Yo quiero…

Estar cerca de los perdedores, de aquellos a los que siempre les sale cruz.

Estar lejos de los que prometen, sabiendo que no podrán cumplir lo prometido.

Estar cerca de los que silenciosamente luchan cada día sin hacer alarde de ello.

Estar lejos de los que disfrutan ostentando aquello que tienen, sobre todo delante de los que tienen muy poco o no tienen nada.

Estar cerca de los que se muestran desnudos, tal y como son, de mirada limpia y palabras claras.

Estar lejos de los que se envuelven en banderas y se dan golpes de pecho, una vez por semana.

Estar cerca de los que ayudan a ser mejores a los demás y, al mismo tiempo, se ayudan a sí mismos.

Estar lejos de los que se disfrazan de corderos entre los corderos y de lobos entre los lobos.

Estar cerca de los que se atreven a buscar lo imposible hasta el final.

Estar lejos de los que abandonan sin luchar.

Estar cerca de los que son amenazados por negros nubarrones, pero a los que nunca les llega el agua que purifica y limpia y hace nacer la esperanza.

Estar lejos de los que alardean de lo que no tienen, queriendo engañar a los demás y a ellos mismos.

Estar cerca de los que son heridos por la crueldad del destino.

Estar lejos de los que abandonan a los suyos por cobardía o por falta de escrúpulos.

Estar cerca de los valientes, para que me sirvan de ejemplo.

Estar lejos de los cobardes, para que no me contaminen.

Estar cerca de los que nacen donde no tendría que nacer nadie y de los que mueren sin merecerlo, sin saber qué es la vida.

Estar lejos de los que miran y no contemplan la luna.

Estar cerca de los que lloran sin motivo.

Estar lejos de los soberbios, de los ingratos, de los farsantes, de los que abusan de su poder o de su fuerza, de los que actúan con crueldad con los débiles y agachan la cabeza con los fuertes y poderosos.

Estar cerca de los que aman, aunque no sean correspondidos, de los que sufren, para aliviar su dolor, de los tolerantes, de los inocentes, de los sabios.

Estar lejos de tu ausencia.

Estar cerca de ti.

La fuente de la vida ¿I?

Al final del largo corredor apenas se adivinaba una sombra de la que, de vez en cuando, surgía una pequeña luz. En el techo, luces muy tenues que se alejaban en una perspectiva irreal. A medida que el hombre avanzaba, la oscuridad se iba adueñando del espacio que dejaba atrás, pero él no era consciente. A lo largo de las paredes, puertas cerradas, aunque también se veían recodos que, seguramente, se abrían a otros pasillos. Sobre cada una de las puertas, un símbolo diferente, al principio muy simple, apenas una línea o una raya que se complicaba formando figuras o dibujos, como pertenecientes a una lengua extraña, desconocida, antigua, quizás ya olvidada en la noche de los tiempos. Entre las puertas, la pared desnuda, gris, salpicada por manchas de humedad o de suciedad.

Lo peor, lo que le causaba mayor desasosiego, era el silencio. Ni siquiera sus pasos hacían el menor ruido, como si se deslizara sobre una mullida alfombra. Era un silencio lúgubre, lleno de presagios. Alguien, no recordaba quién, le había advertido «no vayas, si entras y recorres el pasillo, nunca regresarás y, lo que es peor, nunca llegarás al final, nunca sabrás lo que hay allí». No había creído semejante tontería, le parecía un cuento de niños, de esos que sirven para amedrentar las mentes infantiles y evitar que desobedezcan a los mayores.

Hacía una hora que había entrado en el enorme edificio gris, el que se veía desde todos los lugares de la ciudad y sobre el que corrían muchas leyendas. Nadie recordaba cuándo se había construido, ni para qué había servido, no quedaban rastros ni en libros, ni en periódicos, ni en ningún documento. A veces alguien comentaba que se había acercado dando un paseo, pero que algo, como una fuerza invisible, como un viento, helado unas veces, abrasador otras, le obligaba a retroceder. La carretera que unía la ciudad con el edificio estaba llena de baches, de hierbas rastreras, de piedras que dificultaban la marcha; hacía mucho tiempo que las autoridades habían dejado de realizar su mantenimiento, como una forma más de obstaculizar el acceso al edificio.

No sabía por qué había tomado la decisión de acercarse, de averiguar qué había en el interior, recorrerlo y después contar lo que había visto. Ya había dejado su profesión de maestro, pero la curiosidad, siempre latente, y las ganas de aprender y conocer cosas nuevas, no lo habían abandonado. Hacía ya mucho tiempo, recuerda, lo enviaron a los lugares más apartados, pequeños pueblos y aldeas lejanas, pero nunca había trabajado en la ciudad donde nació y pasó su infancia y primera juventud. En aquella época sólo se preocupaba de jugar y de estudiar. Después se fue a hacer la carrera de magisterio a la capital y allí comenzó a trabajar. Estuvo mucho tiempo fuera y sólo regresaba en contadas ocasiones, primero en las vacaciones escolares y después dejó de ir porque sus padres también se fueron a vivir a la capital. Pero cuando se jubiló decidió regresar al lugar donde pasó los mejores años de su vida. Siempre se regresa a la infancia porque allí es donde nunca dejamos o nunca deberíamos dejar de vivir.

La carretera desembocaba en una enorme explanada rectangular de tierra compacta, rodeada por plátanos de sombra que semejaban centinelas expectantes. Cuando bajó del coche alzó la mirada al cielo, como esperando alguna señal que le obligara a regresar, pero sólo vislumbró una nube solitaria en el horizonte y un par de aves que volaban alto, dirigiéndose hacia el sur. Frente a él, el enorme edificio gris, un gris sucio, como el cemento, con pequeñas ventanas, muchas de ellas con los cristales rotos. El edificio era muy ancho y alto, de veinte plantas que tuvo la curiosidad de contar, una mole inmensa, como un paquidermo o un dinosaurio dormido y que podría despertarse en cualquier momento. Esa semejanza hizo que recorriera por su cuerpo, a pesar del calor, un escalofrío. Delante de él, una gran puerta de madera oscura labrada con figuras geométricas. Sobre la puerta, una especie de rosetón, similar al de las catedrales, con los cristales también rotos o astillados. La puerta estaba entreabierta, y eso le extrañó. Antes de entrar, quiso inspeccionar la construcción, rodeándola. Era un cuadrado de unos trescientos o cuatrocientos metros de lado. Estaba deshabitado desde tiempo inmemorial, según le habían dicho, y eso se notaba en el deterioro de las paredes, en algunos pequeños trozos de muro caídos, en los desconchones, en las manchas de humedad, en las hierbas que crecían entre las grietas que salpicaban en todas direcciones la superficie del edificio. No se veía rastro de vida alguna, ni siquiera los pájaros querían anidar allí, como presintiendo que algo malo podría ocurrirles si lo hicieran, ni los gatos que solían merodear por los lugares abandonados. Volvió a recorrerle un escalofrío por la espina dorsal y se le erizaron los vellos de los brazos. Además de la puerta de entrada que vio al llegar, también comprobó que había grandes portalones metálicos en cada uno de los lados, como los que hay en las fábricas para la entrada y salida de mercancías.

Tardó más de media hora en rodear toda la edificación. Con cierto nerviosismo, pero con determinación, penetró en el edificio. El vestíbulo estaba en penumbra y la luz sólo penetraba por el rosetón situado encima de la puerta y por unas pequeñas ventanas, las que había visto desde el exterior. En el techo y en las paredes se veían lámparas, pero estaban apagadas y no vio ningún interruptor para encenderlas. Además, pensó, no creo que hasta aquí llegue la electricidad y si algún día llegó, hace tiempo que cualquier mecanismo tuvo que dejar de funcionar. El vestíbulo se abría en un semicírculo, al fondo del cual se encontraban dos grandes escaleras a izquierda y derecha, que, con una suave curva, se juntaban en la primera planta, una especie de galería con columnas de la que apenas se divisaba la parte superior, decorada con figuras y flores de escayola. En medio de ambas escaleras, una gran puerta metálica cerrada y otras dos puertas más pequeñas a los lados de ésta. En las paredes desnudas las pequeñas ventanas, con los cristales sucios y rotos, dejaban pasar una luz amarillenta, dorada, que daba al espacio una sensación de somnolencia, de irrealidad. Dudó si subir por una u otra escalera y, ante la duda, optó por la puerta metálica, que se abrió sin problemas y sin ruido. Allí se encontró con el corredor que ahora recorría.

