Tempestades

En el año 1977 pasé de la disciplina, el desasosiego y el tiempo tirado y perdido en la mili, al trabajo en Camariñas. De una gran ciudad monumental y luminosa como Sevilla, a un pequeño pueblo acostado en una ensenada y escondido en una ría, en plena Costa da Morte. De las mañanas en una oficina rodeado de soldados y oficiales, tecleando en una máquina de escribir absurdos oficios, dando clases de lengua, matemáticas o historia a un teniente para que aprobara el examen que le permitiría ascender a capitán, a mañanas rodeado de niños y niñas traviesos, curiosos, dicharacheros, inocentes. De tardes interminables y aburridas en el cuartel a tardes llenas de conversaciones con los compañeros y excursiones por los alrededores del pueblo, descubriendo cada día rincones llenos de encanto y de misterio.

El primer año de Camariñas tenía una habitación alquilada en la pensión de la señora Carmen. La habitación estaba en la primera planta, a la que se accedía por una escalera con escalones de madera. Era un cuarto pequeño, en el que apenas cabían una cama, una mesilla y un armario. Encima de la cama, un crucifijo sencillo y en una de las paredes una foto en blanco y negro del faro del Cabo Vilán (en aquella época le llamábamos el cabo Villano). Lo mejor era el pequeño y estrecho balcón que daba a la ría. Abría las dos hojas de la puerta, me acodaba en la barandilla y podía pasar las horas mirando el puerto, los barcos de pesca, las pequeñas barcas varadas en la arena, las gaviotas y, sobre todo, los temporales, aunque en este caso, tenía que ver el espectáculo con la puerta del balcón cerrada. El viento del oeste entraba aullando por la boca de la ría, arrastrando nubes cargadas de agua y olas que movían furiosamente los pesqueros fondeados y las copas de los pinos que bordeaban la costa.

En la pensión desayunaba y comía el farero, Luis, un hombre alto, delgado, con grandes entradas en el pelo, nariz aguileña y ojos muy claros. Era poco hablador y apenas participaba en las conversaciones que teníamos después de comer la señora Carmen, Arturo, otro maestro que tenía una habitación alquilada como yo, Arsenio, el sargento de la guardia civil, que también comía allí y un comerciante que un par de días a la semana dormía en la pensión.

Una mañana, Luis, cosa extraña en él y como hablando para sí mismo o para alguien que no estaba en el comedor pues éramos los únicos que desayunábamos en ese momento, dijo:

– Esta tarde se espera un buen temporal. ¿Te gustaría verlo desde el faro?

Era la primera vez que Luis se dirigía a mi de manera tan directa, así que tardé unos instantes en contestar, quizás aturdido por la sorpresa.

-Claro, me encantaría. Salgo de clase a las cuatro y media, así que sobre las cinco allí estaré.

Seguimos desayunando sin cruzar una palabra más.

El día transcurrió como cualquier otro en el colegio. Niños y niñas distraídos, inquietos, levantándose de los asientos sin el menor motivo o atentos a alguna explicación, escribiendo o resolviendo problemas. Yo estaba pendiente del viento y de las nubes y aguardaba con impaciencia el final de las clases. A las cuatro y media en punto sonó la sirena y una vez que todos salieron del aula y que yo intercambiara algunas palabras con mis compañeros, me subí a mi 127 amarillo y puse rumbo al faro.

Había recorrido ese camino muchas veces. Una vez dejadas atrás las últimas casas, la carretera se empina ligeramente. Los maizales y sembrados de patatas y berzas van dejando paso a pinos y eucaliptos. El mar se adivina a la izquierda y se puede ver la ermita de la Virgen del Monte. Poco después el paisaje cambia, la vegetación casi desaparece, apenas unos matorrales y tojos, y se divisa el imponente faro que se yergue en una roca alzada sobre el mar. Las olas rompen con fuerza y el ruido sordo llega hasta la explanada en la que aparcan los coches.

Aquella tarde fui más despacio que otras veces, pues no quería llegar antes de tiempo. Subí la última cuesta que lleva hasta el faro. A la derecha, playas vírgenes de arena blanca y el camino de tierra que solía recorrer para ir hasta las aldeas de Santa Mariña y Arou y al pueblo de Camelle, pasando por el cementerio de los ingleses, donde se encuentran los restos de los marineros del acorazado inglés Serpent y por el Monte Branco, una enorme duna a cuyos pies crecen las caramiñas, unos arbustos autóctonos.

A las cinco en punto, cuando yo estaba aparcando el coche, Luis salió del edificio por el que se accede a la base del faro, miró al cielo y me saludó, haciéndome un gesto para que lo siguiera. Nunca había entrado en el blanco edificio cuadrado y de dos plantas. Me enseñó algunas dependencias de las que apenas recuerdo una especie de sala con muchos aparatos electrónicos y entramos en el túnel que lleva desde el edificio a la base del faro. Ascendimos por una estrecha escalera por la torre hasta llegar a la linterna. No conté el número de escalones, pero la subida no parecía tener fin.

Cuando llegamos al foco, me quedé sin respiración. La vista era realmente impresionante. Aunque todavía quedaban un par de horas de luz, el cielo se estaba oscureciendo con rapidez, pues unas nubes negras estaban ocultando el sol. El viento soplaba cada vez más fuerza y llegó un momento en que noté que la torre se movía. Entré en pánico, pero Luis me tranquilizó diciéndome que todos los edificios altos tienen que tener una cierta flexibilidad pues una rigidez absoluta podría dañarlos e incluso derribarlos debido a un fuerte viento o a terremotos. Y también me explicó, mientras andábamos alrededor del foco, que éste flotaba sobre una cuba llena de mercurio que permitía el giro del conjunto óptico. Me aseguró que algunas veces, cuando el viento era muy fuerte, el mercurio podía salirse de la cuba.

En un determinado momento el foco comenzó a girar y a emitir los destellos que se podrían ver a muchos kilómetros de distancia. Yo estaba totalmente extasiado con lo que veía y sentía: olas cada vez más altas que se estrellaban contra las rocas produciendo enormes cortinas de espuma, nubes oscuras que se desplazaban con rapidez y de las que, de vez en cuando, salían relámpagos, la lluvia que comenzaba a golpear con fuerza el cerramiento acristalado de la linterna, el ruido cada vez más ensordecedor del viento, el movimiento de la torre… No sé cuánto tiempo pasó. A mí me parecieron horas, pero cuando miré el reloj eran poco más de las seis y media de la tarde. Luis comprobó que todo estaba en orden y funcionando sin problemas y comenzamos a descender. Seguía notando cada vez más amortiguado el movimiento de la torre y llegamos hasta el edificio. La tormenta estaba en todo su apogeo y Luis me convenció para que no me fuera y que esperara a que la tempestad amainara algo. Me preparó un café y charlamos relajadamente durante un par de horas. Quizás en otra ocasión cuente algunas de las experiencias que, según él, le ocurrieron en otras tierras y en otros faros.

Ayer reviví aquella tarde en el faro de Camariñas. Por la mañana, Carmen y yo contemplamos las olas en Riazor, el Orzán y la Torre de Hércules. La marea estaba baja y aunque el viento soplaba con fuerza y las olas rompían con estruendo en las rocas y en la arena, cubriéndose en gran parte de espuma blanca, aún no llegaba a ser un espectáculo sublime, como sí pudimos contemplar mi hermano Rafael y yo por la tarde. Esta vez Carmen no quiso venir, pues ya había tenido suficiente con la experiencia matutina.

Llegamos con el coche hasta el Portiño y aparcamos frente a las Islas de San Pedro, que reciben el mismo nombre que el monte que tenemos detrás. El viento apenas nos deja abrir las puertas y tenemos que hacer verdaderos esfuerzos para andar. Ya hay varias personas que están haciendo fotos a las olas que rompen con estruendo contra las rocas de la costa. El canal que separa la tierra de las islas está totalmente blanco por la espuma y el ruido es cada vez más ensordecedor. Saco el móvil y hago algunas fotos y vídeos. En un determinado momento el viento casi me arranca el móvil de las manos. La naturaleza se muestra en todo su esplendor, pero también con todo su peligro. Tenemos que ser humildes y reconocer que somos muy frágiles ante los elementos.

Regresamos al coche, seguimos por la carretera que nos lleva hasta el Milenium y allí volvemos a parar y bajarnos. Ahora vemos la belleza del oleaje rompiendo contra Riazor y el Orzán. Mar azul y blanco, los colores de la bandera gallega y de la camiseta del Dépor. Pobre Dépor.

Ya es casi de noche y el faro de la Torre de Hércules comienza a destellar. Es hora de regresar y echo una última mirada al paisaje que nos ha deleitado con una demostración de fuerza y de belleza que hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Los meteorólogos predicen que esto continuará unos días más. Qué suerte.

Jornada de reflexión y Ensayo sobre la lucidez

Han pasado un par de días desde el lamentable espectáculo que nos ofrecieron en el debate los candidatos a las elecciones del próximo día 10. Lo único que se salvó, a mi modo de ver, fue la intervención de Ana Blanco, la presentadora de Televisión Española, viendo lo que tenía delante y teniendo en cuenta uno de los temas a tratar en el siguiente bloque, la igualdad: cinco hombres y ninguna mujer.

Cuando quedan menos de 72 horas para que se abran las urnas, no me resisto a compartir una reflexión de mi antiguo compañero de Instituto, José María González-Serna acerca de lo que pudimos ver y oír en ese debate. A muchos se nos cayó la cara de vergüenza ante el clamoroso silencio de los candidatos, sobre todo Sánchez e Iglesias,  que tendrían que haber replicado con dureza, ante las mentiras y barbaridades que soltó Abascal. Aunque me duela decirlo ninguno, repito, ninguno, de los cinco candidatos, merece presidir el próximo gobierno. Sé que no hay alternativa y que Sánchez o Casado serán presidentes, pero si hubiera justicia divina, que no la hay, eso no debería suceder.

Sé que es una utopía, pero me gustaría que se cumpliera lo que José Saramago escribió en su novela Ensayo sobre la lucidez. En algún momento todos nuestros políticos, sin excepción, tendrían que recibir una soberana lección. Y una de las maneras, ya sabéis, es mostrando nuestra indignación con un mayoritario voto en blanco. De todas formas, aunque no os lo creáis, todavía no sé lo que voy a hacer el próximo domingo porque, sin duda, nos jugamos mucho.

José María González-Serna comienza su artículo así:

“Hace un par de días hubo debate electoral. Ya saben: cinco candidatos representando a otros tantos partidos, de la derecha a la izquierda; cinco mensajes; cinco actitudes, más o menos diferentes; cinco posibilidades. Subyacía la idea de que había que elegir; flotaba en el ambiente que, si no decidías, serías culpable de lo que pasase.
Uno de ellos, Santiago Abascal, el líder de Vox, coloca su mensaje: sereno, sin estridencias, mirando a cámara, que es como mirarnos a todos a los ojos. Dice que hay miles -¿Ochenta mil? No recuerdo- de denuncias de mujeres por violencia machista archivadas en los juzgados. Silencio. El resto de los candidatos -de la derecha a la izquierda- callan, miran sus papeles, hacen como que anotan, buscan en sus maletines, no sé. Espero la réplica de alguno de ellos. Silencio de nuevo. Se cambia de tema. Un rato después, el mismo Abascal vuelve a disponer de la palabra. Ahora se centra en los MENAS, ya saben, esas siglas con las que ahora parece que hay que referirse a los menores -niños y niñas, no olvidemos- inmigrantes sin papeles. Mediante una anécdota que alude a un centro de atención de Madrid, creo, vincula con determinación la inseguridad ciudadana y la presencia de estos niños. Silencio atronador tras su intervención. Los otros políticos presentes siguen leyendo, anotando, buscando en el baúl de los recuerdos. Estoy anonado. Sigue hablando el tal Abascal: protección de la mujer contra violadores inmigrantes en manada que se van de rositas. Y sigue y sigue, mientras los demás también siguen empeñados en un disimulo melancólico que podría arrancarnos una sonrisa si no fuera tan trágica la situación…”

Seguid leyendo en el siguiente enlace, porque merece la pena.

Jornada de reflexión (por José María González-Serna).

 

Las palabras prestadas

Hay palabras que enamoran, otras palabras hieren, nos atrapan o nos hacen reír y llorar, muchas se desconocen, pero siempre nos acompañan, nos rodean, forman parte de nuestra vida, nos permiten tener conciencia de nosotros mismos como individuos y como miembros de una comunidad. Sin las palabras podríamos sentir dolor, alegría, tristeza o miedo, emociones que seríamos capaces de expresar con gestos, con gemidos, con movimiento, pero no podrían explicar ni explicarnos qué nos sucede, no podríamos organizar los pensamientos ni darle forma al mundo.

Cuando al poco de nacer aprendemos a fijar los ojos en los rostros cercanos, que vamos reconociendo, que nos sonríen, que hacen gestos y emiten sonidos que, sin darnos cuenta, imitamos y repetimos, se está produciendo un auténtico milagro: estamos entrando en el universo que nos acompañará a lo largo de nuestra vida, en el universo del lenguaje, de la comunicación. Imitamos, nos sonríen, gritan, hablan, señalan, repetimos y, sin darnos cuenta, vamos asimilando la creación más profundamente humana, estamos entrando en el asombro de la comunicación mediante las palabras, que se convertirán en frases, en ideas cada vez más complejas.

