, lo que es peor, nunca llegarás al final, nunca sabrás lo que hay allí». No había creído semejante tontería, le parecía un cuento de niños, de esos que sirven para amedrentar las mentes infantiles y evitar que desobedezcan a los mayores.

Hacía una hora que había entrado en el enorme edificio gris, el que se veía desde todos los lugares de la ciudad y sobre el que corrían muchas leyendas. Nadie recordaba cuándo se había construido, ni para qué había servido, no quedaban rastros ni en libros, ni en periódicos, ni en ningún documento. A veces alguien comentaba que se había acercado dando un paseo, pero que algo, como una fuerza invisible, como un viento, helado unas veces, abrasador otras, le obligaba a retroceder. La carretera que unía la ciudad con el edificio estaba llena de baches, de hierbas rastreras, de piedras que dificultaban la marcha; hacía mucho tiempo que las autoridades habían dejado de realizar su mantenimiento, como una forma más de obstaculizar el acceso al edificio.

No sabía por qué había tomado la decisión de acercarse, de averiguar qué había en el interior, recorrerlo y después contar lo que había visto. Ya había dejado su profesión de maestro, pero la curiosidad, siempre latente, y las ganas de aprender y conocer cosas nuevas, no lo habían abandonado. Hacía ya mucho tiempo, recuerda, lo enviaron a los lugares más apartados, pequeños pueblos y aldeas lejanas, pero nunca había trabajado en la ciudad donde nació y pasó su infancia y primera juventud. En aquella época sólo se preocupaba de jugar y de estudiar. Después se fue a hacer la carrera de magisterio a la capital y allí comenzó a trabajar. Estuvo mucho tiempo fuera y sólo regresaba en contadas ocasiones, primero en las vacaciones escolares y después dejó de ir porque sus padres también se fueron a vivir a la capital. Pero cuando se jubiló decidió regresar al lugar donde pasó los mejores años de su vida. Siempre se regresa a la infancia porque allí es donde nunca dejamos o nunca deberíamos dejar de vivir.

La carretera desembocaba en una enorme explanada rectangular de tierra compacta, rodeada por plátanos de sombra que semejaban centinelas expectantes. Cuando bajó del coche alzó la mirada al cielo, como esperando alguna señal que le obligara a regresar, pero sólo vislumbró una nube solitaria en el horizonte y un par de aves que volaban alto, dirigiéndose hacia el sur. Frente a él, el enorme edificio gris, un gris sucio, como el cemento, con pequeñas ventanas, muchas de ellas con los cristales rotos. El edificio era muy ancho y alto, de veinte plantas que tuvo la curiosidad de contar, una mole inmensa, como un paquidermo o un dinosaurio dormido y que podría despertarse en cualquier momento. Esa semejanza hizo que recorriera por su cuerpo, a pesar del calor, un escalofrío. Delante de él, una gran puerta de madera oscura labrada con figuras geométricas. Sobre la puerta, una especie de rosetón, similar al de las catedrales, con los cristales también rotos o astillados. La puerta estaba entreabierta, y eso le extrañó. Antes de entrar, quiso inspeccionar la construcción, rodeándola. Era un cuadrado de unos trescientos o cuatrocientos metros de lado. Estaba deshabitado desde tiempo inmemorial, según le habían dicho, y eso se notaba en el deterioro de las paredes, en algunos pequeños trozos de muro caídos, en los desconchones, en las manchas de humedad, en las hierbas que crecían entre las grietas que salpicaban en todas direcciones la superficie del edificio. No se veía rastro de vida alguna, ni siquiera los pájaros querían anidar allí, como presintiendo que algo malo podría ocurrirles si lo hicieran, ni los gatos que solían merodear por los lugares abandonados. Volvió a recorrerle un escalofrío por la espina dorsal y se le erizaron los vellos de los brazos. Además de la puerta de entrada que vio al llegar, también comprobó que había grandes portalones metálicos en cada uno de los lados, como los que hay en las fábricas para la entrada y salida de mercancías.