Ya no se acordaba por qué estaba allí, como si las últimas horas se hubieran borrado de repente, pero eso no le extrañó, ya le había ocurrido otras veces, como si su vida estuviera hecha a saltos inconexos. Sólo momentos que apenas duraban unos minutos y en medio de cada uno de estos hechos, el vacío, como si estuviera anestesiado y se despertara como un hombre nuevo, diferente. Muchos recuerdos, pero casi ninguna emoción. Tampoco recordaba por qué había tomado la decisión de salir de la ciudad y dirigirse al edificio prohibido. Seguramente habría una poderosa razón, pero, como casi todo en su vida, había desaparecido en una desmemoria gelatinosa. La ciudad, los estudios, los padres, el trabajo, los amigos, la mujer, un asesinato, ¿era él el asesino? recordaba sólo fragmentos que, a veces, intentaba juntar, pero nunca lo conseguía.

Un ligero estremecimiento le asaltó nada más cruzar la puerta metálica y contemplar el largo pasillo con puertas a cada lado. Siguió andando y se detuvo a escuchar delante de la primera puerta de la derecha, la que tenía una simple línea vertical ondulada encima, pues le había parecido oír un murmullo, como varias voces hablando y un bebé llorando muy lejos. Dudó un momento, pero se decidió a posar la mano sobre el picaporte y, con cierta precaución y también algo de temor, abrió la puerta. Lo primero que vio fue una habitación pequeña, un dormitorio, con una cama de matrimonio y tres mujeres, dos de ellas vestidas de luto y una tercera con una bata blanca acuclillada al lado de la cama, que miraban a una joven acostada que mantenía un pequeño bulto en sus brazos. El bulto era un recién nacido, envuelto en una especie de toalla, que lloraba con fuerza. Las mujeres que estaban de pie hablaban entre ellas con voces alegres diciendo que todo había salido muy bien, que la chica se había portado estupendamente y que el niño estaba sano y parecía fuerte. No se dieron cuenta de la presencia del hombre, como si fuera invisible, y pudo acercarse hasta el borde la cama sin que nadie se fijara en él. La habitación era muy sobria, con muebles de poca calidad. Un crucifijo sobre la cama, un pequeño armario de dos puertas, un tocador con una palangana, dos mesillas y una silla. Debajo de la cama sobresalían unas zapatillas azules de mujer y sobre la silla, una bata rosa. La mujer acuclillada recogió del suelo unos trapos manchados de sangre y salió por una puerta lateral. Otra puerta cerrada daba acceso a un pequeño balcón por el que entraba una luz intensa. Una de las mujeres de negro secaba el sudor de la joven y le dirigía palabras cariñosas y de ánimo, todo ha sido muy rápido y tú lo has hecho muy bien, la matrona apenas ha tenido que hacer nada, el niño es precioso, muy largo y muy sano y ha llorado con fuerza, se va a criar estupendamente. La otra mujer, del otro lado de la cama, miraba al niño y a la joven alternativamente, se parece a su padre y a su abuelo, aunque eso no quiere decir nada, los niños cambian con el tiempo. La mujer joven no decía nada, sólo se dedicaba a mirar sonriente al niño que tenía en sus brazos, acariciando con ternura, con un dedo, la carita del niño. Era una escena muy íntima, se le hizo un nudo en la garganta y el hombre decidió dejar la habitación y salir otra vez al pasillo.

En la pared de enfrente, otra puerta más ancha, con el dibujo de dos líneas irregulares que se cruzaban formando una especie de cruz aspada, de la que también salía un ruido que él conocía muy bien, el de la sirena de un colegio cuando avisa de que empieza o termina alguna clase. Un ligero escalofrío recorrió su espalda porque recordó sus tiempos de maestro y ese recuerdo le trajo otros más, como si una película se proyectara a gran velocidad, rostros, paisajes, calles, casas, reuniones, celebraciones, risas, llantos, gritos, muchos gritos, golpes, dolor, mucho dolor. Tuvo que pararse a respirar hondo, parecía que el aire no le llegaba a los pulmones. Se apretó las sienes y cerró los ojos. Una sensación angustiosa le oprimía el pecho y tuvo que detenerse y apoyarse en la pared. Durante unos momentos dudó si merecía la pena seguir, pero se sobrepuso, respiró hondo y se acercó a la puerta. El sonido de la sirena llegaba un poco más amortiguado. Puso la mano derecha en la manilla y, con cuidado y cierta aprensión, abrió la puerta.

Se encontró en un aula, con cinco grandes mesas separadas y ocho sillas alrededor de cada mesa. Todas las sillas estaban ocupadas por niños, sólo niños, de unos siete u ocho años, que miraban con atención y en silencio a una maestra que hablaba delante de una pizarra en la que había escrita una frase: Dios está en todas partes y nos vigila siempre. La maestra vestía una especie de hábito marrón y un velo de color blanco que le tapaba la cabeza y le llegaba hasta la mitad de la espalda. La maestra, o la monja, estaba hablando de la primera comunión, de la confesión, de la pureza, del pecado. Nadie se fijaba en la presencia del hombre y pudo deambular por las mesas contemplando los rostros atentos de los niños, con expresión seria y concentrada. Todos llevaban una especia de mandilón blanco con bolsillos. Se fijó en uno de ellos, un niño delgado, con el pelo muy corto y un flequillo, orejas grandes y separadas y ojos marrones. De vez en cuando miraba a su compañero y asentía, como entendiendo y dando la razón a la maestra. Contempló con más atención el rostro del niño y lo reconoció con un sentimiento en el que se mezclaban la sorpresa, el desasosiego y el miedo: había comprendido de golpe. Lo que estaba viendo era una clase en el colegio de primaria en el que había estudiado hasta los diez años, y el niño en el que se había fijado era él mismo, con ocho años, escuchando a la maestra a la que había querido y temido al mismo tiempo durante los cuatro cursos que estudió allí. Y lo que había visto en la primera puerta era a sus abuelas y a su madre, que lo tenía cogido en brazos, recién nacido.

Apenas podía respirar, el corazón latía desacompasadamente y una especie de mareo estuvo a punto de provocarle un desmayo. A duras penas pudo salir otra vez al pasillo, que esta vez le pareció más oscuro, más lúgubre y más largo que antes. La pequeña luz seguía parpadeando y parecía atraerlo como un imán. Un pensamiento angustioso, una pregunta, una duda, comenzó a tomar forma: ¿sería el pasillo la recreación de su vida? Y si esto era así y seguía abriendo puertas, ¿podría volver a revivir todos los momentos que ya estaban sepultados en su memoria? Pero otra duda, esta vez mucho más amenazadora, le asaltó: si seguía abriendo puertas y recorriendo el pasillo hasta el final, ¿llegaría a poder contemplar su propia muerte? Un grito mudo se formó en su garganta, porque los pensamientos, como un torbellino, comenzaron a arremolinarse en su mente y el pánico atenazó sus movimientos. Tuvo que sentarse sobre el suelo, la espalda apoyada en la pared para reflexionar con más tranquilidad.

Recordar el pasado, que siempre le había costado mucho, le gustaba, porque así podría revivir aquellos momentos que ya se habían borrado de su memoria. Además, sólo sería un simple espectador, vería su vida como en una película y podría reír y llorar, alegrarse o entristecerse, admirar o aborrecer, amar y odiar, sin que eso cambiara nada de lo que ya había sido. Pero, también le surgieron otras preguntas: ¿los pasillos laterales, las bifurcaciones, serían las alternativas, las decisiones que tuvo que tomar y que podrían haber cambiado su vida? Si eso era así y él seguía siendo un espectador, podría vivir decenas, cientos, quizás miles de vidas diferentes y eso sí que le apetecía contemplar y experimentar. Si evitaba llegar al final del pasillo quizás había encontrado la fuente de la vida eterna. Se levantó de un salto y esta vez sí abrió la siguiente puerta con un sentimiento de euforia. Al abrirla se encontró frente a un mar y un cielo intensamente azules. Cerró la puerta a su espalda y caminó hacia el promontorio sobre el que se encontraba el faro que él conocía tan bien y al que tantas veces había subido. Y esta vez sí, lloró de alegría…

Llegados a este punto, me asalta una duda, ¿podría continuar escribiendo este relato ad infinitum? Si la respuesta fuera positiva, ya no tendría que preocuparme por tener que inventar nuevos argumentos, sería el comienzo del libro perfecto, del libro infinito, de la saga interminable. Es tentador. Lo pensaré.