De la palabra hablada, la que utilizamos en los primeros años de nuestra vida, aquella que permitió transmitir en los albores de la humanidad la experiencia de unas generaciones a otras, la que inventó el relato, la imaginación, el misterio, la sorpresa, la que intentó someter la naturaleza a las leyes de la lógica primitiva, se pasó a otro hito, la aparición del lenguaje escrito, signos que durante mucho tiempo fueron considerados mágicos y que sólo conocían unos pocos ya que la información, como ha seguido sucediendo a lo largo de la historia, es poder. El pueblo escuchaba lo que los aedos, los rapsodas o los juglares cantaban o recitaban, las epopeyas de los héroes, la historia que se perdía en la noche de los tiempos, pero no sabía leer ni escribir. Hasta que hace relativamente poco tiempo, poco más de quinientos años, la imprenta democratizó y extendió la lectura y la escritura, que se consolidó durante los siglos posteriores.

Miles de años hablando y escribiendo, acariciando, persiguiendo, maltratando, hiriendo con las palabras o arrojándolas al vertedero, en soledad o acompañados. Están ahí, ampliando o limitando horizontes mentales y expresivos. Se podría pensar que con el paso del tiempo, con la mejora de las condiciones económicas, con la extensión de la educación obligatoria, con el aumento de los libros que se escriben y se venden y con la posibilidad de acceder a un mayor número de medios de información, entre otras circunstancias, se incrementaría la población que conociera y dominara un mayor vocabulario, una gramática y una sintaxis más correcta; en suma, que se mejoraría sustancialmente el uso del lenguaje. Sin embargo, siendo realistas, creo que cada vez se habla y se escribe peor, se utilizan menos palabras, se expresan peor las ideas y éstas se infantilizan, se simplifican, pero no con el afán de hacerlas más comprensibles, sino, sospecho, con el deseo de manipularlas mejor y manipular al sujeto que las recibe y al que cada vez le cuesta más seguir o realizar pensamientos complejos.

(Aquí hago un breve inciso. El español tiene alrededor de 100.000 palabras; habitualmente, en nuestro círculo más cercano sólo utilizamos unas 1.000, aunque las personas que tienen una cultura media podrían llegar a usar unos 5.000 vocablos y conocer hasta unos 10.000. Cervantes utilizó en El Quijote casi 23.000 palabras diferentes, muchas de las cuales hoy apenas se usan. Todos estos datos me sirven para llamar la atención sobre un hecho que desde hace unos años se está manifestando e intensificando, el empobrecimiento del lenguaje y el subsiguiente empobrecimiento de las ideas. Porque una cosa es la economía, el uso conciso, breve, adecuado y sin circunloquios de las frases y otra es la pobreza, el desconocimiento, el uso inapropiado o los errores gramaticales y sintácticos que, por desgracia, se repiten cada vez más.

Cuando tenía nueve años me diagnosticaron una nefritis aguda que me tuvo varios meses en cama, con reposo absoluto y con una dieta muy estricta de verduras y baja en sal. Para un niño de esa edad estar en cama es un auténtico suplicio, sobre todo cuando los amigos que venían a visitarme me contaban las aventuras que disfrutaban y lo bien que se lo pasaban peleando contra las otras pandillas. Durante las horas que me encontraba solo en la habitación me fui aficionando a escuchar la radio y, sobre todo, a leer. Era capaz de pasarme horas y horas leyendo las Selecciones del Reader’s Digest de mi tío Arcadio, los tebeos que me traían mis amigos y los libros que había en casa. Lo malo es que esos libros eran poco adecuados para un niño de nueve años y la economía familiar no era demasiado boyante en esa época como para comprarme libros infantiles o juveniles. Así que leí muchos libros de Zane Grey y, lo recuerdo perfectamente, la Ilíada y la Odisea, dos libros que mi padre me recomendó encarecidamente. Menos mal que las versiones que teníamos en casa de esos dos libros eran dos buenas adaptaciones para jóvenes, porque si no los hubiera abandonado nada más empezar. Comencé leyendo la Ilíada, las batallas de la guerra de Troya, las interminables luchas entre los héroes troyanos y aqueos, las disputas de los dioses que apoyaban a unos y otros, la muerte de Héctor a manos de Aquiles. Lo malo es que en la primera frase “Canta, diosa, la cólera funesta del Pelida Aquiles, que causó innumerables dolores a los aqueos y arrojó al Hades muchas almas famosas de héroes…”, comenzaron los problemas. No tenía ni idea de lo que significaba Pelida ni aqueos ni Hades, así que había que acudir con bastante frecuencia al diccionario enciclopédico que teníamos en casa. Poco a poco, a medida que iba reconociendo las palabras y los personajes, la lectura se hizo más amena. Con la Odisea todo fue más fácil ya que las aventuras de Ulises y el viaje para llegar a Ítaca me sedujeron desde el primer momento.

Poco a poco me fui enganchando a la lectura. Mi primer libro en propiedad, un regalo de Primera Comunión, fue Veinte mil leguas de viaje submarino. Ahora ya no quería juguetes, cosas de niños, sino libros. Emilio Salgari y Julio Verne se hicieron mis amigos y era capaz de pasarme horas y horas enfrascado en la lectura. Después, en el Bachillerato, mis compañeros de clase y yo intercambiábamos libros y nos recomendábamos lecturas. En Magisterio nos entusiasmaban los escritores malditos, los prohibidos, la Generación del 27, la del 50, Antonio Machado, Lorca, Alberti, León Felipe, Goytisolo, Aldecoa, Cernuda, Ángel González o José Ángel Valente. Hasta hoy, que he dejado demasiado abandonada la poesía y me dedico sobre todo a la novela. Mea culpa).

Hay momentos de alegría, tristeza u otras circunstancias emocionantes en los que no encontramos la manera de expresarlas; buscamos las palabras y siempre nos salen las mismas: “esto es lo más grande que me ha sucedido” o “no tengo palabras para decir lo que siento”. Delante de una página en blanco las ideas desaparecen, se diluyen y las palabras se esconden; no soy escritor, pero sé que a muchos autores les sucede periódicamente. Por eso es tan importante estar atento, escuchar con atención, sumergirnos en la lectura, bucear en el lenguaje y, sobre todo, aprender de los que nos rodean y de aquellos que nos han precedido porque si no encontramos las palabras, ellas están ahí, en la poesía, en las novelas, en el teatro, en los ensayos.

Por eso, porque no soy escritor ni lo pretendo, me dedico a hacer pequeños ejercicios de escritura que me impidan caer en la desidia, en la monotonía, en el aburrimiento. Me hubiera gustado poseer la capacidad, la habilidad, la imaginación o la perseverancia para embarcarme en la aventura de escribir un libro de relatos o una novela. Admiro a mi amiga Magdalena, que ya ha escrito tres y tiene dos libros más casi terminados. Y no digamos nada de mi amigo Víctor Jiménez, uno de los grandes poetas sevillanos actuales, que ha escrito ya una docena de libros, uno de los cuales presentó hace unos días, presentación a la que tuve la suerte de asistir. Y aquí es donde quiero hacer referencia al título de esta entrada, Las palabras prestadas. Porque los escritores nos prestan su palabra, su modo de ver y entender el mundo, la realidad que nos rodea o la ficción que se imaginan, la delicadeza de la expresión o la fuerza de una imagen. Yo no sabré decir ni escribir dos o tres ideas con sentido, pero ellos, que han trabajado y pulido el lenguaje, nos enseñan, nos muestran el camino. Eligen los términos más adecuados, los analizan, buscan el contexto, el ambiente, pulen los personajes, les dan vida. O miran a su alrededor o escarban ellos en su interior y buscan y encuentran y nos muestran la belleza de las palabras. Y nos las dan para que nosotros también, en un ejercicio de voluntad creativa, nos las apropiemos y las amoldemos a nuestro gusto.

Cuando Cervantes dice “La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta…” o “Con la iglesia hemos dado, amigo Sancho” (aunque ahora se diga con la iglesia hemos topado) o “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”, entramos en un mundo que, casi quinientos años después, nos sigue fascinando y enseñando, como también nos asombra lo que hace casi tres mil años escribiera Homero “Acertóle en la cimera del casco guarnecido con crines de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta atravesó el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero”. O Antonio Machado, con “Nunca perseguí la gloria,/ ni dejar en la memoria/ de los hombres mi canción/ yo amo los mundos sutiles/ ingrávidos y gentiles/como pompas de jabón.” También nos emociona leer en Ocnos, de Luis Cernuda “Aquellos seres cuya hermosura admiramos un día, ¿dónde están? Caídos, manchados, vencidos, si no muertos. Mas la eterna maravilla de la juventud sigue en pie”. Cientos, miles de escritores, nos dejaron una herencia colosal que nosotros debemos continuar, en nuestra memoria, con nuestra admiración, con nuestro reconocimiento.

Hay palabras hermosas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, no sólo por su agradable sonido, sino por lo que representan. Arrebol, evanescencia, inefable, melancolía, alba, nostalgia, esplendor… Cada uno, seguramente, tendrá las suyas y procurará utilizarlas aunque en algunas ocasiones no vengan al caso. Pero son nuestras amigas, seguramente las habremos aprendido hace muchos años, quizás en la infancia o dichas al oído por alguien a quien queríamos.

En el último mes he leído tres libros: Crímenes exquisitos, de Vicente Garrido, Las palabras rotas, de Luis García Montero y Con todas las de perder, de Víctor Jiménez. El primero es la típica novela de un asesino en serie y los esfuerzos por encontrarlo. Vale como entretenimiento, tiene para mí el encanto de que se desarrolla en Coruña y poco más. Sin embargo, me detendré en los otros dos libros que, según mi opinión, tienen una gran calidad.

Víctor Jiménez, además de un excelente poeta, es amigo. Aunque no nos vemos con frecuencia, si lo hacemos nos gusta echar un rato de charla, hablando de nuestras anécdotas en el colegio, del Sevilla o del Dépor, de política o del tiempo. El caso es hablar, conversar, reconocernos en el tiempo a pesar de las frecuentes ausencias. Hace una semana estuve en la presentación de su último libro Con todas las de perder. Aunque no soy un experto en poesía ni crítico literario, reconozco en Víctor la esencia de la escuela poética sevillana. Palabras claras, versos repletos de imágenes de buen gusto que suenan a tradición, a romance, a soneto, pero en las que se encuentran una apertura a la modernidad que a veces descoloca. En este libro, sin embargo, nos sorprende con más de cien coplas o soleares en las que va recorriendo su infancia en el barrio de San Bernardo o nos habla de la vida, del amor y de la muerte de una forma en apariencia sencilla pero que esconde una gran complejidad, con el uso exacto de una rima elegante y precisa, como se puede comprobar en la pequeña selección que sigue:

Los trenes, aquellos trenes

siempre por aquellas vías…

Y el niño por los andenes.

Supo el niño, con los años,

que las riadas de la vida

lo arrastran todo a su paso.

¿Qué cómo me va la vida?

Mejor que no te la cuente,

por no contarte mentiras.

La vida vive en tu calle.

¿Qué haces ya que no le dices

que la quieres más que a nadie?

Qué secreto ni secreto…

Si estás leyendo en mis ojos

igual que en un libro abierto.

Si todo lo cura el tiempo,

qué hago yo con esta pena

con los años que ya tengo.

Quien, al fin, siempre te espera,

no es el amor ni la gloria.

Es el fuego o es la tierra.

Lo tuyo no tiene arreglo.

La vida se va con otros

y tú escribiéndole versos.

Para escribir y escribir,

hay que leer y leer…

Y hay que vivir y vivir.

Y para terminar esta selección, los versos con los que se introduce el libro y que suponen una declaración de principios de lo que vendrá después:

Esto es luchar contra el tiempo.

Con todas las de perder,

sin más armas que mis versos.

Sensibilidad, delicadeza, amor por la palabra bien elegida y por el verso exacto, esto es una pequeña muestra de lo que Víctor ha desgranado en las noventa páginas del libro y son las palabras que Víctor Jiménez nos ha dejado y que yo he cogido prestadas.

En Las palabras rotas, Luis García Montero hace un recorrido por aquellas palabras que parecen estar perdiendo o modificando su significado; palabras que, a pesar de pertenecernos a todos y ser el soporte y la columna de las ideas más elevadas, son secuestradas por los poderosos, por aquellos que pretenden atemorizarnos o apropiarse de nuestra libertad o por aquellos que ignoran la esencia del ser humano. Verdad, progreso, política, bondad, tiempo… tendrían que ser universales, ser reconocidas como algo alejado de los intereses particulares que pretenden parcelar la realidad. Pero, por desgracia, no es así y García Montero analiza esas palabras y reflexiona sobre lo que esas palabras comunican y significan. ¿Podremos llegar a ponernos de acuerdo nuevamente en algo tan sustancial como el significado de las palabras? Recojo a partir de ahora algunas de las ideas que se recogen en el libro.