Tardó más de media hora en rodear toda la edificación. Con cierto nerviosismo, pero con determinación, penetró en el edificio. El vestíbulo estaba en penumbra y la luz sólo penetraba por el rosetón situado encima de la puerta y por unas pequeñas ventanas, las que había visto desde el exterior. En el techo y en las paredes se veían lámparas, pero estaban apagadas y no vio ningún interruptor para encenderlas. Además, pensó, no creo que hasta aquí llegue la electricidad y si algún día llegó, hace tiempo que cualquier mecanismo tuvo que dejar de funcionar. El vestíbulo se abría en un semicírculo, al fondo del cual se encontraban dos grandes escaleras a izquierda y derecha, que, con una suave curva, se juntaban en la primera planta, una especie de galería con columnas de la que apenas se divisaba la parte superior, decorada con figuras y flores de escayola. En medio de ambas escaleras, una gran puerta metálica cerrada y otras dos puertas más pequeñas a los lados de ésta. En las paredes desnudas las pequeñas ventanas, con los cristales sucios y rotos, dejaban pasar una luz amarillenta, dorada, que daba al espacio una sensación de somnolencia, de irrealidad. Dudó si subir por una u otra escalera y, ante la duda, optó por la puerta metálica, que se abrió sin problemas y sin ruido. Allí se encontró con el corredor que ahora recorría.

Ya no se acordaba por qué estaba allí, como si las últimas horas se hubieran borrado de repente, pero eso no le extrañó, ya le había ocurrido otras veces, como si su vida estuviera hecha a saltos inconexos. Sólo momentos que apenas duraban unos minutos y en medio de cada uno de estos hechos, el vacío, como si estuviera anestesiado y se despertara como un hombre nuevo, diferente. Muchos recuerdos, pero casi ninguna emoción. Tampoco recordaba por qué había tomado la decisión de salir de la ciudad y dirigirse al edificio prohibido. Seguramente habría una poderosa razón, pero, como casi todo en su vida, había desaparecido en una desmemoria gelatinosa. La ciudad, los estudios, los padres, el trabajo, los amigos, la mujer, un asesinato, ¿era él el asesino? recordaba sólo fragmentos que, a veces, intentaba juntar, pero nunca lo conseguía.

Un ligero estremecimiento le asaltó nada más cruzar la puerta metálica y contemplar el largo pasillo con puertas a cada lado. Siguió andando y se detuvo a escuchar delante de la primera puerta de la derecha, la que tenía una simple línea vertical ondulada encima, pues le había parecido oír un murmullo, como varias voces hablando y un bebé llorando muy lejos. Dudó un momento, pero se decidió a posar la mano sobre el picaporte y, con cierta precaución y también algo de temor, abrió la puerta. Lo primero que vio fue una habitación pequeña, un dormitorio, con una cama de matrimonio y tres mujeres, dos de ellas vestidas de luto y una tercera con una bata blanca acuclillada al lado de la cama, que miraban a una joven acostada que mantenía un pequeño bulto en sus brazos. El bulto era un recién nacido, envuelto en una especie de toalla, que lloraba con fuerza. Las mujeres que estaban de pie hablaban entre ellas con voces alegres diciendo que todo había salido muy bien, que la chica se había portado estupendamente y que el niño estaba sano y parecía fuerte. No se dieron cuenta de la presencia del hombre, como si fuera invisible, y pudo acercarse hasta el borde la cama sin que nadie se fijara en él. La habitación era muy sobria, con muebles de poca calidad. Un crucifijo sobre la cama, un pequeño armario de dos puertas, un tocador con una palangana, dos mesillas y una silla. Debajo de la cama sobresalían unas zapatillas azules de mujer y sobre la silla, una bata rosa. La mujer acuclillada recogió del suelo unos trapos manchados de sangre y salió por una puerta lateral. Otra puerta cerrada daba acceso a un pequeño balcón por el que entraba una luz intensa. Una de las mujeres de negro secaba el sudor de la joven y le dirigía palabras cariñosas y de ánimo, todo ha sido muy rápido y tú lo has hecho muy bien, la matrona apenas ha tenido que hacer nada, el niño es precioso, muy largo y muy sano y ha llorado con fuerza, se va a criar estupendamente. La otra mujer, del otro lado de la cama, miraba al niño y a la joven alternativamente, se parece a su padre y a su abuelo, aunque eso no quiere decir nada, los niños cambian con el tiempo. La mujer joven no decía nada, sólo se dedicaba a mirar sonriente al niño que tenía en sus brazos, acariciando con ternura, con un dedo, la carita del niño. Era una escena muy íntima, se le hizo un nudo en la garganta y el hombre decidió dejar la habitación y salir otra vez al pasillo.

En la pared de enfrente, otra puerta más ancha, con el dibujo de dos líneas irregulares que se cruzaban formando una especie de cruz aspada, de la que también salía un ruido que él conocía muy bien, el de la sirena de un colegio cuando avisa de que empieza o termina alguna clase. Un ligero escalofrío recorrió su espalda porque recordó sus tiempos de maestro y ese recuerdo le trajo otros más, como si una película se proyectara a gran velocidad, rostros, paisajes, calles, casas, reuniones, celebraciones, risas, llantos, gritos, muchos gritos, golpes, dolor, mucho dolor. Tuvo que pararse a respirar hondo, parecía que el aire no le llegaba a los pulmones. Se apretó las sienes y cerró los ojos. Una sensación angustiosa le oprimía el pecho y tuvo que detenerse y apoyarse en la pared. Durante unos momentos dudó si merecía la pena seguir, pero se sobrepuso, respiró hondo y se acercó a la puerta. El sonido de la sirena llegaba un poco más amortiguado. Puso la mano derecha en la manilla y, con cuidado y cierta aprensión, abrió la puerta.