Comentarios e impresiones sobre La vida es un cuento

Quizás sea la falta de experiencia, la falta de costumbre de recibir alabanzas, la emoción de escribir un libro, enviarlo a editoriales y que una de ellas te lo publique, que un día tengas ese libro en las manos… La primera vez es siempre única e irrepetible y eso es lo que me está pasando. Amigos, familiares y personas que no conozco, me hacen llegar sus palabras de ánimo y de felicitación. Es un sentimiento nuevo y agradable y también hay un punto de orgullo, de vanidad, todo hay que decirlo. Desde hace ya un par de meses, desde que el libro llegó a casa, escribo con otra perspectiva. No sé si eso le ha pasado a otros escritores (todavía me cuesta describirme como escritor, lo reconozco), pero a mí me emociona. No sé cuántas personas lo han leído ni cuántas lo leerán en el futuro. Tampoco sé si habrá otra publicación mía; lo que sí sé es que seguiré escribiendo. Planifico poco, no tengo horarios, creo que esto ya lo dije alguna vez, pero sí percibo que me rondan muchas ideas, muchas frases que necesito plasmar en el papel o en la pantalla del ordenador. Eso es buena señal, me digo. A lo mejor, sólo necesitaba ese pequeño empujón para proponerme un horario, una meta, aunque me conozco y sé que eso durará poco tiempo.

Ayer, casi a la misma hora que Rafael Nadal volvía a hacer historia en París, comprobé que me entraba un correo electrónico. Como la ceremonia de entrega de premios, con toda la parafernalia de abrazos, discursos, fotos y demás actos me estaba aburriendo, leí dicho correo. Era de José Luis Lobo Moriche, maestro y escritor corteganés que conocí hace algunos años porque es primo lejano de mi mujer, vive en Cortegana, pueblo cercano al de Carmen, Aroche, y de vez en cuando coincidimos. Supongo que por todo ello, sus palabras pueden ser, tal vez, un poco subjetivas, pero no por ello, dejaron de emocionarme. Leyó mi libro, La vida es un cuento y tuvo la amabilidad de comentarlo y enviarme sus impresiones. Reconozco que me sorprendieron y me abrumaron porque no me creo merecedor a tantos elogios. Pero como no somos inmunes a las alabanzas, no me resisto a transcribirlas. Muchas gracias, Pepe Luis.

Comentarios e impresiones sobre La vida es un cuento, por José Luis Lobo Moriche

Haber leído La vida es un cuento me ha supuesto horas de gozo ante la exquisita sencillez con que José Manuel Castro Díaz maneja la forma expresiva de la narración. Cuenta sin florituras ni adornos innecesarios, aflorando libremente la palabra y tejiendo la frase desnuda de artificios. Como consecuencia, me he sentido atrapado en sus historias, en su peculiar manera de contar. Leer, leer…, y buscar con ganas el siguiente texto. A veces, me he contagiado de la ternura con que se manifiesta el autor. Otras, he percibido una historia casi algebraica. He puesto final a algunos de sus cuentos. Y lo más sorprendente, he jugado con él no a reescribir el relato sino a escribirlo. Es el caso de su texto La última palabra. Nunca antes había captado esa novedosa técnica de escritura. Y por supuesto, ha significado que me haya sentido partícipe de la obra. Una lectura que acababa en escritura mental. Otro milagro de la buena Literatura.

¿Y de qué nos cuenta Castro Díaz? De sus mundos, de que la vida es una constante liturgia, que incluso en la vejez estamos atrapados por los ecos de nuestra infancia vivida, gozada o sufrida. Luz vital en el otoño y cuentos de hoy, de la vida pública. Dinamismo para recorrer el entramado del hecho creativo ante la rutina diaria o ante la novela que supone la realidad doméstica de cada uno de nosotros, los recuerdos que nos marcan para siempre.

Que nadie espere un final sorprendente. Lo que se cuenta es reflejo de su personalidad. Y en este caso, el autor se desnuda desde el principio. No hay temores algunos ni tapujos con que esconderse, aunque Castro Díaz reflexione sobre su conducta. Y si hay que suprimir el final de uno de sus cuentos, se hace porque así es la vida. Se nota a distancia que José Manuel se siente a gusto narrando añoranzas de su tierra natal, de su feliz niñez. Porque él es un bonachón, que tampoco dejó de ser niño y por ello debió de ser un buen maestro de escuela. Y como niño nos habla de los miedos infantiles o como adulto cambia de plan y nos resuelve el cuento con el absurdo.

A ti, que eres un hombre dadivoso y que ya estás enfrascado en la maraña de la palabra escrita, te seguiremos en tu caminar literario.

José Luis Lobo Moriche. Cortegana, junio de 2022.

Una presentación, la mano negra y las hordas

Aquellos que tienen la (buena) costumbre de leer mi blog y me siguen en Facebook saben que he escrito un libro titulado La vida es un cuento cuya presentación estaba prevista para el 20 de abril de este año. Era una fecha muy buena y bien escogida por la Editorial, entre la Semana Santa y la Feria de Sevilla. La gente estaría en un período de tranquilidad, descansando de las caminatas por la ciudad para ver las imágenes o recuperando fuerzas de los viajes durante ese período de vacaciones. A la Feria todavía le quedaban diez días y aunque muchas personas estarían ya adornando las casetas, siempre podrían dedicarle un poco de su tiempo a acompañarme en este magno acontecimiento. Iba a poner magno entre paréntesis o entre comillas, para ironizar, pero no, para mí, tenéis que reconocerlo, era uno de los actos más importantes en mi vida como jubilado. No llegaría, quizás, a ser «la más alta ocasión que vieron los siglos» (para los de la ESO, la LOMCE y las últimas leyes educativas, que ya ni me acuerdo cuántas van, frase de Miguel de Cervantes para calificar la batalla naval de Lepanto donde él participó y en donde, debido a un disparo, se le quedó inutilizada la mano izquierda, de ahí su apodo de «el manco de Lepanto», aunque en realidad no llegó a perder dicha mano), pero para mí sí es una ocasión destacada e importante.

Pero lo que son las cosas, dos años con mascarilla, con tres vacunas, eliminando las salidas y los viajes que no fueran indispensables, reduciendo hasta la mínima expresión los contactos con familiares y amigos, evitando entrar en lugares cerrados o las multitudes…, pero nada, el día 16 de abril empezamos con síntomas, el 17 el test dio positivo y puestos en contacto con la editorial para comunicárselo, se decidió anular la presentación y posponerla para otra fecha. Primer contratiempo.

Después de diversas vicisitudes y de intentar cuadrar los días libres de la editorial, los míos (que yo también tengo muchos compromisos, sobre todo revisiones médicas, que ya voy teniendo una edad y achaques que van apareciendo sin saber cómo) y los de los lugares donde realizar la presentación, decidimos de común acuerdo que la fecha sería la del 18 de mayo, a las 19,30 horas. Tampoco era mala fecha, los sevillanos ya descansados y recuperados de los excesos feriantes, el Rocío quedaba un poco lejos, las vacaciones de verano también, era un miércoles, es decir un día que ni fu ni fa por eso de que los lunes el personal está enfadado por tener que empezar a trabajar o tiene resaca del fin de semana y tampoco es jueves o fin de semana, que las personas ya sólo piensan en divertirse y la presentación de un libro pues no es un acontecimiento que atraiga demasiado. Sobre todo si el escritor no es conocido ni es una promesa o una figura emergente de las letras castellanas y yo no lo soy, por supuesto.

Pero tenía que haber una mano negra que quería boicotear, obstaculizar o impedir la presentación de mi libro. La envidia es muy mala y seguro que algún famoso escritor, conociendo por el boca a boca y las redes sociales que lo que yo había escrito era muy bueno y no quería competencia, empezó a mover los hilos para impedir el acto. O eso o es que realmente una mano negra estaba detrás.

(NOTA DEL AUTOR: La Mano Negra, Mano Nera en italiano, fue una banda criminal italiana e italoestadounidense especializada en extorsión, que actuó en Italia y Estados Unidos a finales del XIX y principios del XX. Las tácticas típicas de la Mano Negra implicaban enviar una carta a una víctima firmada con una mano abierta manchada de tinta negra o sangre, que amenazaba con daños corporales, secuestro, incendio premeditado o asesinato. En Andalucía parece que también se organizó una Mano Negra, de origen anarquista, que actuó alrededor de 1880, en el contexto de un clima de aguda lucha de clases en el campo andaluz. En castellano es un término usado para expresar las aviesas intenciones, los manejos turbios en la sombra que pretenden conseguir unos fines de forma ilícita pero discreta).