  • La melancolía es peligrosa cuando afirma que cualquier tiempo pasado fue mejor. Renuncia a la promesa estafadora de un paraíso futuro para crear el recuerdo falso de un edén perdido.
  • La emoción poética en la lectura y en la escritura permite vivir por un momento la armonía del mundo exterior (casi siempre hostil) y el mundo interior (casi siempre necesitado de salir de sí mismo para habitar la realidad). Nos emociona aquello que pone de acuerdo por unos instantes nuestra intimidad con las realidades que vivimos, ya sea en la alegría o en la tristeza.
  • Recordemos a Larra: “El corazón del hombre necesita creer en algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer”.
  • La buena soledad es tan importante como la buena compañía.
  • Buscar la verdad es más un compromiso de no mentir (o no mentirse) que un creerse en posesión de la verdad.
  • La velocidad del mundo, acentuada por las redes sociales, nos ha convertido en habladores compulsivos. Las palabras que circulan provienen con frecuencia de gente que dice lo que piensa sin pensar en lo que dice.
  • El naufragio de las grandes utopías, […], la crueldad de quienes pensaron que el fin justifica los medios y borra la ética en el presente, ha desacreditado la honestidad y la verdad de las convicciones. El neoliberalismo ha jugado con esta desilusión para potenciar un relativismo en el que nada importa y todo es engaño… Ridiculizar este deseo de bondad es parte fundamental del pensamiento reaccionario… La otra jugada es convertir la bondad en un peligro y crear la teoría del buenismo como una falta de inteligencia llamada a generar graves problemas.
  • La globalización y las desigualdades económicas, junto con la violencia cultivada por la industria armamentística, han provocado grandes movimientos migratorios.
  • [Hablo también] del ejercicio de madurez que supone llegar a comprender los sueños del otro y el valor que tiene a veces la renuncia a esos sueños por generosidad, más allá de las discrepancias política.
  • El tiempo de la literatura conforma una memoria de la experiencia humana, un saber de siglos. Alegrías y sufrimientos que nos convierten en seres con memoria y que nos comprometen con el futuro.
  • Que los nacionalismos estén brotando en el mundo como vías totalitarias es el gran logro de los que consideran sus patrias como un cortijo supremacista.
  • Lo que ocurre es que la democracia encarna su conciencia en leyes, en procedimientos, en instituciones […] Una democracia no puede saltarse las leyes a la torera, no puede cumplir los deseos al margen de las instituciones si no quiere degradarse en una experiencia totalitaria. Más que violar las leyes o los concordatos, es necesario cambiarlos, facilitar que sus procedimientos no se separen de la vida real de una sociedad, como la razón no puede separarse de los sentimientos, ni los sentimientos de la razón.
  • El relato no es sólo un modo de oponerse al desorden y la nada, sino una forma determinada de ordenar el mundo, la identidad de los seres humanos, su condición, sus ilusiones.
  • Escribir es cuidar las palabras para darse al otro, preparar una habitación en espera del otro […] La necesidad de contar surge del deseo humano de que se conserven las historias que el olvido y la muerte condenan a la desaparición… El lenguaje es social hasta el último rincón de sus sótanos.
  • El empobrecimiento social de lo común facilita un empobrecimiento inmediato del lenguaje.
  • Fue un error grave de interpretación de la historia lo que llevo al Partido Comunista a no presentar en las primeras elecciones democráticas a candidatos de las generaciones jóvenes que representaran bien su significado de un futuro democrático en 1977… La lealtad a la memoria hizo que el protagonismo electoral cayese en personalidades como Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Ignacio Gallego o Rafael Alberti, rostros muy dignos, emocionantes, pero que llegaban a la nueva democracia como una secuela de los tiempos de la Guerra Civil.
  • Son los jóvenes maltratados por la situación económica quienes no comprenden la lucha de sus mayores […] Con el 15M volvió la juventud política a la calle. Pero la educación adánica recibida impidió el nuevo diálogo generacional, Se pasó a despreciar por igual a todos los que habían trabajado por conseguir una democracia…
  • Son tan corrosivos los viejos cascarrabias como los jóvenes sin memoria.
  • Perder el respeto a las leyes significa tanto no cumplirlas como dejar que se pudran vacías de legitimidad. [El jurista Luigi Ferrajoli advirtió] de los peligros que supone la sustitución de la democracia constitucional por la democracia plebiscitaria. Giorgio Agamben analizó también el fenómeno al denunciar que la suspensión transitoria de la legalidad se estaba convirtiendo en una norma de las sociedades modernas. Esto nos sitúa en un “umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”.
  • Los datos son sustituidos por el clamor de opiniones surgidas en un segundo… Puede arse bajo el disfraz del narcotráfico, el resurgimiento nacionalista de la extrema derecha, el autoritarismo religioso, las aspiraciones independentistas de los territorios ricos frente a los más pobres o las demagogias de los líderes carismáticos que llegan a sustituir el vacío dejado por el descrédito de la política y la justicia… Se ha extendido el cultivo de las identidades locales, la xenofobia, el racismo y la fe ciega o transitoria en los demagogos.
  • El neoliberalismo radical transforma la libertad individual en la ley del más fuerte y la conciencia crítica en el desprestigio de cualquier promesa, ilusión o compromiso colectivo.

El libro termina con un epílogo cuyo título es Unas pocas palabras verdaderas que comienza con la frase “Más que racionales, los humanos somos seres de costumbres… Vivimos en las costumbres y en las palabras porque son un puente entre la realidad y la abstracción, una forma de ser y de estar a la vez, de ser estando.”

La necesidad de compartir lo que pensamos y sentimos con los demás no debe ser obstaculizada por nuestras limitaciones lingüísticas. El español es demasiado rico y son tantos los autores que lo han enriquecido y lo siguen haciendo que deberíamos saber elegir entre los miles de textos aquello que queremos expresar. Son las palabras prestadas.

Los relatos que forman el libro tienen como protagonista el agua.

La calle donde nací

Domingo por la mañana. Estoy tendido en la cama mientras contemplo cómo la luz penetra por las rendijas de la persiana y las motas de polvo revolotean en la habitación. Me levanto y me desperezo. Abro la puerta del salón, salgo a la terraza y compruebo que la avenida está solitaria, sin tráfico y que las aceras están vacías, apenas alguien que pasea con el perro o un corredor despistado que quiere quemar las calorías del fin de semana. En el ambiente no se respira otoño y la naturaleza se desespera esperando una lluvia que no llega. Apenas recuerdo ya el olor de la tierra mojada, el color de las nubes cargadas de agua, el frescor de las primeras horas del día. Me apoyo en la barandilla y miro los árboles, las casas y el patio de una urbanización que hay enfrente. Un par de cotorras, que estaban posadas en el árbol cuyas ramas casi tocan la terraza, salen volando con gritos estruendosos. Hace unos años estas aves sólo se veían en los documentales sobre la naturaleza, pero ahora están invadiendo las grandes ciudades. En este instante la memoria, siempre tan juguetona, me trae un recuerdo de la infancia. Es un gran misterio el mecanismo de la memoria. Un sonido, un color, un olor, una mirada, cualquier pequeño detalle, hacen detonar como una explosión momentos que estaban al acecho en cualquier recóndito lugar del cerebro.

—José Manuel ¿vas a ir a casa de la madrina antes o después de misa? Hoy tienes que llevarte a tu hermano, que hoy tenemos muchas cosas que hacer y no podemos estar pendientes de él.

Escucho la voz de mi madre, que habla desde la cocina. Mi hermano y yo estamos asomados al balcón de la calle San Isidoro, en Coruña. Mi abuela Florentina está cosiendo en el salón. Vivimos de alquiler en la segunda planta de un pequeño edificio sin ascensor. Es un piso no muy grande. Recuerdo que al entrar está el pasillo, a la izquierda el cuarto de baño, la cocina y una habitación; a la derecha dos habitaciones y el salón que también hace las veces de comedor. En el salón hay una puerta corredera que da a una habitación interior y otra puerta que se abre al pequeño balcón que da a la calle. El edificio tiene cuatro plantas sin ascensor. No recuerdo quién vive encima de nosotros pero sí me acuerdo de que en el primer piso viven una mujer mayor y su sobrina soltera. Las dos suben a menudo a casa y mi hermano y yo, cuando las oímos, nos escondemos para que no nos besen con sus enormes labios pintados, que nos dejan marcas rojas y pegajosas en la cara. En la planta baja vive un matrimonio con una hija mayor y un niño de mi edad, Amancito, uno de mis mejores amigos.

Rafael y yo estamos mirando el descampado que se ve desde nuestra casa, lleno de charcos donde chapotean ya nuestros amigos, que están jugando con un perro callejero. Más que jugar lo están maltratando, le quieren poner una cuerda en cuyo extremo han atado una gran piedra. Pero el perro, al principio confiado y juguetón, seguramente por instinto o por haber vivido situaciones similares, sale corriendo y se pierde por la calle San Sebastián. Uno de los niños es Amancito, el más travieso de la calle, que siempre está inventando trastadas y por culpa del cual estamos casi siempre castigados. Él nos mira desde abajo y nos hace una seña para que bajemos. Yo le digo que se espere un poco. Quiero terminar de leer un tebeo que compré la semana pasada con parte de la paga que nos da todos los domingos la madrina. Amancito se murió unos días antes de que hiciéramos la primera comunión. Lo amortajaron con el traje de marinero que se hubiera puesto y que hacía juego con el pequeño ataúd blanco, que yo contemplé con una mezcla de temor y de curiosidad. Sus padres, cuando vieron que yo llegaba acompañando a los míos, que querían darles el pésame, se levantaron de las sillas que ocupaban al lado del féretro, me cogieron de la mano y me llevaron a ver la carita de Amancito, que parecía dormido bajo el cristal. La madre se sentó al lado del féretro y me sentó sobre sus rodillas mientras me acariciaba el pelo. Sé que me dijo unas palabras al oído, pero no las recuerdo.

Cuando escucho la voz de mi madre yo tengo siete años, me quedan un par de meses para cumplir los ocho y mi hermano tres menos. Febrero o marzo de 1963. Yo había nacido un lunes de mayo en el año 1955, en casa, de parto natural, con comadrona, pues mi madre y mi abuela se empeñaron en seguir la tradición de parir lejos de los hospitales, lugares inhóspitos y peligrosos, no fuera a ser que cogiera alguna infección o que mis primeras imágenes fueran las de una habitación impersonal y fría y quedara traumatizado para siempre. Con mi hermano Rafael juzgaron que era más seguro ir al maternal, pues era absurdo correr el riesgo de complicaciones, como era relativamente frecuente. No creo que mi hermano se quedara traumatizado. En ese año 1963 todavía vivía mi abuelo Castro, al que todos dicen que me parezco mucho, pero no le quedaba demasiado tiempo de vida, pues murió al año siguiente, con los pulmones casi deshechos por la silicosis, una enfermedad maldita en mi familia gallega, mi padre también la padeció desde muy joven, aunque en aquel momento que estoy describiendo todavía está sano. En esa época aún no había oído hablar de mi abuelo José, el de Aroche. Tampoco sabía nada, porque en las casas no se hablaban de esos temas, del sufrimiento del abuelo arocheno, depurado por ser maestro y alcalde republicano y que se murió de cáncer y de pena en 1948, ni de la paliza que le dieron los falangistas al abuelo Castro, que se libró de ser paseado en una cuneta gracias a que el párroco de Arteixo lo impidió. Pero esto son otras historias, que quizás cuente alguna vez para que no se disuelvan en el olvido.

A principios de los años 60 del siglo XX, la calle San Isidoro de Coruña, en el barrio de Santa Margarita, estaba a medio hacer y había mucho terreno sin construir que servía de zona de juegos a la gran cantidad de niños que vivíamos por allí. Delante de casa, antes de que bastante tiempo después se levantaran varios edificios de cuatro y cinco plantas, estaba el gran descampado que llegaba hasta la calle San Leandro, donde vivían padrino y madrina, en las casas baratas. Zanjas, montones de arena, charcos, matorrales, piedras y rocas dispersas servían para inventarnos aventuras en países y bosques lejanos, emboscadas, escondites, guerrillas. Raro era el día en que alguno de nosotros no llegaba a casa descalabrado, con heridas en rodillas y codos, pantalones rotos, ropa embarrada, zapatos deshechos. Las madres protestaban y gritaban y los padres nos miraban serios, pero con un punto de malicia y orgullo en la mirada.

Mis amigos y yo salíamos todas las mañanas camino del colegio del Ventorrillo con nuestros mandilones blancos y la bolsa con la taza donde beberíamos, a la hora del recreo, la leche que enviaban los americanos. Era una leche en polvo que se disolvía con agua en grandes recipientes que nos repartían por turnos, con un sabor algo desagradable porque tenía un punto agrio y un olor característico, artificial, aunque hacía una espuma que nos gustaba y que nos dejábamos en los labios durante casi todo el recreo. Al colegio, que era propiedad de la Caja de Ahorros y que estaba regentado por la Grande Obra de Atocha de las Hijas de la Natividad de María, se llegaba por la avenida de Finisterre, pasábamos delante del cine del mismo nombre y andábamos casi un kilómetro por el arcén. Apenas había alguna casa aislada y el resto era campo, leiras cultivadas de patatas y repollos, pasaban pocos coches y casi todo el tiempo nos dedicábamos a recoger margaritas, cuando era la época, para lanzarlas después con el tiratacos. La avenida de Finisterre en realidad era la carretera que pasando por Meicende y Pastoriza, unía la ciudad con Arteixo, Laracha, Carballo, Coristanco… hasta llegar a Finisterre. Esa carretera la recorrí cientos de veces cuando trabajé en Camariñas. Esa también es otra historia.