Se encontró en un aula, con cinco grandes mesas separadas y ocho sillas alrededor de cada mesa. Todas las sillas estaban ocupadas por niños, sólo niños, de unos siete u ocho años, que miraban con atención y en silencio a una maestra que hablaba delante de una pizarra en la que había escrita una frase: Dios está en todas partes y nos vigila siempre. La maestra vestía una especie de hábito marrón y un velo de color blanco que le tapaba la cabeza y le llegaba hasta la mitad de la espalda. La maestra, o la monja, estaba hablando de la primera comunión, de la confesión, de la pureza, del pecado. Nadie se fijaba en la presencia del hombre y pudo deambular por las mesas contemplando los rostros atentos de los niños, con expresión seria y concentrada. Todos llevaban una especia de mandilón blanco con bolsillos. Se fijó en uno de ellos, un niño delgado, con el pelo muy corto y un flequillo, orejas grandes y separadas y ojos marrones. De vez en cuando miraba a su compañero y asentía, como entendiendo y dando la razón a la maestra. Contempló con más atención el rostro del niño y lo reconoció con un sentimiento en el que se mezclaban la sorpresa, el desasosiego y el miedo: había comprendido de golpe. Lo que estaba viendo era una clase en el colegio de primaria en el que había estudiado hasta los diez años, y el niño en el que se había fijado era él mismo, con ocho años, escuchando a la maestra a la que había querido y temido al mismo tiempo durante los cuatro cursos que estudió allí. Y lo que había visto en la primera puerta era a sus abuelas y a su madre, que lo tenía cogido en brazos, recién nacido.

Apenas podía respirar, el corazón latía desacompasadamente y una especie de mareo estuvo a punto de provocarle un desmayo. A duras penas pudo salir otra vez al pasillo, que esta vez le pareció más oscuro, más lúgubre y más largo que antes. La pequeña luz seguía parpadeando y parecía atraerlo como un imán. Un pensamiento angustioso, una pregunta, una duda, comenzó a tomar forma: ¿sería el pasillo la recreación de su vida? Y si esto era así y seguía abriendo puertas, ¿podría volver a revivir todos los momentos que ya estaban sepultados en su memoria? Pero otra duda, esta vez mucho más amenazadora, le asaltó: si seguía abriendo puertas y recorriendo el pasillo hasta el final, ¿llegaría a poder contemplar su propia muerte? Un grito mudo se formó en su garganta, porque los pensamientos, como un torbellino, comenzaron a arremolinarse en su mente y el pánico atenazó sus movimientos. Tuvo que sentarse sobre el suelo, la espalda apoyada en la pared para reflexionar con más tranquilidad.

Recordar el pasado, que siempre le había costado mucho, le gustaba, porque así podría revivir aquellos momentos que ya se habían borrado de su memoria. Además, sólo sería un simple espectador, vería su vida como en una película y podría reír y llorar, alegrarse o entristecerse, admirar o aborrecer, amar y odiar, sin que eso cambiara nada de lo que ya había sido. Pero, también le surgieron otras preguntas: ¿los pasillos laterales, las bifurcaciones, serían las alternativas, las decisiones que tuvo que tomar y que podrían haber cambiado su vida? Si eso era así y él seguía siendo un espectador, podría vivir decenas, cientos, quizás miles de vidas diferentes y eso sí que le apetecía contemplar y experimentar. Si evitaba llegar al final del pasillo quizás había encontrado la fuente de la vida eterna. Se levantó de un salto y esta vez sí abrió la siguiente puerta con un sentimiento de euforia. Al abrirla se encontró frente a un mar y un cielo intensamente azules. Cerró la puerta a su espalda y caminó hacia el promontorio sobre el que se encontraba el faro que él conocía tan bien y al que tantas veces había subido. Y esta vez sí, lloró de alegría…

Llegados a este punto, me asalta una duda, ¿podría continuar escribiendo este relato ad infinitum? Si la respuesta fuera positiva, ya no tendría que preocuparme por tener que inventar nuevos argumentos, sería el comienzo del libro perfecto, del libro infinito, de la saga interminable. Es tentador. Lo pensaré.

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