Así que no tengo ninguna duda de que detrás de los intentos de dificultar la presentación había una Mano Negra. Y a los hechos me remito.

  1. Mi contagio de covid fue provocado por alguien cercano a mí que, de manera subrepticia e inmisericorde, aprovechó un descuido para inocularme el virus e impedir la presentación el 20 de abril.
  2. Alguien convenció o compró a la UEFA, sobre todo a su presidente Aleksander Čeferin, para ubicar en Sevilla el mismo día y casi a la misma hora la final de la Europa Ligue entre un equipo escocés y uno alemán. Mirad que había días y ciudades para celebrar esa final, pero no, tenía que ser en Sevilla el 18 de mayo, a las 21 horas. Por más intensas que fueron nuestras gestiones ante ese organismo, hablando directamente con el señor Čeferin, todo fue infructuoso. Sobre todo porque yo sólo hablo castellano y él sólo habla esloveno y muy poquito inglés, y por teléfono, sin poder comunicarnos por señas, aquello fue un diálogo de sordos y a gritos. No hubo manera de cambiar la fecha ni el lugar de la final. Así que una horda de miles, qué digo miles, cientos de miles, de alemanes y escoceses se presentaron en Sevilla, acabaron con las reservas de alcohol de la ciudad y alrededores y se reunieron (los escoceses) en la Alameda, justo al lado de donde se celebraba la presentación. Así era casi imposible llegar.
  3. Una ola de calor. Nadie será capaz de convencerme de que esta ola de calor a mediados de mayo es normal. Ni cambio climático ni leches. Han comprado a los de la AEMET para que el 18 las temperaturas batieran todos los récords. Cerca de 40 grados a la sombra, un sinvivir. ¿Cómo salir a la calle sin tener una buena excusa? Y, encima, yo con la ropa de invierno todavía en los altillos, menos mal que alguna camisa y algún pantalón veraniego tenía en el armario.
  4. El Día Internacional de los Museos, también se celebró el mismo día 18 de mayo. 365 días tiene el año, por lo que, estadísticamente era muy difícil que coincidiera con la presentación. Pues sí, al ministro de cultura, señor Iceta, también se le ocurrió poner este día para abrir los museos y entrar en ellos de manera gratuita, por lo que mucha gente, como es lógico, prefirió entrar en el Museo de Bellas Artes o en cualquier otro museo sevillano, que en el Bar Mutante a escuchar a Xosé Manoel Castro. Intenté contactar con el ministro pero su secretario me dijo que estaba ensayando el baile de SloMo, de Chanel, porque quería dar una sorpresa a sus compañeros en el próximo Consejo de ministros. Así no hay manera de convencer a nadie, pensé yo.
  5. Un ataque de alergia como hacía años que no tenía. Tos, estornudos, ahogos, picor de ojos, ronquera… Creo que, viendo que tenía una gran determinación y no iba a suspender mi actuación, el ministro de Agricultura, el señor Planas, también convocó un gabinete de urgencia para incrementar de manera exponencial el polen circulante en la atmósfera sevillana: los niveles de pólenes de gramíneas, olivo, malezas, plátanos de sombra…, todos a los que yo soy alérgico, alcanzaron niveles nunca vistos. Casi tengo que salir de casa con una escafandra de buzo.
  6. Lo último, lo que casi colmó el vaso de la indignidad y de la desvergüenza de quien sea que fuese el que estaba detrás de este complot y que a punto estuvo de conseguir su propósito, fue la aplicación para reservar el taxi que nos iba a llevar al lugar de la charla. El día anterior se reservó y a la hora convenida, las 18,30, o sea, una hora antes del comienzo, estaba previsto que nos recogiera un taxi frente a nuestra casa. Bajamos al portal, esperamos, mis hijos, mi mujer y yo, a que llegara el vehículo, pasaban los minutos y nada, ni un mensaje ni un taxi a la vista. Cuando estábamos a punto de llamar al aeropuerto para contratar los servicios de un helicóptero, vemos llegar en lontananza un taxi con la lucecita verde encendida. Haciéndole señas, nuestro benefactor se detuvo y dos grandes lágrimas de alegría y agradecimiento resbalaron por mis mejillas. Los cuatro nos abrazamos alborozados (Santiago con cierta dificultad porque sostenía la caja con los libros) y no besamos y abrazamos al taxista porque nos dio un poco de corte.

Parecía que todo se había solucionado, pero todavía quedaban algunas dificultades: las obras cercanas a donde yo vivo, que tienen cortadas varias calles y avenidas, el intenso tráfico y las hordas de escoceses y alemanes, borrachos como cubas, que aparecían donde menos lo esperabas e intentaban asaltar cualquier vehículo, ocupado o no. A mitad de la calle Torneo decidimos bajarnos del taxi y hacer el último tramo andando. Cuando desembocamos en la calle Calatrava, miles de escoceses, con camisetas azules o sin camisetas, pero con botellas y vasos de cerveza en la mano, cantando, colorados como pimientos morrones y andando a duras penas debido al nivel de alcohol en sangre, apenas nos dejaban pasar. Menos mal que pudimos llegar sanos y salvos a nuestro destino, el Bar Mutante de la calle Fresa.

Poco a poco fueron llegando compañeros y amigos, que con grave riesgo de su integridad y salvando múltiples obstáculos y dificultades, pudieron acompañarme. Muchos otros me llamaron o me enviaron mensajes disculpando su ausencia debido a todo lo que acabo de explicar. Claro que los disculpo y los entiendo, si yo casi no soy capaz de llegar ni de intervenir.

Pero al final, creo que todo salió muy bien. Unas veinte o veintidós personas en un pequeño espacio, un bar con una decoración original y que merece la pena visitar, unos amigos que me hicieron sentir muy cómodo y nada nervioso y una presentación que intenté que fuera amena y corta, explicando el contenido del libro, los relatos que lo forman, cómo surgió el título y cómo mi sueño de publicar se hizo realidad. Al final hubo un interesante turno de preguntas que intenté responder lo mejor posible y la dedicatoria de libros. Una velada inolvidable para mí.

Nunca estaré lo suficientemente agradecido a los que asistieron pese a las dificultades. Y también a los que quisieron asistir pero no pudieron. Ahora, lo importante es que disfruten con la lectura. Como dije al final, citando a Javier Cercas, yo ya he puesto la mitad del libro, ahora los que lo lean, tienen que poner la otra mitad.

¡¡Gracias!!

Festa dos maios

Aunque en Coruña capital no recuerdo que se celebrara la fiesta de los mayos (festa dos maios), en los pueblos, sobre todo en los de Ourense y Pontevedra, sí se celebraban y espero y deseo que lo sigan haciendo.
Basado en ritos prerromanos y precristianos, el culto a la naturaleza, a la agricultura, ha estado siempre muy presente en Galicia y en muchas partes de España.
La fiesta consiste en realizar diversas representaciones alrededor de un árbol o escultura, llamada maio o mayo, consistente en una armazón o esqueleto de palos o tablas de forma cónica o piramidal, recubierto de tela metálica o arpillera, que se cubre de ramas, helechos, flores, hojas, hinojo o hierba. El armazón se construye sobre una plataforma que, a modo de camilla, permite transportar el mayo por las calles del lugar.
Acompañando a los mayos, hay grupos de personas, a menudo niñas o niños disfrazados —que también reciben la denominación de mayas y mayos— adornados con flores, hojas o ramas y con una corona de flores, que danzan y cantan coplas populares o «cantigas», a veces dialogadas, mientras caminan alrededor de la escultura, acompañados de la percusión de dos palos. Era habitual pedir a los asistentes un aguinaldo que, por Lugo y Orense, solía consistir en un puñado de castañas maiolas (castañas secas), nueces o avellanas, sustituidos hoy por dinero.
También se aprovechaba para realizar críticas a los poderosos, políticos y clero sobre todo, como se suele hacer en carnaval.