Como había colegio mañana y tarde y durante el invierno oscurecía muy pronto, apenas teníamos tiempo de jugar en la calle, pero lo hacíamos. Llegábamos a casa, soltábamos la maleta con la Enciclopedia Álvarez, la tabla de multiplicar y un pequeño cuaderno de sucio (el de limpio se quedaba en la escuela) y salíamos de estampida con un trozo de pan y una onza de chocolate, nuestra merienda diaria. Algunas veces teníamos que repasar en casa las tablas o aprendernos de memoria los ríos con sus afluentes o las cordilleras con las montañas más altas, pero esas veces eran las menos. En la calle pasábamos el tiempo, jugábamos a la pelota, al ché, a las canicas, a la bujaina, a escondernos, a pelearnos con los de las calles vecinas. Porque la calle, antes de que Fraga se hiciera con ella, era nuestra, de nuestra pandilla. Era el mundo que nos pertenecía y no consentíamos que otros grupos nos lo disputaran. Así que a base de espadas hechas con palos, con piedras, a puñetazos y patadas, defendíamos nuestra posesión. Cada dos o tres semanas había pelea y si perdíamos, no teníamos más remedio que compartir el descampado. Pero si ganábamos, podíamos ampliar durante algún tiempo nuestro campo de juego. 

Casi nadie tenía televisión, en la radio no había programas infantiles, las casas eran pequeñas, los maestros no nos ponían deberes, en la calle no había coches ni peligro de que alguien nos secuestrase y las madres no nos querían en la casa, siempre por medio y enredando. Éramos niños autónomos, que sabíamos defendernos y encontrar aventura y misterio en cada esquina, en cada portal, en cada descampado, que en aquella época abundaban. Cerca estaba el parque de Santa Margarita, pero las madres eran reticentes a dejarnos ir allí, pues había que cruzar varias calles y no podían tenernos a la vista ni gritarnos cuando se hacía tarde o cuando teníamos que subir a por dinero para hacer algún recado. Antes nos gustaba hacer recados, porque nos hacía mayores y con suerte, nos quedábamos con la vuelta.

Los domingos por la mañana mi hermano y yo teníamos la costumbre, que llegó a convertirse en ritual, de visitar a la madrina para que nos diera la paga de la semana. La madrina Carmen, hermana de mi abuela Marina, había estado casada con Amaro, un rudo y cariñoso trabajador al que siempre conocí con su boina, que apenas se quitaba para rascarse cuando hacía mucho calor. El padrino Amaro se había muerto uno o dos años antes y ella ahora vestía de luto riguroso, con un pañuelo negro que le cubría la cabeza totalmente, dejando escapar apenas un pequeño mechón de pelo blanco en la frente que ella procuraba esconder con gesto mecánico. No habían tenido hijos y tampoco habían podido apadrinar ni a mi padre ni a mi tía Marina, ni a ninguno de nosotros, pero desde pequeños quisieron que les llamáramos padrino y madrina. Por eso nos hacían un cierto chantaje dándonos un poco de dinero para los escasos gastos que podíamos hacer en aquellos tiempos: ir al cine Finisterre o al Rex, comprar pipas y también, si éramos capaces de ahorrar algo, comprar o cambiar tebeos. Los que más me gustaban eran los de Pulgarcito, TBO, Supermán, el capitán Trueno y Jabato. Cuando terminábamos de leerlos se podían cambiar en los kioscos por una perra gorda. Llegué a tener una buena colección, pero en los diferentes cambios de domicilio se fueron perdiendo y extraviando, sobre todo cuando nos fuimos a vivir a Madrid.

Termino de leer el tebeo, mi madre nos peina, comprueba que nos hemos lavado la cara, que las rodillas y las orejas están limpias y nos da un beso. Nos acercamos a mamá Florentina, que sigue cosiendo en el salón, y nos despedimos de ella, como era costumbre, con otro beso. Bajo corriendo las escaleras. Mi hermano, más pequeño, tarda una enormidad porque le da miedo ir tan deprisa, así que lo espero en el portal, donde ya están Amancito, José Antonio y Vicente. José Antonio es el hijo del zapatero que tiene su zapatería al lado de nuestra casa. Nos gusta ir allí, a verlo trabajar, a coser o pegar las suelas, oler a cuero y a pegamento y, sobre todo, a escuchar el canto de las decenas de jilgueros y canarios que cantan en las jaulas colgadas en las paredes. Era un gran entendido y sabía cruzar las parejas. Vendía muchos pájaros. Mi padre le compró una vez un jilguero y nos encantaba a mi hermano y a mí llenar los recipientes del alpiste y del agua. Era un buen pájaro cantor y nos dio mucha pena cuando se murió.

Los cinco vamos recogiendo a otros amigos que llevan ya un rato en la calle. Algunos son algo mayores y han hecho la primera comunión y juntos vamos a misa de doce en la Sagrada Familia. Don Manuel, el párroco. y don Emiliano, el coadjutor, pasan lista antes de empezar para comprobar que los que vamos a hacer la primera comunión no nos perdemos ni un acto religioso. La misa es en latín y somos capaces de repetir, sin equivocarnos, el páter noster. Cuando termina, salimos en estampida de la iglesia y volvemos a nuestra calle. Antes, mi hermano y yo pasamos por casa de la madrina, que nos da el duro de rigor y con el que podremos comprar pipas, ir al cine y seguro que todavía nos sobrará algo. Las tardes de domingo son eternas. Después de comer nos juntamos todos y vamos al cine. Nos gusta más el Rex porque está cerca del parque de Santa Margarita y cuando termine la película podremos perdernos entre los árboles, revolcarnos por el césped, jugar al escondite o descubrir nuevos rincones, lo que siempre es una aventura. Regresamos antes de que anochezca para seguir jugando en nuestra calle y que las madres nos vean y nos puedan vigilar. Somos niños traviesos pero obedientes. La obediencia de la zapatilla, se llama eso.

Poco a poco se fueron construyendo casas, desaparecieron los descampados y los carros tirados por caballos, empezaron a aparecer las vespas y los seiscientos y aparcaron en la calle porque antes no había garajes, los televisores se hicieron dueños de las casas, así que, casi sin darnos cuenta, fuimos perdiendo espacio de juego. Seguíamos saliendo a la calle, pero ya nunca fue lo mismo. Ahora hablábamos de Los Picapiedra, El Santo, Rin tin tín y, sobre todo, Bonanza, la serie que cambió las tardes de los domingos y nos impulsó a pedirle a los Reyes Magos pistolas, cartucheras y sombreros de cowboy. Y, para colmo, la familia Telerín nos mandaba a la cama a las nueve de noche “Vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar”. No había derecho. La televisión nos cambió el mundo y la calle San Isidoro, como todas las calles de las ciudades, fue perdiendo el encanto y la atracción.

Regreso al presente, a la avenida Ramón y Cajal. Poco a poco se ha ido llenando de ruido de coches, de personas y de perritos. Han aparecido algunas nubes en el cielo que antes era totalmente azul. Entro en el salón y me voy a la cocina a hacer café. Mi mujer y mi hija siguen en la cama porque todavía es temprano. Queda todo un domingo por delante.

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Esplendor en la hierba y Oda a la inmortalidad

“Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
y en la fe que mira a través de la
muerte.

Gracias al corazón humano,
por el cual vivimos,
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer,
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.”

Oda a la inmortalidad. William Wordsworth

 

Las tardes de verano, sobre todo después de una copiosa comida, invitan a la pereza, a la indolencia, a dejarse vencer por el sopor, por el dolce far niente y tomar conciencia de la levedad del ser. El cuerpo y la mente se convierten en una masa gelatinosa, insensible a los estímulos externos. Si, además, te rodea el silencio, una relativa oscuridad y una cómoda posición horizontal, se crea la atmósfera ideal para disfrutar de una siesta perfecta. No sé si en los próximos siglos o milenios existirá un país que se llame España, Federación de Estados Ibéricos o si, como me temo, aquí no quedará nadie por mor del cambio climático y de la estulticia e incompetencia de los políticos. No tengo una bola de cristal ni la más mínima curiosidad por saber lo que va a ocurrir cuando yo ya no esté. Como seguramente dijeron mis antepasados, arreglaos como podáis. Pero de lo que sí estoy seguro o casi, es que nuestra más famosa y reconocida invención, la siesta, seguirá existiendo, con “personas humanas” o sin ellas. Los robots, los alienígenas o las cucarachas, que dicen que son los seres más resistentes, tendrán su “momento siesta”. La paella, el flamenco, el pulpo a la gallega o la tortilla de patatas, esos grandes inventos hispanos, quizás dejen de existir, pero lo que no concibo es un mundo sin el que, en algún lugar o situación, alguien disfrute de la siesta.

Tengo la suerte de veranear en Rota, en un piso que compramos hace unos años. Nuestra urbanización está cerca de la playa y tiene una piscina que los días de levante o de fuerte poniente nos permiten tomar el sol y refrescarnos sin padecer el castigo del aire que, por esos lares, suele soplar con cierta frecuencia. No tanto como en Tarifa o en Zahara, pero sí de forma desagradable a veces. Si vemos que las copas de los árboles que se divisan desde la terraza se inclinan y mueven demasiado, nos quedamos en casa y bajamos a mediodía a darnos un baño en la piscina. No merece la pena gastar energías cargando con sillas, sombrillas y bolsas para tener que regresar al poco rato llenos de arena.

Este verano ha habido pocos días sofocantes y con viento en Rota. Veíamos con estupor cómo en otras zonas de España se estaban asando literalmente, rompiendo todas las estadísticas y récords y haciéndonos conscientes de que lo del cambio climático ya estaba aquí, pero nosotros disfrutamos de unos días soleados y cálidos, sin llegar al agobio, con una temperatura del agua que invitaba a nadar y a dejarse mecer por las olas.

Pues bien. Una de esos escasos días de levante en los que no bajamos a la playa y nos quedamos tomando el sol y bañándonos en la piscina, subimos relativamente temprano al piso. Terminamos de comer alrededor de las tres de la tarde y mi hija y mi mujer se quedaron en el salón viendo alguna serie o algún programa sobre restauración de viviendas o de muebles, porque ahora les ha dado por eso. Resulta que hay un par de gemelos norteamericanos (o canadienses, no sé) que por pocos dólares te dejan la casa como si fuera la mansión de un multimillonario. Una casa vieja y desvencijada, después de unas cuantas semanas, la convierten en un auténtico palacio. Eso sí, esas casas son de madera y de pladur, por lo que el mérito, digo yo, no es demasiado grande; si lo tuvieran que hacer de ladrillo y cemento, como hacen los albañiles españoles, otro gallo cantaría. Y encima hay otro programa, creo que en el mismo canal, que hacen auténticas maravillas con la restauración de muebles viejos, la decoración de la casa y la customización, palabreja de origen inglés que ahora está de moda, de prendas de vestir. No sé para qué ven tanto programa de este tipo si luego se compran los muebles en Ikea y la ropa en Zara. Total, que yo las dejo disfrutando con esos programas y yo me voy al dormitorio, me tiendo en la cama, pongo la televisión que tengo en frente, veo las noticias, me entero de lo que ocurre en el mundo y, poco a poco, me va entrando una modorra con la que me resulta imposible enterarme de los deportes o del tiempo, que es lo que ponen al final del telediario. Si hay una etapa de montaña en el tour, quizás me quede despierto, pero para ver un sprint, no merece la pena perder el tiempo.

Sin embargo ese día, haciendo zapping, o sea, cambiando de canal (como sigamos así terminaremos todos en este país hablando y escribiendo en spanglish) estaba comenzando una película que en su momento, cuando yo era un adolescente, me causó un gran impacto, Esplendor en la hierba. Creo que la vi por primera vez bastantes años después de que fuera estrenada en el año 1961. Sería allá por 1970 cuando la repusieron en el Cine Avenida de Coruña, en un ciclo de películas de los años 50 y 60, entre las que también proyectaron Con faldas y a lo loco, una de mis películas preferidas.

Nunca se me olvidará la última parte, el encuentro de una maravillosa Natalie Wood, en el mejor papel de su carrera, con el amor de su vida en la película, Warren Beatty. La triste sonrisa de ambos personajes, sus miradas llenas de ternura y de melancolía, de querer atisbar lo que pudo haber sido y no fue su vida, rota por la intransigencia de los padres, el puritanismo de la época y las circunstancias que los rodeaban, entre otras el crash de 1929. Una película que retrata con crudeza y a la vez con un halo de melancolía los primeros amores, el despertar del sexo, el poder del dinero, la sumisión de los hijos y la falta de rebeldía ante la incomprensión de los padres. El contraste entre la belleza de Natalie, con su vestido blanco, su collar de perlas y su pamela, y el de la mujer de Warren, embarazada, sin arreglar, intentando recomponer la figura, y el propio Warren Beatty, vestido de granjero y desaliñado, provocan realmente un nudo en la garganta. En la escena final, mientras el coche se aleja de la granja y la cámara enfoca el rostro de Natalie Wood y su evocadora mirada, se escucha en off el fragmento del poema Oda a la inmortalidad Aunque nada pueda hacer/volver la hora del esplendor en la hierba,/de la gloria en las flores,/no debemos afligirnos/porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo. 