Curros Enríquez es uno de los grandes poetas gallegos, figura clave en el Rexurdimento, el renacimiento de la literatura gallega. Como los otros dos grandes poetas gallegos del XIX, Rosalía de Castro y Eduardo Pondal, los temas de sus poemas se centran en los problemas del pueblo gallego: la emigración, la pobreza, la explotación por parte del poder político y eclesiástico…

Uno de los poemas más conocidos de Curros Enríquez es «Ahí ven o maio», al que le puso música Luis Emilio Batallán.

https://youtu.be/R9RqiUfDn58

Ahi ven o maio
De frores cuberto
Puxéronse a porta
Cantándome os nenos
Os puchos furados
Pra min extendendo
Pedíronme crocas
Dos meus castiñeiros

Pasai rapaciños
Calados e quedos
Que o que é polo de hoxe
Que darvos non teño
Eu son voso probe
O pobo galego
Pra min non hai maio
Pra min sempre é inverno

Cando eu me atopare
De donos liberto
Que o pan non mo quiten
Trabucos e préstemos
Que, como os do abade
Frorezan meus eidos
Chegado habrá entón
O maio que eu quero

Queredes castañas
Dos meus castiñeiros
Cantádeme un maio
Sin bruxas nin demos
Un maio sin segas
Usuras nin preitos

….

Ahí viene mayo
De flores cubierto
Se pusieron en la puerta
A cantar los niños
Los sombreros agujereados
Hacia mí extendiendo
Me pidieron castañas
De mis castaños
Pasad, chiquillos
Callados y quietos
Que lo que es por lo de hoy
Que daros no tengo

Yo soy el pobre
Del pueblo gallego
Para mí no hay mayo
Para mí siempre es invierno.

Cuando yo me encuentre
De dueños libre

Que el pan no me lo quiten
Tributos y deudas
Que, como los del abad
Florezcan mis campos
Llegado habrá entonces
El mayo que yo quiero.

Queréis castañas
De mis castaños
Cantadme un mayo
Sin brujas ni demonios
Un mayo sin siegas
Usuras ni pleitos

Un covitoso en Rota

Alguna ventaja tendría que tener estar covitoso, otro neologismo que no sé si la rae lo habrá aceptado o lo aceptará próximamente.

Llevo ya doce días con covid, sin apenas síntomas, dando positivo sin duda, que las dos rayas del test, la C y la T, bien marcadas que están. Mi mujer también se contagió pero ella ya ha dado negativo. Como uno sigue siendo muy responsable, a pesar de la edad, que dicen las malas lenguas que cuando uno pasa de los sesentaytantos pierde la vergüenza, pues me he venido a mi retiro de Rota, solo, sin mi santa esposa, que ya es negativa (de covid, se entiende) y que cada vez que se cruza conmigo se pone la mascarilla. Como en nuestro piso de Sevilla, que es muy pequeño, nos estamos cruzando continuamente, pues resulta que continuamente mi mujer se pone la mascarilla, no vaya a ser que yo, positivo, vuelva a contagiarla a ella, negativa. Por mucho que yo le explique que con tres vacunas, además de la de la gripe y la del neumococo, y recién contagiada, el número de anticuerpos que tiene que tener debe de superar cualquier estadística, que el pobre virus ni se atreverá a acercarse a ella, que mis virus ya tienen que estar exhaustos y debilitados después de casi dos semanas y que no serían capaces de contagiar absolutamente a nadie, no hay manera, ella todo el día con la mascarilla y mirándome raro.

Así que he tomado la drástica decisión de dejarla sola en Sevilla y venirme yo a Rota. Ella, como es lógico, me ha animado y ha aplaudido mi decisión. Eso de «en la salud y en la enfermedad» creo que no lo entendió bien. Qué se le va a hacer, vivo con una hipocondríaca y no lo puede evitar.

Así que aquí estoy, yo solito, poniendo una lavadora y tendiéndola, planchando y limpiando algo el piso, aunque mi hija lo ha dejado como los chorros del oro. Pero también me he podido dedicar a otros menesteres: pasear por la playa hasta Punta Candor, tomar un café en la Plaza de las Canteras y después una cerveza en una terraza, comprar comida preparada en el Mercadito (costillas con salsa barbacoa, gambones al ajillo y patatas panaderas), escuchar a Mozart en el equipo de música, después ver una película repantingado en el sofá, leer un capítulo de Ágata ojo de gato de José Caballero Bonald e, incluso, me ha dado tiempo a acercarme a la Feria de Rota, aunque llovió y se me quitaron las ganas de quedarme.

Total, un aburrimiento esto de estar covitoso en Rota. Estoy dudando si hacerme otro test mañana o dejarlo ya, para más seguridad, hasta la semana que viene. La feria termina el domingo, este fin de semana hay carreras de motos en Jerez, parece que va a hacer buen tiempo. Porque mira que si mañana el test sale negativo…

Como un niño con zapatos nuevos

Cada vez se utiliza menos esta frase, porque, por suerte, la mayoría de los niños estrena zapatos con relativa frecuencia. Sobre todo, zapatos deportivos, que son más cómodos y duran más. Antes se le daba mucha importancia a estrenar ropa, llámense zapatos, camisas, jerséis o chaquetas. Esta era la época, fundamentalmente el Domingo de Ramos, en que las familias aprovechaban para comprar y estrenar nueva indumentaria, y también en el Corpus. Ahora, con las rebajas, que se realizan en casi cualquier mes, la ropa de Zara y la de las tiendas chinas, esto ha pasado a la historia y ahora se puede estrenar ropa en cualquier momento del año. Y como se estrenaba muy pocas veces, porque la economía no daba para más, los niños nos poníamos muy contentos y presumíamos de ropa nueva, sobre todo los zapatos, porque esos duraban más y se cambiaban muy de tarde en tarde.

Hoy me han entregado los primeros ejemplares de mi libro LA VIDA ES UN CUENTO. No estaba en casa cuando trajeron el paquete, así que cuando entré por la puerta, me encontré a mi mujer y a mi hija, muy sonrientes y con un ejemplar en la mano. Reconozco que hay emociones complicadas de describir, pero hojear el libro, mi primer libro, contemplar la portada y la contraportada o releer algunos párrafos al azar me han hecho muy feliz y estoy, realmente, como un niño con zapatos nuevos. Aunque ahora que lo pienso, este no es el primero, ya que ese fue ¡Vamos a hacer dibujos animados!, una experiencia educativa que publicó la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, realizada por varios maestros del CEIP Gustavo Adolfo Bécquer, de Montequinto. Otro sueño más cumplido. Hay muchas frases sobre sueños y realidad, pero como soy un admirador de Saint-Exupéry y de su obra El Principito, terminaré con una de sus frases más célebres: «Haz de tu vida un sueño y de tu sueño una realidad». Uno más cumplido y que se cumplan muchos más.

La presentación se realizará el 20 de abril, a las 7 de la tarde, en el Bar Mutante, en la calle Fresa (una bocacalle de la calle Calatrava, en la Alameda). Si queréis acompañarme y no tenéis planes mejores, allí os espero.

Mi primer libro: La vida es un cuento

La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido. Macbeth, 5° acto, escena V. William Shakespeare

Hace cerca de siete años, cuando me jubilé, se me ocurrió crear un blog con el objetivo de escribir sobre todo aquello que me interesara, la fotografía, los viajes, el ajedrez, la política, los recuerdos…, para ocupar parte del tiempo libre que, teóricamente, iba a tener. Después de buscar varios títulos se me ocurrió el de TRECEGATOSNEGROS, el trece y el gato negro unidos, dos símbolos de la mala suerte, según parece, una forma de dar a entender la importancia que el azar o la suerte, lo que se llama destino o fatum tienen en nuestras vidas. Estar en el lugar y en el momento oportunos o inoportunos pueden conducir el futuro de nuestra vida en una dirección u otra, ejemplos hay que lo demuestran.

Después de algunas semanas de prueba comencé a insertar relatos, historias en las que dejaba volar la imaginación, contaba recuerdos y experiencias o mezclaba ambas cosas, un recuerdo adornado con algo de fantasía. Y reconozco que cada vez me gustaba más escribir esas historias. Llegué a plantearme incluso escribir una novela, redactando varios argumentos, imaginando lugares, personajes, tramas. Pero no me veía ni con fuerzas ni con paciencia para dedicar horas y horas a trabajar en la novela, así que deseché la idea y seguí con los relatos.

Desde entonces habré escrito unas sesenta historias y después de alguna duda decidí lanzarme al vacío y no sé si por osadía o inconsciencia, seleccioné veinticuatro de esos relatos y los envié a varias editoriales. Tres de ellas me propusieron la autoedición, o sea, pagar yo la impresión y venta de los libros, pero no me gustaba la idea de sablear a mis amigos o ir puerta por puerta vendiendo mi producto, y la cuarta editorial, Libros Indie, me publica la citada selección porque considera que tiene calidad y se arriesga a publicar la primera obra de un autor desconocido, a la que he titulado La vida es un cuento. Son relatos y microrrelatos que, entre otras historias, reflexionan y describen diferentes momentos de la vida de las personas, con alguna nota autobiográfica y experiencias personales. Héroes y villanos, jovenes y ancianos, ganadores y perdedores, realidad y fantasía, se entremezclan a lo largo de los relatos, sin un claro o definido hilo conductor.

O sea, que aquí me tenéis, otro jubilado que no tiene otra cosa mejor que hacer que publicar un libro de 208 páginas. Me gusta la edición, aunque solo he visto la maqueta, muy cuidada y atractiva, y una portada sugerente. Según el editor, el libro se presentará en Sevilla, en un lugar todavía sin determinar, aunque me ha dicho que será en un local en Triana o la Alameda, el miércoles 20 de abril, entre Semana Santa y Feria, una bonita fecha. Seguiré informando.

Las (otras) guerras actuales en el mundo

Todos los focos están apuntando en este momento a la guerra de Ucrania, aunque, según Putin, Rusia no está en guerra ni ha declarado guerra alguna, ni está invadiendo Ucrania. Putin describe la intervención en Ucrania como una «operación militar especial» que tiene como objetivo «desmilitarizar» y «desnazificar» a Ucrania, así como garantizar la seguridad rusa frente a la ampliación de la OTAN. Mientras tanto, dos millones setecientos mil ucranianos, a día de hoy y subiendo la cifra, han huido del país refugiándose en Polonia, Rumanía o Moldavia, entre otras naciones. La solidaridad europea acogiendo, sobre todo, a mujeres, niños y personas mayores, es loable, aunque en otras ocasiones no lo ha sido tanto, como veremos.

Como suele ocurrir en estos casos estamos aprendiendo la geografía y la historia de un país asolado por la guerra. Aparte de su capital, Kiev, de Chernóbil por el desastre nuclear o de Odesa, la mayor parte apenas habíamos oído hablar de Járkov, de Jerson o de Mariúpol. Después de haber asistido a las explicaciones detalladas en la televisiones de los ataques rusos y de la valiente y esforzada defensa de los ucranianos, somos capaces de ubicar casi sin esfuerzo ni titubeos la situación de esas ciudades y de otras como Leópolis, Dónetsk, Jersón o Zaporiyia. El nacimiento de Ucrania, las causas de la guerra, la anexión de Crimea a Rusia o los intentos de independencia del Donbás salen continuamente en los medios de comunicación, apoyados por los análisis de militares, politólogos, historiadores, economistas y esos tertulianos que son capaces de opinar sobre pandemias, volcanes, guerras o cualquier tema que se ponga a tiro.

La guerra de Ucrania se libra, además de en los frentes de batalla y en las ciudades que son asoladas de manera inmisericorde, en los frentes de la propaganda, de la economía y de la política. Aunque hay decenas de periodistas informando sobre el terreno, la visión sesgada es inevitable. Los buenos siempre están de nuestro lado y los malos siempre están enfrente. Las televisiones muestran las penurias de la gente sin agua, sin comida, los muertos en las calles, los edificios destrozados, los bombardeos, los tanques. En Rusia, Putin es un héroe que quiere reponer la dignidad y el peso específico perdidos con la desmembración de la URSS y conseguir que la OTAN se mantenga lejos de sus fronteras; en Europa y en la mayor parte de las democracias occidentales el héroe es Zelensky, el presidente de Ucrania, que con sus mensajes, sus vídeos desde las calles de Kiev y su apelación a la ayuda de occidente pretende mantener la moral de sus conciudadanos, a pesar del enorme desequilibrio de fuerzas. En medio, miles de muertos, millones de desplazados, ciudades devastadas. Se pretende aislar a Rusia imponiendo sanciones económicas y prohibiendo que sus oligarcas, de los que se dice que son los que mantienen a Putin en el poder, puedan beneficiarse de las libertades de las que disponen a lo largo y ancho del mundo. El deporte y la cultura también se están viendo afectados por esta guerra. Cientos de empresas han salido de Rusia y los paquetes con las sanciones se van ampliando casi diariamente. Seguramente en Rusia irán sintiendo cada vez más el peso de estas medidas, que también nos afectan a nosotros; la subida de los carburantes, de la electricidad o el desabastecimiento de varios productos son algunas de esas consecuencias, que viendo lo que les ocurre a los ucranianos no parecen gran cosa.

Cuando en los años 90 en Europa —también en Europa, vaya por Dios— se desarrolló la guerra de los Balcanes, donde las atrocidades sobre la población fueron quizás mucho peores que las que ahora se están produciendo, no se produjo un movimiento solidario tan grande como el que ahora estamos viendo. Después de la desmembración de la URSS, las ansias de independencia en las antiguas repúblicas yugoslavas provocaron que primero se independizara Eslovenia sin apenas conflicto, pero después comenzó la auténtica guerra entre Serbia y Croacia y más tarde Bosnia. La complejidad de los conflictos, étnicos, religiosos y territoriales, devino en matanzas como la de Srebenica, las violaciones masivas de mujeres, los asedios de Vukovar, Sarajevo o Mostar, el bombardeo sobre Dubrovnik. Nosotros veíamos la guerra desde nuestros sillones, pero como aquello estaba lejos, apenas echábamos cuenta. Hoy, cuando viajamos a Serbia o a Croacia, nos enseñan algunos ejemplos de lo que fue esa guerra: los tejados destrozados de Dubrovnik, los agujeros de balas en casas y en algún museo…, así que no sería extraño que dentro de unos años el morbo nos lleve a viajar a Ucrania, un país que nos mostrará los destrozos que provocó esta guerra-invasión-desmilitarización-desnazificación-operaciónmilitarespecial y nos conmoveremos y lamentaremos sobre lo que allí ocurrió y pudimos contemplar, también, en nuestros televisores.

Lo que ocurre es que esta sealoqueseaosellame no nos deja ver o nos ha hecho olvidar o dejar a un lado las otras guerras que, sí, también, por desgracia, están asolando otras zonas del mundo, que están empobreciendo naciones, provocando miles de muertos, millones de refugiados y desplazados y que no me resisto a enumerar:

  • Guerra civil yemení, que comenzó en 2015 con la intervención de Arabia Saudí. Más de 60.000 víctimas.
  • Intervención militar en Tigray. Conflicto entre Etiopía y Sudán. Más de 40.000 víctimas.
  • Conflicto entre Israel y Palestina, que parece no tener fin.
  • Frentes yihadistas en Mali, zonas del Sahel, Níger, Burkina Fasso, Mozambique o el Congo

Y tampoco podemos olvidarnos de Birmania y la persecución contra los Rohinya, el conflicto de Panshir en Afganistán, la guerra civil siria, con más de medio millón de víctimas… Según muchas fuentes, en la actualidad hay 65 conflictos en todo el mundo. Miles de muertos, millones de desplazados, economías devastadas. A todo ello hay que sumar la guerra que la humanidad está librando contra el planeta, agotando sus recursos y destrozando la naturaleza. Supongo que lo llevaremos en nuestros genes, que desde que somos humanos nuestro destino es destruir, acabar con todo aquello que nos estorba en nuestros planes, sean estos el enriquecernos, alcanzar el poder, ampliar las fronteras, imponer nuestra religión o nuestra cultura, acabar con el diferente porque lo sentimos como una amenaza. Cada vez me cuesta más trabajo creer que el hombre es bueno por naturaleza, porque tampoco hay que olvidar que nuestra solidaridad se dirige, sobre todo, a aquellos que se parecen mucho a nosotros, aquellos que son «blancos y de ojos azules», como ha dicho alguien, que no vienen en pateras, como si los «otros» no sufrieran tanto o más que los ucranianos. «No a la guerra en cualquier parte del mundo» y «sí a la solidaridad con cualquiera persona que sufra y venga de donde venga».

El horóscopo

Hay ocasiones en que se hacen las cosas sin pensar, sin planificar y salen bien, y otras, seguramente la mayor parte de las veces, salen mal. Actuar o hablar de manera irreflexiva o emocional suele conducir a situaciones imprevistas y catastróficas y por eso no me gusta actuar o hablar así, aunque a veces, por pensar demasiado las cosas, he dejado pasar muchas buenas oportunidades.