Hay películas que, además de contar historias que nos hacen reír o llorar, nos emocionan o nos asustan, también nos obligan a reflexionar, a mirar el mundo y la vida de otra manera. Y también nos ayudan a amar la música, la pintura o la lectura, a encontrar la belleza en lo cotidiano, en lo que nos rodea. Algunas no son obras maestras, pero perduran en la memoria porque hay algo que nos impacta, que nos llega al corazón. Con esta película descubrí a un poeta del que nunca había oído hablar y una poesía que, como pocas, nos habla de nostalgia, de melancolía, de juventud perdida, pero también de esperanza, de buscarnos en el recuerdo. No soy crítico de cine, sin embargo creo que Esplendor en la hierba podría entrar en el olimpo de las obras maestras del cine. Elia Kazan, su director, a pesar de la antipatía que le tengo por sus delaciones ante el Comité de Actividades Antiamericanas, lo que se conoce como la caza de brujas del mccarthismo, reconozco que supo encontrar y reflejar, en esta y en otras muchas películas suyas, el ambiente, el pulso, el ritmo, los diálogos y la interpretación de los personajes que lo convierten en uno de los grandes directores del cine. Aunque sólo sea por esta película y por ayudarme a descubrir a William Wordsworth te perdono, Elia.

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Hoy es el 1-O, el Día Internacional de la Música

Pues sí, hoy es 1 de octubre. Miro el calendario y me doy cuenta de que sus hojas vuelan, de que julio, agosto y septiembre se han pasado en un suspiro. Hace calor. He dormido con la ventana abierta de par en par, lo que era impensable hace unos años en estas fechas. De madrugada refresca algo pero la temperatura en la habitación sigue siendo demasiado alta. Llevo una temporada que me despierto muchas veces durante la noche, no sé si por el calor o porque ya necesito dormir menos, así que aprovecho para escuchar la radio de bolsillo que tengo en la mesilla. En casi todas las emisoras se habla de lo mismo, de la conmemoración del 1-O en Cataluña, de que si habrá manifestaciones, de que si lo que ocurrió hace dos años fue un ataque o un golpe de Estado, una desobediencia alentada desde las instituciones catalanas, de la torpeza del gobierno de Rajoy, sobre todo de Sáez de Santamaría y Zoido, que no supieron prever lo que iba a ocurrir, que no pudieron evitar que aparecieran urnas y papeletas a pesar de que alardearon reiteradas veces de que nunca se iba a celebrar un referéndum, de la innecesaria violencia policial, del posterior victimismo de los independentistas…

Cambio de emisora pero es igual, es un monotema. Pero, ¡oh sorpresa!, en Radio Clásica me recuerdan que hoy se celebra el Día Internacional de la Música, que fue establecido por la UNESCO en 1975. Para justificar esta conmemoración, el mencionado organismo declaró ese día “en un intento de unir a todos los pueblos a través de sus diversas manifestaciones artísticas, específicamente la música, como símbolo de igualdad, ya que todos pueden identificarse con ella”. Lo de la unidad de los pueblos es una quimera, visto lo visto en nuestro país y en el mundo actual, donde patriotismos exacerbados y excluyentes se están imponiendo a ideas de unidad, de cooperación, de respeto.

No sé si la música amansa a las fieras, ayuda a que las vacas den más y mejor leche o a que las plantas crezcan más lozanas y hermosas. Pero hoy escucharé con más placer si cabe los cuartetos de cuerda de Mozart, un concierto de Sibelius, el Moldau de Smetana o alguna canción de Queen o de Sabina. El caso es disfrutar de una de las creaciones humanas que deberían servir para, de una vez por todas, acabar con las miserias en las que nos quieren embarcar determinados políticos.

Así que os dejo, me dirijo al equipo de música del salón, escojo alguno de los discos que os he mencionado, me olvido de la radio, de la televisión, del móvil y de Internet y comienzo a sumergirme en las notas musicales que elevarán mi espíritu. Os recomiendo que hagáis lo mismo, que recuperéis fuerzas para las semanas que se nos avecinan, que pueden ser de aúpa.

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Burgos, Vitoria, Pamplona y Cuenca en una semana (un atracón de viaje, y IV)

15 de septiembre, domingo. De Pamplona a Cuenca, parando en Olite.

No sé si será por el cansancio acumulado, porque la habitación del hotel está en la octava planta y no se escucha ruido alguno o porque las camas son muy cómodas, quizás sean las tres cosas juntas, hoy hemos dormido estupendamente. Me asomo a la ventana y compruebo que esta noche ha llovido algo porque hay humedad en las calles y se ven pequeños charcos. El cielo, sin embargo, está despejado. Hace algo de fresco, lo que agradecemos porque estos últimos días hemos pasado calor. Terminamos de hacer las maletas, las bajo al garaje y pagamos en recepción. Es temprano todavía, así que hemos decidido desayunar por el camino, en Olite, que está a poco más de media hora de Pamplona. Como siempre, antes de salir pongo el Google Maps y saludo a la voz que nos acompañará durante el camino. Una pena que no pueda darle una propina, porque se está portando de lujo.

Después de circunvalar la ciudad y equivocarme una vez, cómo no, en una de las rotondas, salimos a la AP-15, que es la autovía que nos llevará hasta Olite. Muy poco tráfico, como corresponde a una mañana de domingo. Llegamos a Olite sobre las nueve y media de la mañana. Aparcamos al lado de un gran edificio que parece un monasterio y que después me entero que es el convento de San Francisco. Es un buen sitio para aparcar, en plena ronda del castillo. Lo que vemos, lo que se ve desde casi cualquier sitio, es el Palacio Real, un imponente edificio con muchas torres. Entramos por un arco que nos conduce hasta la plaza del ayuntamiento. Hay poca gente por las calles. En la plaza hay varios puestos y carpas cerrados, banderines de colores y vallas de madera que la rodean casi por completo. Olite está en fiestas. Entramos en una cafetería que está  llena de gente joven, algunos disfrazados de la manera más variopinta, con las caras pintarrajeadas de negro y otros vestidos con la clásica indumentaria navarra: camisa y pantalón blancos y pañolico rojo en el cuello.

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No queremos demorarnos demasiado y nos dirigimos a la entrada del Palacio Real, que se conoce también como Palacio de los Reyes de Navarra y Castillo de Olite. Es un monumento impresionante, que combina el carácter cortesano y defensivo de manera muy armoniosa. Si desde lejos parece un castillo de cuento de hadas, cuando se entra al interior la sensación es que nos encontramos en un espléndido edificio de torres esbeltas, chapiteles, estancias grandes, gruesos muros, galerías, patios, jardines. Aunque las paredes están desnudas, habría que imaginárselo, como se nos informa en la guía que nos dan a la entrada y en el plano que seguimos religiosamente, revestido de gruesos tapices dorados y rojos, alfombras mullidas, artesonados y puertas de madera pintadas de diferentes colores, chimeneas calentando las frías habitaciones, cortesanos y cortesanas vestidos con ricos ropajes paseando y charlando. Durante más de una hora recorremos el palacio, subimos a las torres, descendemos hasta los primitivos cimientos y recreamos siglos de historia. Un auténtico placer (si queréis saber más pinchad en el enlace Castillo de Olite)

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Cuando salimos, contemplamos la hermosa fachada gótica y la portada de arco ojival de la Iglesia de Santa María la Real, adosada al Palacio. No pudimos entrar porque estaba cerrada y nos dio pena porque el retablo creo que es una maravilla.

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Llegamos nuevamente a la plaza mayor y nos encontramos con una sorpresa: un encierro de novillos y vaquillas. Lógicamente, nos quedamos un buen rato viendo la habilidad de los jóvenes que esquivaban las embestidas o corrían delante de los animales. Antes de irnos paseamos por callejuelas solitarias y silenciosas, llegando hasta la iglesia de San Pedro, que también estaba cerrada. ¿Cuándo y dónde van a misa los domingos los olitenses?

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Todavía nos quedan casi cuatrocientos kilómetros para llegar a Cuenca, nuestro próximo destino. Según mis cálculos, como son las doce de la mañana, supongo que llegaremos sobre las tres y media o cuatro de la tarde, así que habrá que comer por el camino. Poco a poco el cielo se va encapotando. Dejamos a nuestra izquierda el siempre imponente Moncayo y pueblos que habrá que visitar en otra ocasión: Cintruénigo, Ágreda (hay un cartel que indica Vera de Moncayo, cerca del cual está el Monasterio de Veruela, donde Gustavo Adolfo Bécquer pasó varios meses y escribió una de sus obras más famosas, “Cartas desde mi celda”), Almazán, Medinaceli, donde estuvimos a punto de detenernos, pero comenzaba a llover con insistencia y el cielo se oscurecía cada vez más. Cuando dejamos la autovía y nos adentramos en la N-204, la cosa comenzó a ponerse fea, no sólo por las curvas sino por el tiempo. Nuestra llegada al pueblo de Sacedón fue épica, porque nos cayó una buena tormenta, que nos hacía temer que ocurriera algo similar a lo estaba pasando esos día en el levante, con inundaciones, coches atrapados, personas en peligro, etc. Así que nos detuvimos allí y entramos en un mesón que está a la entrada, el restaurante Pacheco. Si pasáis por ahí, no os perdáis el conejo al ajillo y otras delicias, fundamentalmente de carne.

Esperamos a que escampara un poco y seguimos el viaje. Llegamos a Cuenca pasadas las cinco de la tarde y nos alojamos en unos apartamentos muy recomendables, los Apartamentos Santa Marta, situados cerca de la Plaza Mayor. Como Carmen quería escuchar misa fuimos primero a la catedral y allí nos informaron de que a esa hora no la celebraban, pero que en una iglesia cercana sí había hora y media más tarde, a las ocho. Aprovechamos el tiempo visitando la Catedral de Cuenca. Lo primero que llama la atención es su fachada, que se contempla perfectamente desde la plaza. Según nos informaron a la entrada, esta fachada, construida a comienzos del siglo XX, reproduce la fachada inicial, que se derrumbó. Nos dan una audioguía que permite una mejor comprensión de lo que vamos viendo. El interior es muy interesante: altas columnas, bóveda estrellada, un ábside central con arcos muy apuntados. Da sensación de amplitud, con mucha claridad, como corresponde a un edificio gótico, pero también de gran robustez. Nos detenemos en varias capillas, en el coro, en la sacristía y salimos en determinado momento al exterior, desde donde se contempla una magnífica vista de la Hoz del río Huécar y del Puente de San Pablo, que visitaremos más tarde. Seguimos con el recorrido por la catedral y terminamos pasadas las siete de la tarde.

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Subimos por la calle San Pedro hasta la iglesia del mismo nombre, donde Carmen escuchará misa y yo dedicaré el tiempo  a visitar esa zona de la ciudad vieja de Cuenca. Entramos un momento en la iglesia, que todavía está casi vacía. El interior es prácticamente una circunferencia y se adivina que está muy restaurada. Dejo a Carmen dentro y subo por la calle del Trabuco, pasando por el convento de las Carmelitas Descalzas, que hoy es una fundación, hasta las murallas y restos del Castillo, pasando debajo del Arco de Bezudo. Desde allí las vistas de la Hoz del Huécar son magníficas. Bajo otra vez por la calle del Trabuco hasta la plaza del mismo nombre y desciendo por unas escaleras para contemplar la Hoz del Júcar y averiguar dónde se encuentran los Ojos de la Mora, en la pared de enfrente del barranco. Allí los veo.

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Comienza a llover un poco y me refugio en el vestíbulo de la iglesia de San Pedro, esperando a que termine la misa y sigamos recorriendo la ciudad. Cuenca está en fiestas, las fiestas de San Mateo, y tanto en la plaza mayor como en muchas calles y plazas más pequeñas, hay puestos que imitan las fiestas medievales. Queremos ver las casas colgadas y descendemos por calles llenas de gente que está comprando en puestos de artesanía, dulces, ropa. En el aire resuenan gaitas y tamboriles. Por fin llegamos al Puente de San Pablo, desde el que se puede contemplar una de las mejores vistas de una ciudad que parece de ensueño, a punto de caer sobre un precipicio. La Hoz del Huécar, el Parador (antiguo convento de San Pablo), parte de la catedral, los curiosos rascacielos conquenses. Debajo del puente apenas se adivina un hilo de agua. ¿A quién se le ocurriría levantar una ciudad en un lugar tan extraño? Creo que pocas ciudades en el mundo tienen un entorno tan original y privilegiado.