Dicen que los tauro somos personas previsibles, sistemáticas, prácticas, ordenadas, en suma, personas aburridas. Por eso no nos gusta improvisar, quizás porque tenemos aversión a las sorpresas y porque no tenemos reflejos para responder de la manera más apropiada a aquello que surge de repente. También dicen los expertos en astrología que somos personas tranquilas y plácidas la mayor parte del tiempo, pero impetuosos y brutales cuando se nos enfada o se nos cruzan los cables. Serios, trabajadores y pragmáticos, si se nos mete una cosa en la cabeza no paramos hasta conseguirla porque la constancia es una de nuestras más reconocidas virtudes. Pero la monotonía, la planificación o el orden tienen hoy muy mala prensa, por eso los tauro estamos de capa caída. Ahora hay que tener un pensamiento divergente, original, que se salga de lo corriente, saber improvisar, sorprender. Pero no busquéis en los tauro sorpresas, ni fuegos artificiales. Por lo menos en la mayor parte de los tauro, aunque habrá honrosas excepciones, supongo.

Eugenio y yo estábamos de acuerdo en muy pocas cosas; yo era del Madrid y él del Barça, a mi me gustaba hacer deporte y leer mucho y él se pasaba el tiempo libre tumbado viendo la televisión, a mí me gustaba viajar y él sólo se movía del pueblo para visitar a la familia o para ir al médico, yo de izquierdas y él de derechas, a mí me gustaban las morenas y delgadas y a él las rubias y gorditas. Total, que no compartíamos casi ningún gusto, pero simpatizábamos, vaya usted a saber por qué y siempre buscábamos momentos para estar juntos. Era un buen conversador y sabía argumentar sus razonamientos con mucha inteligencia y habilidad y me costaba, lo reconozco, vencerle en las discusiones. Por eso, quizás, me gustaba, porque veía en él un contrincante a mi altura con el que merecía la pena competir, sobre todo en ajedrez. Una de las pocas cosas que compartíamos era nuestra afición al ajedrez, pero en esto también diferíamos. A mi me gustaba plantear partidas tranquilas, con movimientos poco arriesgados, basándome en la defensa y arriesgándome sólo lo imprescindible. Una defensa Caro Kan, una india de dama o una Petrov eran mis favoritas mientras que a Eulogio le gustaban la siciliana o la india de rey. Él siempre buscaba sacrificios imposibles, aperturas raras para que yo no pudiera basarme en la teoría o distracciones de cualquier tipo para que no pudiera concentrarme. Yo quería planteamientos a largo plazo, situando mis piezas sin fisuras, pero él prefería los golpes de efecto, las improvisaciones, los movimientos arriesgados. «Prefiero morir matando a morirme de aburrimiento» era su frase preferida cuando llevábamos más de una hora sentados ante el tablero. «Eulogio, el ajedrez es un juego de lógica, de previsión, de planificación, no una forma de suicidio». La verdad es que yo era mejor jugador y ganaba la mayor parte de las partidas, pero a veces me sorprendía con jugadas maravillosas que después comentábamos cuando me ganaba. En las tardes de invierno, con el viento soplando furioso, las olas balanceando los barcos y las gotas de lluvia golpeando los cristales, un café caliente, una copa de brandy y una partida de ajedrez eran el mejor modo de pasar el tiempo.

En aquella época el tiempo transcurría con lentitud, con amable y tranquila pereza y las horas y los días se desgranaban sin apenas sobresaltos, unos iguales a otros, sin luces ni sombras ni altibajos ni estrépito. No éramos conscientes de que la vida era eso y no fuimos capaces de saborearla, de concentrarnos en apresar los momentos como un auténtico tesoro, como un placer de los sentidos, que se acorchaban sin remedio, ausentes y distraídos. El tiempo flotaba delante de nosotros, como las hojas doradas en el otoño, como globos irisados, y no supimos cerrar las manos alrededor y apresarlo y hacer un lazo y amarrarlo y esconderlo en lo más hondo y profundo del pecho para que nunca se escapara. Y se escapó. Y ya nunca más busqué el tiempo perdido ni lo encontré en una magdalena. El olvido arrinconó o diluyó demasiados recuerdos. Esos días, sin embargo, los puedo recordar con nitidez, como si hubieran transcurrido ayer, pero han pasado ya demasiados años.

Recuerdo a mi compañero Eulogio sentado al lado de la puerta del café, abriendo el periódico todas las mañanas por la página donde leía lo que los astros le deparaban. Supersticioso como pocas personas a las que he conocido, se creía al pie de la letra todo lo que pronosticaba el experto en astrología del diario, que seguramente también escribiría sobre deportes, sucesos o notas de sociedad y me leía en voz alta lo que allí se decía, mientras yo me tomaba el café con la tostada. Un escorpio como él era opuesto a mí, según decía, aunque también nos complementábamos. Me gustaba charlar con él y discutir sobre las cosas más variadas y peregrinas, de fútbol, de política, de mujeres, de economía, de pesca, del tiempo o de cualquier tema que surgiera.

Cuando los pronósticos del horóscopo eran favorables y el viento soplaba a favor, los días al lado de Eulogio eran alegres, divertidos, llenos de conversaciones inteligentes, irónicas, de largos paseos por los caminos que rodeaban el pueblo o que se asomaban a la ría. Pero si los pronósticos eran aciagos o pesimistas, yo tenía que alejarme, distanciarme de un ser que podía llegar a ser nocivo, incluso violento. Lo bueno es que los horóscopos raras veces predecían días totalmente negativos, sino que siempre dejaban una puerta a la esperanza y a eso me agarraba yo e intentaba que él también se apoyara en la parte más positiva. Pero en esos días los silencios se agrandaban, el gesto de su rostro era hosco, desagradable y la mirada perdida y baja, las manos en los bolsillos de la chaqueta o de los pantalones, los pasos largos. Como yo estaba acostumbrado a esa situación, caminaba a su lado y apenas le hablaba. Sólo cuando se iba acercando la medianoche y el día estaba a punto de terminar, las miradas al reloj eran cada vez más frecuentes y en su cara se percibía el cambio de humor. Entonces era cuando podíamos comenzar a hablar casi sin problemas ni malos modos.

Una tarde de invierno, anocheciendo, sentados frente al tablero de ajedrez al lado de la ventana que daba al puerto y a la ría, comentábamos un suceso que había ocurrido días atrás en la fábrica de conservas del pueblo. El dueño había echado a una mujer porque, según decía, había estado robando latas a lo largo de varios meses. El encargado había sospechado de ella y la estuvo vigilando durante dos o tres semanas. Efectivamente, la mujer, una señora casada con un carpintero y madre de cuatro hijos todavía pequeños, metía cada vez tres o cuatro latas de conservas en su bolso y se las llevaba a su casa. Después, según se comprobó, las vendía a las vecinas y se ganaba un dinero extra. Ese dinero, según comentó después ante magistratura, era para compensar lo poco que ganaba en la fábrica y que le permitía llegar a fin de mes. Nosotros conocíamos a la familia y considerábamos muy injusta la decisión de la magistratura, que le dio la razón al propietario y dejó a la mujer sin trabajo. «No hay derecho a que se explote así a la gente», «con los millones que gana la conservera, podían haber hecho la vista gorda o llamarle la atención y avisarla, pero no echarla, a ver qué van a hacer ahora, porque con lo que gana el marido imposible vivir dignamente», «y lo malo es que a ver ahora quién la contrata para hacer cualquier trabajo, porque en los pueblos ya se sabe». Cuando llevábamos hablando un buen rato sobre el tema, Eulogio dijo «esto no puede quedar así, tenemos que darle una lección al dueño para que aprenda». Yo estuve de acuerdo, pero dije que no se me ocurría nada, como no fuera intentar hablar con él para convencerle de que volviera a contratarla. «Eso seguro que no arregla nada, conociendo al personaje, que es un impresentable y un hijo de su madre» comentó mi compañero. «Pues ya me dirás, porque dejar de comprarle latas de conserva no me parece que sea demasiado eficaz, o hacer campaña en contra en el pueblo sería ineficaz y contraproducente, porque la mayor parte de las familias depende de ese trabajo», terminé de razonar. No veía una solución porque, entre otras cosas, la mujer había confesado los hurtos y el empresario no iba a dar marcha atrás, porque quería dar un escarmiento y que nadie volviera a intentar llevarse nada de la fábrica.