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Está casi anocheciendo y comienzan a encenderse algunas luces. Ahora la ciudad parece mágica, encantada, como de cuento. Subimos despacio y llegamos a una plaza, creo que la Plaza de Ronda, donde entre los puestos destaca una enorme parrilla en la que están asando carne, morcilla, chorizos, costillas. El penetrante olor hace que comencemos a buscar un sitio donde cenar, pero no ahí, porque a Carmen no le gusta la carne. Cenamos en uno de los restaurantes que hay en los laterales de la plaza. Como la comida había sido excesivamente abundante, ahora nos limitamos a tomar una cerveza y un poco de queso porque, a pesar de lo que hemos andado, subido y bajado cuestas y escaleras, creo que todavía estamos haciendo la digestión del almuerzo. Ahora, a descansar.

16 de septiembre, lunes. Regreso a Sevilla

Como ayer no nos dio tiempo a ver algunas cosas y nos hemos levantado temprano, desayunamos también en la Plaza Mayor, que como ya dije está casi al lado de los apartamentos. Por la calle se ve poca gente, sólo algunos operarios del ayuntamiento que están terminando de limpiar las calles. Han quitado los puestos de la plaza y ahora se puede ver en todo su esplendor. Ha llovido durante la noche y hace algo de fresco. Nos tenemos que abrigar bien. Se nota que se acerca el otoño, pues en el aire se percibe el olor acre de la tierra mojada. Callejones solitarios, ventanas, balcones y puertas cerradas, rincones y recovecos que sorprenden a cada instante. Todo irradia melancolía y romanticismo. Llegamos hasta un pasadizo entre varias casas y levantando la vista vemos un Cristo que da nombre al lugar y una pequeña ventana con una reja. En un lateral podemos leer la leyenda que, como en muchos otros lugares, cuenta los anhelos de dos jóvenes, Julián e Inés, que se prometieron amor eterno bajo el Cristo pero que, y aquí no voy a contar toda la historia, no quiero hacer spoiler para que vayáis a verlo, terminó “malamente”, como diría Rosalía.

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Seguimos la ronda y volvemos a encontrarnos con callejones desiertos, placitas coquetas y escondidas, miradores sobre las dos Hoces (sin martillos) del Júcar y del Huécar, como los miradores de San Miguel. Subimos hacia la plaza donde se encuentra la Torre de Mangana, muy cerca del Museo de las Ciencias de Castilla La Mancha, cerrado por ser lunes, desde la que se contemplan unas vistas excelentes tanto de la ciudad antigua como de la moderna ciudad. Como tenemos que dejar los apartamentos antes de las doce de la mañana, regresamos, terminamos de hacer las maletas y bajamos con ellas por la calle Alfonso VIII hasta unos aparcamientos cercanos, donde la tarde anterior habíamos dejado el coche.

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El regreso a Sevilla, unas seis horas de viaje parando para comer cerca de Bailén, transcurrió sin incidencias. Como resumen diré que no sé si merece la pena intentar ver tantas cosas en tan poco espacio de tiempo, recorrer tantos kilómetros en coche, andar hasta llegar casi al agotamiento. Seguramente en otras ocasiones elegiremos menos lugares pero les dedicaremos más tiempo a conocerlos mejor.

Burgos, Vitoria, Pamplona y Cuenca en una semana (un atracón de viaje, III)

14 de septiembre, sábado. De Pamplona al valle de Baztán y Zugarramurdi.

Hoy hay que salir temprano de Pamplona, que queda una buena tirada hasta casi la frontera con Francia. Nos espera una excursión en teoría apasionante: el valle de Baztán y las cuevas de Zugarramurdi. El valle de Baztán, que siempre ha estado ahí, desde la prehistoria y más allá, se ha hecho famoso últimamente por las novelas que componen la Trilogía del Baztán, de la escritora Dolores Redondo. Seguro que con anterioridad muchos viajeros y muchos peregrinos recorrieron sus senderos, sus montañas, que a pesar de que forman parte del Pirineo no superan los mil metros de altitud, sus bosques, sus pueblos. Pero gracias al fenómeno literario de la escritora donostiarra, son miles las personas que, fascinadas por el misterio y las descripciones de sus libros hemos sido llamadas a visitar estas tierras. Zugarramurdi es un pueblo conocido fundamentalmente por sus cuevas, que se encuentran a menos de medio kilómetro del casco urbano. Son conocidas como “las cuevas de las brujas” porque a comienzos del siglo XVII tuvo lugar un auto de fe…, pero vayamos por partes, que me estoy adelantando.

Después de tomar un pequeño desayuno en una cafetería cercana al hotel (desayunar en los hoteles es casi prohibitivo, en este querían cobrarnos 18 euros a cada uno, nosotros, que con un café y una tostada vamos listos), ponemos a trabajar a nuestra acompañante más fiel y eficaz. Google Maps nos informa de que hasta Elizondo, la capital del valle de Baztán, hay 50 km y unos 50 minutos en coche. Nos ponemos en marcha saliendo del garaje del hotel (si el desayuno me parece caro, el aparcamiento por 24 horas me parece barato, 8 euros). Por cierto, creo que no he dicho que nos alojamos en el NH Pamplona Iruña Park. Buen hotel, con habitaciones amplias y con todas las comodidades que se pueden pedir a un hotel de cuatro estrellas.

Una vez que abandonamos Pamplona el paisaje va cambiando. La carretera es buena e invita a conducir demorándose en la contemplación del paisaje. Yo no puedo disfrutar demasiado porque hay que estar concentrado en la conducción y, como siempre, pongo música. Tengo que cambiar el repertorio porque las grabaciones tienen ya bastantes años y hay que actualizarse. Árboles a un lado y a otro de la calzada, caseríos, pequeños pueblos en las laderas de las montañas, verdes prados, riachuelos que corren al lado de la carretera y que se cruzan en pequeños puentes. Sol y sombra intercambiándose cada poco tiempo. El sol luce más que otros días y estoy tentado de parar varias veces a retozar en el campo como cuando era niño en los campos de Arteixo.

No nos detenemos hasta llegar a Elizondo, la capital del valle. Paramos a tomar un café en una cafetería que se encuentra en la carretera que atraviesa el pueblo y allí preguntamos, a pesar de que yo llevaba mucha información al respecto, qué podríamos visitar allí. El camarero, después de decirle cuál era nuestro plan, nos recomendó que fuésemos primero a Zugarramurdi, que comiéramos por allí o en Dantxarinea y que a la vuelta nos detuviéramos en Amaiur y en Elizondo, los dos principales pueblos, según él, del valle. Mencioné la posibilidad de ir hasta Roncesvalles, pero me quitó la idea de la cabeza, sobre todo porque era casi imposible ver bien todo y serían demasiados kilómetros.

Así que otra vez al coche. La carretera se iba haciendo cada vez más tortuosa y empinada, aunque no demasiado, hasta que comenzó la subida al puerto de Otxondo, que sirve para conectar las dos partes del valle de Baztan (por cierto, después me enteré de que Baztán es el nombre que se le da al río Bidasoa en su curso superior). Nos encontramos a muchos ciclistas que quieren emular a Indurain o a Pedro Delgado. Da miedo cómo bajan a tumba abierta (esta expresión es la que se escucha habitualmente en las retransmisiones del Tour o de la Vuelta) y da pena ver cómo suben echando los bofes. Uno de ellos es más listo pues va en una bicicleta eléctrica. Ir en coche por una carretera de montaña, aunque sea bastante ancha y con poco tráfico, siempre es peligroso cuando hay muchos ciclistas. En Mallorca es una auténtica odisea.

Llegamos hasta la frontera con Francia, en Dantxarinea. Esta parte del pueblo está llena de tiendas y restaurantes. Sólo se ven coches con matrícula francesa. Pienso por un momento cruzar la frontera, pero veo el cartel que indica Zugarramurdi y giro en el cruce. Ahora la carretera es más estrecha, aunque la distancia es muy corta, unos cuatro kilómetros. El pueblo es muy pequeño, creo que algo más de doscientos habitantes, y parece como de juguete. Las típicas casas de esta zona, con tejado a dos aguas, muros blancos, esquinas adornadas con piedra, piedra que también rodean las ventanas, balconadas de madera y muchas flores. En bastantes ocasiones, en lugar de muros encalados las casas son de piedra, lo que da una impresión de gran robustez, propio del carácter de estas tierras. Y hablando del carácter, hay que decir que siempre nos encontramos con personas amables, dispuestas a ayudar, a acompañarte cuando te veían despistado, a informarte cuando tenías alguna duda. Y una cosa que nos llamó la atención fue que, aunque la mayor parte de la cartelería y de la información estaba en euskera, prácticamente no escuchamos hablar en ese idioma. Sólo en una ocasión, en Urdax, me encontré con una pareja que entre ellos hablaban en vasco.

Aparcamos el coche en una pequeña plaza. Hay muchos coches y, sobre todo, motos. Vamos andando hasta las cuevas, que están a unos quinientos metros del pueblo. El paseo es muy agradable porque luce un sol espléndido y la temperatura es deliciosa. Casi calor. A un lado y otro del camino, prados, caballos, vacas, hayedos, castaños. Todo muy verde y mucho silencio, sólo roto por las conversaciones de las personas que vienen de visitar las cuevas. Después de pagar la entrada nos dan un plano y nos informan del itinerario a seguir. Subimos por el estrecho camino que rodea las cuevas hasta llegar a un mirador desde el que se contempla el pueblo y las tierras que lo rodean. Cuando bajamos y entramos en la cueva principal, leo la información en el folleto que nos han entregado, donde se cuenta la historia de “las brujas”. Hay que remontarse a principios del siglo XVII, un lugar aislado, donde la gente sólo hablaba euskera y apenas entendía el castellano, con costumbre ancestrales, acostumbrada a convivir con la naturaleza, a utilizar remedios caseros de plantas, a veces conjuros que, desde siempre y en todo lugar han ayudado a combatir las enfermedades (teniendo en cuenta, además, cómo era la medicina en aquellos tiempos). Pues señor, con la iglesia hemos topado. Entre la enorme ignorancia de los usos y costumbres de la zona, de que los curas tampoco es que fueran doctores en filosofía, que había que ser sí o sí católicos y seguir los mandamientos de la santa madre iglesia, que las mujeres en el norte se suelen reunir para charlar, contar historias, hablar de sus problemas, etc., ya tenemos el caldo de cultivo suficiente para decir que allí había brujas y que se comunicaban con el macho cabrío, con el demonio. Además, las cuevas donde según parece se reunían, completaban un escenario bastante lúgubre (acompáñese de lluvia y oscuridad y tendremos el marco ideal para soliviantar la imaginación). En resumen, auto de fe, muertes por tortura, mujeres quemadas y ya tenemos la leyenda de las “brujas de Zugarramurdi”.

Las cuevas tampoco son para tirar cohetes. Es más la impresión de lo que allí ocurrió que lo que en realidad se puede contemplar. Aunque tiene gran altura no hay ni estalactitas ni estalagmitas, ni lagos, ni pinturas rupestres ni un paisaje sobrecogedor. Se pueden visitar pero si no se visitan tampoco nos perdemos gran cosa.

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Una vez finalizada la visita a las cuevas, que dura aproximadamente una hora y cuarto, nos fuimos a comer a Dantxarinea, pueblo fronterizo con Francia. Aquello parece una romería de franceses (de hecho, se escucha hablar más en francés que en castellano o en euskera) porque hay muchas tiendas que venden lo que dicen ser productos low cost, cosa que no nos pareció ni a Carmen ni a mí. Familias enteras cruzan la frontera para pasar el día aquí. Nada reseñable, ni en el pueblo ni en la comida.

Ahora volvemos a coger el coche y regresamos por donde vinimos. Nos desviamos hacia Urdax, que también está muy cerca. Después de la experiencia de las otras cuevas, no nos detenemos a visitar las que también hay aquí (dice Carmen que después de haber visto las de Aracena y la reproducción de las de Altamira, nada nos puede impresionar; estoy de acuerdo). En Urdax (o Urdazubi) hace calor. Paro el coche a la sombra. Carmen está medio dormida y se queda dentro. Yo me bajo a tomar un café en un sitio precioso, al lado de un molino de agua. Ahí es donde escucho hablar euskera por primera vez. Cuando termino contemplo la portada del Monasterio de Urdax y entro en la iglesia. Estoy solo y el silencio lo invade todo. Hay un cartel que indica que se puede visitar el claustro, pero el acceso está cerrado, será por la hora. Como el interior está muy fresco, me siento un momento a contemplar las paredes, las imágenes, los muros y el techo. Es una delicia poder hacerlo sin nadie que te moleste. Cuando salgo, Carmen sigue dormida.

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Conocido el terreno, la carretera de regreso parece que no es tan pesada ni peligrosa. Será también por la hora, alrededor de las tres de la tarde, en la que casi todo el mundo estará comiendo. Una vez sobrepasado el puerto de Otxondo, nos desviamos a Amaiur. Hasta ahora, es uno de los pueblos que más me ha gustado. La calle por la que se accede, prácticamente la única calle del pueblo, está flanqueada por casas que merecen abrir portadas de libros de viajes. Piedra, madera, cal, flores, verde, forman un conjunto armonioso y delicioso. No sé cómo será vivir aquí, si tienen todos los servicios que se necesitan en el mundo moderno. Quizás no sea tan bucólico pasar la niñez y la juventud en un pueblo de apenas 300 habitantes. Pero para pasar una pequeña temporada y descansar, es ideal. Subo hasta los restos del castillo por un empinado camino, llego sudando y jadeando, pero el esfuerzo merece la pena ya que la vista del valle es maravillosa: al fondo, Elizondo, pequeños caseríos, bosques, montañas, prados. Parece que estamos en Suiza. Me detengo un buen rato a aspirar un aire limpio, puro, aromático, a escuchar un silencio que lo envuelve todo. En estos tiempos es difícil encontrar lugares así. Aunque llevamos ya más de mil kilómetros en coche y no sé cuantos a pie, momentos como este hacen que merezca la pena el viaje.

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Seguimos bajando hasta Elizondo. Aparcamos el coche en una calle transversal a la carretera porque no me atrevo a entrar hasta el centro. Como tampoco es un pueblo demasiado grande, llegamos pronto a la calle más larga, la calle Jaime Urrutia, paralela al río Bidasoa (parece que aquí ya no le llaman Baztán) y pasamos por el ayuntamiento. Intento recordar las descripciones de los libros de Dolores Redondo, pero no soy capaz de rememorarlas. Únicamente cuando llego al puente de Txokoto, donde está la pequeña presa, me acuerdo de algunas cosas. Pero mientras que en el libro casi siempre se describe la humedad, la lluvia, la oscuridad, la soledad, Elizondo es bastante bullicioso, con mucho ambiente. Entramos a comprar en una tienda de recuerdos y el dueño nos dice que se ha notado mucho la influencia de los libros, que ahora viene mucha más gente, que hay más vida. Recorremos el pueblo y después queremos visitar la Iglesia de Santiago, pero, oh sorpresa, aquí también se está celebrando un funeral. Debe de ser alguien importante porque hay mucha gente, dentro y fuera de la iglesia. La fachada es imponente, con dos torres campanario barrocas y un gran rosetón. El interior, a pesar de que queríamos respetar la celebración y apenas pudimos verlo, tiene unas medidas muy grandes y también una gran altura. Habrá que verla en otro momento, cuando no haya nadie.

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Alrededor de las siete de la tarde regresamos al coche y tomamos camino a Pamplona. La verdad es que estoy cansado de andar y de conducir. La edad no perdona y llevamos muchos kilómetros a cuestas. Además, mañana nos quedan más de cuatro horas de coche para llegar a Cuenca, así que cuando llegamos a hotel, cerca de las ocho, dudamos entre ir otra vez al centro a cenar de pintxos o quedarnos más cerca, como ayer, en el Bar Letyana, que tan buen sabor de boca nos dejó. Optamos por esto último y nos vamos temprano a descansar. El contador de pasos del reloj está pidiendo una tregua ya que hoy hemos hecho otros doce kilómetros, así como quien no quiere la cosa. El del coche va ya casi por los mil cuatrocientos.

Burgos, Vitoria, Pamplona y Cuenca en una semana (un atracón de viaje, II)

Continuamos la narración del viaje por cuatro provincias de cuatro comunidades autónomas diferentes. Como decíamos ayer, un verdadero atracón de kilómetros en coche y muchos también andando. Tengo la espalda hecha mixtos todavía y me sostengo a base de friegas, calor e ibuprofeno. Y lo malo es que dentro de una semana corro con mi hija la Nocturna del Guadalquivir. A ver si puedo hacerla, aunque sea andando, porque llevo entre unas cosas y otras casi un mes sin entrenar, encima con estos dolores.

Pero vayamos al grano y sigamos con la descripción del viaje, que todavía queda mucho que contar.

12 de septiembre, jueves. De Burgos a Vitoria, pasando por Haro.

Hoy nos hemos levantado temprano y nos hemos dado un homenaje desayunando chocolate con churros Valor, cerca de la Catedral. Dejamos el apartamento y subimos con el coche ya cargado con el equipaje al castillo, desde el que se puede contemplar una vista magnífica de Burgos. Hoy parece que hace menos frío y el cielo está casi despejado.

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Abro el Google Maps y elijo como destino Haro. Queremos visitar alguna bodega y pasear por un pueblo que, según hemos leído, no sólo destaca por el vino. Son poco más de 90 km y tardamos una hora en llegar, alrededor de las doce de la mañana. Tomamos un café en la cafetería de un hotel y allí preguntamos qué podemos visitar, aparte de las bodegas, en el pueblo. Nos proporcionan un mapa y nos señalan los lugares de interés. Aunque no lo sabemos, estamos cometiendo un error: no hemos reservado ninguna visita a alguna bodega. Callejeamos algo, contemplando varios palacios espléndidos. Llegamos hasta la plaza del ayuntamiento y después entramos en la Iglesia de Santo Tomás. Están celebrando un funeral de cuerpo presente. Vaya por Dios. Salimos rápidamente y, para cambiar el mal cuerpo que se nos había quedado,  bajamos hasta la zona donde están la mayor parte de las bodegas: el Barrio de la Estación. Está relativamente cerca de la plaza y, como es cuesta abajo, vamos caminando (otro error, porque luego hay que regresar subiendo). Entramos en la primera bodega que encontramos, CVNE y cuando queremos sacar las entradas para ver la bodega, nos dicen que ya está completo y que hasta el día siguiente no podremos hacerlo. Compramos un par de botellas de crianza y nos dirigimos a otra bodega, las bodegas bilbaínas, al lado de la estación de RENFE. Están cerradas. Hace calor y me tengo que quitar ropa. Ahora vamos a las bodegas Muga y nos pasa como en la primera, está completo el cupo de visitas. Me enfado y no compro ninguna botella. Llamo por teléfono a otras bodegas, Ramón Bilbao y Martínez Lacuesta y en todas me contestan lo mismo, que ya no hay plazas para hacer las visitas hoy. ¿A quien se le ocurre visitar bodegas un miércoles de septiembre? A nosotros y a otras quinientas personas más. Parece mentira que no conozca el percal. Este país, entre propios y extraños, está lleno de irresponsables bebedores. Lo que pasa es que los otros han sido más listos y han reservado. El tonto he sido yo, y mira que me gusta planificar y organizar. Pero esto no lo había previsto, mea culpa. Fiasco total en Haro (el segundo, después de lo que nos ocurrió en Silos).

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Subimos la maldita cuesta, cabreados y sudando. Llegamos al coche y tiro las botellas en el maletero de cualquier forma. Menos mal que no se rompieron; hubiera sido el remate del tomate. Tenía pensado pasarme por Laguardia, pero después de esto, habrá que dejarlo para otra ocasión, en la que espero ser más previsor (y no llevar el coche, porque si no, a ver quién conduce después de las catas).

Otra vez el Google Maps, esta vez poniendo como destino Vitoria. Menos mal que está cerca, algo menos de 50 km, y tardamos en llegar al hotel unos tres cuartos de hora. Buen hotel, el Silken Ciudad de Vitoria, recomendable cien por cien. Subimos a la habitación, dejamos las maletas y preguntamos en recepción dónde podríamos comer. Como si no hubiera sitios en Vitoria. El recepcionista nos da un plano de la ciudad y nos señala cuatro o cinco restaurantes. Elegimos uno que está cerca de la plaza de la Virgen Blanca, uno de los sitios más conocidos de la ciudad, donde se eleva el monumento a la Batalla de Vitoria. El restaurante se llama Arkupe. Comimos, de manera excelente, en la barra porque había una celebración en el comedor y estaba lleno. Muy buena relación calidad precio. Recomendable. Paseamos por el casco antiguo y llegamos hasta la catedral de Santa María. Aunque ya lo sabíamos, la catedral está hecha unos zorros, llena de andamios por dentro y por fuera. Compramos la entrada, esperamos una media hora que dedicamos a hacer fotos y entramos. Primero nos ponen un documental sobre los orígenes de Vitoria y de la catedral y después nos ponen unos cascos (como en Atapuerca). Mala señal, puede significar que hay desprendimientos o que las cubiertas se nos pueden caer encima. Primero bajamos a los cimientos, a los primeros vestigios de la ciudad y de la catedral. Subimos hasta la nave central en la que nos explican que hay algunas columnas torcidas y varios refuerzos para impedir que la catedral se caiga. Me dan ganas de salirme ya, pero no quiero mostrar nerviosismo porque hay niños y daría mal ejemplo. Subimos hasta el triforio, muy estrecho y después hasta el campanario. Intento escuchar ruidos raros, pero no, parece que todo está controlado. Las vistas desde la torre son espectaculares. A lo lejos se ve la segunda catedral. Ahora me entero que Vitoria tiene dos catedrales, la de Santa María y la de María Inmaculada. Estos vascos son muy religiosos. Sevilla, que es mucho más grande, sólo tiene una.

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Salimos y respiro aliviado. Me hago una foto con la estatua de Ken Follet, que escribió Los pilares de la tierra y Un mundo sin fin, basándose en la construcción de esta catedral. Hace una tarde espléndida y paseamos por calles estrechas, llenas de bares y con muchas pintadas. Los tipos de los jóvenes son idénticos a los que aparecen en la película Ocho apellidos vascos. No sé si será una opinión muy subjetiva, porque todo el mundo habla maravillas de esta ciudad, pero esta zona me parece muy descuidada y decadente. El resto de Vitoria sí me gusta: muchos parques, plazas amplias y calles cuidadas y limpias, no como en el casco antiguo al que los autóctonos llaman La Almendra. Carmen está cansada y se va al hotel a descansar, pero yo me quedo en la plaza de la Virgen Blanca a tomarme un café. Es una pena desperdiciar una tarde tan hermosa.

Por la noche salimos a pasear. Ahora sí me gusta mucho lo que veo, sobre todo el ambiente. Cenamos en el Sagartoki, otra de las recomendaciones del recepcionista. Todavía mejor que en el anterior. Las tapas, mejor dicho los pintxos, como se dice aquí son para hacerles la ola. Nos vamos muy contentos para el hotel, que está bastante cerca. Mi reloj marca 16.200 pasos, o sea, más de doce kilómetros. Estamos batiendo récords.

13 de septiembre, viernes. De Vitoria a Pamplona, pasando por Estella y Puente la Reina

Uno de los mejores días de todo el viaje. El tiempo está mejorando, sólo hace algo de fresco por la mañana. Para salir de Vitoria, un poema. Menos mal que la amiga de Google Maps (digo amiga porque la voz es de una mujer) nos va indicando las calles, rotondas, avenidas, circunvalaciones, etc., que hay que hacer para sortear todos los obstáculos. De vez en cuando me equivoco y en lugar de tomar la segunda salida de la rotonda tomo la tercera y hay que volver a empezar. Tardamos cerca de media hora en alejarnos de Vitoria. Destino, Estella, a 70 km. Viaje muy tranquilo, con poco tráfico. Cuando llegamos, buscamos un aparcamiento vigilado, porque este pueblo es más grande de lo que yo creía y vamos con el coche cargado y con equipaje a la vista. Aparcamos cerca de la estación. Me pongo mi sombrero Panamá, porque hace mucho sol y no puede darme en la frente. Parezco un guiri americano. Vamos a la Oficina de Información y Turismo y nos explican los monumentos más importantes que podremos visitar en una hora y media, que es lo que he previsto para poder parar después en Puente la Reina y que no se nos haga demasiado tarde.

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Primero visitamos la iglesia de San Pedro de la Rúa. Si el día anterior habíamos subido escaleras, ahora tampoco nos quedamos atrás. Hay una buena escalinata hasta llegar al pórtico, románico aunque con influencia árabe. Ábside románico y claustro que invita a la meditación. Bajamos en ascensor (nos dimos cuenta tarde, lo teníamos que haber utlizado para subir) que está a la salida del templo y entramos en el Palacio de los Reyes de Navarra, que ahora se destina únicamente a museo. Obras no demasiado conocidas, destacando dos grabados de Picasso, a los que les hago fotos. Salimos y llegamos hasta el Puente de la Cárcel. Seguimos paseando por calles muy tranquilas, la Plaza de los Fueros y subimos hasta la Iglesia de San Miguel. Carmen se niega a hacer el último tramo y no me extraña. No he contado los escalones que hemos subido hoy, pero son muchos, muchos.

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La distancia entre Estella (o Lizarra, como se dice en euskera) y Puente la Reina es de unos 23 km, así que llegamos pronto. Mucho más pequeña que Estella, no llega a los tres mil habitantes, se recorre en poco tiempo. Lo primero que hicimos fue entrar en la Iglesia de Santiago. Varios peregrinos franceses dentro un sacerdote francés explicando las características de la iglesia, que contiene una talla conocida del Apóstol Santiago. Antes de llegar al puente románico que da nombre al pueblo (en realidad, primero se construyó el puente y años después se hizo la calle mayor y algunas casas que  se fueron ampliando con los siglos) nos sentamos a tomar algo en la plaza del ayuntamiento. Nos sentamos fuera, a la sombra porque hoy hace calor. En la plaza están las barreras de los toros, pues ahí, como en muchos otros pueblos, se celebran festejos taurinos. Como no podía ser de otra manera, llegamos hasta el Puente sobre el río Arga por el que pasan los peregrinos. Este puente fue construido por orden de la esposa del rey Sancho el Mayor o por la del rey García de Nájera, no se sabe con total seguridad. Lo que sí se sabe es que se construyó en el siglo XI y que en la actualidad, quizás gracias al trasiego de los peregrinos y a la riqueza que eso genera, tiene bastante vida.