No me gusta tomar decisiones a la ligera porque me asustan las posibles consecuencias negativas, o el ridículo, o el qué dirán. Por eso, cuando Eulogio me dijo que se le había ocurrido algo, mientras nos dirigíamos hacia la fábrica que estaba situada en las afueras del pueblo, en la carretera que llevaba hacia la capital, algo me dijo que debería detenerlo. «A ver, qué se te ha ocurrido», dije con un pequeño temblor en la voz. «Ya lo verás, y si no quieres acompañarme, quédate aquí».

Hay situaciones, momentos en la vida o decisiones que pueden cambiar el destino de los hombres. La mayor parte de las veces son acciones sin importancia, que hacemos con frecuencia, como cruzar una calle distraído, pasar debajo de un balcón con macetas, comer sin masticar bien un trozo de pollo, decir sí o no, callar cuando tienes que hablar o hablar cuando deberías permanecer callado, llegar tarde a una cita, coger un avión o un coche… Todos los días realizamos gestos como esos y casi nunca tienen trascendencia. Pero un coche que se salta un semáforo, una maceta suelta, decir una palabra o una frase a destiempo, girar a la derecha en lugar de a la izquierda o aplazar un viaje, por ejemplo, pueden acabar con uno en un instante o con el futuro hecho trizas. Yo no sabía en ese momento que la decisión de seguir andando al lado de Eulogio o detenerme y darme la vuelta podía cambiar mi vida. Los tauro somos prudentes pero no cobardes y el tono de voz de Eulogio era desafiante, como un trapo rojo que ponía delante de mí y yo, sin dudarlo, acudí sin pensar al engaño. Ese es nuestro problema, a veces pensamos demasiado las cosas pero nos dejamos convencer o llevar con cierta facilidad. Eulogio no me engañó, pero me retó, y eso, todo hay que decirlo en honor a la verdad, suponía que Eulogio me conocía muy bien. No intentó convencerme, sino desafiarme, una de las mejores maneras de hacer actuar a un tauro.

Llegamos a una de las puertas de la fábrica, una nave enorme, paredes muy altas, con cierto aire decadente o de abandono, desconchones en las paredes, cristales sucios. Había dos coches aparcados en un lateral, uno de ellos lo conocíamos muy bien, un Mercedes negro con matrícula antigua, pero muy bien cuidado. El otro vehículo era un Ford Fiesta. Eulogio me dijo que diéramos una vuelta. Algunos focos iluminaban el exterior. Sabíamos que Luis, el guarda de la conservera, un  marinero jubilado que tenía muy malas pulgas, estaba de baja por una lesión en una pierna; lo veíamos todos los días acodado en la barra de uno de los bares del paseo marítimo charlando con otros marineros, contando sus aventuras en el Mar del Norte. En la fábrica no se necesitaba un guarda, nunca habían intentado robar, entre otras cosas porque en las oficinas no había dinero en efectivo y a nadie se le ocurriría, según se decía en el pueblo, robar latas de conservas. Pero Luis había sido amigo de la infancia del dueño, había trabajado en uno de sus barcos pesqueros y era una manera de agradecerle los servicios prestados y añadir algo de dinero a la escasa pensión.

Eulogio se asomó con precaución a la ventana de la oficina. Allí estaba el dueño, revisando un libro de cuentas y charlando con uno de sus hijos, el menor, el que seguramente se haría con las riendas de la fábrica ya que los otros dos, un médico y un arquitecto, se había ido del pueblo hacía años. El hijo era un muchacho alto, muy fuerte, acostumbrado a hacer deporte. Siempre en chándal, se paseaba por las calles luciendo palmito y atrayendo las miradas de las muchachas, guapo, rico, simpático, el mejor partido de la localidad. Él picaba aquí y allá, pero todavía no había elegido. Según decían las malas lenguas, le gustaba más la carne que el pescado, lo que en un pueblo marinero era una auténtica herejía.

Eulogio me hizo una señal para que nos deslizáramos bajo la ventana para evitar ser vistos. Sacó un spray de su chaquetón y se dirigió al Mercedes. Antes de que pudiera darme cuenta, había escrito con pintura blanca en el lateral “Conservera, mafia explotadora” y lo culminó con círculos y rayas alrededor de todo el coche. Intenté evitarlo, pero se dirigió al otro coche y escribió “Paco es maric”. Esto ya no lo pude consentir y antes de que terminara de escribir, intenté quitarle el spray. Hay líneas que no se deben traspasar. Yo era más fuerte y más ágil que Eulogio, pero se resistía con uñas y dientes. Los resoplidos y el forcejeo llamaron la atención de padre e hijo, que salieron a la puerta y nos vieron luchando. Al principio no se dieron cuenta de lo que pasaba y se acercaron con la intención de separarnos, diciéndonos que dejáramos de pelear. Pero Paco, viendo lo que Eulogio había escrito, se lo señaló a su padre, se enfureció, volvió a entrar en la oficina y salió con un bate de béisbol, que seguramente tendría el guarda como arma disuasoria. Sin mediar palabra, le dio un fuerte golpe a Eulogio en un costado y éste cayó al suelo retorciéndose entre gritos de dolor. Después se dirigió a mí e intentó hacer lo mismo. En aquella época yo era bastante fuerte y muy flexible, así que me eché a un lado y esquivé el primer golpe. El padre intentó impedir la pelea, mientras le decía a su hijo que no siguiera, que nos denunciarían y que ya pagaríamos lo que habíamos hecho. Pero Paco estaba ya fuera de sí porque había leído lo que se había intentado escribir en su coche. Me arrinconó en una esquina y lo último que recuerdo fue un estallido de luz y un enorme dolor en la cabeza.

Treinta y cinco años después, a mil kilómetros de distancia, sentado en un banco frente a un mar tranquilo por el que algunos veleros navegan perezosamente, no sé por qué hoy me viene a la memoria lo que ocurrió ese día. Según me contaron después, estuve cerca de un mes en coma, rodeado de máquinas que me ayudaban a respirar, cables que monitorizaban corazón, pulmones, tensión arterial, ondas cerebrales. El golpe había sido brutal en la frente y estuvo a punto de matarme. Poco a poco, sin embargo, fui recuperándome, salí del coma y comencé a mover los ojos, las manos, los brazos, empecé a hablar, a recordar, lentamente, lo que había pasado. Sufría, y sufro todavía, grandes lagunas de memoria, aunque lo sucedido ese día, curiosamente, lo recuerdo con total claridad, pero la movilidad de las piernas costó mucho más. Años de rehabilitación, fuertes dolores en la cabeza, lapsus en el habla y otros problemas neurológicos me impidieron volver a dar clase. Me dieron la baja definitiva y desde entonces cobro una pensión que me permite vivir sin problemas. Me alejé del pueblo y busqué otro lugar tranquilo, también al lado del mar. Me sería imposible vivir lejos de la gran madre, de donde todos venimos, de su arrullo, de su abrazo, lánguido a veces, furioso otras, pero siempre amoroso.

La conservera desapareció. Después del incidente, la policía investigó el suceso y encontró que el dueño de la conservera y su hijo se dedicaban al tráfico de drogas, al blanqueo de dinero y a otros negocios sucios, incluido el tráfico de mujeres. A ellos los metieron en la cárcel, donde estuvieron muchos años y hoy, muerto el padre, no se sabe dónde está el hijo que me agredió. Quizás saliera del país, se haya establecido en algún paraíso fiscal o en algún lugar donde no se pueda localizar.

Mi amigo Eugenio me viene a ver a veces. Se jubiló hace tres o cuatro años y tampoco se casó. “No soy capaz de aguantarme a mí mismo, como para aguantar a otra persona; al único que soportaba un poco era a ti”, me dice muchas veces, sonriendo. Él tuvo más suerte que yo, sólo tres o cuatro costillas rotas y un pequeño golpe en la cabeza. Después del incidente dejó de leer el horóscopo “menuda mierda de predicción la de aquel día, que tendríamos un día lleno de aventuras, claro que fue una aventura, pero estuvo a punto de costarnos la vida y de eso no decía nada, así que ya no lo leo nunca”. “Pues mira tú, yo sí que me aficioné a leer el horóscopo”, le dije “porque más acertado ese día no pudo ser”.

Desde entonces miro la vida con otros ojos. He dejado de ser tauro y ahora me he apuntado a los piscis, a los que más les gusta improvisar del zodiaco. Abro todos los días la página por donde el periodista, el astrólogo o el becario de turno escriben aquello que se les ocurre sobre lo que me sucederá a lo largo del día y dejo que ellos y el destino decidan por mí, total, si el azar o las estrellas lo dirigen todo, para qué preocuparse.