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Llegamos a Pamplona pasadas las dos de la tarde y preguntamos en recepción, como hicimos en Vitoria, un sitio donde comer cerca del hotel, porque el centro queda bastante alejado. El consejo, como la vez anterior, fue totalmente acertado. Comimos en la Avenida de Bayona en el Mesón Letyana. Además del camarero, muy profesional y simpático, a destacar los pintxos, el vino y el precio.

Descansamos algo en el hotel y alrededor de las siete nos fuimos andando hasta el centro. Tardamos una media hora, así que el cuenta pasos estaba ya calentito. Lo primero que hicimos fue acercarnos hasta la Oficina de Información y Turismo (somos muy tradicionales y nos gusta que nos den planos, mapas y guías, que luego guardamos como recuerdo) que está al lado del ayuntamiento. Una manifestación con muchas ikurriñas amenizaba el ambiente. Creo que protestaban por el juicio que se iba a hacer en la Audiencia Nacional unos días después.

Cómo no, iniciamos la visita a Pamplona bajando desde el Ayuntamiento por la Cuesta de Santo Domingo hasta el lugar donde comienzan los encierros. Nos paramos delante de la pequeña imagen de San Fermín, llegamos hasta la plaza del Ayuntamiento (muy pequeña, mucho más de lo que parece en la televisión), calle Mercaderes, Estafeta, Telefónica y Plaza de Toros. Poco más de 800 metros, que andando se recorren en diez minutos. Después visitamos la catedral y la plaza del Castillo. Entramos en la cafetería Iruña, de visita obligada por ser el café preferido de Ernest Hemingway. Como ya era hora, nos fuimos de tapeo por la calle Estafeta. Hay donde elegir entre las decenas de bares, mesones y restaurantes. Entramos primero en uno llamado La Estafeta y después en otro que hace esquina que se llama algo así como Txirrintxa, donde elaboran una cerveza propia. En los dos comimos muy bien. Ya era tarde y estábamos cansados, así que nos fuimos de regreso al hotel. Esta vez el número de pasos fue 17.850 , o sea, trece km y medio. Nuevo récord. Lo bueno de esto que dormimos a pierna suelta.

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Burgos, Vitoria, Pamplona y Cuenca en una semana (un atracón de viaje, I)

Creo que en este blog he dejado claro que me gusta viajar. Cambiar de aires, de paisajes, de comida, de luz, de sonidos o de gente es siempre muy sano. Confrontar lo propio con lo ajeno, lo conocido con lo extraño, apreciar lo diferente y valorar lo propio, dejar a un lado la suspicacia. Abrir la mente a nuevas experiencias y a nuevos ambientes enriquece y amplía horizontes.

Desde que tengo recuerdos, he estado viajando. Primero con mis padres, con amigos o solo, con mi mujer, con mis hijos y ahora otra vez Carmen y yo solos. Es como una necesidad de salir periódicamente de la monotonía, de la vida cotidiana, más ahora que estamos jubilados y, teóricamente, tenemos más tiempo libre (aunque esto es relativo, porque parece que las horas se comprimen y pasan cada vez más rápidamente). A lo largo del año procuramos hacer tres o cuatro viajes. En los últimos tiempos habíamos adquirido la costumbre de salir a extranjero por lo menos una vez al año: la Toscana, Londres, Nueva York, Croacia, Rusia… pero hemos decidido dejar lo más lejano para más adelante y centrarnos en conocer lo que está más cerca, nuestro país, porque revisando el mapa de España, resulta que hay muchas ciudades, pueblos y comarcas que todavía no conocemos, así que durante los próximos años recorreremos la península ibérica.

Carmen y yo somos turistas normales y corrientes, no somos aventureros ni nos gusta el riesgo. Somos más bien urbanitas y nuestras excursiones a la naturaleza son escasas. Haciendo memoria podríamos hablar de las Tablas de Daimiel, el Torcal de Antequera, la sierra norte de Sevilla, la sierra de Segura y muy pocos sitios más. Así que del Amazonas, de la estepa siberiana o de la Tierra de Fuego, ni hablamos. No busquéis sobresaltos ni descripciones de bosques, altas montañas o ríos caudalosos en estas páginas porque os llevarías una desilusión.

Así que durante el verano, después de nuestro habitual viaje a Coruña para volver a los orígenes, ver a madre, hermano, sobrinos y amigos, comenzamos a pensar cuál podría ser nuestro destino en el mes de septiembre. Como este año parece que el tema Imserso está poco claro, decidimos recorrer parte del norte de España y regresar por Cuenca, ciudad a la que desde hace tiempo le teníamos echado el ojo. Así que empecé (esta vez yo solo porque a Carmen le gusta encontrarse todo hecho) a mirar posibles destinos, lugares y alojamientos. Desplegar un mapa de España y seguir con el dedo las rutas y sus alternativas es algo que siempre me ha gustado. Ahora lo complemento con el Google Maps, que me ayuda a calcular distancias y tiempos. Algunas dudas iniciales que se fueron disipando. Lápiz y papel para ir apuntando todo. Et voilà, al fin pude sincronizarlo todo y empezar a buscar alojamiento. Nada de casas rurales en medio del monte ni hotelitos con encanto. Como mucho, apartamentos en el centro de la ciudad y hoteles bien situados, por supuesto de cuatro estrellas. Mi señora no se conforma con menos.

Sobre el papel, un viaje muy completo, en el que se conjugan con cierto equilibrio historia, cultura, arte, paisaje y, por supuesto, gastronomía. En la realidad, un atracón de kilómetros. Puse el cuentakilómetros, velocidad media y consumo a cero, para saber al final del viaje qué me encontraba. Y lo que me encontré es que en siete días hicimos 2.394 kilómetros a una media de 82 km/h y con un consumo de 5,5 litros cada 100 kilómetros. Puede parecer una velocidad media no muy alta, pero teniendo en cuenta la entrada y salida de las ciudades y algunas carreteras con muchas curvas y tráfico, es una media más que aceptable. Y el consumo, excelente. Este coche, un Ford Mondeo Econetic que tiene ya diez años y algo más de 130.000 kilómetros, está en su mejor momento. En cuanto a los kilómetros andados, el reloj que, además de marcar las horas, marca los pasos y la distancia recorrida, nos informó de que cada día hicimos una media de doce kilómetros, unos 16.000 pasos. Eso es patearse bien las ciudades y los pueblos, sí señor, Y muchas escaleras, también.

10 de septiembre, martes. De Sevilla a Burgos, algo más de 700 kms.

A mí me gusta conducir y no me pesan las horas al volante. Pero a aquellos que no les guste pueden hacerse pesados tantos kilómetros en un solo día. Salimos temprano, alrededor de las 8 de la mañana. Como cada vez que viajamos por la Ruta de la Plata, desayunamos en Leo, un área de servicio cerca de Monesterio. Está siempre lleno de autobuses, camiones y turistas, pero sirven con rapidez y no es muy caro. Llegamos hasta Salamanca y la circunvalamos. Todavía es pronto para comer, así que seguimos camino de Tordesillas y un poco más adelante paramos para tomar algo antes de llegar a Burgos. Sobre las cuatro de la tarde llegamos a nuestro primer destino. Nos alojamos en los Apartamentos La Puebla, en la calle Fernán González. La dueña es muy simpática y habladora. Lo mejor de los apartamentos es su situación, a menos de cinco minutos de la Catedral, en pleno centro de la ciudad.

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Después de situarnos y descansar un poco, salimos a dar una vuelta bien abrigados, porque hacía un día casi invernal. Si es así en septiembre no me imagino el frío que hará en enero. Obligatorio, entrar en la catedral. Primero, un paseo por el exterior, para admirar las agujas y las diferentes fachadas. El interior también es magnífico, y algunas capillas y salas, realmente espectaculares. Salimos al Paseo del Espolón por la Puerta de Santa María y nos dirigimos al Museo de la Evolución Humana, muy didáctico y que nos permitirá hacernos una idea de lo que hemos sido y lo que somos como especie. Además, nos sirve como introducción a la visita que haremos mañana a Atapuerca.

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Cuando salimos del Museo, seguimos paseando por la Plaza Mayor y las calles adyacentes. Ya notamos un cierto cosquilleo en el estómago y, siguiendo los consejos de mi amiga María Jesús, burgalesa que desde hace años vive en Sevilla, recorremos las calles Los Herreros, Sombrerería y La Flora, entre otras, que están llenas de bares. Entramos en varios mesones y ninguno nos defraudó. Como estábamos muy cansados no nos paramos a escuchar el himno del Burgos en el Victoria, una de las recomendaciones de María Jesús. Lo dejaremos para otra ocasión. Antes de las once de la noche caímos rendidos y dormimos como lirones. No hay como cansarse para dormir bien.

11 de septiembre, miércoles. Atapuerca y el triángulo del Arlanza (Lerma, Covarrubias y Santo Domingo de Silos).

Hemos reservado hace días la visita a Atapuerca. Nos citan en Ibeas de Juarros, a unos 15 km de Burgos por la carretera de Logroño, donde nos recogerá un autobús a las 12 de la mañana. Iván, el guía, que supongo será un estudiante de postgrado, nos explica el pasado, el presente y el futuro de Atapuerca. La casualidad del tren minero que sacó a la luz varias cuevas, aunque ya en siglos pasados y a comienzos del XX ya se tenían noticias y se habían estudiado algunos restos. Los hombres y animales que habitaron las diferentes cuevas, el trabajo de campo que se hace durante los meses de julio y agosto, los estudios posteriores que permiten catalogar los hallazgos, el enorme trabajo que queda por hacer.

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Salimos de Atapuerca sobre la 13,30 y nos dirigimos en nuestro coche desde Ibeas de Juarros hasta Lerma. Llegamos poco después de las dos de la tarde y nos dio tiempo a recorrer un poco del pueblo. Muy bien conservado, con calles empedradas y casas, iglesias, conventos y palacios que nos hablan de un pasado esplendoroso. Entramos en el núcleo histórico por la Puerta de la Cárcel y llegamos por la calle Mayor hasta la Plaza Mayor, una preciosa plaza porticada donde hay varios mesones y tiendas de productos típicos. Comimos, más bien tapeamos, en la Taberna del Pícaro, que se encuentra en la misma Plaza. Después tomamos café en el Parador, antiguo Palacio Ducal. No nos detuvimos demasiado, aunque merecía la pena, ya que queríamos ir a Covarrubias y llegar antes de las siete a Santo Domingo de Silos, a escuchar los cantos gregorianos de los monjes.

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Covarrubias es un pueblo con encanto, muy bien conservado y cuidado. Es uno de los que más nos gustó de este viaje. Paseamos un buen rato por sus calles y llegamos hasta la Iglesia de San Cosme y San Damián, una antigua Colegiata, cerca del río Arlanza, hasta donde llegamos para refrescarnos un poco. Placitas con casas balconadas y llenas de flores, calles empedradas, silencio. muy poca gente por las calles y, lo que es también de agradecer, poco turismo, igual que en Lerma. Acostumbrados a las multitudes de Sevilla, Córdoba o cualquier otra ciudad por donde apenas se puede dar un paso, es un lujo pasear en silencio, detenerse a hacer fotos y hablar bajo, para no romper el encanto.

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Después nos dirigimos hacia Santo Domingo de Silos. El triángulo del Arlanza (Lerma, Covarrubias, Santo Domingo de Silos) se recorre en poco tiempo. Merece la pena dedicarle un día completo y detenerse varias horas en cada pueblo. Nosotros los recorrimos en una sola tarde y nos dejaron con la miel en los labios. En Santo Domingo no tuvimos suerte. Llegamos al Monasterio a las seis y tres minutos y nos encontramos con la puerta cerrada. A pesar de que llamamos y nos abrieron la puerta, la mujer encargada de la entrada nos dijo que se había cerrado a las seis. Por más que insistimos y le dijimos que las visitas terminaban a las seis y media, que habíamos venido de muy lejos y no sabíamos cuándo podríamos volver, no hubo manera de convencerla. Así que nos quedamos sin ver uno de los claustros más bellos que se pueden contemplar y tampoco pudimos rememorar los famosos versos de Gerardo Diego: “Enhiesto surtidor de sombra y sueño / que acongojas el cielo con tu lanza…”. Había buscado el soneto en Google y pensaba recitarlo y y grabarlo allí mismo. Otra vez será.

Lo que sí pudimos hacer fue escuchar los cánticos de Vísperas de los monjes de Silos. Ese día, además, se conmemoraba la traslación de las reliquias del Santo. Veintidós monjes, durante casi una hora, cantando en latín, sentándose, levantándose, inclinándose hasta casi tocar el suelo. Y así varias veces a lo largo del día. Algunos de los monjes, ya muy mayores, tenían que permanecer sentados pues apenas podían moverse. Ora et labora. Tiene que ser agotador levantarse muy temprano para los maitines, trabajar, rezar y cantar varias veces al día. Y nosotros nos quejamos.

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Casi anocheciendo regresamos a Burgos, después de hacer unos 180 kilómetros en coche y trece o catorce andando. Cenamos también alrededor de la catedral y otra vez nos acostamos temprano. Todavía nos quedan cinco días de viaje y hay que guardar fuerzas.